CAPÍTULO 40
Como si me esperara, Numanier está en el hall mirando ensimismado por una de las ventanas, dejando pasar la eternidad en la que vive sumido. Al escuchar mis pies descalzos por el mármol se gira hacia mí.
—¿Necesitas alguna cosa humana? —pregunta amablemente.
—No precisamente, necesito que me prepares para la guerra.
Arquea una ceja, la sorpresa le arranca una sonrisa, noto lo que parece un pequeño gesto de nerviosismo en sus manos. Aprieta los labios antes de decir.
—Puedo conseguir una armadura de tu talla —dice mirándome de arriba abajo—, sígueme.
Salimos a la ciudad, paseamos por sus calles con la tranquilidad con la que los inmortales inundan este lugar, para ellos el tiempo es como si no existiera, no hay prisa en sus pasos.
Viven completamente ajenos al mundo humano y sus conflictos, mi presencia todavía sobresalta a algunos que susurran a mis espaldas.
Numarier saluda a todos los suyos con una amplia sonrisa sin dar la menor importancia a mi presencia.
Cruzamos un pequeño puente que cruza un riachuelo lleno de vida y llegamos a una especie de almacén grande como un templo.
La construcción es tan hermosa como el resto de edificios que componen la ciudad.
Con un chasquido de dedos de Numanier, el lugar se ilumina con pequeñas luces de diferentes intensidades que se mueven por la estancia.
Todo está lleno de armaduras, armas fae doradas, arcos que parece que el mismísimo bosque los ha tallado con gracia.
Mis manos se posan en una preciosa armadura plateada, brilla tanto que puedo ver mi reflejo en ella.
Hay una estantería llena de yelmos que recuerdan a la cabezas de los venados, con cuernos retorcidos metálicos, tan hermosos como letales.
Nunca pensé que podría sentirme fascinada por la belleza de las armas.
Numanier me observa desde la entrada, me deja sujetar entre las manos las espadas que más llaman mi atención, algunas están llenas de rubíes y esmeraldas.
—Esa que tienes en las manos fue mi espada.
La miró con detalle y después dirijo hacia él la mirada, no me lo imagino en medio de una batalla.
—Su acero ha sesgado tantas vidas humanas, que casi es poético verla en tus manos.
La sangre se me hiela mientras vuelvo a dejarla en su sitio.
—Cógela, úsala en vuestra guerra —le miro incrédula—, esa de ahí también es mi armadura, puedes llevártela.
—Gracias, pero… —no sabría ni por dónde empezar a ponérmela—, no sé si puedo aceptarlo.
—De aquí saldrás completamente preparada y equipada.
Creo que no podré cuestionar esta decisión que acaba de tomar. No estoy preparada para la guerra, aunque Numanier me haga parecer una guerrera, no tengo los conocimientos para enfrentar lo que viene hacia nosotros como una tormenta imposible de frenar.
—Creo que no sobreviviré a la batalla —le digo a Numanier .
—Tus palabras no son una buena forma de enfrentar un conflicto —hace una pequeña pausa—, no puedes perder la esperanza.
Suspiro mientras acaricio un yelmo con cabeza de lobo.
—Ayúdame a prepararme, no solo con las armas.
Se acerca poco a poco hacia donde estoy, cuando llega donde está el yelmo de lobo, lo mira como si estuviera recordando algo.
—Este yelmo era de mi hermano, Velamir —traga saliva—. Igual que tú, era jinete de dragón, ambos murieron cuando cayó la segunda era.
Durante unos segundos se lo queda mirando, aprieta la mandíbula y dirige la atención hacia mí.
—Te ayudaré Zaja, pero prométeme que no tendrás el mismo destino que Velamir.
Asiento, no estoy muy convencida de la promesa que acabo de hacer. La guerra es algo inminente y aunque llevo meses intentándolo, todavía no soy una buena guerrera.
Volvemos a casa de Numanier con la misma tranquilidad con la que nos fuimos, ya está oscureciendo. Durante el camino de vuelta le explico a Numanier cómo han sido mis entrenamientos en Elion y que casi todo lo que sé me lo ha enseñado Laiyor.
—No es tan malo que él haya sido tu maestro, aunque si llegas a enfrentarte a él anticipará todos tus movimientos, conoce tus puntos débiles. Pero tú también conoces los suyos, te enseñaré a reconocer dónde están sus errores.
Ni tan siquiera había pensado que pudiera estar en desventaja por el hecho de que Laiyor haya sido mi maestro, sé y soy consciente de que en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con Laiyor podría ser mi fin. ¿Será capaz de hacerme daño ?
Riven está con Shoy acabando de cenar en la mesa en la que desayuné esta mañana con Numanier. Se les ve tranquilos, Shoy gesticula mucho mientras le explica algo con una gran sonrisa, Riven la escucha pacientemente y con atención. La imagen me conmueve, ellos son mi familia ahora.
Levantan la mirada hacia nosotros cuando nos escuchan entrar.
—Espero que os hayáis sentido cómodos el día de hoy —dice Numanier dirigiéndose a ellos.
Shoy está feliz de estar aquí, sus ojos apenas se abren de la enorme sonrisa que le dedica a Numanier. Riven en cambio apenas le dedica una caída de ojos, antes de fijar su mirada en mí y suspirar antes de volver la atención a su plato.
—Lord Riven —dice Numarier—, necesitaré que antes de la media noche te reúnas conmigo, aquí —parece una orden, entonces se vuelve hacia mí— tú también, Zaja.
Riven y yo nos miramos confusos, pero aceptamos.
Vuelvo a mi dormitorio después de cenar rápido un poco de queso y uvas.
Me paseo por la habitación intentando hacer tiempo antes de la medianoche, cuando miro por la ventana la luna llena me saluda imponente.
La miro fijamente durante unos minutos absorta en mis pensamientos hasta que un escalofrío recorre mi cuerpo.
— ¿No te habrás olvidado de mí? — dice Nyvral queriendo sonar ofendido.
— Jamás — le recuerdo.
—Estas tierras me aburren…
—Ojalá pudieras estar más cerca, este lugar es realmente hermoso.
—Esos odiosos fae no son de mi interés —dice .
—¿Ah no? Tengo entendido que tiempo atrás fueron vuestros jinetes…
—Eso no volverá a suceder nunca más.
Me gustaría saber el motivo por el que Nyvral siente tanto rechazo hacia ellos, pero antes tengo que avisarle.
—Nyvral, una guerra inminente nos acecha.
— Lo sé —dice casi con entusiasmo—. No me vendrá mal un poco de diversión.
Unos suaves golpes en mi puerta me sacan de la conversación con Nyvral.
—Adelante.
Riven abre la puerta pero no entra.
—Es ahora, tenemos que bajar.
Cuando llegamos Numanier está delante del lago observando a la luna que ahora está en su punto más alto, su reflejo en el lago es como un lienzo que aún se mantiene fresco.
—Despojaos de la ropa —dice Numanier.
Riven y yo nos miramos sin entender.
—¿Por qué? —dice Riven.
—Antes de la batalla tenéis que dejar en el agua lo que ya no necesitáis.
—No sé si… —digo moviéndome nerviosa—, quiero hacerlo.
—Yo tampoco quiero —dice Riven.
—Ahora no importa lo que queráis, si no lo que debéis hacer, ya conocéis el poder de esta agua —nos recuerda—. Solo tenéis que confiar una vez más.
Suspiro y empiezo a bajar los tirantes del vestido. Riven se quita la camisa, con los pies empuja sus botas y finalmente se quita los pantalones, en ese momento cae mi vestido al suelo. Estamos los dos completamente desnudos delante de Numanier que sigue con la mirada perdida en el lago.
No me atrevo a mirar a Riven, él tampoco me mira a mí, doy un paso al frente en dirección a la orilla, la verdad que la idea de darme un baño en él surgió el primer día que lo vi.
Nunca pensé que fuera a ser así y con Riven.
Entro despacio en el agua hasta que mi cuerpo queda completamente sumergido y sólo asoma mi cabeza, Riven tarda un poco más pero hace lo mismo.
Mientras estoy en el agua veo su espalda desnuda, la luz de la luna le marca todos los músculos y unas cicatrices antiguas, la quemadura del hombro ahora es una herida.
Aparto la mirada y nado hacia el sauce que hay al otro lado.
—Acercaos —nos dice Numanier.
Cuando los dos nadamos hacia él nos dice.
—No a mí, entre vosotros. Tenéis que agarraos de las manos.
Riven y yo nos miramos y comenzamos a nadar hasta quedar frente a frente. Nos cogemos las manos debajo del agua, evitando mirarnos a la cara.
—Ahora, sumergíos por completo e intentar permanecer el mayor tiempo posible.
Nos miramos antes de cerrar los ojos y bajamos los dos hasta quedar completamente cubiertos por el agua.
Abro los ojos debajo del agua y me encuentro con los de Riven que están fijos en mí, en mi cara, no mira más allá.
Tengo que reconocer que me cuesta hacer lo mismo, la curiosidad por verle desnudo me invade.
Pero no lo hago. Unos segundos más tarde, soy la primera en volver a la superficie.
Doy una bocanada de aire e inmediatamente Riven hace lo mismo.
Miramos hacia Numanier esperando que nos diga qué hacer.
Riven y yo permanecemos cogidos de las manos.
—Bien, ahora ya podéis volver, si es lo que queréis—dice con una sonrisa pícara.
Sinceramente esperaba sentirme diferente, pero siento lo mismo que antes de entrar en el lago. Riven y yo nos volvemos a mirar.
—¿Volvemos? —dice Riven.
No puedo evitar fijarme en sus pestañas llenas de gotas de agua.
—Prefiero quedarme unos minutos más —le digo.
La verdad que la sensación es agradable, nadar un rato más me ayudará a descansar.
Riven asiente y vuelve hacia la orilla, mientras sale del lago, me doy el gusto de saciar mi curiosidad, su piel es más morena que la mía, sus piernas son fuertes y sus glúteos… en ese momento se gira hacia mí y rápidamente me sumerjo por completo presa de la vergüenza.
Cuando salgo a la superficie ya no está, después de unos minutos flotando, observando el impresionante cielo nocturno y después de jugar con los nenúfares, vuelvo a la orilla y me envuelvo con la ropa. Antes de correr hacia mi habitación, Numanier me sobresalta, estaba esperando a que saliera.
—No tenemos mucho tiempo para ti —dice queriendo sonar divertido—. Descansa hoy, mañana dispondré de todo lo necesario para tu instrucción.
Antes de subir al dormitorio le pregunto:
—¿Que ha sido exactamente esto? —refiriendome a lo que hemos hecho Riven y yo en el lago.
—Una tradición nuestra, una forma de purificar las almas.
Pienso en ello unos segundos y vuelvo en mí .
Nos despedimos con un leve movimiento de cabeza y nos retiramos. Corro por las escaleras esperando que nadie vea esta escena. Por suerte logro llegar sin que nadie me veo, cierro la puerta tras de mí y allí está Riven, no me acordaba de que no le habían asignado una habitación.