Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 38
86%

CAPÍTULO 38

No sé si ha sido la magia que brota de este lugar, o que realmente estaba tan exhausta que he caído desmayada.

Cuando abro los ojos está bien entrada la mañana, la luz me ciega unos segundos hasta que me acostumbro a ella.

Me incorporo y me siento como nueva, como si no llevara días cabalgando a caballo o a lomos de Nyvral.

Observo a mi alrededor y veo unas ropas de tela fresca sobre una silla, me levanto ypuedo ver que encima hay una nota escrita con una letra impecable.

“Buenos días Zaja, espero que hayas descansado. Ponte esta ropa, aquí es importante pasar desapercibida y vestida de cuero harás que alguno te considere una amenaza. Cuando estés lista baja y te servirán el desayuno.

Por cierto, baja descalza.

Numanier.”

Acaricio la suave tela, y me doy cuenta de que un olor desagradable me invade, creo que proviene de mi, una mueca de asco se me dibuja en la cara.

Por suerte la habitación tiene un baño completo, me doy un largo baño, me sumerjo por completo y dejo que el agua y los aceites penetren cada centímetro de mi piel.

Aunque este lugar se me presente como un oasis, no puedo olvidarme de lo que he venido a hacer aquí.

Me visto rápidamente y cepillo los nudos que se han formado en mi pelo, cuando estoy lista me miro en el espejo.

No parezco yo, el vestido es de seda y gasa en tono gris claro casi plata, no tiene mangas y dejan completamente los hombros al descubierto, las aberturas de las piernas me resultan incómodas, no de llevar, si no de ver, nunca he llevado las piernas al desnudo.

Un largo trozo de tela rojo cae por la espalda solo de un hombro, como si fuera una especie de capa.

El vestido se mueve con cada uno de mis movimientos y por primera vez en mucho tiempo me siento guapa.

Bajo las escaleras a paso ligero, descalza como pedía Numanier en la nota, el suelo de mármol se siente fresco sin ser incómodo, es extrañamente agradable.

Cuando llego al final de la escalera, la vista del lago me sobresalta, es tan bonito como la primera vez que estuve aquí.

Hoy en cambio una pequeña mesa metálica blanca y un par de sillas cuidadosamente a juego me aguardan.

Numanier aparece con su caminar fino y elegante, antes de acercarse me repasa con la mirada

—Mírate, si no fuera por tus extrañas orejas, pasarías por uno de nosotros.

No sé si es un cumplido, pero le respondo con una sonrisa. Numanier me señala la mesa a modo de invitación y ambos nos sentamos. Posa dos de sus finos dedos y da dos golpes suavemente, en cuestión de segundos aparece sobre la mesa lo que creo que será nuestro desayuno.

Doy un respingo en la silla, atónita por lo que acabo de ver. Numanier ríe .

—Tranquila, te acostumbrarás.

Seguidamente se sirve una taza de té y una de las apetecibles pastas.

Parpadeo, intentando volver al mundo real, pero sorprendentemente estoy en él.

Mientras me sirvo el té, Numanier rompe el silencio.

—Tus amigos deben de estar apunto de llegar —dice sin apartar la mirada de la mesa—, me reuniré con el consejo cuando lo Sylvethar hablen, no te prometo nada Zaja. Pero haré lo que esté en mi mano.

Los Sylvethar, el consejo. Mi mente vuelve al norte, no me gusta como se manejan las cortes, demasiadas voces.

—Entiendo —digo asintiendo —cuando lleguen, me gustaría verlos.

—Por supuesto.

—Si los Sylvethar y el consejo no están de acuerdo, me marcharé con ellos.

Numanier se revuelve en su silla.

—Dulce humana, no sería una decisión inteligente si es verdad que te han dado caza.

Me mira fijamente, como si lo que acabara de decir fuera una estupidez. Pero no, no lo es.

—Me buscarán donde estén ellos, y si no me encuentran, ellos pagarán las consecuencias de mis actos.

No titubeo, no le aparto la mirada, si ellos no pueden quedarse, aquí tampoco habrá lugar para mí.

—Eso te hace noble, una característica poco común en los humanos. El consejo lo tendrá en cuenta Zaja, yo me encargaré.

Antes de acabar, Numanier siente la llegada de Riven y Shoy.

—Sígueme, están aquí .

Sin pensárselo dos veces dejo mi taza de té en la mesa y le agarro la mano.

Caminamos a paso muy ligero, casi al trote.

El vestido debería resultar muy incómodo, pero no lo es.

Cruzamos una parte de la ciudad fae ante la mirada atónita de todos los que se cruzan con nosotros.

Entonces recuerdo que llevan siglos ocultos de los humanos, yo podría ser una amenaza.

Nos adentramos en el bosque que anoche era aterrador, pero de la mano de Numanier no siento esa sensación.

Al rato de caminar por el bosque, les veo.

Riven y Shoy, agotados del viaje. Los fae que la primera vez me interceptaron en el bosque les apuntan ahora a ellos, me tenso ante tal escena.

Mi mirada se encuentra con la de Riven, todavía voy de la mano de Numanier, le suelto la mano como si estuviera haciendo algo inapropiado, doy un paso intentando acercarme.

Numaniel me frena antes de que llegue a ellos.

—Espera.

Posa una mano en el tronco más cercano, todos le observan mientras entra en una especie de trance. Unos segundos después se suelta. Me mira y por unos segundos dudo, los Sylvethar.

Asiente sin apartarme la mirada, sí, los Sylvethar saben que las intenciones de Riven y Shoy son buenas, ahora falta el consejo.

—Bajad las armas —les dice a los otros fae—, seguidme.

Caminamos por el bosque de vuelta a la ciudad, Riven y Shoy van detrás de nosotros, no puedo evitar voltearme para mirarles, cada vez que lo hago Riven tiene sus ojos posados en mí, demasiado serio.

Shoy en cambio mantiene su sonrisa, se que está agotada, pero este mundo nuevo le abre los sentidos.

Cuando volvemos a cruzar la ciudad, nos observan y señalan, ahora ya somos tres, pero no nos importa, aquí de momento estamos a salvo.

Nos dirigimos a un edificio diferente, alto como una torre y comenzamos a subir sus largas escaleras en forma de caracol, mientras subimos, los ventanales nos enseñan la ciudad desde la altura, deslumbrante, limpia, llena de vida mágica.

Cuando llegamos a lo alto de la gran torre una mesa ovalada la preside.

Hay otros fae sentados, nos observan serios, casi con desdén.

Numanier toma asiento en lo que parece una sala del consejo.

—Hoy nos reunimos en el consejo de la ciudad de Novalene, para decidir si dar asilo a la humana Zaja y sus amigos.

Dice Numanier mirando al resto de faes.

—Zaja requiere del asilo que yo le prometí cuando nos devolvió el orbe.

Los fae susurran entre ellos y nos miran incrédulos.

—El rey humano le ha dado caza, por lo tanto no hay más lugar seguro que esté para ellos. Los Sylvethar han hablado, sus intenciones son buenas.

—No nos conciernen los asuntos de los humanos, ¿Recuerdas Numanier?

Este se inclina ante el fae que lo cuestiona y le tiende la mano. Cuando entra en contacto con ella el fae entra en un trance similar al que tienen cuando posan sus manos en la corteza de un árbol.

—Interesante… —dice finalmente, dirige su mirada hacia nosotros.

Empiezan a entrelazarse de las manos entre ellos, por un momento parece que ignoran el hecho de que estamos aquí.

Numanier nos mira antes de decir.

—Estáis dentro —sonríe satisfecho.

Yo suelto el aire que estaba conteniendo. Una tregua, esto es una pequeña tregua a todo lo que estamos viviendo. Me siento eufórica, feliz, pero todo se desvanece cuando miro a Riven, está tranquilo, pero no hay ninguna emoción en su mirada, no confía en los fae ni en este lugar.

Cuando bajamos por las escaleras y volvemos a poner los pies en la ciudad, nos volvemos a dirigir a casa de Numariel. Shoy al igual que yo está maravillada ante tanta belleza, la naturaleza y la arquitectura de este lugar está integrada de una manera mágica.

Les pido que me acompañen a mi habitación, mientras preparan sus dormitorios. Necesito abrazarles, hablar con ellos. Cuando cerramos la puerta, les abrazo a los dos a la vez con efusividad, lo hemos conseguido. Shoy se pasea por mi dormitorio, mientras Riven me estudia con la mirada.

—Estás distinta —dice pasándose la mano por la nuca.

—Si… —digo mirándome los pies—, me ha pedido que pase desapercibida.

Riven arquea una ceja.

—No diría que precisamente pases desapercibida…

Nos miramos unos segundos y antes de que ninguno diga nada. Shoy vuelve para abrazarnos.

—Aquí nadie podrá haceros daño —dice Shoy.

Me aparta y me gira sobre su mano.

—¡Mírate Zaja! ¡Estás preciosa! —su risa inunda la habitación.

Riven nos observa desde la puerta, como si no creyera que está aquí.

Por unos momentos todo queda atrás, el norte, Laiyor, Thasvol, Élion, este último duele. Pero algo dentro de mí me dice que pronto volveremos a nuestro hogar.