CAPÍTULO 27
El cuero de mi traje cruje cuando me acomodo sobre la montura de Nyvral, sus escamas están calientes, el aire frío se cuela entre nosotros y el calor de su cuerpo abraza el mío.
— ¿Lista? —gruñe, aunque sé que no necesita mi aprobación.
Alzamos el vuelo, nos esperan unas horas de camino.
— No me gusta a dónde nos dirigimos. — Nyvral está menos sarcástico desde que volvimos.
— A mí tampoco — sé que no tengo elección.
Me acuerdo de Laiyor, lo veo en mi mente, está encerrado, sus ojos me buscan, las manos atadas. El idea me atraviesa el pecho. Lo torturan, lo humillan, lo obligan a inclinarse ante Eryas. Cada golpe que imagino me hace apretar más fuerte las manos.
—Esos pensamientos no nos conducirán hacia el éxito pequeña humana.
—No lo dejaré allí — le digo—. Lo rescataré.
—Antes, tendrás que salir viva del lugar al que nos dirigimos…
Mientras volamos, recuerdo las historias que contaban en la aldea: comerciantes que entraron y nunca volvieron, luces que danzaban entre los árboles, criaturas hermosas con intenciones horribles. Mi corazón late con fuerza, pero esta vez no siento pánico, siento determinación.
—Nyvral —susurro mientras me inclino sobre su cuello—, necesito que confíes en mí también. Sé que no es tu primera vez lejos de casa, pero esto… esto es diferente.
El dragón ladea la cabeza, y puedo sentir su tensión, sus músculos listos para reaccionar a cualquier amenaza. Pero también siento su paciencia, la misma que me permite aferrarme a la esperanza.
Después de unas horas de vuelo, vemos el Bosque de Lobos, un manto que va más allá del horizonte de árboles que se extiende como una plaga, ocupando todo el sur de nuestro continente. Imponente y maldito.
Nyvral desciende lentamente y cuando finalmente aterriza, me paró frente a él.
— Espérame aquí, tengo que hacerlo sola. — Intento parecer segura de mí misma, pero mi voz tiembla.
—Una vez te adentres en el bosque, solo podremos comunicarnos —dice con pesar —. No podré protegerte, así que intenta no morir .
Le abrazo el hocico a modo de despedida y emprendo mi marcha hacia las entrañas del bosque.
Con la mano sobre la empuñadura de mi espada, doy los primeros pasos. Cada movimiento es medido, la postura que Riven me enseñó fija en mi cuerpo: espalda recta, hombros relajados, mirada firme. El bosque parece cerrarse a mi alrededor, una muralla viva de ramas y sombra.
Camino un largo rato y nada, sola las raíces que amenazan con derribarme cada vez que tropiezo con ellas, hojas húmedas y el crujir de mis botas sobre la hojarasca. El silencio es distinto aquí dentro. De repente, desde lo alto, una voz clara y fría corta el aire:
—¿Te has perdido, muchacha?
Levanto la vista, veo a un hombre encaramado a la rama de un árbol, apuntándome con un arco.
Mis sentidos se disparan. Cuando los ojos se adaptan, veo más de ellos, en el suelo, subidos a los árboles.
Altos, esbeltos, orejas puntiagudas, armados con espadas, dagas y arcos.
Sus ojos afilados, recorren cada centímetro de mí.
Puedo sentir cómo todos me perciben como una amenaza, me observan pero no me atacan.
Mi mano permanece temblorosa en la espada que sigue envainada, sé que si doy un paso en falso, todo se acaba.
Uno de los fae se mueve, tocando la corteza de un árbol cercano, siento un pulso a través de sus manos, un hilo de magia que se conecta con ellos.
Nyvral late nervioso, y puedo olerlo, sentirlo. Ellos también lo sienten: el dragón que me acompaña no pasa desapercibido, sin necesidad de palabras, percibo su tensión, la curiosidad de saber qué está pasando, está en alerta.
Recuerdo el objeto que Riven me dio, lo aprieto con fuerza y lo levanto lentamente, mostrándolo. Ellos lo examinan, silenciosos, conectándose con él. Sus ojos se suavizan apenas un instante.
—Entrega —susurra un fae.
Entrego el objeto y la tensión disminuye ligeramente. Nadie baja la guardia, pero el aire cambia.
El fae al que le entrego el objeto hace un gesto con la mano y el resto bajan sus armas. Puedo ver la decepción en sus miradas.
Me escoltan más adentro, moviéndose con una elegancia imposible, sincronizados como si el bosque mismo respirara a través de ellos.
Cada paso que doy revela más del lugar, y lo que creía ser un bosque empieza a transformarse en algo difícil de describir, la luz cambia, los sonidos se intensifican, aquí hay vida.
De repente, el bosque se abre ante mis ojos y lo que veo me deja sin aliento, ya no es un bosque.
Es una ciudad, con modernas construcciones de piedra blanca que conviven con magia flotante, la naturaleza integrada en todas partes, luces que se sostienen en el aire y criaturas que nunca podrían existir en los cuentos de la aldea.
Todos los fae que encuentro me observan con asombro y desconfianza.
Ningún humano ha cruzado este límite antes.
Mi corazón late con fuerza, cada sentido permanece en alerta, estoy sola en un lugar que no parece tan siquiera real, pero estoy aquí y ellos lo saben.
No sé si debería haber cruzado este límite, aunque aún así ya lo he hecho.
Cada paso me hace sentir más pequeña, como una extraña, simplemente humana. Nyvral se mantiene al margen, observando todo con cautela, pero no interviene, confía en que esto es mi camino.
Finalmente llegamos a un edificio imponente, rodeado de altas columnas que se alzan como árboles petrificados.
La piedra es lisa, pulida, y parece absorber la luz, reflejando un resplandor que cambia con cada ángulo.
Los fae me guían sin palabras hasta el interior, la sala es amplia, silenciosa, y el eco de nuestros pasos se prolonga por los muros.
Al fondo, de pie, hay un fae que destaca entre todos, tiene el cabello plateado casi blanco que le cae como seda sobre los hombros, brillante con reflejos que me recuerdan a las escamas de Thasvol cuando la luz las toca.
Lleva una especie de túnica blanca que parece capturar la luz y devolverla con un brillo propio, como si la magia fluyera de él mismo.
Su presencia impone un respeto silencioso, sonríe pero no habla, solo me observa.
El fae al que entregué el objeto se adelanta. Con un gesto delicado, se lo entrega y dice en voz clara:
—La encontré en el bosque. Huele a dragón. Los Sylvethar la protegen.
El fae de túnica blanca toma el objeto con cuidado entre sus manos, girándolo ligeramente.
Sus ojos recorren la superficie, luego me miran a mí, fijamente, sin necesidad de palabras.
Puedo sentir cómo me examina, cómo cada fibra de mi ser es analizada.
El silencio se vuelve casi insoportable, y mi respiración se hace conscientementepesada.
—Es un orbe —dice tranquilo.
Finalmente, hace un gesto con la mano. Los fae que me escoltaron se retiran unos pasos, dejándome sola frente a él. La tensión se multiplica, y siento que estoy al borde de algo que aún no comprendo completamente.
Sonríe girando el extraño objeto, el orbe como ha dicho él.
No hace ademán de acercarse, no parece una amenaza, simplemente está ahí, un ser que parece existir entre la luz y la sombra, un guardián del bosque maldito.
Sus ojos azules como el cielo se mantienen ahora sobre mí, de una forma penetrante y serena a la vez.
Siento que todo lo que traigo conmigo —la protección de Nyvral, la conexión con los Sylvethar, incluso el miedo y la determinación que me han traído hasta aquí— está expuesto bajo sus ojos. No puedo esconder nada, y tampoco quiero.
—Numanier —dice con voz clara y firme—, mi nombre es Numanier ¿A qué has venido Zaja?
Numanier inclina ligeramente la cabeza hacia el objeto en sus manos. Después, me vuelve a mirar y asiente, apenas perceptiblemente. No hay palabras, pero sé que ha comprendido todo lo que necesito transmitir.
—Ah —susurra, más para mí que para él—, escucha. Lo que necesitas no es fuerza ni espada.
El aire parece vibrar con sus palabras, no me está diciendo cómo, no me dice cuándo, solo deja que la tensión se asiente y que la realidad de este lugar me golpee, estoy sola entre ellos, una humana entre fae que quizá jamás han visto a alguien como yo.
Pero respiro hondo, enderezo la espalda y, con la mano sobre la empuñadura de mi espada, sé que estoy lista para enfrentar lo que venga.
Numanier me observa un instante más antes de girarse y hacer un gesto que indica que debo seguirlo hacia la parte más profunda del edificio. El silencio cae mientras camino tras él, cada paso refuerza la determinación que Riven ha plantado en mí.
Numanier me guía por un pasillo ancho y silencioso, a mi paso voy observando todo.
No hay cuadros, ni adornos, solo la luz que entra por los ventanales altos rodeados de plantas silvestres que se cuelan por la estancia, la luz filtrada en destellos verdes y dorados le dan a este lugar un toque mágico.
Camino tras él, con cada músculo tenso, no sé a dónde nos dirigimos.
Llegamos a la parte trasera del imponente edificio, una puerta se abre hacia un patio elevado, y mis ojos se encuentran con un espectáculo que me deja sin aliento, un lago tranquilo, lleno de nenúfares flotando como espejos verdes sobre la superficie.
La luz que cae de las alturas hace que el agua brille con reflejos de jade y esmeralda.
Al fondo, un viejo sauce inclina sus ramas sobre el agua, como si acariciara la superficie con sus largos dedos. La quietud es casi irreal.
Numanier se detiene al borde del lago, se inclina suavemente y saca de su túnica un frasco de cristal tallado, pequeño pero no simple. Con cuidado, lo llena del agua oscura y brillante, que refleja el cielo y los árboles como un espejo mágico.
—Toma —dice, entregándolo con ambas manos.
Lo sostengo con cuidado, notando cómo el peso del agua parece vibrar con un poder silencioso. Pero antes de que pueda decir algo, él habla de nuevo, y sus palabras golpean más fuerte que cualquier hechizo:
—Zaja… tú no serás reina, nunca lo serás. Pero lo que harás unirá a los reinos, lo que hagas aquí cambiará todo.
La sangre se me hiela, sus ojos irreales me atraviesan. Siento la magnitud de lo que dice, y algo se encoge en mi pecho,no se trata de poder ni de corona. Se trata de responsabilidad, de un destino que no pedí, pero que debo enfrentar.
—No solo he venido a buscar magia —respondo con firmeza, aunque el peso de sus palabras me oprime la garganta—. También necesitamos aliados.
Numanier niega suavemente con la cabeza.
—No —dice—. Nosotros no nos involucramos en los conflictos de los humanos. Los reinos se guían por sus propias ambiciones y errores. Pero sí puedo ofrecerte conocimiento, protección temporal, y refugio. Si alguna vez lo necesitas, vuelve.
Sus palabras tienen un eco en mi mente. No prometen ejército ni intervención directa, pero sí una puerta abierta. Una posibilidad. Una línea de vida que puedo usar para sobrevivir y proteger a los que amo.
Asiento ante la negativa, este ser me acaba de ofrecer asilo, no puedo reprocharle nada.
—¿Qué hago con esto? —Le preguntó señalándole el frasco que me ha entregado.
—Tómalo antes de cruzar la puerta, tendrás dos horas para permanecer oculta, si decides compartirlo, entonces solo será una.
—Gracias —susurro, sin atreverme a mirarlo directamente.
—Ve con cuidado —responde él—. Y recuerda que tu fuerza no está solo en tu espada. Está en tu juicio, en tu corazón y en quienes confían en ti.
Numanier hace un gesto con la mano y, de repente, todo a mi alrededor cambia. La ciudad fae que creía haber visto, las luces que se sostenían en el aire desaparecen como niebla disipada por el viento. El bosque vuelve a ser bosque.
Estoy inmóvil, los ojos abiertos, incapaz de parpadear mientras mi corazón late con fuerza.
La ilusión era perfecta y lo sigue siendo de algún modo.
Siento el vacío que deja la ciudad, el eco de los pasos que ya no están, el silencio que parece absorber hasta el más pequeño sonido de mi respiración.
Y allí, frente a mí, Numanier vuelve a estar exactamente en el punto donde el fae me interceptó al principio. Todo indica que nunca estuve dentro de la ciudad, y sin embargo todo lo que vi, cada detalle, cada fae, cada estructura imposible, fue real de alguna manera.
Aprieto el frasco contra mi pecho, sintiendo su peso y la certeza de que no es un sueño ni una ilusión pasajera. La magia que lo rodea es tangible. Numanier no sonríe, pero sus ojos parecen querer atravesar todo lo que soy y lo que siento..
—No podrás traer a tu dragón aquí —dice finalmente, su voz calma pero firme—. Este lugar está protegido, no todos los que entran vuelven a salir, y no todos pueden tocar lo que aquí reside, pero tú… tú has venido preparada.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. No necesito que explique más, lo que he visto y lo que he experimentado, el frasco que ahora sostengo con ambas manos es la prueba de que todo esto ha sido real. Todo a mi alrededorme dice que estoy en deuda con este lugar, y con lo que representa.
Numanier hace un gesto final, pequeño, casi imperceptible, y se retira entre la sombra de los árboles, dejando que el bosque vuelva a su silencio profundo.
Aprieto el frasco, inhalo profundo, y me doy la vuelta hacia el borde del bosque. Nyvral sigue esperándome fuera, paciente y confiado, incapaz de atravesar la magia protectora que rodea el Bosque de Lobos. Sus ojos brillan al encontrarme.
—Vamos —le digo, firme—. Tenemos un camino por delante, y ahora más que nunca, sé que no puedo fallar.
El dragón inclina la cabeza, y alzamos el vuelo de regreso, dejando atrás el bosque que guarda secretos que los humanos jamás comprenderán. Pero yo los he visto, y eso basta para saber que estoy lista.