CAPÍTULO 34
Tres días después, el castillo sigue oliendo diferente, no al fuego de Thasvol, sino al miedo, a las antorchas que no se apagan y a la gente que no duerme. El reino entero contiene la respiración y yo con ellos.
Corvin camina por los pasillos como si ya fuera el dueño de todo. Da órdenes, reorganiza guardias, habla con nobles que han salido de sus escondites como ratas después de una tormenta. A mí apenas me dedica una mirada, no me necesita. No quiere que esté cerca.
Riven tampoco descansa, lo veo a lo lejos, siempre rodeado de guardias, o con Corvin siguiéndole los pasos.
Hoy, por fin, escucho la conversación.
—Necesitamos a alguien en el consejo —dice Corvin—. Alguien que Laiyor escuche.
—No. —Responde Riven sin dudar.
—No es una petición.
—Tampoco una opción.
Corvin aprieta la mandíbula.
—Eres el único que puede mantenerlo estable.
—No soy su carcelero.
Corvin lo mira como si quisiera decir algo más, pero se contiene. Se marcha, Riven se queda quieto, mirando el suelo como si estuviera a punto de romper algo o a alguien. Yo doy un paso hacia él.
—¿Estás bien?.
—No —responde—. Pero eso da igual, tendrás que tomar una decisión pronto. No pienso quedarme mucho más tiempo aquí.
No insiste ni me mira, no tiene que hacerlo para que entienda que algo se está moviendo bajo sus pies,bajo los míos también. Nos alejamos por los pasillos en direcciones opuestas.
Afuera el pueblo está aterrorizado, los dos dragones sobrevuelan los bosques, las murallas tiemblan cada vez que uno ruge en la distancia y yo soy un recordatorio viviente de que todo esto empezó conmigo en la catedral.
Los guardias me evitan, las doncellas me observan como si fuera un presagio, Freya intenta acercarse pero no encuentra las palabras, yo tampoco.
Cuando estoy a unos pasos del dormitorio de Laiyor, dudo unos segundos antes de tocar a su puerta.
Laiyor está mejor físicamente, pero hay algo en él que ya no es como el de antes.
Nunca volverá a serlo. Cuando entro en su habitación, está sentado junto a la ventana mirando la nieve caer. No gira la cabeza cuando me oye.
—Zaja.
Su voz está vacía.
—¿Cómo te sientes? —pregunto.
—No importa cómo me sienta.
Me acerco despacio.
—Laiyor…
—He tomado una decisión.
Mi pecho se tensa.
—Voy a aceptar, Zaja .
No hay un atisbo de orgullo, fuerza o esperanza en sus palabras, como quien acepta una condena.
—El reino necesita estabilidad —continúa—, y yo soy lo único que queda.
No sé qué decir, no sé si debería decir algo, entonces me mira y esa miradano es la suya. Es más dura y afilada, parece peligrosa.
—Quiero que te quedes.
Ahí está… mi corazón se detiene.
—Laiyor…
—No como consejera ni aliada… como reina, se mi reina, siéntate a mi lado.
El aire se me escapa de los pulmones, le miro en silencio, soy incapaz de articular palabra, no sé cómo decirle que no es lo que quiero…
Él no parpadea.
—No quieres —dice finalmente.
—No es eso…
—Entonces dime qué es.
Trago saliva. Duele, duele demasiado.
—Si me quedo… me pierdo —digo al fin—, me convierto en algo que no soy. En algo que no quiero ser.
Laiyor me mira por fin y en sus ojos hay dolor y algo más oscuro detrás.
— ¿Y si yo te necesito? —pregunta, apenas audible.
Me rompe, lo hace de verdad.
—Te quiero —confieso, porque ya no puedo callarlo—. Te quiero más de lo que debería, pero no puedo quedarme para salvarte. No así .
Él cierra los ojos, como si mis palabras fueran un golpe.
—Siempre he sido lo que otros necesitaban —murmura—, nunca lo que yo quería ser, hasta que te conocí…
—No tienes que ser rey solo —digo, acercándome un paso.
—No quiero estar solo —susurra.
Y ahí está esa grieta, una herida abierta, invisible a los ojos de cualquiera.
—Laiyor… —mi voz tiembla—, si me quedo, me estaría perdiendo, y si eso sucede, no podré ayudarte. No podré ayudarte a ti ni a nadie.
Él abre los ojos y algo en su mirada cambia otra vez, esta vez se endurece, se vuelve más y más oscura.
—Entiendo —dice.
Pero no entiende, o entiende demasiado.
—No es un rechazo —intento decir.
—Lo es —responde sin emoción—. Solo que no quieres llamarlo así.
Mi garganta arde.
—Laiyor…
—Puedes irte —dice, volviendo la cabeza hacia la ventana—. No necesito más explicaciones.
Y esa frase no es de Laiyor, es de alguien que está empezando a romperse por dentro.
Es de alguien que, algún día, podría dejar de ser…
no me atrevo a acabar la frase en mi mente.
Me quedo quieta, quiero tocarle y abrazarle, hacerle saber que todo va a estar bien.
Quiero decirle que no es culpa suya, pero sé que si lo hago no podré irme.
Así que doy un paso atrás alejándome poco a poco de él, antes de salir, él habla una última vez .
—No volveré a preguntarte, Zaja...
Esa es la primera frase verdaderamente peligrosa que le he escuchado decir.
El pasillo está vacío cuando cierro la puerta, pero el aire pesa como si alguien hubiera gritado. Me apoyo en la pared, intentando respirar, pero no puedo. Unos pasos se acercan.
Riven.
Se detiene a mi lado sin tocarme, sin hablar, solo me mira, eso basta para que mis ojos se llenen de lágrimas.
—¿Te lo ha dicho? —pregunta al fin, con la voz baja.
Asiento, no confío en mi voz. Riven aprieta la mandíbula, como si hubiera esperado esta respuesta y aun así le doliera.
—Zaja… —empieza.
—Le he dicho que no —susurro.
Riven cierra los ojos un instante. No es alivio, parece algo más complicado.
—Tenías que hacerlo —dice.
—No quería.
—Pero lo has hecho.
Me trago el temblor, siento que en cualquier momento no voy a poder contener las lágrimas que se acumulan.
—Le quiero, Riven.
Él no se mueve, no parpadea.
—Lo sé.
Su voz es tan suave que casi no la oigo. Me abrazo a su cuello buscando consuelo.
—Y aun así… —continúo—, no puedo quedarme.
—Entonces ya está decidido —dice susurrándome al oído .
—No —susurro—. No está decidido porque realmente no sé qué hacer.
Riven da un paso hacia atrás, sin tocarme, nunca lo hace a no ser que sea estrictamente necesario, pero su cercanía es suficiente para sostenerme.
—Zaja… ha llegado el momento de irnos.
Mi corazón se encoge.
—¿Ahora?
—No podemos quedarnos aquí —responde—. No después de esto.
—Laiyor me necesita.
—No de la forma en que tú crees.
Sus palabras me atraviesan.
—Riven…
—Si te quedas, él no va a sanar —dice seguro de sus palabras—. Va a aferrarse a ti y tú vas a romperte intentando sostenerle.
Me muerdo el labio para no llorar.
—No quiero perderle.
—Lo perderás igual —responde—, solo que de una forma más lenta y dolorosa.
Riven respira hondo.
—Tenemos que irnos —repite—. Después de esto no habrá vuelta atrás.
Algo se mueve al fondo del pasillo, una sombra, la de Corvin que no se acerca, no habla pero nos mira. Nos evalúa y sé, sin que nadie lo diga, que ha visto más de lo que debería. Riven también lo nota, su postura cambia, se vuelve más rígida y distante.
—Zaja —dice, esta vez más alto, más frío, para que Corvin escuche—. No deberías estar aquí sola, no es seguro.
Entiendo el juego, Corvin también, lo conoce demasiado bien. El consejero se aleja sin decir palabra, pero deja tras de sí una sensación incómoda, como la de una sospecha, una semilla podrida.
Cuando desaparece, Riven vuelve a mirarme y esta vez sin máscaras.
—Prepárate —dice—. No podemos quedarnos mucho más.
—¿Y Laiyor?.
Riven baja la mirada.
—Él ya ha elegido su camino.
Y yo siento que aún no sé cuál es el mío.
El pasillo está en silencio cuando Riven se aleja, yo me quedo quieta, mirando la puerta cerrada detrás del dormitorio de Laiyor.
Algo en mí quiere volver, algo en mí quiere huir, pero no hago ninguna de las dos cosas.
Escucho un golpe seco que resuena desde dentro de la habitación, no sé si ha sido un puño contra una pared, un objeto cayendo o un grito ahogado que no ha llegado a salir. Sea lo que sea, no suena a Laiyor, suena a alguien que empieza a perderse y en parte sé que soy responsable..
Doy un paso atrás despacio, demasiado despacio y lo siento, no estoy sola. Otra vez esa presencia al fondo del pasillo me obliga a girarme, Corvin vuelve a estar allí medio oculto entre las sombras, observando con esa expresión que nunca revela nada pero lo sospecha todo.
Su mirada se dirige a la puerta de Laiyor, luego a mí, finalmente al pasillo por donde se ha ido Riven, es un cálculo, una ecuación, saca su propia conclusión de forma silenciosa.
Inclina la cabeza apenas, como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo imaginando, pasa después para darse la vuelta y desaparece sin hacer ruido.
Me quedo sola otra vez ytengo la sensación de que el castillo entero está conteniendo la respiración, esperando a ver qué hago.
Me obligo a caminar porque si me detengo ahora acabaré por romperme y no puedo permitírmelo, no después de lo que he visto en los ojos de Laiyor, no después de lo que he sentido en los de Riven, no con Corvin observando desde las sombras.
La nieve no ha dejado de caer al otro lado de las ventanas y mientras avanzo por el pasillo, una certeza me atraviesa como un filo:
Nada de lo que decida a partir de ahora será sencillo y ninguna elección me salvará del todo.