Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—No duermen —dice—. Los guardias cambian cada hora. Hay órdenes de matar sin preguntar.

Siento cómo el aire se vuelve más pesado.

—El Ala Norte está cerrada —continúa—. Sellada, solo entra quien Eryas permite y nadie sale.

Trago saliva.

—Tiene que haber una forma.

Freya suelta una risa seca. Sin humor.

—Siempre creí eso.

Silencio. Sus dedos se tensan sobre mi brazo.

—Pensé que sabía en qué me metía —susurra—. Pensé quemerecía la pena el precio —Baja la mirada—. Ser reina.

Lo dice como si ahora le supiera a ceniza.

—Pero esto… —alza la vista—, esto no es poder.

Se acerca un poco más.

—Es control, es miedo. Es… —traga saliva— un monstruo.

El nombre no hace falta decirlo. Lo sentimos las dos.

—No era así —añade, más bajo—. Yo no… no sabía…

No termina la frase. No hace falta.

—Lo están torturando —digo.

Freya se queda inmóvil.

—A Laiyor.

El silencio que sigue es brutal. Sus labios se separan apenas, pero no sale ningún sonido.

Lo sabía, pero no así tan real.

—Tengo que sacarlo —insisto.

Freya niega, esta vez más lento.

—No vas a sacarlos.

Las palabras caen como una sentencia.

—Freya—

—Nadie sale de aquí.

Mi respiración se corta .

—Tiene que haber…

—No —me interrumpe—. No hay pasadizos secretos. No hay guardias corruptos. No hay errores.

Se inclina hacia mí, su voz apenas un hilo.

—Eryas está furioso.

Mi pulso se acelera.

—Han desaparecido guardias —añade—. Los del turno de anoche.

El bosque, los Sylvethar. No digo nada.

—Y eso… —continúa— lo ha vuelto más peligroso.

Sus dedos aprietan mi brazo con más fuerza.

—Ahora sospecha de todos.

Todo encaja demasiado bien.

—Entonces… —mi voz sale más baja de lo que esperaba— ¿qué hago?

Y ahí está, por primera vez… no tengo respuesta. No hay plan, no tengo escapatoria. Freya me observa y algo en su expresión cambia. No es compasión. Es realidad.

—Escúchame —susurra, acercándose aún más—. Si quieres sobrevivir…

Hace una pausa. Duda.

—…deja de intentar salvarlos.

El golpe es silencioso pero devastador. Mi mente se queda en blanco.

Laiyor.

Riven.

Todo lo que he hecho, todo lo que he cruzado para llegar aquí y ahora no me queda nada. Por primera vez lo considero. El silencio entre nosotras se alarga, el ambiente es irrespirable. Entonces Freya habla de nuevo.

—Hay un juicio mañana.

Parpadeo.

—Público —dice—. En el exterior,quiere que todos lo vean.

Mi corazón vuelve a latir.

—Estarán allí —añade—. El príncipe. El otro.

Riven.

—Y Eryas.

La miro.

—Si hay un momento… —continúa— será ese.

No suena a esperanza. Suena a lo último que queda, a lo único.

Da un paso atrás.

—No puedo hacer más.

Lo dice como si le doliera, como si ya fuera demasiado. Se gira pero antes de irse… se detiene.

No se da la vuelta.

—Si te ven… no me has visto.

Y desaparece entre los pasillos, me quedo sola con el eco de sus palabras, con el peso de la verdad, con el vacío pero también con algo más. Un momento, un único momento y quizá… sea suficiente.

No duermo. Permanezco escondida en un rincón oscuro, detrás de unos tapices pesados que huelen a polvo y moho, en una sala olvidada del ala sur del palacio. Nadie entra aquí, la atención está en la otra ala.

Perfecto .

La capa me cubre por completo, pero el frío se filtra igual.

No es el frío de la noche, es el de la espera, el de saber que no hay nada más que hacer.

Cierro los ojos, veo a Laiyor de rodillas.

Veo la sangre, veo sus manos atadas, su cara golpeada, abro los ojos de golpe, no puedo pensar en eso, no ahora.

El sonido llega antes que la luz, se escucha un cuerno, el sonido retumba en las ventanas del palacio junto a las campanas que repican anunciando lo que se celebra hoy.

Me incorporo de inmediato, el cuerpo protesta mis piernas están entumecidas, pero lo ignoro.

Los cuernos vuelven a sonar, esta vez con más intensidad. Las voces en los pasillos, todos los pasos apresurados, todo tiene que estar apunto. El juicio es hoy.

Salgo de mi escondite con cuidado, manteniéndome en las sombras, midiendo cada uno de mis pasos. El palacio está en movimiento, el servicio corre apresurado, los guardias empiezan a desplegarse, las puertas se abren y cierran en el vaivén del caos que parece que hoy reina.

Nadie se fija en mí, solo soy otra sombra más. Avanzo con la cabeza baja, no llamar la atención es sobrevivir.

Sigo el flujo de gente, todos se dirigen hacia el exterior, hacia el patio principal donde se celebra el espectáculo.

El aire helado me golpea en cuanto cruzo las puertas, la nieve lo cubre todo pese a eso, el patio está lleno de curiosos, la gente de su pueblo.

Los soldados y nobles que un día le juraron lealtad a su futuro rey.

Todos están mirando hacia el estrado, me mezclo entre ellos manteniendo la capucha baja y el rostro oculto. Doy un paso más y los veo: Laiyor y Riven.

De rodillas, encadenados y golpeados. La sangre seca mancha sus caras y sus ropas. Tienen la cabeza inclinada, con la mirada fija en el suelo, pero incluso así los reconozco. El mundo se estrecha, el ruido desaparece, en mi campo de visión solo están ellos y el vacío que se abre en mi pecho.

Dos verdugos a cada lado, dos hachas apoyadas en el suelo. Esperando.

Demasiados guardias rodean el estrado, es imposible que pueda detener esto. Freya está al fondo junto a su padre, se mantiene fría con el semblante indiferente, lo que veo con claridad es como es incapaz de mirar al frente y eso lo dice todo.

Me estremece el hecho de que ella sepa que estoy aquí.

Alguien se mueve en el estrado, seguro de sí mismo, tan seguro que resulta insultante. Lleva la corona, és Eryas.

El oro brilla bajo la luz gris del día, indiferente a lo que está pasando. Como si todo fuera legítimo, como si no fuera un ladrón, un asesino… Se pone al frente y alza la mano. Las voces del pueblo se apagan.

—Pueblo de Ithara —su voz resuena por todo el patio—. Hoy comparecen ante vosotros dos traidores.

La gente a mi alrededor empieza a murmurar entre ellos.

—Dos hombres que juraron lealtad a la corona… y la traicionaron.

Señala a Laiyor.

—El príncipe Laiyor.

La palabra cae como un insulto.

—Y su cómplice.

Riven.

—Durante meses —continúa—, han ocultado una verdad que pertenece a todos .

Mi pulso se acelera.

—Los dragones.

El nombre provoca reacciones inmediatas. El terror que desató Nyvral en la catedral les vuelve a azotar.

—Criaturas de poder incalculable… que estos hombres pretendían controlar en secreto.

Mentira, cada una de sus palabras son mentiras.

—Conspiraban —añade, caminando despacio—. Planeaban alzarse contra la corona.

Se detiene frente a ellos.

—Usar ese poder… para someter este reino.

Las voces crecen y ahora ya son gritos.

Abucheos.

—¡Traidores!

—¡Asesinos!

—¡Que los ejecuten!

Mis manos tiemblan. Ellos no tienen ni idea, no saben nada.

Nyvral hace acto de presencia de una forma demasiado abrupta. Su voz irrumpe en mi mente.

—Vete .

Parpadeo.

—No puedes hacer nada aquí.

Aprieto los dientes.

—Vete ahora… o la próxima en perder la cabeza serás tú.

Miro a Laiyor. Sigue sin moverse, no levanta la cabeza.

—No —susurro para mí.

No puedo irme, ahora no. Tengo que pensar algo rápido.

Eryas alza la mano y el silencio vuelv e

—Por traición —declara—. Por conspiración, por ocultar y manipular aquello que pertenece al reino…

Hace una pausa y antes de girarse hacia Laiyor y Riven, veo como sonríe. Si hubiera desayunado me hubiera hecho vomitar.

—Os condeno a muerte.

El mundo se detiene, los verdugos empiezan a alzar las hachas mientras la gente vitorea la sentencia de Eryas, pero un sonido lejano y profundo nos distrae a todos los que ahora estamos en el patio. No proviene del estrado, tampoco de la multitud, viene de la montaña.

Alguien grita, una persona alza la cabeza y señala la montaña, todos alzamos la cabeza a ese punto señalado. Allí, en la roca algo se mueve. La nieve cae, se desliza y se rompe. Lo veo.

Thasvol.

Inmóvil durante tanto tiempo que parecía parte de la montaña.

El dragón cubierto de nieve mantiene sus alas pegadas a la roca, su cuerpo pálido como la plata apagada bajo del cielo.

Sus ojos se mantienen bien abiertos. Un resoplido y el aire tiembla, la nieve empieza adesprenderse de su cuerpo en una cascada blanca.

Un segundo de silencio absoluto para después alzarse unos metros y dejarse caer en picado en nuestra dirección.

Un rugido rompe el mundo, la multitud grita, el caos estalla. Thasvol desciende como una tormenta viva, extiende sus alas y su sombra lo cubre todo hasta que impacta sobre el castillo.

La piedra cruje, el suelo tiembla y entonces los guardias corren, los nobles caen. El pánico es total.

Eryas no se mueve, solo observa, contemplando la escena como un espectador más. Cuando se da cuenta, es demasiado tarde.

Thasvol abre las fauces y sin titubear lo devora de un solo bocado .

El silencio irreal precede al infierno que viene después.

La gente huye en medio de los gritos y las carreras, desesperados por salir de la ratonera en la que se ha convertido este lugar.

Thasvol alza la cabeza y ruge, el sonido rompe el aire y lo cambia todo, para después quemarlo todo.

Fuego, una bocanada brutal que arrasa el estrado.

Todo arde y yo no me muevo, no puedo, estoy paralizada, como si lo que acaba de pasar me hubiera dejado hipnotizada.

Pero empiezo averlo todo más claro en medios de todo este infierno y lo entiendo.

Esto no era parte del plan pero es lo que lo cambia todo.