CAPÍTULO 36
El vasto bosque del norte hace que el viaje de vuelta a casa sea pesado, las corrientes de aire que nos alcanzan de repente asusta a los caballos, la densa nieve ralentiza su paso, estamos tardando demasiado en llegar a Élion, cuando la nieve nos da una tregua, aparece el hielo.
Riven está de mal humor, apenas habla y cuando lo hace maldice a todo lo que no está en sus planes.
Lo único que me reconforta es que Nyvral nos custodia desde el cielo.
Sufro por Riven, las heridas de su cautiverio siguen abiertas, no hablo solo de las físicas. La dureza de todo lo que hemos pasado en el norte, nos ha marcado para siempre, como a Laiyor. Temo que Riven cambie del mismo modo que lo ha hecho el que ahora es nuestro rey.
—Riven… —intento romper el hielo.
No contesta, pero gira levemente la cara.
—¿Qué va a pasar ahora? —le pregunto.
—No lo sé—contesta sin dejar de mirar al frente.
—Sabe demasiado sobre nosotros… si nos considera sus enemigos, estamos perdidos.
—Debemos prepararnos para lo que venga, pero antes tenemos que llegar a Élion, aquí ya no estamos seguros, nunca lo hemos estado —empieza a volver a ser él .
El silencio vuelve a instaurarse en el bosque, la sensación de que algo entre los árboles nos observa me persigue, quizá todo es fruto de la paranoia o del trauma que acabamos de vivir, pero ya no confío, no en este lugar.
Después de unas largas y heladas horas, Riven decide desviarnos hacia una fortaleza abandonada, pasaremos la noche allí.
Necesitamos descansar, los caballos no aguantarán mucho más.
La voz de Nyvral inunda mi mente, siento su calor como un escalofrío en mi nuca.
—Este humano tuyo es más sensato —hace una pequeña pausa—. Tienes que confiar en él, como si fuera una extensión de tu propio cuerpo .
—Ya lo hago…
—No, tu mente se está quedando en el norte, en ese palacio. No dudes más Zaja, la oscuridad nunca debe ser una opción.
—¿A qué te refieres con la oscuridad?
—Laiyor pertenece a ese lugar, donde conspirar, traicionar y la búsqueda del poder, alimentan sus días, tú no eres así.
Una fortificación medio destruida se alza ante nosotros, es de piedra negra y parece que algo ha querido comérsela por el tejado, lo veo claro, ese algo fue un dragón.
No parece haber movimiento alrededor. Descabalgamos a los caballos y les dejamos libres a los alrededores. Aquí la nieve no es tan densa, y hay pequeños claros con pasto.
—¿Qué pasó aquí? — le pregunto a Riven señalando la fortaleza con la mirada.
—Dragones, hace 300 años que se considera maldita. Nadie nos buscará aquí.
—Genial —digo forzando una sonrisa .
Entramos y la sensación es escalofriante, quizá es por la sugestión de las palabras de Riven «maldita».
La destrucción aquí dentro se manifiesta casi como si fuera arte; rocas del tamaño de un carro en medio del salón al lado de una mesa invadida por la hiedra, la piedra fundida en lo que antaño eran ventanas, flores silvestres creciendo en las paredes de los dormitorios en los que ya no hay techo, en una de las estancias las garras de un dragón marcadas en la piedra me atraviesan como una advertencia, todo me resulta terriblemente hermoso.
Buscamos un lugar lo más seguro posible, donde estemos cubiertos y a la vez el techo no amenace con aplastarnos en medio de la noche. Nos acomodamos en el suelo, más cerca de lo que normal, con más confianza, creo no equivocarme al pensar que ahora mismo solo nos tenemos el uno al otro.
Apoyo mi cabeza sobre su hombro y el gemido de dolor me hace retirarme de inmediato.
—¿Te duele? —le digo mirándole a los ojos.
Asiente y se baja la camisa para mostrarme la herida, no es una herida, es una quemadura.
—Pensaron que te ayude a escapar —sus ojos se ensombrecen—, quisieron hacerme hablar.
La culpa me atraviesa como un rayo, me incorporo.
Intento hablar, pero no me salen las palabras.
—Sé lo que estás pensando —su mirada se suaviza—, hiciste lo correcto.
Nos miramos fijamente durante unos segundos.
—Dime —dice pensativo— ¿cómo acabaste tú sola con siete guardias ?
—No fui yo… fueron los Sylvethar. —Digo aguantando el llanto.
Riven sonríe brevemente y asiente.
—Esa es mi chica —parece orgullo lo que hay en sus ojos—. Supiste aprovechar tus recursos.
No aguanto más, las lágrimas caen por mis mejillas, el peso de todo lo que dejamos atrás cae sobre mi con un golpe seco. Riven me observa y me tiende su mano.
—Gracias… —hace una breve pausa y clava sus hermosos ojos en mí—, por confiar en mí, por volver como lo haces siempre. Entiendo a Laiyor…
No comprendo muy bien lo que quiere decir, siempre nos hemos debido a Riven, a el que ahora es nuestro hogar, Élion.
—Tu me sacaste de la jaula invisible en la que vivía, llegaste justo a tiempo para llenar mis días de luz y humo de dragón. Gracias a ti Riven de Élion.
Riven sonríe y lo hace de verdad.
—Lo volvería hacer sin dudar.
Me vuelvo a su lado, los dos apoyamos la cabeza contra la piedra y después de un largo suspiro, el sueño nos vence.
Con la llegada del amanecer, un pájaro se cuela por la ventana y el revoloteo de sus alas nos despierta de un salto. Me sacudo el sueño de la cara y nos ponemos en pie, estiramos el cuerpo que está agarrotado por la humedad, cuando Riven me coge la mano suavemente.
—Tenemos que seguir, aprovecharemos las horas de sol y al anochecer habremos llegado a Élion.
Su mandíbula se suaviza al nombrar su pueblo, su lugar seguro. Asiento, ambos necesitamos el calor de nuestro hogar. Pero ahora ya no estará él …
Antes de cruzar lo que antiguamente era una puerta, escuchamos unas voces. Riven me aparta y nos quedamos pegados a la pared, inmóviles. Riven me mira y me tapa la boca con cuidado.
—No pienso entrar ahí —dice alguien.
—Debemos hacerlo, su majestad ha dado la orden de registrar toda construcción y fortaleza —contesta otro.
Las voces se escuchan demasiado cerca, si alguno decide posar un pie en la entrada nos descubrirá en menos de un segundo.
—No puede estar aquí… —dice uno dudando—, seguramente los otros la han encontrado.
«La han…»¿se referirá a mi?
—No hay rastro de que algún dragón haya pasado por aquí en siglos…
Riven no me mira, pero sí lo hiciera vería el terror en mi mirada, aunque creo que se ha dado cuenta de que he empezado a temblar.
—Vámonos, pero si pregunta, hemos entrado y no había ni rastro de la chica ni del dragón.
Se escuchan los pasos alejarse, pero yo no consigo relajarme. Riven retira poco a poco la mano que tenía en mi boca, asegurándose de que no se me escape ningún sonido y me abraza tan fuerte que parece que se me va a escapar el alma.
Pasamos unos segundos así, cuando se retira da un paso atrás, y sin decirnos nada nos miramos fijamente, no hay que decir nada, me están buscando. Laiyor me está buscando, no parará hasta encontrarme.
—No estás sola… —dice apenas audible—. Nyvral está contigo, el bosque está contigo, yo estoy contigo.
Me sujeta firmemente de los hombros, el pánico todavía no ha abandonado mi cara .
—Ahora vamos a salir ahí fuera —señala el bosque con un movimiento de cabeza—. Si las cosas se ponen feas, sabemos lo que hay que hacer.
Asiento con la respiración agitada, y sorprendentemente, sus palabras me relajan. Soy capaz de enfrentar lo que venga, soy la dueña de mi propio destino.
Me armo de coraje y salimos en busca de los caballos que por suerte se han mantenido ocultos entre los árboles, fuera del camino.
Emprendemos el viaje volviendo a atravesar el bosque, evitando los caminos y senderos, Riven me guía, los Sylvethar responderán a mi llamada y Nyvral desataría el mismísimo infierno si se lo pidiera.
—Podrían haber sido mi desayuno si así lo hubieras querido pequeña humana…
Una sonrisa sincera se dibuja en mis labios.
—No me encanta el sabor de la carne de los humanos, pero esos dos… —una sombra corre por mi mente, está furioso—. Me los hubiera zampado con mucho gusto.
—Ya no será necesario, han elegido bien su destino.
—No permitiré que te lleven de vuelta a la capital… —no es una advertencia.
Llegamos como dijo Riven, al caer la noche vislumbramos la casa de Riven, el hogar. Veo a Nyvral volar bajo, dirigiéndose al acantilado. Todo se siente más relajado, no veo el momento de ver a Shoy, de volver a comer sus deliciosos guisos, o a pasar las tardes frente a la chimenea mirando el fuego.