Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 2. El secreto del corazón de un brujo. #3
3%

2. El secreto del corazón de un brujo. #3

El tiempo sobre el teniente no pasa de la misma forma, su rostro tiene la misma apariencia que el mío salvo porque su edad debe rondar los veinte, y yo supero los mil.

—El hada del que hablaba la señorita Maren también estaba ese día —ríe Azohr—. Hada entrenadora Tien Mémberin —proclama con voz solemne.

—No parece extraño que así sea —me recoloco en el asiento ahora que lo ha mencionado—. Él y su padre siempre han sido cercanos al mío. Asisten a reuniones y viajan en su compañía con frecuencia.

—¿Qué relación tenéis el hijo del cancilier, y tú? —pregunta el teniente mientras se recoloca la armadura—. ¿Eres su princesa?

—¿Acaso sabes lo que dices? —aparto la copa de vino para reincorporarme.

—Disculpad mi imprudencia —coloca la mano sobre la mía para impedir que me aleje—. Maren lo dijo con mucha seguridad, y yo soy un brujo de naturaleza curiosa.

—No soy princesa de nadie —elevo la mirada con rapidez—. Maren solo bromeaba al respecto.

—Parecía hablar convencida… —guarda silencio por unos segundos. Una sonrisa leve aparece en su rostro—. ¿Admites entonces que has sentido lo mismo que yo?

Abro los ojos ante su arrogancia. Está tan seguro de lo que dice, que ni siquiera se tensa por si mi respuesta pudiera ser negativa.

No sé si me molesta más que crea que, por mirarlo más de cinco segundos seguidos estoy perdidamente enamorada de él, o que el cosquilleo que siento en las manos me va a hacer darle la razón.

Lo único que sé es que jamás lo reconocería.

Mi carácter testarudo jamás respondería a su orgullo con vulnerabilidad.

—No puedo asegurar algo que no es cierto —dirijo la mirada hacia la chimenea—. Hay normas que lo prohíben.

—No pedí que las incumplieras —Azohr sonríe. Apoya los brazos sobre las piernas—. Pero creo que la realidad es muy diferente.

—¿Eso es lo que crees? —estiro los párpados con el semblante lleno de fastidio.

—Eres la princesa de Ravenbell, jamás admitirías que uno de los nuestros ha llamado tu atención —deja escapar un resoplido lleno de ironía.

Cierro los ojos ante la necesidad imperiosa de tomar aire, porque de no hacerlo, sería capaz de aprender a hacer armas con la luz solo para lanzárselas.

—¿Uno de los vuestros? —contengo el aire en medio del pecho—. ¿Por qué rechazaría a uno de los vuestros?

—Vamos, Eladriel —Azohr niega—. No es un secreto para nosotros que somos estiércol para las hadas.

Me ofende. Esto debe de ser un tipo de problema intrínseco en ser princesa.

Dar por hecho que apruebo lo que mi padre piensa y decreta solo porque me dio el honor de tener corona.

Hundo las uñas en la palma de las manos con furia.

Puede que para el resto de criaturas de mi reino así sea, pero no para mí.

No por él, no porque sea cierto que ha llamado mi atención de forma especial…

Yo jamás hallé eso que me diferencia de otra criatura más hallá de mi alma.

Frente a sus palabras y su mirada impaciente, me replanteo como nunca antes el papel que me espera al gobernar con las normas que mi padre impone. Incluso la de los propios dioses. Me dicen a quién debo querer, y que soy libre para elegirlo.

—Lamento que sea así como te sientes ante mi presencia, pero esto no tiene nada que ver con las ideas locas de mi padre —la vergüenza me hace bajar la mirada—. Esto tiene que ver con nuestros deberes. Con respetar los deseos de los creadores.

Unos instantes de silencio se cuelan entre nosotros. En ciertas ocasiones incluso me animo a mirarlo de reojo para averiguar sus próximos movimientos. Pero él solo permanece sentado mientras observa cómo sus dedos están unidos entre su regazo y el tiempo.

—¿Qué crees que ocurriría si un brujo besase a un hada? —Azohr se coloca de medio lado sobre el asiento. —Si la amase…

—No sé. —trago saliva ahora que contemplo los detalles de su rostro con más facilidad—. Los matarían, tal vez…

—¿Te asusta la idea? —su garganta se sacude.

—¿De amar? —contengo el aliento por un instante—. ¿O de amar a alguien sin alas como las mías?

—De un brujo amando a un hada —Azohr calla.

—No —niego—. Tampoco me aterra amar a un brujo.

Sé cuáles son las consecuencias físicas de que me bese, pero no quiero conocer cuáles son las que hay detrás. Prefiero mentirme, pensar que no se está refiriendo a él. A nosotros…

Su mano desciende. Busca entrelazarse con la mía cuando nuestros ojos ya no soportan tanta distancia.

Mi piel se eriza al colarse entre mis dedos y unir nuestros tactos.

Despacio, se inclina hacia delante. Aparta despacio los mechones que cubren parte de mi frente deslizando las yemas de los dedos por ella.

Las mejillas. Según se acerca, mis ojos se cierran por el deseo de embriagarse y recordar su olor a madera de cedro y sándalo.

Mi alma pide guardar su caricia hesitante y suave sobre mi rostro al verlo cerca.

Siento como si tocarme con algo más de intensidad le hiciese sufrir, como si temiese hacerme desaparecer de su vida...

Mi respiración se acelera al comprobar que me rindo a él.

No siento ni un atisbo de culpa a pesar de que solo un palmo separa el calor de su aliento del mío.

Entonces, envuelvo su mano con anhelo. Sus dedos se deslizan suave cerca de mi mandíbula, le pido en silencio que mantenga su valentía hasta que nada nos separe.

Siento el mismo impulso en mi forma de respirar, que en la suya.

Mis pensamientos se detienen para dejarme llevar por lo único que de verdad me une a él en este momento, lo único que sí creo conocer con fiereza de él. El deseo.

—¡Eladriel! ¡Tienes que venir a ver esto! —vocifera Maren desde el otro extremo de la sala.

Azohr se detiene antes de que ella haya dejado de hablar.

Todavía siento su incesante jadeo provocado por los nervios sobre mis labios, su mirada a un pestañeo de tocar la mía.

En mis ojos él ha descubierto que me había resignado ante lo que iba a suceder.

Que se confundía cuando aseguraba que un hada nunca podría desear a uno de los suyos.

Aún sostengo su mano entre la mía y temo que al soltarla nunca más pueda sentir lo que he sentido ahora.

—Parece que Maren me necesita —musito. Cierro los ojos para abordar la idea de que debo olvidar que esto casi sucede—. Si viene aquí, nos hará un interrogatorio exhaustivo.

—Entonces tranquila, porque no sabría qué contestarle —Azohr se humedece el labio mientras agacha la cabeza—. Será mejor que vayas, podría ser importante.

Asiento en silencio con un nudo en la garganta.

La confusión resuena con cada paso que doy al caminar.

La vida en Ravenbell tiene reglas estrictas que estaba dispuesta a cumplir sin cuestionarlas pero, en algunas ocasiones...

Mentiría si dijese que no estaba deseando saber si cuando nuestros labios se unieran, entraría un ejército de ángeles serafines con miles de flechas para ejecutarnos sin someternos a juicio.

O si simplemente todo eso no es más que una mentira con el fin de que nunca más vuelva a estar a su lado.

Creo que Maren es la señal ferviente de que es mejor no querer comprobarlo. Por si acaso eso nos lleva a experimentar la ira de los dioses.

—Espero que sea algo que merezca la pena —resoplo.

Se ha quedado absorta en un eminente cuadro con marcos de oro que ocupa gran parte de la pared del fondo.

El tamaño en comparación al resto es evidente.

Que sea una mujer la que corone el muro cuando en la estancia hay otras pinturas de reyes y príncipes me sorprende.

En mi palacio solo pueden realzarse de esta manera los cuadros en los que aparecen hombres.

O la diosa Essoi. Aunque esta mujer no se parece en nada a ella.

Es alta con el pelo rizado y de un color negro azabache que brilla de forma intensa en algunos mechones.

Es majestuosa e imponente. Sostiene una daga en cuya empuñadura hay incrustada una gema oscura tan resplandeciente como su pelo. Ese brillo oculta sus facciones.

—Es Hécate —Azohr resuelve el misterio cuando acude a mi lado.

—¿Quién es Hécate? —analizo la imagen con intriga.

—Fue la primera reina de magia negra de Néferien —sostiene sin moverse del sitio—. Y la última.

—¿Una bruja de magia negra? —Maren continúa apreciando los grabados del marco.

—Los más ancianos de Néferien cuentan que era una reina buena y compasiva —Azohr suspira— Un día las ninfas se la llevaron al templo de los dioses de Órinthar, y no regresó.

—Pero el profesor Glimmer nos dijo que nunca se había conocido un gobierno de magia negra en Néferien —Maren voltea con el ceño arrugado.

Yo también recuerdo esas palabras hace pocas clases de historia.

—Los últimos reyes de Néferien empezaron a considerar su historia como una leyenda —Azohr entrecierra los ojos en un punto concreto en la esquina derecha del cuadro—. Nunca se ha encontrado alguna prueba de que realmente existiese.

—¿Por qué tendrían un cuadro de ella entonces? —recorro el alrededor con la vista.

Hasta ahora solo había podido fijarme en el teniente.

—El rey Draegor nos contó que hace más de mil años gobernó Néferien un rey llamado Aldemar de Falerón. Fue ejecutado por los dioses porque aseguraba ver cosas que el resto no podía —desvela el teniente.

Qué ojos tan osados tiene. Puede permanecer inmóvil sobre ese tablón de madera, pero custodia todos mis pasos de cerca.

—Hécate y su reinado eran parte de ellas.

Decían que estaba tan enamorado de esa imagen, que pidió a un pintor plasmarla en un cuadro que capturase la grandeza que él veía —Azohr contempla el cuadro con cierta reticencia—.

Luego lo mandó ejecutar debido a los celos locos que sentía de que conociese tantos detalles sobre ella.

—¿Y qué pasó con él? —volteo horrorizada.

—Los dioses lo ejecutaron —traga saliva.

—¿Quién es ese rey Draegor? —Maren nos dedica una mirada fugaz.

Se detiene entre cuadros y ventanales con las manos sobre la cadera. Estira los labios. Un voluminoso bulto tapado con un manto de tela en una de las esquinas de la sala es lo que despierta su interés. Como esperaba, se acerca.

—El rey Draegor es el padre de la reina Efaris y del príncipe Ebhan —alzo la voz para que la escuche ahora que solo enreda en descubrir qué hay bajo esa manta.

—Así es —afirma Azohr—. Le encantaba contar historias.

Planto los ojos sobre el teniente apenas escucho su voz.