Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Mi cara arde en llamas, Riven se gira rápidamente para darme intimidad.

—Lo… lo siento —dice avergonzado.

No digo nada, este momento es muy incómodo. Voy hacia el baño y por suerte allí hay una especie de kimono, me lo coloco rápidamente y salgo.

—No esperaba encontrarte aquí —logro decir.

—Lo sé, si te resulta muy incómodo buscaré otro lugar en el que dormir —dice dirigiéndose a la puerta.

—No, no te vayas. No me importa, de verdad —lo digo con sinceridad.

Riven se relaja y me devuelve la mirada, ambos nos echamos a reír ante lo ridículo de la situación.

Me cepillo el pelo antes de ir a la cama mientras Riven ojea un libro fae que le ha dejado Numanier.

Cuando termino entro a la cama, Riven sigue absorto en su lectura, entonces se gira levemente hacia mí.

—¿Me prometes que esta no es la última vez que nos vamos a volver a ver ?

—Te lo prometo —dice él—, pronto acabará todo esto y estaremos en paz, en Élion.

Suena convencido, como si ya lo hubiera visto.

Me giro y le doy la espalda, no sé qué tiene este lugar pero cuando cierro los ojos ya estoy dentro de un sueño profundo.

El día siguiente empieza con la partida de Riven, cuando abro los ojos, él ya no está en la habitación, tampoco el libro que leía anoche.

Me visto rápido, la idea de que se haya ido sin despedirse me enfurece.

El vestido de seda fina que he encontrado en el armario, se mueve dejando un halo por las escaleras a cada paso.

Cuando llego al hall, Riven está reunido con Numanier.

—¡Zaja! —dice Numanier, sorprendido por la velocidad con la que bajo.

Riven ve la preocupación en mi mirada.

—Tranquila, todavía no nos vamos —dice intentando calmarme.

—¿Cómo qué nos vamos ? —pregunto parpadeando.

—Shoy vendrá conmigo —retira la mirada, sabe que ahora mismo estoy disgustada.

—¿Por qué? —Exijo una respuesta.

—Porque necesito que me ayude a prepararlo todo.

Me relajo un poco, Shoy tiene conocimientos que yo no poseo, necesitamos una sanadora en la batalla, y ella es la única que tenemos. Shoy aparece a los pocos minutos, me toma de la cara y me acaricia el pelo.

—Este lugar te sienta tan bien, Zaja —su voz y sus manos son un recordatorio de la calidez de Élion—. Déjame que te cepille el pelo, Numanier me ha estado contando que hoy él seguirá con tu entrenamiento .

Volvemos a mi dormitorio y me siento en el tocador. Shoy me cepilla el pelo con la delicadeza propia de la experiencia, pero en la casa de Riven ella y yo somos las únicas mujeres que he visto por allí.

—¿Has cepillado mucho el cabello a las novias de Riven? —le pregunto intentando obtener algo de información sobre la vida amorosa de él.

—Oh no, él nunca ha traído sus romances a casa. Si las ha tenido, siempre las ha mantenido al margen —dice mirándome a través del espejo.

—Ah… —le digo apartando la mirada.

Shoy sonríe alegremente mientras empieza a separar el cabello para recogerlo en una trenza. Cuando termina me pone frente a ella y me ajusta el pelo que sobra detrás de las orejas.

—Te voy a echar de menos Shoy —le digo cuando acaba.

Me abraza fuerte.

—Yo a ti también.

Cuando bajamos Riven ya está preparado, Shoy coge su bolsa que ha cargado de hierbas fae.

—¿A dónde iréis? —la casa de Riven ya no es un lugar seguro.

—Iremos directos a la ciudad baja. Allí estaremos seguros.

Asiento y me acerco para despedirme. Riven me coge las manos igual que anoche bajo el agua, el recuerdo me hace sonrojar. Deja su frente descansando sobre la mía.

—Llegado el momento, Nyvral lo sabrá. Confía en él —refiriéndose a Numanier.

—Lo haré —le digo.

Los dos permanecemos unos segundos más así, con los ojos cerrados. Nadie dice nada. Cuando levanta la mirada, nuestros ojos se encuentran.

—Cuídate Zaja, te espero.

—Cuida de Shoy —le digo —, sois todo lo que tengo.

Aprieta los labios y asiente, en sus ojos está la promesa de que volveré a verle.

Ambos se marchan sin mirar atrás. Numanier se mantiene a mi lado hasta que les perdemos de vista mientras se adentran en el bosque.

—Empezamos —le digo a Numanier—. No hay tiempo que perder.

Numanier da una palmada y se acerca las manos al rostro.

—No te imaginas cómo deseaba que llegara este momento.

Llegamos a una especie de pabellón, a lo largo de las paredes hay faes vestidos con trajes de cuero, son diferentes al de los humanos, estos se mantenían mucho más ajustados, todos llevan armaduras ligeras. Una armadura plateada me espera.

Numanier me ha provisto de un traje de cuero para llevarlo bajo la armadura, la reconozco, es la que vimos en el almacén, la suya, y la espada que descansa en la pared también. Cuando estoy lista, me dice:

—Muéstrame qué es lo que sabes hacer —y me entrega su espada.

Me siento fuera de lugar, aunque la armadura debería de resultar pesada, puedo moverme con facilidad con ella, pero no estoy acostumbrada. Cuando alzo la espada hacia Numanier este se echa a reír.

—No Zaja —dirige la mirada al pabellón—, a ellos, uno a uno.

Le miró incrédula, hay unos cincuenta todos con armadura y armados con diferentes armas. Me sobrecoge la idea de enfrentarme a todos ellos, por unos segundos dudo pero recuerdo porque estoy haciendo esto .

El primero me mira desafiante, lleva dos dagas, una a cada mano.

Comienza a moverse con movimientos rápidos, alzo la espada y giro con ella buscando un golpe, la espada golpea una de las dagas, pero no consigo derribarla.

La alzo nuevamente y busco golpearle el costado, casi lo logro, pero el fae cruza las dagas frente a la espada y esta cae al suelo.

—Esta bien Zaja, con el siguiente no dudes.

El fae vuelve a su posición y el siguiente que sujeta una espada se pone frente a mí.

Enfrentarme a todos ellos me lleva varias horas, cuando acabo estoy igual de frustrada que exhausta, los fae son ágiles y curtidos en mil batallas.

Numanier ha observado todo este tiempo, cuando llego hasta él después de que el último fae derribara mi espada antes de que pudiera alzarla, me espera con los brazos abiertos.

—No está nada mal Zaja —dice—, vuelve esta tarde al lago y mañana seguiremos practicando.

Su buena intención por animarme no surte efecto, la guerra está a las puertas de Elion y solo he sido capaz de derribar a uno.

Paso la tarde nadando en el lago, cuando salgo mi cuerpo está excesivamente relajado, vuelvo a caer en un sueño tan profundo como reparador.

A la mañana siguiente, cuando llegamos al pabellón, la distribución de los fae es distinta, son menos, muchos menos y forman una especie de zigzag, al final del pabellón una hembra fae permanece quieta.

—Hoy si no logras derribarlos, Rina sufrirá —dice señalando a la hembra del final.

Le miro como si no pudiera creer lo que acaba de decir, de repente un fae irrumpe yapresa a Rina por la espalda y esta grita, Numanier no hace nada..

—Que empiece tu entrenamiento Zaja, no defraudes a Rina.

Sin dudarlo me enfrento al primero que viene decidido a asestar el primer golpe, lo esquivo y golpeo detrás de su rodilla haciendo que caiga de rodillas.

El siguiente corre hacia mí con una lanza, la esquivo, cuando consigo agarrarla la empujo hacia el fae, este cae de espaldas y tiro la lanza a un lado.

Los gritos de Rina me nublan los pensamientos, cuando consigo derribarlos a todos, me falta el aliento.

—¡Suéltala! —le grito al fae que la sujeta mientras le apunto con la espalda.

De inmediato la suelta y ambos se inclinan como si fuera una reverencia. Los aplausos de Numanier me hacen voltear hacia él.

—Maravilloso —dice acercándose lentamente hacia mí—, solo necesitabas un pequeño empujón.

Su sonrisa pícara me atraviesa, cuando vuelvo hacia Rina se marcha de la mano del fae que la sujetaba. Todo era una mentira, pero ha resultado efectiva. Cuando consigo recuperar el aire que me falta digo:

—Bien jugado —mientras me seco el sudor de la frente.

—Has estado fantástica, ahora sé que es lo que él te ha enseñado. Mañana te enseñaré los puntos débiles de tu rival.

Asiento, no sé si estoy muy de acuerdo con su método, pero ha resultado efectivo. Hoy no hay rastro de frustración, pero necesito descansar.

Los días que siguen, se resumen en entrenamientos con prácticas cuestionables de Numanier pero efectivas. Cada día consigo derribar antes a los fae, por la tarde Numanier corrige mis movimientos en casa y me enseña nuevos para poner en práctica al día siguiente en el pabellón.

Esta noche después de cenar paseamos por el jardín de los rosales, Numanier arranca una rosa, la acerca para que su olor me embriague para justo después colocarla en mi pelo.

—Por tí, cualquiera iría a la guerra —dice con una sonrisa—, Lord Riven es un hombre afortunado.

Le miro confusa, pero sus palabras hacen que el calor me suba a las mejillas.

—No…—digo temblorosa—, Riven y yo no…

Sacudo las palabras con la cabeza, la idea hace que me tiemblen las piernas.

—Lo sé —dice Numanier—, el príncipe llegó primero.

Seguimos caminando en silencio, algo hace que me remueva, ese cosquilleo en mi mente, Nyvral.

—Pequeña humana ha llegado el momento.

¿Tan pronto? Laiyor ha sido rápido.

—Numanier, es la hora.

—Deshazte del feo fae y vuelve, te espero.

Volvemos a paso ligero, Numanier me entrega el cuero y la armadura, me la ajusta y de un pequeño armario saca un cofre.

—Ahora tienes el tuyo —dice entregándolo.

Lo abro con nerviosismo, es un yelmo. Es hermoso, destaca una gran cresta con puntas verticales afiladas que se elevan de la parte frontal que van hacia atrás, dándole una silueta propia de un ave o criatura alada, es de una elegancia propia de los fae, rozando lo oscuro.

—Gracias —le digo—, es increíble.

—No lo pierdas junto con tu cabeza —dice irónico .

Tragó saliva, la idea de la guerra me hiela la sangre, pero no hay tiempo para dudar. Ha llegado el momento, pienso luchar por mi libertad y la de los míos.

Numanier me acompaña hasta Nyvral, cuando este ve al dragón no se amedrenta.

—Siguen oliendo igual de mal —dice casi con desprecio.

Nyvral le ruge ofendido, el cabello de Numanier se mueve hacia atrás con el aliento del dragón, pero este ni se mueve. Se vuelve hacia mí y me coge las manos.

—Suerte en la batalla Zaja, vuelve pronto.

Asiento, me coloco el yelmo y subo a la espalda de Nyvral, mientras alzamos el vuelo, él sigue allí mirándome, quizá sea la última vez que lo haga.