CAPÍTULO 31
Hay mucha nieve, más que la primera vez.
Los copos caen gruesos, silenciosos, se pegan a mi ropa empapada y a mi piel sudada.
El contraste me corta la respiración, pero sigo corriendo mientras mis botas se hunden en la nieve blanda volviéndome más torpe.
La espada que me llevé pesa más con cada paso, pero no me detengo, no hasta que el bosque me traga por completo.
Cuando por fin paro para descansar unos segundos, mis piernas tiemblan tanto que casi caigo de rodillas, intento recomponerme apoyada en un tronco cubierto de escarcha, jadeando, intentando no vomitar del esfuerzo.
La nieve amortigua todos los sonidos, excepto uno, un rugido.
Familiar y cargado de furia contenida.
—Nyvral… —susurro.
El dragón aparece entre los árboles, su cuerpo enorme está cubierto de nieve, el vapor se le escapa de las fosas nasales como humo caliente. Sus ojos se clavan en mí.
— Pequeña humana —gruñe—. Estás sangrando. Otra vez.
—Estoy bien —miento.
Nyvral baja la cabeza, olfatea mi costado, mi cuello, mi ropa empapada .
—Hueles a miedo, a sudor… y a estupidez.
— Gracias —respondo, temblando—. Necesito tu ayuda .
Nyvral resopla, lanzando una nube de vapor blanco.
—¿Ayuda para qué? ¿Para morir congelada? ¿Para volver a ese nido de ratas humanas?
—Riven y Laiyor siguen dentro.
Nyvral deja de respirar un segundo.
Literalmente.
—No —dice al fin—. No vas a volver ahí, no en este estado, menos con esa cara de cervatillo apaleado .
—Tengo que hacerlo.
—No tienes que hacer nada. Ellos están vivos, tú estás viva. No arruines esa estadística.
—Nyvral…
El dragón me mira con una mezcla de frustración y miedo.
Sí, ese miedo es por mí.
—No puedes entrar por la puerta —dice al fin—, te matarían antes de cruzar el primer escalón .
—No voy a entrar por la puerta.
Saco el manojo de llaves que me dio el padre de Freya.
Nyvral ladea la cabeza.
—¿Y eso?
—Llaves del castillo, hay muchas. No sé qué abren… pero alguna tiene que servir.
Nyvral parpadea.
—¿Tu plan es… probarlas una por una?
—Mi plan es encontrar otro pasadizo .
—¿Y cómo piensas encontrarlo? ¿Preguntándole a los árboles ?
—No, preguntándole al castillo.
Nyvral resopla.
—Los humanos sois agotadores.
—¿Me ayudas o no?
El dragón me observa largo rato hasta que finalmente, inclina la cabeza.
—Te ayudaré a no morir. Nada más.
—Me sirve.
Caminamos por el borde del bosque, siguiendo la muralla del palacio desde la distancia. La nieve empieza a caer más fuerte y el viento corta la piel. Nyvral avanza despacio, unos metros más alejado de mi, olfateando el aire, atento a cualquier movimiento.
—No hay magia aquí —dice de pronto—. Lo noto.
—Lo sé —respondo—. Eryas no tiene magia, solo cree tener el poder.
—Peor —gruñe Nyvral—. Los humanos sin magia son los más peligrosos, no saben cuándo detenerse.
Me acerco a la muralla, manteniéndome entre las sombras de los árboles.
—Tiene que haber otro acceso —murmuro—. A lgo que no esté vigilado. Algo que no usen desde hace años.
Nyvral me mira.
—¿Y si no lo hay ?
— Entonces lo crearé —no es buen momento para ser graciosa.
El dragón sonríe.
—Esa es mi pequeña humana.
Caminamos un rato más hasta que veo algo, es una estructura baja medio enterrada bajo la nieve. Sin guardias ni antorchas,no se aprecian huellas recientes. Me acerco, la puerta está cubierta de escarcha, pero no bloqueada. Un candado enorme cuelga del cierre. Saco las llaves.
Nyvral resopla.
—¿De verdad vas a probarlas todas?
—¿Tienes una idea mejor?
—Sí. Quemarlo todo.
— No .
—Cobarde .
Pruebo la primera llave, no entra. La segunda, tampoco. La tercera, entra, giro y clic. La puerta se abre con un gemido grave, un túnel oscuro se extiende hacia abajo, hacia las entrañas del palacio.
Mi corazón late tan fuerte que me duele.
— Lo encontré —susurro.
—Si tardas demasiado, vendré a buscarte.
—No lo hagas.
—Lo haré igual.
Sonrío.
—Vuelvo pronto.
Nyvral gruñe.
—Más te vale .
Me adentro en el túnel, la oscuridad me envuelve. La nieve queda atrás, el frío cambia, ya no es el frío del invierno, es el frío del miedo pero sigo adelante porque Riven y Laiyor están ahí dentro y no pienso dejarlos morir.
El túnel se estrecha a medida que avanzo, la piedra cambia bajo mis manos, aquí es más irregular. El aire es denso, cargado de un olor metálico que no tardo en reconocer: Sangre .
Camino más despacio, mis pasos resuenan, aunque intento evitarlo.
Cada sonido parece amplificarse, como si el propio pasadizo quisiera delatarme.
Una gota cae en algún punto invisible, el eco se alarga.
Respiro por la boca, intentando controlar el ritmo.
No puedo permitirme hacer ruido. No puedo dejar de pensar en Laiyor y Riven, en sus cuerpos encogidos contra el frío mientras tienen las manos atadas.
Pienso en sus voces rotas, una fuerza que no sé reconocer de dónde viene me hace apretar la espada con más fuerza mientras sigo avanzando.
El túnel gira y entonces veo una luz tenue e inestable. Me detengo en seco, apago mi respiración todo lo que puedo. Escucho voces justo al otro lado del muro.
Me pego a la piedra, sintiendo el frío atravesar el cuero, intentando fundirme con la oscuridad. Los pasos se detienen demasiado cerca.
—¿Has oído lo que pasó anoche? —susurra uno, con la voz temblorosa.
—No quiero saberlo —responde el otro—. Bastante tenemos con vigilar al prisionero.
Uno dice más bajo:
—Dicen que han desaparecido guardias.
Mi corazón se detiene. No los han encontrado, no los encontrarán nunca.
—¿Desaparecido? —el otro traga saliva—. ¿Cómo que desaparecido?
—Los del turno de anoche, los que tenían que vigilar a la chica y al otro.
Mi pulso golpea con fuerza en mis sienes. Están hablando de nosotros .
—No… no puede ser. Eryas no…
—¿Quién si no? —lo interrumpe el primero, casi sin voz—. Nadie más tiene poder para hacerlos desaparecer sin dejar rastro.
Mi mandíbula se tensa. El miedo cambia de forma, ya no es solo por mí, es por todos.
El segundo guardia se mueve inquieto, escucho como arrastra el pie.
—Pero eso sería… traición. Ejecutar a tus propios hombres…
—¿Y qué crees que fue lo del rey?.
El silencio que sigue me atraviesa como una cuchilla.
El Rey no estaba enfermo.
—No deberías decir eso. —Susurra el segundo, aterrado.
—Todos lo piensan —responde el primero—. El rey no murió de enfermedad, lo fueron envenenando poco a poco. Durante meses.
Eryas es un monstruo. Mucho peor de lo que creía.
—Cállate. Si Eryas te oye…
—Si Eryas se entera de que hablamos, nos mata igual. Como a los otros.
Un golpe seco seguido de un gemido ahogado. Lo reconozco, es Riven a lo lejos. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, dando un paso al frente antes de detenerme. No, no puedo. No así.
Me tapo la boca con la mano, conteniendo el grito, conteniendo todo. Respira, piensa. No puedes fallar ahora.
Los guardias siguen hablando, más rápido, más nerviosos.
—Solo obedecemos órdenes —dice uno, casi suplicando—. No quiero acabar como el príncipe.
Laiyor.
—Ni yo, así que cállate y reza para que Eryas no descubra que sabemos demasiado.
Los pasos se alejan, el eco desaparece poco a poco.
El silencio vuelve,pero en mi mente gritan las verdades que no deberían existir.
Espero unos segundos. Cuando estoy segura de que no volverán… me muevo. Avanzo hasta el final del tramo y encuentro una abertura estrecha en el muro. Una puerta mal encajada, la empujo lo justo para mirar.
Es una sala pequeña, oscura, con bancos de madera, un par de antorchas apagadas y un perchero. Hay varias capas, es perfecto.
Salgo del pasadizo con cuidado, cerrando la puerta detrás de mí sin hacer ruido. El suelo aquí es de piedra lisa, más limpio porque está menos transitado. Esto ya es el palacio y vuelvo a estar dentro.
Cojo una de las capas, todas son ásperas, huelen a humedad y humo, no me quejo. Me la coloco, cubriéndome el cuerpo, la cara y el cabello, intento ocultar la espada lo mejor que puedo. Me ajusto la capucha y respiro, recuerda digo para mí misma:
«No mires como si buscaras algo, mira como si ya lo tuvieras»
Enderezo la espalda, relajo los hombros, calmo la respiración.
Cuando levanto la cabeza… ya no soy la misma, abro la puerta y salgo al pasillo.
Avanzo por el pasillo con la cabeza alta y el pulso desbocado.
La capa pesa sobre mis hombros, oculta mi cuerpo y espero que también mi miedo.
Cada paso está medido, cada respiración controlada, tal y como me enseñó Riven.
Pero nada de eso cambia lo evidente, este ya no es el mismo palacio, hay más guardias, en cada cruce, custodian cada puerta, los veo en todas partes hasta en cada sombra.
No hablan entre ellos, no se distraen, las órdenes son claras.
Algo ha cambiado, yo lo he cambiado y ahora estoy dentro de un a jaula.
Doblo una esquina y me detengo en seco, hay alguien observando.
Freya, está frente a mí, a unos pocos pasos, durante un segundo eterno, ninguna de las dos se mueve.
Sus ojos se abren apenas en gesto de reconocimiento.
Doy un paso, ella reacciona al instante agarrándome del brazo y me empuja contra una pared, escondiéndonos en un hueco entre columnas.
—¿Estás loca? —susurra, con la voz quebrada—. ¿Qué haces aquí?
No respondo de inmediato, la observo y no es la misma, su postura es más rígida, la mano que me sujeta del brazo le tiembla. Su mirada ya no es altiva como el día de su boda, tiene miedo.
—Tengo que llegar al Ala Norte. —Digo al fin, en voz baja.
Freya niega, rápido, casi con desesperación.
—No.
—Freya…
—No puedes.
Aprieto la mandíbula.
—Tengo que sacarlos de ahí.
Ella me mira como si no entendiera. O peor, como si entendiera demasiado bien.
—No entiendes dónde estás —susurra.
—Entonces dímelo.
Freya mira a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie se acerca. Cuando vuelve a mirarme… hay algo roto en sus ojos.