1 .El despertar de Eladriel. #4
—La intuición brilla incluso cuando hay armonía —Maren suaviza el rostro. Su tono se llena de una comprensión que hace un instante parecía lejana—. Es cierto que se intensifica cuando nota energías extrañas o negativas, pero sabes que nuestro estado influye.
Me rodea con los brazos, me acaricia la espalda despacio. Acepto el abrazo envolviéndola por debajo de sus alas.
—Ver la caída te asustó, y quizás eso hizo que brillase con fuerza —Maren sacude la cabeza para restarle importancia.
—Las intuiciones no brillan por algo bueno —niego—. Al menos, nunca de forma tan intensa.
—Pero es posible. Debes atraer las sensaciones positivas —dibuja una sonrisa con el dedo índice haciendo reproches—. Ese dolor intenso no desaparecerá de otro modo.
Respiro su calma. Ella tiene ese efecto, puede dejarme sin argumentos incluso cuando sé que tengo razón. Se aparta. Me coloca el pelo, me limpia las lágrimas, y continúa caminando como si nunca hubiese derramado alguna.
—Si volamos ahora, estaremos en Néferien en media hora —Maren hace resplandecer su mirada—. Estoy segura de que no es lo más sensato, pero si necesitas volar para volver a pensar con cordura —asiente—, volaremos.
Se lanza al vuelo cuando recibe mi sonrisa amplia de agradecimiento.
—¿Conseguiste descubrir algo sobre esos archivos de los ángeles que siempre mencionas? —Maren arquea una ceja sonriente.
Definitivamente, me conoce y sabe cuáles son los temas que causan mi interés. Espero que el método que ha elegido funcione y evapore por un momento los pensamientos tenebrosos que tengo sobre la muerte de Tien.
—Fui en varias oportunidades a investigar a la ciudadela, pero no encontré información en ninguno de los archivos —aleteo con rapidez para alcanzarla—. En ninguno sobre la información de Órianth y sus reinos.
—Veamos… —Maren frunce los labios pensativa—. Podrían haber creado el ejército antes de los reinos, eso explicaría por qué no está recogida.
Maren alza las cejas como si hubiera descubierto la solución solo con forzar un poco su sesera.
—Aelfraed todavía no había sido creado —declara Maren.
—En algunas asambleas de Eryas mencionaron que surgió a la vez que el pueblo enano, aunque los archivos escritos por los dioses revelan que Shaone los creó doscientos años después que a las hadas, elfos y brujos —chasqueo la lengua. Niego—. Debe ser otra cosa.
Leí la creación del reinado de Órianth tres veces desde que la descubrí. Pasé las páginas de sus archivos con cuidado y he buscado en los bordes de sus páginas por si hubieran querido ocultar información entre ellas… Lo único que conseguí deducir fue que perdí el tiempo.
—Solo se trata de un ejército ¿Por qué es tan importante lo que escriban sobre él? —Maren se encoge de hombros.
—Para saber con qué fin ha sido creado —una arruga de sospecha me toma el entrecejo—. ¿Para qué queremos un ejército tan poderoso como ese?
—Puede que los creadores quieran protegerse de los reinos de la antigua civilización por si deciden atacarnos —Maren se acerca con el tono de voz cauteloso—. Mis padres me contaron leyendas sobre los reinos de Ylros y Ménthir. Dicen que crearon seres malvados.
Se acerca aún más. Miro alrededor con el entrecejo arrugado por si ha visto alguien que no logré ver.
—Cerberos, dragones fae, e incluso un ejército con soldados conocidos como espíritus —Maren separa los párpados con misterio.
Eso no son leyendas, los reinos de los que habla existen.
Lo único que conozco sobre ellos es que los siete creadores y los dioses de Avka decidieron marcharse de sus tierras para levantar las suyas.
Yo pensé como Maren. Creí que solo se defendían de esos ejércitos que parecen invencibles.
Sin embargo, si su motivación era el miedo, por qué esperarían tanto para hacerlo, por qué después de que sus criaturas vivieran por dos siglos…
—Quizás sus historias sean leyendas, pero esos lugares existen —bato las alas contra el aire para colocar frente a ella—. Y has olvidado mencionar los fénixes blancos. Leí sobre ellos en un libro que Lugh me prestó sobre criaturas de Nóssurël.
—¿Cómo los de los brujos? —Maren deja caer la frente hacia delante.
—Son más poderosos. Pueden esculpir figuras con el fuego que escupen —dejo escapar una sonrisa tras ver su cara de susto.
—Entonces, ya está. —Maren da una palmada como aclaración a sus pensamientos—. Yo creo que todo esto es razón de más para hacer un ejército.
—Pero no tiene sentido. Si ese fuera el verdadero motivo de la creación, lo más lógico sería haberlo hecho a la vez que ella —toda su atención está puesta en lo que tengo que decir.
Su expresión de sorpresa, y algo de terror diría, es más que evidente. Ella, que es siempre tan positiva y confiada, está empezando a dudar. Quizás suene muy egoísta, pero no me hace sentir tan loca si encuentra motivos para sospechar dónde yo siempre los hallé.
—¿Crees que han retirado esos archivos para evitar que nos enteremos de algo? —Maren frunce el ceño pensativa.
—Es solo una teoría, pero… —dudo entre compartírsela o no—. ¿Qué otra explicación podrías darle?
Tras un par de minutos en silencio en el que las dos nos dedicamos a darle vueltas al tema como si fuera el misterio que resuelve todos los enigmas de nuestra existencia, su cara se enciende. Por la forma en que su mandíbula inferior cae, parece haber llegado a la conclusión.
—Ya está —sonríe Maren. Eleva el dedo índice—. Quizás ha habido un problema con ellos, y han tenido que retirarlos.
—Nunca ha pasado eso con ningún otro archivo —me cruzo de brazos—. Además, ¿crees que les llevaría tanto tiempo hacerlo?
—Bueno, los estarán restaurando o reescribiendo, ten en cuenta que eso no se hace tan fácil —Maren me muestra las manos.
Si solo hubiera buscado esos archivos un par de veces, su teoría podría ser válida, pero fui durante años a la ciudadela y jamás han sabido decirme nada sobre lo que necesito. Ni Olen, el encargado de la ciudadela, ha podido darme una respuesta a pesar de la insistencia que he mostrado.
—No Maren, creo que tienes razón al pensar que nos quieren ocultar algo. —confieso con labios apretados—. Incluso a mis padres les ocultan información, las ninfas son muy hábiles cambiando de tema.
—Espera, espera —Maren coloca la palma abierta de su mano frente a mis ojos—. ¿Crees que nos engañan?
—Creo que, simplemente, omiten ciertos detalles que consideran que pondrían en peligro su reinado —afirmo convencida—. No creerás que sabemos todo lo que pasa en Rhysartyr o en Bhulkahdur, ¿no?
—Aelfraed es el encargado de que en su ciudadela se recoja toda la información de Órianth desde hace más de cuatro mil trescientos años. Además, algunos elfos tienen el don de la sabiduría… —Maren arruga el entrecejo entre titubeos.
—Sí. Él es el rey de Rhysartyr y es cierto que cuando la diosa Aphaea los creó les otorgó siete dones, pero eso no significa que él conozca sólo lo que los dioses quieran darle a conocer —insisto—. Y créeme, son reservados en lo que consideran que deben serlo.
Avistamos Néferien entre los nuevos descubrimientos y el debate. Todo lo que estaba hablando con Maren deja de interesarme al recordar por qué vinimos hasta aquí. Tien.
Los árboles un tanto tétricos y sus copas vacías a lo lejos son interesantes.
Los campos, los pastos secos los kilómetros previos al reino.
Las flores no tienen los tonos brillantes y cálidos de Ravenbell; aquí son negras, marrones y rojas oscuro.
Las dota de una belleza única. Las casas son sombrías, de los mismos tonos que la tierra donde se levantan.
No recordaba con tanto detalle estas vistas, cuando vine por primera vez con mis padres no podía dejar de maravillarme con el atardecer que dotaba al pueblo de una extraña luz natural.
Era tan mágico, como único. Hoy el cielo es azul verdoso y está repleto de nubes grisáceas que hacen que el sitio parezca más frío.
He dejado atrás los pueblos de magia blanca.
Me apena no poder encontrarme con la reina Efaris ni pasar por el castillo de la princesa de magia negra. Siempre quise verlo.
Al menos, encuentro consuelo al ver a lo lejos sobre la colina el castillo del príncipe Ebhan. No recordaba que el hogar de los sanadores quedara tan lejos de mi reino.
—¿Puedo decirlo? —Maren ladea el cuello a prisa. Veo el asombro definido en la mueca de sus labios.
—Puedes —sonrío.
—Tienes razón —sus ojos se posan intensos sobre los míos—. Yo tampoco puedo comprender qué hay de malo en estas tierras…
Solo guardo silencio y continúo con el vuelo hasta llegar al principio del puente estrecho que da acceso al castillo de sanadores.
Observo sus torreones con vigías. Los arcos y vidrieras.
Gárgolas decoran las puntas del delicado empedrado con el que se forman los grandes muros negros, el musgo verde cubre la parte inferior de ellos.
Los ojos de roca del fénix de obsidiana que custodia el castillo asoman imponentes entre las decoraciones de la estructura.
Rosales negros. Amapolas moradas y lirios para decorar las partes bajas…
Sin duda, una mezcla que nunca pensé que pudiese maravillarme.
Los brujos de magia verde en las inmediaciones recogen plantas o mueven la tierra, sus gestos parecen demasiado suaves para trabajos más pesados.
Dos guardias provistos de armadura ligera verde con detalles floreados en bronce custodian la puerta.
Llevan envainados en el porta espada del cinturón, un mandoble con el mismo símbolo grabado en la madera de las hojas en una esfera de cristal en el pomo.
Entrecierro los ojos al apreciar cómo está suspendida sobre la empuñadura.
Desenvainan una sonrisa al vernos cruzar hacia ellos.
—Buenos días —me dirijo a Yeziel, el guardia de la puerta que reconozco.
—Buenos días, princesa Eladriel —Yeziel me dedica una reverencia. Dibuja una sonrisa decorosa.
—Ruego que os apresuréis en anunciar mi llegada a su alteza, el príncipe Ebhan —muevo con disimulo los dedos para calmar los nervios.
—Perdonad, mi señora, su majestad se encuentra el día de hoy en el reino de los enanos —asiente de forma pausada—. No podré concederos audiencia.