CAPÍTULO 33
El castillo está en silencio, la calma después de la tormenta, solo que esta tormenta traía fuego y destrucción, ahora solo quedan las cenizas y el olor a humo impregnando nuestras ropas y la piedra. Todo huele a fuego.
Me siento al borde de la cama de Laiyor, ayer lo trasladaron a una de las habitaciones del gran castillo, el dormitorio que le vio crecer donde se esconden los recuerdos de su infancia.
El fuego de la chimenea me hace recordar todo lo que vivimos ayer, aparto ese pensamiento, miro a Laiyor que respira y eso es lo único que importa.
Lo hace lento, irregular, como si cada bocanada le costara más de lo que debería.
Riven está al otro lado de la habitación, mira a través de la ventana apoyado en la pared, permanece inmóvil, no descansa, ni lo hará.
El tiempo pasa despacio aquí dentro, un leve movimiento rompe la quietud del momento, los dedos de Laiyor se aferran a las sábanas. Me inclino hacia él sin pensarlo.
—Laiyor…
Sus párpados tiemblan antes de abrirse, sus ojos no me buscan, no buscan a nadie, mira al techo como si aún estuviera en otro lugar.
—Estás aquí…—le digo.
Parpadea, traga saliva .
—Eso parece…
Su voz no suena a la suya, Riven da un paso.
—Has sobrevivido a la brutalidad de tu hermano…
Laiyor se gira lentamente hacia él.
—No lo llames así.
Un silencio incómodo nos invade. Me obligo a hablar.
—Estás a salvo.
Esta vez sí me mira, pero en sus ojos hay algo que me paraliza, no hay alivio, no hay nada. Solo vacío.
—No —dice apenas con un hilo de voz—. No lo estoy.
La puerta se abre, Freya entra primero, su presencia es abrumadora, su belleza nórdica acompaña al castillo. No cruza la puerta, se detiene en el umbral, detrás de ella su padre, Corvin que evalúa la escena en un segundo.
—¿Está consciente?
—Sí. —Responde Riven.
Corvin asiente.
—Bien.
Se acerca a Laiyor, mientras Freya sigue en el mismo lugar, no se acerca, algo en ella se lo impide. Laiyor la ve, y algo en él se tensa. No es rabia, no parece dolor, es algo peor: reconocimiento.
—Eryas ha muerto —dice Corvin.
Nadie reacciona, todos lo sabemos.
—El consejo ha caído. El control del castillo y por ende del reino, es provisional —Corvin hace una pequeña pausa—, pero el pueblo no puede quedarse sin rey.
Ahí está, el peso de las palabras cae como una piedra. Laiyor no responde, ni siquiera le mira. No se mueve, nada .
—Eres el heredero legítimo —continúa Corvin—. El único.
Ese silencio incómodo vuelve a inundar la estancia.
—¿Ahora? —dice Laiyor— ¿Ahora soy útil?
Freya baja la mirada, en cambio Corvin no titubea.
—Ahora eres necesario.
—No —esta vez sí lo mira—. Soy lo que queda.
Se incorpora ligeramente, el movimiento le cuesta pero no se detiene.
—¿Sabes lo que queda después de que te rompan?—hay fuego en su mirada—¿de que te traicionen?.
Mira a Freya fijamente, ella en cambio no levanta la mirada.
Nadie responde, no hace falta
—¡Nada!.
El eco de su voz se vuelve insoportable, Riven habla.
—Queda lo que haces después.
Laiyor lo mira.
—¿Y tú qué harías? —pregunta—. ¿Sentarte en un trono como si nada hubiera pasado?
Riven no le aparta la mirada y se acerca un poco más.
—No —niega con la cabeza—. Pero tampoco huiría.
Eso golpea a Laiyor muy fuerte. Pero no lo suficiente, Laiyor niega despacio.
—No entiendes nada…
Y entonces Freya habla.
—Yo sí.
Su voz corta el aire, todos la miramos mientras da un paso adelante. Solo uno pero es más de lo que ha hecho desde que entró.
—Yo sí entiendo lo que han hecho contigo .
Laiyor no responde, pero no aparta la mirada.
—Y aun así… —continúa ella, la voz apenas sale en un hilo—, no voy a fingir que nada de esto es normal.
Freya traga saliva antes de seguir.
—Ya no soy esa persona —añade—. Ni la que soñaba con una corona… ni la que aceptaría cualquier cosa por tenerla.
Sus ojos por fin se clavan en los de Laiyor.
—Y tú tampoco deberías serlo.
Laiyor la observa, largo rato. Fue su prometida, ¿la amaba?.
—Tú elegiste quedarte. —Dice al fin.
Freya se queda helada. Pero contesta firme.
— Yo no elegí nada, tú te fuiste, desapareciste.
Eso duele, se nota. Pero ella no retrocede. No quería hablar, pero lo hago.
—Si no lo haces tú, vendrá alguien peor… tú naciste aquí, te educaron para ser rey.
Mi voz es baja.
—Nadie te está pidiendo que seas fuerte —añado—. Solo que no dejes que esto vuelva a pasar.
Laiyor cierra los ojos, como si cada palabra pesara demasiado.
—No puedo… —no hay duda en sus palabras—. No ahora.
Corvin asiente lentamente.
—Entonces no será ahora —todos lo miramos—. Pero será pronto, el reino no puede esperar a que estés listo.
Riven exhala despacio, Freya baja la mirada, yo no digo nada, no hay nada más que decir. Laiyor vuelve a tumbarse, está agotado, vacío y vivo, y eso por ahora tendrá que ser suficiente.
El silencio se queda en la habitación mucho después de que Corvin y Freya se marchen.
Nadie se mueve al principio, Laiyor vuelve a cerrar los ojos agotado, como si todo lo que acaba de ocurrir hubiera sido demasiado incluso para alguien que ha sobrevivido a lo peor. Riven es el primero en romper la quietud.
—Necesita descansar —dice, sin mirarme.
Asiento, no hace falta decir más. Me levanto despacio, dejando que Laiyor tenga el espacio que necesita. Antes de salirno puedo evitar mirarlo una vez más, sigue ahí pero no es el mismo. No sé si volverá a serlo.
Salgo de la habitación y cierro la puerta con cuidado. El pasillo está en penumbra, iluminado solo por unas pocas antorchas. El castillo sigue en ese estado extraño, suspendido entre el caos y algo que aún no tiene forma.
Riven sale detrás de mí, cierra la puerta sin hacer ruido. Durante unos segundos, ninguno de los dos habla.
—No aceptará —digo al fin.
Riven apoya la espalda contra la pared.
—No hoy.
—¿Y mañana?
Me mira.
—Tampoco.
Exhalo despacio.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Riven guarda silencio un instante.
—Esperarno es una opción.
—Nunca lo es contigo.
Una sombra de sonrisa que desaparece rápido .
—El reino va a empezar a moverse —dice—. Nobles, consejeros, gente que va a intentar llenar el vacío.
—¿Y nosotros?.
—Nosotros no somos parte de eso.
Frunzo el ceño.
—Acabamos de cruzarnos medio reino para salvarlo.
—Y aquí estamos —responde—. Eso no significa que tengamos que quedarnos a ver cómo arde lo que queda.
Le sostengo la mirada.
—¿Tú podrías irte?.
No responde y eso ya dice demasiado. Me apoyo en la pared frente a él.
—¿Cuánto tiempo?.
—Dos días —dice—. Tres como mucho.
Asiento.
—¿Y después?
—Volvemos a Elion.
El nombre queda suspendido entre nosotros. Casa, seguridad, lejos de todo esto, debería ser fácil. Debería.
—Nyvral no se va a mover de aquí hasta que lo hagamos —añado.
—Lo sé.
—Y tampoco va a dejar que me vaya sola.
—Tampoco lo haré yo —clava sus ojos en los míos.
Hay algo en su tono, algo que no encaja del todo.
—¿Qué no me estás diciendo?.
Riven duda, apenas un instante pero lo hace.
—Dímelo .
Suspira.
—Cuando Laiyor esté en condiciones de decidir te pedirá que te quedes.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Que te quedes.
Niego con la cabeza automáticamente.
—No.
—No es una pregunta.
—Pues debería serlo —me molesta.
Riven me observa.
—Has estado ahí cuando nadie más lo estaba.
Trago saliva.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
Siento algo incómodo en el pecho, no es miedo, no exactamente.
—Necesitará a alguien en quien confiar —añade—, y ese alguien eres tú.
—Te tiene a ti.
Riven niega.
—No de la misma forma.
Esome descoloca. Miro hacia la puerta, hacia donde está Laiyor.
—Lo has visto ¿no? —tragó saliva antes de continuar—. En tus sueños…
Riven me mira fijamente, vuelve a dudar, sabe que no me puede mentir, tiene que decirme la verdad.
—Si .
Él lo sabía, lo sabía todo desde el principio, entonces viene a mi mente el lago, los nenúfares, el vaivén de las ramas del sauce. El agua inmóvil y la voz de Numanier como un susurro.
«No serás reina…»
Parpadeo y la sensación desaparece, pero no del todo. Aprieto la mandíbula.
—No pertenezco a este lugar —digo, más firme de lo que me siento.
—Eso nunca ha importado.
—A mí sí.
Riven se separa de la pared, da un paso hacia mí.
—No tomes la decisión ahora —dice—, pero no la descartes.
—No me voy a quedar.
Las palabras salen rápido. Demasiado.
—Eso dices ahora—creo ver tristeza en sus ojos.
—Y mañana…
—Veremos.
Lo fulmino con la mirada.
—Eres insoportable.
Una mínima sonrisa.
—Lo sé.
Por unos segundos ninguno dice nada, pero esta vez no es incómodo.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Te quedarías?
Riven mira hacia la puerta. Luego a mí.
—No. —Responde sin dudar.
Pero algo en su mirada no termina de acompañar a sus palabras.
El castillo cruje a nuestro alrededor como si también estuviera esperando una respuesta y mientras lo observo no puedo evitar pensar en ello, en lo que ha dicho, en lo que vendrá, en esa sensación incómoda que no termina de desaparecer.
Cierro la puerta con cuidado al entrar en la habitación que me han asignado.
El ambiente sombrío que aquí habita me envuelve al instante, después de todo esto se siente irreal, como si no perteneciera a este mismo mundo.
La estancia es amplia, demasiado para una sola persona, la cama es grande, tiene las sábanas limpias, una ventana desde la que entra la luz gris del atardecer reflejada en la nieve.
Me quedo de pie unos segundos, sin moverme intentando no pensar.
Pero no dura, la imagen de Laiyor en la cama vuelve a mi mente, su voz…
rota. Aprieto los dedos. Luego están Riven con su mirada y su forma de decir las cosas sin decirlas.
«Te lo pedirá».
Suelto el aire lentamente y me dejo caer en el borde de la cama.
—No sé qué hacer… —murmuro.
El peso de todo cae de golpe, el cansancio se acumula.
Cierro los ojos un instante y entonces…
—Vaya. Milagro.
No puedo evitar la pequeña sonrisa que se me escapa.
—Nyvral…
Exhalo, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Laiyor está vivo .
—Lo sé.
—Pero no está bien.
Nyvral no responde de inmediato y eso ya es respuesta suficiente.
—Los humanos sois frágiles —dice al fin, más bajo—. O s rompéis más fácilmente por dentro que por fuera .
Aprieto la mandíbula.
—Va a pedirme que me quede…
Un silencio más largo esta vez.
—Claro que va a pedírtelo —resopla—. Si alguien se cruzara el reino por mí y se enfrentara a mis enemigos también lo querría cerca .
—No es eso .
—Es exactamente eso.
Levanto la mirada hacia la ventana, la nieve sigue cayendo lenta y constante.
—Si se convierte en rey…
—Si sobrevive a convertirse en rey —corrige Nyvral.
— …no podrá irse.
—No .
—Y yo…
No termino la frase. No hace falta, Nyvral la completa por mí.
—Tú tampoco encajas en un trono.
Una media sonrisa cansada tira de mis labios.
—Eso ya lo sabía.
—Menos mal. Empezaba a preocuparme.
Suspiro.
—Numanier dijo que no sería reina —le digo—. Pero que uniría los reinos.
Nyvral resopla suavemente.
—Los fae siempre hablando en acertijos. Muy poco práctico por su parte.
—¿Y si a lo que se refería, es esto?
—¿Quedarte encerrada en un castillo humano lleno de intrigas, guardias nerviosos y gente que te apuñalaría mientras duermes? Sí, suena exactamente como el destino glorioso que alguien querría.
Le lanzo una mirada al vacío.
—No ayuda.
—No pretende ayudar. Pretendo evitar que hagas algo estúpido. Además este clima no me sienta bien.
Me dejo caer hacia atrás sobre la cama, mirando al techo.
—Le quiero.
La palabra queda suspendida en el aire, pesada, pero es real.
Nyvral no responde de inmediato, cuando lo hace, su voz ya no es sarcástica.
—Lo sé.
Trago saliva.
—Pero no sé si eso es suficiente.
— Nunca lo es, pequeña humana.
Cierro los ojos.
—Si me quedo dejare de ser quien soy.
—Si te vas también dejarás de serlo.
Abro los ojos de golpe.
—¿Entonces ?
Un resoplido, algo muy suyo.
—Entonces elige qué versión de ti misma estás dispuesta a perder.
Sé que tiene razón, siempre la tiene. Respiro hondo.
—No puedo decidir ahora .
—Por fin dices algo inteligente.
Una pausa.
—Descansa, pequeña humana.
—No estoy cansada.
—Eso también es mentira .
Sonrío, apenas.
—¿Vas a quedarte? — le pregunto, su presencia me reconforta.
—Siempre estoy —responde—. Aunque tomes decisiones cuestionables.
Cierro los ojos, el peso del día me aplasta al fin, pero esta vez no lucho contra ello, porque quizá mañana tendré que elegir y eso… es mucho más aterrador que cualquier dragón.