Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El rugido aún resuena en el aire cuando mi cuerpo reacciona. Empiezo a moverme sin pensar mientras la multitud se rompe a mi alrededor como una ola descontrolada. Voy en dirección contraria a la suya, a contracorriente dirección el estrado. Hacia ellos, Laiyor y Riven.

—¡Atrás! ¡Atrás! —gritan los guardias, desbordados.

Pero sus palabras pierden fuerza con el miedo que hay en sus ojos. Uno de los verdugos suelta el hacha y echa a correr, el otro duda. Error. Una sombra lo aplasta cuando una de las garras de Thasvol impacta cerca del estrado.

La madera estalla mientras sigo avanzando.

—Zaja .

La voz de Nyvral es un latigazo en mi mente.

—Sal de ahí. Esto es destrucción.

Lo sé, lo veo, pero no me detengo.

Subo los escalones del estrado de dos en dos, el calor del fuego me golpea de lleno. El humo arde en mis ojos y puedo ver como Laiyor levanta la cabeza. Nuestros ojos se encuentran solo un segundo. Está vivo.

—¡Zaja…! —Su voz es ronca, está rota .

No llego a responder, un guardia aparece por mi derecha con laespada en alto. El instinto me hace moverme y bloqueo el golpe, no pienso ceder esta vez, mucho menos dudar. Cojo la espada con las dos manos para ganar estabilidad, voy directa al muslo con un golpe seco. El guardia cae.

Corro hacia ellos como si se agotara el tiempo

Las cadenas, las malditas cadenas.

—No te muevas —le digo a Laiyor, arrodillándome frente a él.

Mis manos tiemblan mientras busco el cierre.

No encuentro nada.

—Zaja… —dice él, mirándome como si no pudiera creerlo—. No deberías estar aquí.

—Cállate.

Ahora no.

Riven está a mi lado. Más malherido y pálido que la última vez que le vi, pero está consciente. Sus ojos se clavan en los míos y en ellos no hay sorpresa. Solo cálculo.

—Las llaves —dice, bajo.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Las llaves, Zaja.

Mi mano vuela a mi cinturón, siguen ahí. Gracias a los dioses.

Las saco y caen al suelo entre la sangre y la nieve. Las recojo torpemente, pruebo una, no entra, otra y nada.

—Vamos… —susurro—, vamos…

El sonido del fuego crece y con él, el calor.

Thasvol vuelve a rugir, muy cerca y me quedo sorda durante unos segundos. Una llave encaja, giro y clic. La cadena de Laiyor se abre, el sonido es pequeño pero para mí lo es todo.

—Rápido —dice Riven.

Paso a él. Mis manos van más deprisa ahora.

Otra llave, otra y clic.

—Levantaos —digo, respirando entrecortada, el humo me asfixia.

Laiyor intenta ponerse en pie pero falla, casi cae. Corro para sujetarle ysu peso me arrastra medio paso.

—Estoy… —empieza.

—No —le corto—. Luego.

Un grupo de guardias se reorganiza al otro lado del patio. Nos han visto, claro que nos han visto, al lado está el padre de Freya.

—¡Alto!

La voz corta el caos. Firme y autoritaria.

También veo a Freya.

Avanzan hacia el estrado, rodeados de dos guardias que no saben si protegerlos o detenerlos. El padre de Freya no duda.

—¡Bajad las armas! —ordena, con una voz que no admite réplica.

Nadie se mueve. El fuego amenaza con arrasar todo, Thasvolruge descontrolado en lo alto del castillo, él entero tiembla.

—¡El rey ha muerto! —continúa— ¡Y yo soy el consejero real!

Señala el estrado destruido.

—¡Hasta que se nombre sucesor, la autoridad recae en mí!

Un guardia duda.

—Señor, pero ellos son…

—¡Son prisioneros bajo mi custodia ahora!

Silencio, uno de los soldados mira a los demás, luego a Laiyor, al cuerpo destrozado del verdugo en el estrado y finalmente al cielo en llamas y baja el arma. Uno a uno como fichas van cayendo.

El padre de Freya asiente, pero no hay alivio en su rostro, solo urgencia.

—Dentro —dice—. Ahora.

Freya se acerca a mí. Muy cerca.

—Muévete —susurra—, esto no durará.

Paso el brazo de Laiyor por mis hombros, Riven se levanta como puede. Entre los tres avanzamos.

Detrás de nosotros, solo queda el caos que ha dejado Thasvol y el sonido ensordecedor de las llamas que caen sobre el patio. La multitud ha huido.

Antes de cruzar el umbral del palacio miro atrás. Thasvol se lanza hacia la montaña, sus alas baten una sola vez, la nieve se levanta y se posa de nuevo en la roca, donde ha esperado el momento exacto y ruge.

El fuego que permanece se queda para romper el mundo humano.

El juicio ha terminado.

El padre de Freya se gira, nos mira a los tres que estamos heridos, cubiertos de sangre pero vivos.

—Esto no ha terminado —dice.

Y sé que tiene razón, las puertas se cierran tras nosotros con un golpe seco, y el ruido del exterior queda amortiguado, pero no desaparece. El rugido de Thasvol sigue filtrándose a través de la piedra, como un recordatorio de que nada está bajo control.

—Por aquí —ordena el padre de Freya.

Dos guardias nos rodean, no como amenaza, sino como escolta, esto es nuevo y lo cambia todo.

Avanzamos por pasillos que hace apenas unas horas eran territorio enemigo y ahora no sé qué son.

Nadie habla, solo escuchamos nuestros propios pasos, las respiraciones pesadas y la tos causada por el humo y Laiyor que como puede arrastra los pies.

Entramos en una estancia amplia, iluminada por varias lámparas. Parece una sala de curas, hay mesas de madera, telas limpias ycuencos de agua. junto a las dos sanadoras que ya están allí, alertadas y preparadas. Cuando nos ven se quedan un segundo paralizadas, hay demasiada sangre

—Vivo —dice el padre de Freya—, que siga siendo así.

Mira a las sanadoras dándoles la orden,

Eso basta para que se muevan rápido y preciso.

—Aquí —dice una de ellas, señalando una mesa.

Ayudo a Laiyor a tumbarse, su cuerpo pesa demasiado. Cuando lo dejo caer con cuidado, suelta un quejido bajo que me atraviesa.

—Aguanta… —no sé si me oye.

Riven se deja caer en otra mesa, pero lo hace de una formas más controlada pero cuando se apoya su respiración falla un segundo.

Lo veo,aunque él lo oculta, como siempre. Las sanadoras empiezan a trabajar, cortan telas y limpian heridas, otras evalúan.

Pero algo en mí me llama, mi mano va directa al cinturón, a la pequeña bolsa que me dio Shoy.

La saco y al abrirla el olor me golpea al instante. Huele a familia, a Elion nuestro hogar.

—Apartaos —digo—. Las sanadoras me miran, sorprendidas—. Déjame.

Hay algo en mi voz que hace que no discutan, se apartan lo justo y observan.

Me acerco a Laiyor, sus heridas están peor de lo que pensaba: cortes, golpes, marcas profundas.

Rabia, ahoratengo que contener esta rabia que de nada sirve ahora.

Cojo las hierbas, las mezclo con el agua.

Mis manos tiemblan pero saben lo que hacen.

Shoy me enseñó muchas veces. Demasiadas para olvidar.

—Esto va a doler —murmuro.

No responde, no puede.

Aplico la mezcla sobre la primera herida. Su cuerpo se tensa al instante. Un jadeo contenido.

—Lo sé… —susurro.

La piel empieza a reaccionar poco después, hay menos inflamación, la sangre deja de brotar.

—No está mal —dice una de las sanadoras, en voz baja.

No respondo, no estoy aquí para impresionar a nadie. Paso a Riven que me observa, silencioso como siempre, pero hay algo distinto: está más quieto.

—No digas nada —le advierto.

Una mínima sombra de sonrisa cruza su rostro

—No pensaba hacerlo.

Empiezo a limpiar sus heridas, más profundas de lo que parecían en un primer momento.

—Has tardado —murmura.

Le lanzo una mirada.

—Casi no llego.

Sigo trabajando.

—Has vuelto —añade.

No es una pregunta. Aprieto un poco más de lo necesario en una herida, Riven contiene el gesto, apenas.

—Siempre vuelvo —respondo .

El silencio que sigue es distinto, las miradas hablan por nosotros.

Al otro lado de la sala, Freya observa sin intervenir y su padre habla con los guardias en voz baja.

Todo se está reorganizando, aunque nadie lo diga.

Termino con Riven y me aparto un poco. Respiro por primera vez desde que empezó todo y lo hago de verdad.

Miro a Laiyor, su respiración es más estable aunque permanece inconsciente, pero está aquí. Vivo.

Me dejo caer en el borde de la mesa, con las manos aún manchadas con la sangre de mis amigos, el cuerpo empieza a pasar factura. El temblor llega tarde pero llega. Cierro los ojos un segundo, solo uno y en ese segundo todo vuelve: el juicio, Eryas, Thasvol, el fuego, la decisión.

Los abro de golpe no puedo caer ahora y entonces, como un zarpazo mental:

—¿Sigues viva o tengo que venir a recoger tus restos?

Abro los ojos de golpe.

—Nyvral…

—Ah, bien. Hablas, eso reduce las posibilidades de tener que incinerar medio reino.

Exhalo agotada.

—Estoy bien .

—Mientes fatal.

Me froto la frente.

—Tenía que hacerlo .

Un resoplido mental irritado.

—Tenías que no morirte. Pero mira, aquí estamos, tú sangrando y yo con dolor de cabeza por tu culpa.

A pesar de todo, una sonrisa mínima se me escapa .

—Thasvol…

—Sí, lo he visto. Muy dramático todo, mucho fuego y destrucción. Muy él.

—Ha matado a Eryas.

—Y tú estabas a diez pasos. Por supuesto.

Su tono cambia apenas, no es suave pero se vuelve menos afilado.

—No vuelvas a ponerte delante de un dragón que podría comerse un castillo entero sin masticar.

—No lo hice a propósito.

—Lo sé. Ese es el problema .

Silencio.

—Cuando puedas caminar sin temblar, saldrás de ese castillo. Me oyes.

—No puedo irme aún.

—No te estoy preguntando.

—Nyvral…

—No vuelvas a hacer algo así sin avisar. Me da igual cómo, grita, piensa más fuerte. Lánzame una piedra,lo que sea.

Su voz mental baja un tono.

—Pero no desaparezcas así .

Se retira, no del todo, lo siento, sólo lo justo para dejarme respirar.