CAPÍTULO 29
Su sonrisa se ensancha apenas un milímetro, como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—Vaya… —murmura—. La sorpresa del día.
Mi corazón golpea con tanta fuerza que temo que pueda oírlo.
Riven se mueve e intenta dar un paso para colocarse delante de mí.
Eryas lo observa con interés, como si fuera una pieza nueva en el tablero.
—Y tú… —dice, inclinando la cabeza— no estabas en mis planes.
Sus ojos vuelven a mí y esta vez no hay duda.
—Pero tú sí.
El aire se vuelve más pesado.
—La chica del dragón… —añade, casi divertido—. Qué escena nos regalaste en la catedral.
Siento el frío recorrerme la espalda, me ha reconocido, no hay ninguna duda.
Eryas alza la mano.
—Apresadlos.
No hace falta más, los guardias reaccionan al instante. El sonido del acero llenando la sala es brutal. Riven actúa primero. Su espada aparece como un destello. El primer guardia cae antes de poder acercarse. El segundo intenta reaccionar… demasiado tarde.
Yo me muevo apenas unos segundos más tarde, soy mucho más torpe, pero me enderezo lo suficiente.
Bloqueo un golpe, giro y empujo al que está más cerca de mí. El impacto me sacude es demasiado grande, retrocedo medio paso.
No caigo, no esta vez, pero son demasiados y siguen llegando.
Riven lucha como si esto fuera lo único que sabe hacer, con precisión y eficiencia tal como es él. Pero incluso él…empieza a retroceder.
—Zaja —dice entre golpes—. No te detengas.
No puedo responder, otro guardia me ataca. Intento bloquear, pero esta vez fallo. La hoja me roza el costado, el dolor estalla.
Aprieto los dientes, pero sigo, no me detengo. Eryas no se mueve.
Solo observa.
—Interesante… —murmura—. Muy interesante.
Su atención no está en mí ahora, está en Riven, le analiza cada movimiento. Eso es peor, mucho peor, porque significa que no lo va a matar rápido.
Un golpe mal calculado abre un hueco y lo aprovechan, una lanza impacta contra Riven, no lo atraviesa, pero lo desestabiliza. Otro guardia entra por el lateral.
De un golpe seco Riven cae de rodillas.
—¡NO!
El grito me rompe la garganta, intento avanzar y no llego. No puedo, me tienen sujeta, solo puedo zarandear el cuerpo.
Le arrebatan la espada, le sujeta y le golpean y aun así… levanta la cabeza, me mira y niega.
No lo intentes más, pienso en mis adentros .
Eryas aplaude despacio.
—Magnífico —dice—. No esperaba menos.
Se acerca a Riven y se agacha frente a él.
—No sé quién eres —murmura—. Pero ahora quiero saberlo.
Riven no responde, no le aparta la mirada.
Eso le divierte. Eryas se incorpora y me mira.
—Y tú… —dice suavemente—. Siempre tan imprudente.
El peligro cambia. Los guardias esperan una orden, sólo una.
Mi pulso se dispara. Eryas sonríe con malicia, puedo ver la maldad en su mirada
—Llevadlo abajo.
Silencio.
—¿Y ella, majestad? —pregunta uno.
Eryas inclina ligeramente la cabeza sin apartar la mirada de mí.
—Ella va a correr.
El desconcierto es total.
—Quiero ver cuánto tarda en romperse, ¡Soltadla!.
Y esta vez no dudo, corro como nunca lo he hecho. No siento los pies contra el suelo, solo el eco de mis pasos persiguiéndome por los pasillos. No miro atrás, no puedo. La voz de Riven sigue resonando en mi cabeza.
¡Corre!
El aire quema en mis pulmones. El corazón late desbocado, pero mi mente… mi mente se agarra a algo firme.
Ala Norte. Ala Norte. Ala Norte.
Repito las palabras como si fueran un mantra. Giro a la izquierda, luego a la derecha. No sé si es el camino correcto pero no puedo detenerme, no puedo dudar. Eso es lo que quieren .
El palacio es un laberinto de piedra pulida, tapices pesados y columnas que parecen observarme. Todo es demasiado grande, está demasiado vacío, eso no es buena señal.
Freno en seco al escuchar pasos. Están cerca.
Me pego a la pared, conteniendo la respiración. Dos guardias cruzan el pasillo frente a mí, hablando en voz baja.
—…dicen que el juicio será mañana al amanecer.
—Claro. Tiene que hacerlo público.
Mi pulso se dispara. Laiyor. Sigo avanzando en cuanto desaparecen, esta vez más rápido. Encuentro una escalera,subo los escalones de dos en dos. Mis piernas protestan, pero no me detengo. Arriba, el aire cambia, más frío y aislado, tiene que ser aquí. El Ala Norte.
Las puertas son distintas, más gruesas, reforzadas, más funcionales.
Intento avanzar despacio ahora, ya no corro. Cada paso es medido, la mano en la espada, la espalda recta, respiración controlada, como me enseñó Riven. No soy una presa, no aquí, no ahora.
Un ruido, se escucha un golpe seco, me detengo. Viene de más adelante, decido seguir el sonido. Otro golpe, y otro. Mi estómago se encoge, no quiero saber qué es. Pero lo sé.
Doblo la esquina, y la veo, ahí está. Una puerta de hierro y sangre en el suelo, dos guardias me dan la espalda.
Mis dedos se tensan sobre la empuñadura, no puedo pensar ahora, avanzo decidida.
—Alto —dice uno.
Demasiado tarde, mi espada ya está alzada. El primero cae antes de terminar la palabra, el segundo reacciona más rápido, bloquea mi golpe. No retrocedo, no ahora si doy un paso más lo atravieso .
Cuando los dos guardias están tirados en el suelo, mi respiración agitada corta el silencio. Vuelvo la mirada a la puerta, a la sangre, entonces lo escucho:. un sonido bajo y débil. Inconfundible, se me rompe algo dentro.
—Laiyor… —susurro.
Mis manos tiemblan cuando empujo la puerta.
Cede con un chirrido lento. El olor me golpea primero.
El olor a sangre casi me hace vomitar. Doy un paso dentro, la luz es escasa, apenas unas antorchas en las paredes.
Las sombras lo devoran todo, pero no a él, está ahí, de rodillas, encadenado, la cabeza baja, su cuerpo todo marcado. Herido.
El mundo desaparece, solo está él.
—Laiyor…
Mi voz se rompe, apenas sale un hilo, pero es suficiente, porque reacciona, aunque muy poco, pero lo hace. Levanta la cabeza despacio, como si pesara demasiado. Sus ojos encuentran los míos.
Y en ese instante, todo se detiene.
—Zaja… —su voz es apenas un susurro roto.
Doy un paso hacia él, no siento el suelo, soy incapaz de sentir nada. Cuando estoy frente a él, me arrodillo.
Mis manos dudan un segundo antes de tocarle el rostro. Está frío, magullado, la sangre cae por su ceja.
—Estoy aquí —susurro—. Voy a sacarte de aquí.
Pero en el fondo… algo no encaja, algo no está bien, demasiado fácil. Un sonido leve, muy leve detrás de mí me hace reaccionar. Se me hiela la sangre, no estoy sola, no lo he estado en ningún momento, y ahoraya es demasiado tarde.
No me giro, no todavía. Mi cuerpo se queda quieto, pero no me paraliza. Laiyor lo nota, lo veo en sus ojos.
—Zaja… —susurra, más urgente ahora—. No…
Demasiado tarde, el sonido vuelve, esta vez mucho más claro, más cerca, quien viene lo hace sin prisa como si supiera que no hay escapatoria. Cierro los ojos un segundo, solo uno y entonces me levanto despacio, muy despacio, me giro y ahí está.
Apoyado en el marco de la puerta como si siempre hubiera estado ahí. Eryas, está solo, sin guardias ni armadura.
Su mirada pasa de mí… a Laiyor y sonríe.
—Qué escena tan emotiva.
El aire se vuelve irrespirable, mi mano encuentra la espada pero no la desenvaino.
No aún.
—Sabía que llegarías hasta aquí —continúa, avanzando un paso dentro de la celda—. Lo que no sabía —inclina ligeramente la cabeza— es cuánto tardarías.
No respondo, no puedo permitírmelo. Mi mente trabaja buscando salidas, midiendo distancias. Ninguna opción es buena.
—Deberías haber corrido más —añade, casi con decepción.
—Deberías haberme detenido. —Respondo.
Mi voz sale más firme de lo que esperaba. Eryas sonríe.
De verdad esta vez.
—Oh, no —dice en voz baja—. Esto es mucho mejor.
Se acerca a Laiyor, siento cómo algo dentro de mí se rompe.
—Ni se te ocurra —escupo.
Eryas se detiene, me mira y por un instante… veo algo distinto.
Interés.
—Ah —murmura—. Ahí estás .
Eso no me gusta nada.
—La chica del dragón —continúa—. La que cree que puede cambiar el destino de su príncipe.
Mi pulso se acelera.
—No sabes nada de mí.
—Sé suficiente.
Su mirada baja a mis manos, a la espada y la vuelve a mis ojos.
—Sé que has cruzado medio continente por él —señala a Laiyor sin mirarlo—. Y sé… —su voz baja— que eso te hace predecible.
Eso sí me golpea.
—Déjalo —digo.
No es una petición, Eryas ladea la cabeza.
—¿O qué?
Mi mano se tensa en la empuñadura.
—O te mato.
No hay temblor en mi voz. Esta vez no, Eryas me observa y entonces ríe suavemente.
—Eso me gustaría verlo.
Y en ese instante, me muevo. Ataco sin pensarlo. La distancia desaparece en un segundo, mi espada corta el aire, va directa a su cuello, pero ya no está, el golpe atraviesa vacío.
Eryas ya no está donde estaba. Un impacto en mi costado, seco y brutal. Salgo despedida contra la pared, el aire abandona mis pulmones, caigo de rodillas. Tardo un segundo en recomponerme, Ellas es rápido. Me levanto como puedo, me giro, esta vez él ya está frente a mí.
—Me decepcionas —dice, casi aburrido.
Aprieto los dientes, vuelvo a atacar más feroz, pero no es suficiente, bloquea el golpe y lo desvía. Se mueve como si conociera mis movimientos. Vuelvo a girar, me abro y caigo. Error.
Su mano se cierra en mi muñeca, fuerte, imposible de romper. El dolor me recorre el brazo, la espada cae al suelo. El sonido resuena como una sentencia.
—Ya está —susurra.
Intento soltarme, no puedo. Ni siquiera me inmuto.
—Tanta lucha… —murmura cerca de mi oído— para acabar exactamente donde quería.
Mi sangre se hiela, Laiyor tira de las cadenas.
—¡Suéltala!
El sonido del metal retumba en la celda. Eryas ni siquiera lo mira.
—Tranquilo —dice—. Aún no he terminado.
Me obliga a girarme, a enfrentar a Laiyor.
—Mira bien —añade—. Esto es lo que pasa cuando alguien cree que puede desafiarme.
Mi respiración se acelera pero no aparto la mirada. No voy a romperme, no aquí, no delante de él.
Eryas se inclina ligeramente hacia mí.
—Y aún así… —murmura—. Sigues siendo útil.
Eso me desconcierta, solo un segundo pero suficiente, Porque sonríe y eso… eso es lo peor de todo.
—Encerradla.
El sonido de los pasos de los guardias irrumpe en la celda.
Nunca estuvo solo, nunca lo está. Intento moverme, demasiado tarde, las manos de los guardias me arrancan de la celda y de Laiyor.
—¡Zaja! —su voz me rompe.
No me giro, no puedo, tengo que seguir luchando.