Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La oscuridad es lo primero que siento.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que Eryas ordenó que me encerraran, ni siquiera sé si es de día o de noche, no sé si Riven está vivo, ni si Laiyor sigue respirando.

Solo sé que el suelo está helado y que cada parte de mi cuerpo duele.

Intento incorporarme, pero el costado protesta con un latigazo que me obliga a apretar los dientes.

El golpe de Eryas o el de sus guardias,ya no los distingo.

La celda es pequeña, la piedra está húmeda, solo hay un cubo en una esquina.

Nada más ni una triste ventana. Solo queda mi respiración irregular, y el eco de mi propio miedo.

Me abrazo las rodillas, intentando no pensar, intento no recordar pero es imposible.

Entonces se escucha un ruido, pasos que se acercan.

La puerta se abre de golpe, la luz de una antorcha me ciega por un instante, un guardia entra, no dice nada, no pregunta nada, solo me mira con desprecio y me golpea, un puñetazo seco en la mandíbula que me lanza contra la pared.

El sabor metálico de la sangre me llena la boca.

—Por si te creías especial. —Escupe y se va.

La puerta se cierra con un estruendo que retumba en mis huesos. Me quedo en el suelo, temblando, no lloro, ni grito, me muerdo la lengua para no darle esa satisfacción. Pero la verdad es que algo por dentro se agrieta.

La noche cae sin que yo la vea, pero la siento. El frío se vuelve más profundo y húmedo.

Vuelvo a escuchar golpes, vienen de cerca, no es la celda de al lado. Otro golpe acompañado de un gemido ahogado, se escuchan las cadenas tensándose. Mi corazón se detiene.

—Laiyor —susurro sin voz.

Otro golpe, esta vez más fuerte.

Me tapo la boca con las manos para no gritar, para no romperme, para no hacer que lo golpeen más. Pero cada sonido es un cuchillo, cada silencio es peor. Me encojo contra la pared, temblando, sintiendo cómo mi mente empieza a fracturarse.

He llegado hasta aquí y no puedo ayudarlo, dentro de esta celda no puedo hacer nada y eso me duele.

En algún momento, escucho un ruido en la celda contigua. Riven, sé que es él, se mantiene calmado, no ha hablado desde que estamos aquí encerrado, por lo poco que se escucha diría que no se ha movido. Tampoco me pregunta si estoy bien y yo tampoco lo hago.

Porque si hablamos nos escuchan y Eryas gana, así que guardamos silencio, un silencio que pesa como una montaña.

La madrugada llega, lo sé porque los guardias cambian de turno. Escucho sus pasos arrastrados, los bostezos de los que se van y las quejas de los que acaban de cortar su descanso para vigilarnos.

Me incorporo con dificultad, apoyándome en la pared y entonces lo veo, una sombra, miro más detenidamente y no es una sombra, son dos y están detenidas frente a mi celda, una vela tenue ilumina apenas sus rostros.

No son guardias, tampoco es Eryas, es Freya y un hombre mayor, con el mismo color de ojos que ella, podría ser su padre.

Freya no me mira, está rígida, temblando, con las manos aferradas al brazo del hombre que da un paso adelante.

—No grites —dice en voz baja.

No lo haría aunque quisiera, mi garganta está cerrada. Él mira a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie viene.

Luego se acerca un poco más a los barrotes.

—No tengo mucho tiempo —susurra—. Y tú tampoco.

Mi respiración se acelera.

—Mi hija… —mira a Freya un instante—, está condenada si Eryas sigue en el trono.

Freya baja la mirada, el hombre continúa:

—No puedo liberar al príncipe. Hay demasiados guardias.

No puedo liberar al otro hombre. Lo vigilan de cerca. Pero tú… —me mira fijamente— tú puedes moverte sin que te vean.

Mi mente va a toda velocidad intentando procesar sus palabras. Él mete la mano en su capa y saca un manojo de llaves, las mira detenidamente un segundo, después de respirar hondo las tira dentro de mi celda. El metal golpea el suelo con un sonido que me sobresalta.

—Cuando todo esto acabe… —su voz tiembla por primera vez— si ella vive, tened misericordia con mi hija.

No sé qué decir, no sé si puedo decir algo. Él no espera respuesta.

—Hay un pasadizo detrás de la sala de armas —añade rápidamente—. Conduce al bosque.

Da un paso atrás, Freya lo sigue, pero antes de irse… me mira.

Solo un segundo, sus ojos están llenos de miedo, culpa y algo más que no sabría nombrar, luego desaparecen en la oscuridad .

Me quedo sola con las llaves en el suelo, con el corazón desbocado, con el eco de los golpes a Laiyor aún en mis oídos, con el silencio de Riven al otro lado de la pared.

Me arrodillo, recojo las llaves con manos temblorosas. Me dirijo a la cerradura y pruebo varias llaves hasta que la puerta cede con un clic suave. Estoy libre pero no me siento libre, me siento rota.

Aún y con el miedo que siente cada centímetro de mi cuerpo, me recompongo, porque si quiero salvarlos tengo que empezar por salir viva de aquí.

El pasillo está en silencio, intento moverme despacio, pegada a la pared, con las llaves apretadas en la mano.

Cada paso parece un trueno en mis oídos.

La celda de Riven está a pocos metros, me acerco sigilosamente.

—Riven… —susurro apenas, sin tocar los barrotes.

Un movimiento dentro, una sombra. Su voz, baja, tensa:

—Zaja.

Solo eso, pero es suficiente para que el aire vuelva a entrar en mis pulmones.

—Estoy bien —miento—. Escúchame, volveré, te lo juro.

Riven me da su respuesta:

—Confío en ti.

Esas tres palabras casi me rompen más que los golpes, me obligo a seguir adelante, no puedo mirar atrás, no voy a dudar. El pasillo se abre hacia una galería más amplia, la luz de las antorchas parpadea.

El padre de Freya dijo:

«Pasadizo detrás de la sala de armas».

Tengo que encontrarla. Giro una esquina, y entonces…

—¡Eh !

Dos guardias, están demasiado cerca. Reaccionan rápidamente, son mucho más rápidos que yo, hecho a correr, no pienso solo corro.

Los pasos detrás de mí retumban como martillazos, escucho gritos mientras me ordenan que me detenga, pero no lo hago.

El sonido del metal desenvainado me desconcentra, pero no miro atrás, doblo un pasillo, no sé dónde estoy, no sé si voy en la dirección correcta pero no puedo detenerme. No puedo fallar.

Una puerta grande aparece al final del corredor es de madera oscura, refuerzos de hierro, escudos colgados a los lados, la sala de armas.

Empujo la puerta con todas mis fuerzas y me deslizo dentro, la cierro de golpe y dejo caer todo mi peso tras la puerta.

Los guardias chocan contra ella desde fuera.

—¡Abrid! ¡Abrid ahora!

Pongo todo mi empeño en mantener la puerta cerrada, pero no durará, no tengo mucho tiempo. Miro a mi alrededor y todo está lleno de armas por todas partes: Lanzas, escudos, espadas, arcos, cuchillos…yla veo, una puerta pequeña oculta entre dos estantes de escudos y un soporte de lanzas.

La salida al bosque que dijo el padre de Freya.

Retiro mi espalda de la puerta.

—Vamos… vamos…

Cojo una espada al azar, la necesito, no puedo ir desarmada. Los guardias golpean la puerta con más fuerza, esta vez la madera cruje, no tengo más segundos, corro hacia la puerta escondida.

La abro y me adentro en un pasadizo estrecho, oscuro y lleno mierda, las ratas huyen al escuchar mis pasos.

Me lanzo dentro, la puerta se cierra justo cuando los guardias irrumpen en la sala, sus voces se mezclan con el eco de mis pasos .

No me detengo, no voy a hacerlo. El pasadizo es muy largo, me guio con mis manos que acarician lapiedra que está congelada, el aire huele realmente mal aquí.

Mis pasos resuenan como si el túnel entero respirara conmigo, cada respiración entrecortada es un recordatorio de que no puedo fallar.

Finalmente, una luz tenue aparece al fondo, una salida.

Acelero todo lo que puedo, el aire cambia, se vuelve más salvaje.

Una vez fuera del túnel me encuentro al borde del bosque.

El bosque que ahora… puede salvarme, doy un paso hacia adelante y entonces los escucho, los guardias ya no son solo dos, cuento unos siete, quizá más.

Van armados y cubiertos con sus armaduras, vienen hacia mí intentando rodearme. Uno da un paso adelante.

—Ríndete.

Respiro hondo y sonrío. Una sonrisa pequeña, pero peligrosa.

—Venid.

Hago un gesto con la mano, una invitación, quiero provocarles, antes de la sentencia. Seguidamente me doy la vuelta y corro hacia el bosque, mis dedos rozan la corteza del primer árbol, del segundo, del tercero…

La magia responde, la siento dentro de mí, como un susurro antiguo. El bosque se despierta, el crujido empieza suave hasta que se vuelve ensordecedor.

Los Sylvethar han escuchado mi llamada, han sentido mi miedo y la urgencia de mis piernas huyendo, mientras mi vida va pendiendo de un hilo y responden.

Las raíces se mueven bajo la tierra, las ramas se retuercen, los troncos se inclinan, los árboles se cierran.

Comienzo a escuchar los gritos de los guardias, otro cae justo detrás de mí, otro es arrastrado hacia la oscuridad.

Desaparecen entre raíces que se enroscan como serpientes vivas, el bosque los devora, y los silencia con un abrazo mortal.

Yo sigo corriendo sin mirar atrás, sé que no debo.

Siento que el bosque me protege, pero solo si sigo adelante y no me regocijo del poder que emana de él.

Y por primera vez desde que estoy en el norte respiro tranquila, estoy viva y ellos lo están también, cueste lo que me cueste voy a volver a por ellos.