CAPÍTULO 28
Llegamos a Elion entrada la noche. Al bajar de la espalda de Nyvral, noto mis piernas como bloques de piedra. Riven está esperándome fuera, sus ojos me atraviesan.
—Tienes que descansar pequeña humana —dice Nyvral con cariño—, el viaje puede ser más duro que una batalla.
Le miro fijamente a sus ojos brillantes unos segundos, le sonrío y me dirijo hacia donde me espera Riven, llevo el frasco entre mis manos, como si fuera el mayor de los tesoros.
—Has vuelto… —dice incrédulo— y lo has hecho entera.
Puedo ver su sonrisa, no es la de siempre, está agotado.
Le entrego el frasco.
—Lo tenemos, la llave para cruzar las murallas de la capital. Tendremos una hora para hacerlo.
—Eso es muy poco tiempo… —aprieta los labios—. Tendremos que ser rápidos, no podemos cometer errores.
—Lo sé, pero al menos, tenemos algo.
—¿Cómo te ha ido? —me invita a pasar dentro— ¿Qué viste allí?
Entramos a casa y vamos directos a su despacho, Riven toma notas de todo lo que he visto en el Bosque de Lobos, la ciudad, los fae, la magia, el agua del lago, le hablo de Numanier. Mientras escribe, puedo ver la emoción en su rostro, sé que le hubiera gustado verlo con sus propios ojos.
Cuando acabo de explicarle todos los detalles que he guardado en mi retina, bajamos a cenar con Shoy que nos espera en la cocina.
—Zaja, Riven… no podréis salvarle si no descansáis —dice Shoy cogiéndome de la mano.
—No tenemos tiempo —dice Riven—, mañana nos pondremos en marcha hacia la capital.
—¿Mañana?—pregunto—todavía tenemos dos días antes de que se celebre el juicio.
—Tendremos que ir a caballo, yo no tengo un dragón ¿recuerdas?.
—Entiendo,pero ¿Nyvral? ¿No vendrá con nosotros?
—Si, pero habrá que poner distancia, si alguien lo ve, todo habrá sido en vano. Además, no sabemos nada de Thasvol…
—¿Crees que lo han capturado a él también?
—No lo sé.
Acabamos de cenar en silencio, absortos en nuestros propios pensamientos. Cuando acabamos cada uno nos dirigimos a nuestros dormitorios, antes de llegar al pomo de la puerta de mi habitación, alguien me agarra del brazo. Es Shoy, en su cara veo la preocupación.
—Toma… —me entrega una pequeña bolsa de tela, la deja en mi mano y cierra el puño—, por si lo necesitáis, ya sabes qué hacer con ellas.
Asiento y le doy un abrazo, ella me lo devuelve con fuerza. Teme que no volvamos.
Entro a mi dormitorio y abro la pequeña bolsa, son hierbas sanadoras, las reconozco.
Me doy un baño antes de acostarme, no puede haber ni rastro de olor a dragón. Mañana será un día largo, pero estaremos más cerca de Laiyor, de poder traerlo de vuelta a casa, necesito volver a abrazarlo.
El sueño me atrapa rápido, y por primera vez en muchos días, duermo a gusto y a salvo, en casa. El pensamiento de cómo están siendo las noches de Laiyor me sobresalta, pero haré caso a las palabras de Nyvral, estos pensamientos no nos mantendrán a salvo a ninguno. Tengo que estar serena.
La mañana llega rápido, Riven ya tiene a los caballos preparados.
Me entrega una capa nueva, esta está hecha de pelo grueso, parece de lobo, es larga y muy elegante.
También unos guantes de cuero, recuerdo el frío que pasé en la capital y solo puedo darle las gracias.
En las alforjas de los caballos llevamos provisiones para dos días, y una bolsa con ropas muy diferentes a las que estamos acostumbrados en Élion, más elegantes.
Tampoco nos olvidamos del frasco de Numanier.
Nyvral nos espera en el claro.
—Mantén la distancia, vuela alto, que no te descubran. Ten cuidado.
—No soy quien tiene que tener cuidado… —sus ojos se clavan en los míos.
Antes de que nos demos cuenta, estamos cruzando el bosque, otra vez este bosque.
Galopamos hasta el mediodía, vamos parando para que los caballos beban agua mientras nosotros estiramos las piernas.
El viaje transcurre en silencio, evitamos senderos, no queremos ser descubiertos.
La noche nos sorprende rápidamente y cómo podemos pasamos la noche entre los árboles.
Sin hogueras, el humo podría atraer a alguien indeseado.
Riven más que callado, está concentrado.
Guardamos todas nuestras energías en llegar a la capital y rescatar a Laiyor.
En cuanto amanece seguimos a galope, el frío y el hielo nos avisa de que estamos cerca del norte.
No me gusta, y por la cara que tiene Riven, a él tampoco.
No hay ni rastro de Nyvral en el cielo, buena señal, se mantiene oculto.
Llegamos a la capital pasado el mediodía, la nieve ha ralentizado mucho la marcha de los caballos que ya están exhaustos.
Escondidos en el bosque vemos las murallas de la capital, hoy hay cuatro guardias, dos a las puertas y dos en lo alto de la muralla.
—Ha llegado la hora —dice Riven—, saca el frasco.
Saco el frasco de una de las alforjas. Riven lo mira a contraluz, se bebe medio frasco y me entrega la mitad. Lo bebo sin pensar dos veces.
Antes de beberme la última gota, Riven ya está cambiándose. Su ropa para la capital es muy elegante, pantalón de tela elegante, camisa verde, chaleco con motivos dorados que destacan sobre el cuero de color chocolate. Cuando le vuelvo a mirar, ya no es Riven.
Tiene el pelo negro y le llega más abajo de los hombros, tiene los ojos azules y su cara ya no es la misma. Me quedo mirando unos segundos hasta que rompe el silencio.
—¿Qué? —pregunta al darse cuenta.
—Estás… diferente.
—Tú también…
Sacó uno de mis guantes y me miró la manos inmediatamente, mi piel ya no es la misma, es más morena. Me paso las manos por la trenza que ahora es roja como el fuego, larga y muy densa.
—Recuerda, no hay tiempo…—me señala la ropa.
Me cambio todo lo rápido que puedo, y volvemos a los caballos. Buscamos el sendero y nos disponemos a acercarnos a la puerta de las murallas de la capital .
Riven se para antes de que estemos a la vista de los guardias.
—Hoy no eres Zaja, eres Sasha. Señora de las tierras del Este.
—¿Qué hay en el Este? —pregunto.
—Unas pocas aldeas, y alguna granja de cerdos. No hagas más preguntas.
Volvemos a ponernos en marcha y quedamos frente a los guardias.
—¿Quiénes sois? —pregunta uno de los guardias.
—Venimos del Este, yo soy Riot y ella es mi sobrina Sasha.
—¿Qué les trae a la capital? —pregunta sin apartar la mirada.
—Venimos a ver a nuestros parientes, mi sobrina va a casarse con el hijo del herrero.
Suena convincente, los guardias se miran entre ellos.
—Adelante.
Cruzamos las puertas y de nuevo vuelvo a estar en esta imponente ciudad, hostil, fría, lejos del hogar.
—Llévame hasta la catedral —ordena Riven.
Cuando llegamos, el majestuoso edificio se alza en la plaza de la ciudad, todavía se aprecia el destrozo que causó Nyvral.
No hay ni rastro de Eryas, ni de guardias reales, tampoco de soldados. Riven examina la ciudad, y casi imperceptible, un susurro dice:
—Allí, arriba, en la colina. —Sin hacer ningún gesto que pueda delatarnos, señala al final de la ciudad.
Como si estuviera tallado en la piedra de la montaña, el palacio real. Camuflado, si no fuera por los estandartes, rojos y dorados, sería imperceptible.
—Tenemos que dirigirnos hacia allí —intentamos no llamar la atención, pero la gente nos observa —. Por aquí …
Entramos en un pequeño callejón, e intentamos evitar la muchedumbre.
Después de recorrer la capital, llegamos al puente que separa la ciudad del imponente palacio. Bajamos de los caballos.
—Tengo una idea —le digo a Riven.
—No hay tiempo para ideas… tenemos que seguir el plan.
—No —le digo firme—, confía en mí.
Me mira fijamente pero no dice nada, ambos sabemos lo que está en juego, si nos descubren, estamos muertos.
Caminamos firmes, como me enseñó días atrás Riven, seguros y con confianza. Cuando llegamos a las puertas del palacio, el guardia nos cierra el paso.
—¿A dónde creen que van? —el fuego arde en sus ojos.
—Traemos unas medicinas para el rey —Le enseño la bolsa que me dio Shoy—. Sabemos que está enfermo.
Riven permanece callado, observando la escena.
—¿Eres algún tipo de sanadora?
—Algo así… —miento.
Abre las puertas de palacio, Riven me lanza una mirada de satisfacción y le dedico una media sonrisa.
Entramos en el gran palacio. La sala que nos aguarda es tan grande que el eco de nuestros pasos resuena como una vieja promesa.
Al fondo de la inmensa sala, llena de columnas y balcones, el trono del rey, y en él está sentado Eryas que nos observa impasible.
Cuando estamos a unos pocos metros nos detienen los guardias.
—Alto —dice Eryas desde el trono.—. ¿Quiénes sois y porque os han dejado entrar?
—Somos Sasha y Riot, de las tierras del Este —digo con seguridad—. Nos ha llegado información de que el Rey está enfermo, traemos unas hierbas…
Antes de que pueda acabar, alza la mano y me interrumpe.
—¿No os han informado? —dice serio, pero en sus palabras hay una especie de sonrisa.
Riven y yo nos miramos.
—Mi padre, el Rey, ha muerto. Estáis ante vuestro Rey, Eryas primero de su nombre.Así que ¡Postraos!
Sin dudarlo, Riven y yo nos arrodillamos ante él. El plan se ha ido al garete, apenas nos quedan unos minutos para que la agua del lago deje de hacer efecto.
—Sentimos mucho su pérdida… —dice Riven—. El viaje ha sido largo, no hemos sido informados.
Mientras seguimos arrodillados, Eryas se acomoda en el trono y deja escapar un suspiro.
—Bien, ¡marchaos! Tengo un juicio que preparar…
Inmediatamente nos sujetan los guardias reales que nos acompañan con demasiada dureza hasta la puerta.
Lanzo una mirada rápida a Riven, no me mira. Tiene la mandíbula tensa, los ojos al frente. Está pensando. Calculando, siempre está calculando.
Nos empujan hacia las grandes puertas, pero antes de llegar al umbral.
—Deteneos.
La voz de Eryas cae sobre la sala aplastándolo todo. Los guardias se quedan rígidos, mi pulso se detiene un instante.
No.
—Traedlos de vuelta .
Los guardias dudan apenas un segundo,pero obedecen. Nos giran con brusquedad y volvemos a caminar de nuevo hacia él. Esta vez más lento, como si estuviéramos más expuestos.
Siento cómo el efecto del agua empieza a deslizarse entre mis dedos como arena invisible. No lo veo… pero lo siento,algo en mi piel, en mi respiración. Se está agotando.
Cuando levantamos la vista, Eryas ya no está recostado en el trono, está de pie, nos observa con detenimiento y sonríe.
—Curioso —dice, inclinando ligeramente la cabeza—. Muy curioso.
Se acerca un paso, sus ojos recorren mi rostro. Se detiene frente a mi lo que parece una eternidad.
—Decidme… —su voz baja, casi divertida— ¿de qué parte del Este habéis dicho que venís?
El silencio se vuelve insoportable, siento el sudor frío recorriéndome la espalda. Riven responde antes de que yo pueda hacerlo.
—De las tierras bajas, majestad.
Eryas no aparta la mirada de mí ni un segundo.
—Vaya —murmura—. Entonces debéis haber viajado mucho.
Ahora está demasiado cerca, puedo ver cada detalle de su rostro, entones lo noto, su expresión cambia de una forma muy leve, pero suficiente para percibirlo.
Sus ojos se entrecierran.
—Qué extraño… —susurra.
Mi respiración se corta cuando siento la suya demasiado cerca.
El mundo se detiene.
—Juraría… —inclina un poco más la cabeza— que ya nos hemos visto antes .
El agua se va, mi pelo, la piel… está sucediendo ahora.
—Riv… —susurro, apenas sin voz.
Eryas sonríe.
—Ah —dice suavemente—. Ahora sí.
El segundo de silencio se hace eterno.