Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 2. El secreto del corazón de un brujo. #2
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2. El secreto del corazón de un brujo. #2

Qué curioso que algunas cortinas de los ventanales más grandes estén algo raídas, todo alrededor parece bastante cuidado y limpio.

Figuras de brujos, estatuillas decorando la superficie de los muebles.

Incluso los que están sin lacar y sus astillas afloran por las patas.

Nada es como en mi palacio. El estandarte y el escudo de la casa visten las paredes de la entrada.

Diferentes armaduras se sostienen en pies de hierro.

Entrecierro los ojos para leer los nombres de los reyes a los que pertenecieron grabados en el metal a sus pies.

—Majestad —Azhor asiente en mi dirección señalando el pasillo a su frente.

Desvío la mirada a Maren un segundo, pero ella ya camina hacia allí.

Tomo aire resignada. Recorro el espacio hasta la entrada para no dejar que se aventure sola.

Azohr abandona la quietud únicamente cuando paso por su lado, y se coloca tan cerca que puedo sentir como su aura comienza a envolverme.

Caminamos por el pasillo de la izquierda hasta que el teniente se detiene en la primera puerta que aparece a mano derecha de la galería.

A través del marco se ve un amplio acogedor comedor.

Muy acogedor. Una mesa grande que ocupa casi todo el centro de la estancia está rodeada de butacas con los perfiles negros y la tela del color verde característico del castillo Brenshire.

Un terciopelo tan sutil como una caricia.

Ya en el interior, me cautiva una chimenea majestuosa que ambienta el lugar a la izquierda de la sala.

Orientadas hacia ella hay una pareja de butacas rojas a cada lado de un sofá de madera.

Me encantaría reconfortarme aquí después de unas largas clases de vuelo.

Azohr se dirige hacia la derecha del espacio, a una estantería tallada directamente en la piedra en la que se pueden encontrar toda clase de bebidas.

Aunque, de la gran mayoría desconozco el nombre, puedo imaginar como de agradable debe de ser tomarlas en presencia de una buena compañía.

Maren decide ponerse a curiosear por todos lados con la boca tan abierta, que bien podría dislocarse la mandíbula.

Dudo si unirme a ella. Me tienta recorrer unas estancias diferentes a la de mi casa por unos instantes, caminar por otras galerías y jardines.

Hasta que Azhor decide interrumpir mi campo de visión colocándose frente a mis ojos.

Me ofrece una copa, su mano, y una sonrisa que estoy dispuesta a aceptar a pesar de que debería rechazarla de inmediato.

Y eso me asusta. Mi corazón solo vuelve a latir con calma cuando me pide de forma amable que tome asiento en el sofá.

Rodea la mesa para acercarse a la chimenea.

—En el castillo hay algunos objetos que necesitaron ser restaurados con el paso del tiempo, pero a esta chimenea nunca le hizo falta —Azohr apoya el codo izquierdo en el marco.

Deja su copa en el borde superior mientras osculta los huecos de los grabados.

—He visto que ha llamado vuestra atención —confiesa con voz seca.

—Así es —sonrío de forma tímida—. Le da un toque reconfortante a este… —miro el alrededor tratando de encontrar nombre para la estancia—. Lugar.

Frunzo el ceño ante lo que acabo de decir.

Me acerco la copa para darle un sorbo. El líquido enturbia la calidez de mi garganta debido a lo fuerte de su sabor, me obliga a toser. Aunque me esfuerzo por disimular la forma brusca en la que mi espalda se encorva, aunque no hay protocolo que oculte el sonido.

—Es bastante agradable sentarse aquí después de un día difícil de entrenamiento —Azohr saca un par de troncos de un cesto justo al lado de su pie izquierdo. Los coloca dentro de la chimenea—. Es fácil perderse en el tintineo de las llamas.

Su dedo pulgar e índice se unen. Capturo como hace un chasqueante movimiento mientras pronuncia una especie de conjuro en lengua neferiana que no logro comprender.

El fuego aparece. Tras una ligera sacudida, la chimenea se ve inundada de una llamarada amarilla brillante y naranja potente que crepita con intensidad.

Pestañeo en un par de ocasiones. Me inclino hacia delante para comprobar que el fuego que alumbra es real.

Los brujos tienen una serie de limitaciones según lo que leí en los archivos de Néferien de la ciudadela.

Mueven la tierra y hacen crecer plantas para pociones, conjuros o hechizos.

También pueden sanarte por completo tan solo posando sus manos sobre tu cuerpo.

Pero estoy bastante segura de que la manipulación de los elementos no está entre sus poderes.

—¿Fuego? —apenas puedo apartar la vista de las llamas que suben y bajan—. ¿De vuestras manos?

—¿Os sorprende que haga magia? —con esfuerzo consigo ver como Azohr enarca una media sonrisa que hace que mi estómago cosquillee—. Soy un brujo.

—Tenía entendido que los poderes de los brujos de magia verde estaban algo más limitados —le dedico una mirada que no obtiene respuesta.

Elevo las cejas en un gesto al aire de intriga.

—No todas las magias son iguales —Azohr agarra las tenazas y mueve los palos para avivar aún más el fuego—. No podrías entenderlo.

—Lo entiendo. Sé que es imposible —niego. Poso la vista en un punto concreto para recordar las líneas de las páginas—. Yo investigué sobre todas las razas y nunca he leído nada como eso.

Me molesta que desconfíe de mi comprensión lectora. Que ponga en duda mi inteligencia. Hasta el momento, hay muchas cosas que no he conseguido dominar, pero leer no es una de ellas.

—¿Imposible? —el teniente ladea la cabeza ligeramente, lo suficiente para ver como arquea una ceja—. Yo creo que lo imposible es saberlo todo.

—¿Insinuáis que los libros mienten? —repaso los preceptos de la tres magias en mi mente—. ¿O…?

—El conocimiento no es finito —me interrumpe. Recoge su copa para darle un sorbo.

—¿Qué hay de la información que recogen las ninfas? —inclino la cabeza hacia un lado—. Ellas se reúnen con los altos cargos de los reinos dos veces por año.

Querría plantearme su punto de vista y no entenderlo.

Aunque en Órianth hay cuatro reinos, es cierto que la información que se recoge en la ciudadela no proviene directamente de los habitantes.

Entonces, ¿eso lo convierte en mentira? Todo lo que se sabe acerca de los pueblos son datos que las ninfas recogen en sus visitas a los palacios y castillos cuando realizan el censo.

Vienen para asegurarse de que todo está dentro de los deseos de los dioses. Son palabras de los altos cargos.

—Nunca podrían guardar todo lo que sucede —le da el último trago a la copa—. ¿Qué hay de lo que nosotros tenemos que contar?

Estira el brazo hasta que una de las botellas de la estantería tome la dirección de su mano. La abre y se sirve.

No sé qué pensar sobre él. Primero no es capaz de apartar sus ojos de los míos, y ahora que yo deseo que lo haga, es incapaz de mirarme.

Enciende mis nervios que sea tan condescendiente.

Pero también me genera una curiosidad perturbadora que no consigo detener.

No quiero tener la necesidad de insistir.

No quiero sentir que mi anhelo se debe a que esté disfrutando de este debate, a que quiero que me determine de nuevo.

—Importa, claro. Pero sería imposible recoger tanta información —le doy un sorbo a mi copa. Aprieto los ojos cuando el líquido toca mis papilas gustativas—. Lo más lógico es que sean sus representantes quienes informen.

—Se reúnen con las personas equivocadas —Azohr carraspea cuando traga, como si también le hubiera resultado fuerte la bebida—. Los reyes omitirán información sobre su pueblo. Mentirán para seguir sobre sus tronos.

—Puede ser, pero… —niego a pesar de que sus palabras son las que rondan en mi mente cada día—. No es posible.

—Tenemos conceptos diferentes sobre lo imposible —suspira. Se inclina a dejar la botella al lado de la cesta de leña.

—¿De verdad? —le planto una mirada desdeñosa—. Encuentro bastante razonable sorprenderse al ver que podéis manejar el fuego. Se supone que solo los enanos pueden hacerlo.

—Para mí, lo imposible es que estés aquí. —voltea al fin.

Callo. Solo sé mantenerme en silencio.

—Veo cómo me miras desde que salí del castillo, y tengo que aferrarme a esta chimenea porque sé que no puedo corresponder a tus ojos —los suyos se deslizan sobre mi figura.

Lo que más me avergüenza de su afirmación, es que se ha dado cuenta de que me ha impresionado tanto que no podía dejar de mirarlo.

Eso, y que parece haberse olvidado de ese protocolo que está obligado a mantener desde que pisó el puente de ahí fuera.

No quiero admitir que tal vez por eso me gusta.

Quizás, que su mirada se atreva a contradecir las normas para mirarme, su forma de tutearme sin importar quién soy.

Puede que eso sea lo que me intriga, porque parece conocerme.

—¿Mirarte? —Bajo la mirada. Acepto su tuteo.

—Sí. Con el mismo deseo con el que yo te miro a ti —Azohr se acerca. Toma asiento a mi lado—. Hay muchas cosas que anhelaba hacer ahí fuera. No sé cuántas quise decir —se muerde el labio cuando sus ojos se centran en los míos—. El recuerdo de la última vez que te vi es lo que me hace alejarme.

—No deberías afirmar con tanta seguridad que se trataba de mí —guardo silencio por un momento—. No recuerdo haberte visto antes, y… —muevo los labios torpes por no haber sabido detenerme a tiempo—. Hubiera sido complicado no recordar al teniente de magia verde.

—¿Cómo no podría hacerlo? —ladea el cuello para mostrarme su mirada sincera—. Yo no he podido olvidarme de ti.

—¿De mí? —el asombro me produce un carraspeo involuntario—. ¿Pero cuándo es…?

—Acompañaste a los reyes de Ravenbell a una reunión con la reina Efaris y el príncipe Ebhan sobre asuntos de estado. Yo apenas tenía dieciocho años —devuelve la mirada al frente.

Hace seis años. Antes de que mi padre me prohibiera salir de Eryas en uno de sus inesperados castigos, visité este reino.

Fue al último lugar al que volé. Aunque no vine a este castillo en concreto, sí recuerdo ver al príncipe Ebhan en compañía de la reina de magia blanca, pero él…

No aparece en ninguna de las imágenes de ese día.

Los brujos tienen un ciclo de vida diferente al de resto de seres de Órianth.

Ellos son mortales. He perdido la cuenta de cuántos miembros de la dinastía Mistharael he visto tomar el trono de Brenshire.

Él ni siquiera parece un hombre de edad avanzada, es joven.