CAPÍTULO 35
Riven ya ha terminado de preparar sus cosas cuando yo aún no he decidido qué meter en mi bolsa, la miro, está vacía como si reflejara exactamente cómo me siento.
—No tenemos mucho tiempo —dice él, sin dureza, pero sin suavidad tampoco.
—Lo sé.
Resoplo pero no me muevo. Riven se acerca y se deja caer en el marco de la puerta.
—Quieres despedirte.
No es una pregunta.
—Sí —le digo encogiéndome de hombros.
—No deberías.
—Quizá…
—Pero vas a intentarlo igual.
Asiento. Riven suspira, pero no me detiene.
Salgo de la habitación decidida, no puedo marcharme sin hablar con Laiyor, sí estamos aquí es por él.
Corvin y Laiyor están reunidos en la sala del consejo, cuando llego al pasillo no puedo oír lo que dicen, pero sí puedo verlos a través de la puerta entreabierta. Corvin habla con las manos detrás de la espalda, tiene la mirada fija en Laiyor.
—El pueblo necesita una voz firme —dice.
—La tendrá —responde Laiyor.
Su tono es sereno, tiene la cara marcada por los golpes que recibió en la celda pero se recupera a grandes pasos. Corvin asiente, satisfecho.
Cuando empiezan a moverse de nuevo por la sala del consejo me aparto antes de que me vean.
Cuando intento entrar para despedirme un guardia cruza su lanza frente a mí.
—El rey está ocupado.
La palabra me lleva de nuevo a la realidad, Rey.
—Solo quiero hablar con él —digo.
—No es posible.
No me mira, no me reconoce ni tan siquiera sabe mi nombre, aquí simplemente soy la chica del dragón.
Riven me encuentra allí, quieta, con la mano aún levantada como si pudiera atravesar la puerta por voluntad.
—Zaja…
—No me deja verle —digo con un nudo en la garganta.
—No deberías verle.
Pero no me muevo. Los cuernos suenan antes de que pueda decidir qué hacer, hace unos días esos mismos cuernos anunciaban el juicio y la sorpresa que nos tenía Thasvol preparada.
Riven y yo nos miramos.
—Es ahora —dice.
Salimos al exterior. El pueblo vuelve a congregarse en el patio, esta vez no solo tiemblan de frío, el miedo está visible en sus caras.
Nos mezclamos entre ellos, a punto de partir pero incapaces de marcharnos sin escuchar.
El patio está recuperándose del destrozo y el caos que ocasionó Thasvol, pero lo han preparado con flores y los estandartes de la corona se alzan en cada esquina.
Corvin sube primero al estrado.
Su voz es clara, calculada.
—El reino está a salvo —anuncia—. El usurpador ha sido derrocado.
Devorado mejor dicho.
—La justicia ha sido restaurada.
El pueblo duda, no saben si creerle. Hasta que aparece Laiyor, en el mismo estrado donde días atrás fue condenado, ese mismo lugar donde casi muere, pero ahora camina con la espalda recta. Con la mirada fija, con una calma que no es humana.
Las voces aflojan ante la presencia de su nuevo rey.
—Capital de Ithara, mi pueblo —empieza.
Su voz no tiembla.
—El caos ha terminado. El corto reinado del odio murió con Eryas. Yo asumiré el trono que siempre debió ser mío.
El pueblo contiene la respiración.
—Escuchadme bien —continúa—. La tercera era de los dragones ha comenzado.
Riven se lleva las manos a la cabeza.
—Mierda —no se corta.
Laiyor sigue.
—Thasvol protegerá nuestras tierras. Su furia caerá sobre cualquiera que intente perturbar nuestra paz. No habrá más traiciones. No habrá más miedo. No mientras yo reine .
El pueblo aplaude pero no veo alegría. Es supervivencia, tienen el miedo incrustado bien adentro.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Ante la imagen que tenemos delante, ese no es el Laiyor que conocí. Ese no es el hombre que me pidió que me quedara, es alguien nuevo, roto y podría volverse peligroso.
Riven me toma la mano.
—Tenemos que irnos —dice.
Esta vez ya no dudo, tenemos que volver a casa. Nos alejamos entre la multitud, sin mirar atrás pero mientras cruzamos la salida del patio del castillo, siento algo en mi nuca. Una mirada, un lazo que no se ha roto del todo y que quizá nunca lo haga.
El camino hacia las murallas del reino es más largo de lo que debería o quizá soy yo, que no quiero admitir que cada paso me aleja de él. Riven no habla, no desde que escuchara las últimas palabra de Laiyor en el estrado, o mejor dicho, de nuestro rey.
Camina a mi lado con la mandíbula apretada, la tensión en cada musculo de su cuerpo como si llevara un peso que no quiere que yo vea.
La capital está vacía, la noticia corre como la pólvora, los que vuelven después del anuncio llevan con ellos un silencio contenido, como si todos supieran que algo ha cambiado y nadie se atreviera a decirlo en voz alta.
Cuando cruzamos las murallas, dejo de contener el aliento, vuelvo la mirada al castillo que encierra el sufrimiento vivido estas últimas semanas, lo dejamos atrás y también a Laiyor.
El bosque nos recibe hostil, como todo el norte. Las ramas se mueven como si susurraran advertencias, Riven sigue sin hablar solo avanza .
Hasta que una sombra se desliza entre los árboles.
—Por fin —dice una voz conocida—. Pensé que os ibais a quedar a escuchar más discursos dramáticos.
Nyvral aparece entre los troncos, con esa elegancia peligrosa que siempre parece fuera de lugar en el mundo humano.
Sus ojos recorren mi rostro, luego el de Riven.
—Estáis pálidos —añade—. Bueno, tú siempre lo estás —señala a Riven—, pero tú, pequeña humana… pareces a punto de desmayarte.
Riven exhala por la nariz, un sonido casi imperceptible.
—Ha cambiado, Nyvral.
—¿Solo ahora te das cuenta?
—No es él.
Nyvral ladea la cabeza.
—Es él solo que no querías ver la rotura que te ocultaba y los humanos rotos son impredecibles. Los reyes rotos, aún más.
Riven se detiene, no se gira pero su espalda se tensa un poco máscomo si algo en sus pensamientos le hubiera atravesado.
—Tenemos que llegar a Elion cuanto antes —dice al fin, con la voz baja, como si cada palabra le costara.
Nyvral asiente.
—Sí. Este lugar ya no es seguro. Para ninguno de vosotros.
—¿Crees que nos seguirán? —pregunto.
Nyvral me mira con una expresión que no sé descifrar.
—Creo que cuando alguien pierde algo que considera suyosuele ir a buscarlo.
Mi corazón se detiene un segundo. Riven se gira hacia mípor fin y su mirada lo dice todo: tenemos que irnos ya.
Nyvral da un paso hacia mí, más cerca de lo que suele permitirse .
— Pequeña humana… —su voz es más suave de lo habitual— . No mires atrás.
Trago saliva.
—No quiero perderle.
— Ya le has perdido —responde sin crueldad.
Riven me toma la mano, no para guiarme sino para que no me derrumbe. No hay vuelta atrás.
Nyvral se adelanta unos pasos, como si fuera nuestro guía.
—Vamos —dice—. Antes de que el bosque decida que también quiere comeros.
Y así dejamos atrás la capital, adentrándonos en el oscuro bosque del norte, la nieve nos acompaña como cada día del largo invierno de estas tierras, sin un atisbo de culpa lo dejamos atrás.
El recuerdo de todo los buenos momentos vividos con Laiyor me asalta cuando pasamos por delante de la cueva en la que nos refugiamos aquella noche, por un momento dudo de la decisión que he tomado, ser reina tampoco puede estar tan mal, vivir en un palacio el resto de mis días, dando la bienvenida a los príncipes y princesas que engendraría con Laiyor, rodeada de gente ambiciosa y con ansiade poder, dispuestos a traicionar a sus propios hermanos o condenar a muerte a sus hijos.
Lo tengo claro: Esa vida no es para mi, ya he vivido un matrimonio forzado, no me encadenaré a otro aunque ame a Laiyor y todo lo que un día fuimos.
Los caballos nos esperan nerviosos, moviendo las patas sobre la nieve como si también quisieran huir de la capital.
Riven monta primero, lo hace rápido, tanto que es brusco. Hago lo mismo, con una seguridad de incluso me sorprende a mi mism a
— No os retraséis —dice sin mirar atrás—. Este lugar huele a decisiones estúpidas.
Cuando por fin salimos al claro, el viento cambia. Los caballos levantan la cabeza al mismo tiempo, inquietos. Algo en el aire los pone tensos.
—Riven… —susurro.
—Lo sé.
A lo lejos, más allá de los árboles, la capital se ilumina con un resplandor rojizo.
No es fuego de guerra, son antorchas, cientos tal vez miles.
El pueblo vitorea con fervor, un rugido humano que atraviesa el bosque como un rayo.
Nyvral se detiene, sus ojos brillantes en la penumbra, se clavan en la ciudad.
—Ya ha empezado —murmura.
Riven aprieta las riendas. El caballo se agita, como si sintiera la tensión que él intenta contener.
—Tenemos que irnos —dice, por fin.
Asiento, aunque mi mirada se pierde entre los árboles, hacia las murallas y entonces lo veo. Una figura en lo alto, quieta mirando hacia el bosque, por un instante juraría que mira hacia mí. Laiyor o lo que queda de él.
La nieve cae entre nosotros como un velo, parpadeo y la figura desaparece. Riven acerca su caballo al mío, roza mi pierna una milésima de segundo.
—Zaja… no mires atrás.
Pero ya lo he hecho y sé que ese segundo, ese instante en que nuestras miradas se cruzaron, ha sellado algo que aún no sé nombrar.
Nyvral alza el vuelo, lo hace alto, más allá de las nubes para no ser visto, aunque el reino entero ya sabe de su existencia. Riven aprieta el paso del caballo y nuestra puesta en marcha, empieza a parecer una huida.
La nieve se levanta bajo los cascos, borrando nuestras huellas casi al momento y mientras nos adentramos en el bosque, una certeza me atraviesa como un filo: No hemos escapado, solo hemos empezado a correr.