Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Riven me despierta antes de que amanezca, no tenemos tiempo que perder. El tiempo corre en nuestra contra. Me preparo rápido, colgando fuera del armario Shoy me ha dejado un traje completo de cuero y unas botas nuevas. Riven me ha pedido que baje con mi espada.

Bajo las escaleras todavía ajustándome el traje. El cuero es más rígido de lo que esperaba, se adapta al cuerpo pero no es cómodo. Supongo que no está pensado para serlo.

Riven ya está en el salón, espada en mano esperándome. No dice nada cuando me ve, su mirada recorre el traje, las botas, la espada en mi mano. Asiente una sola vez.

—Fuera.

No es una invitación, salimos juntos al prado aún cubierto por la penumbra. El ambiente es cortante, el amanecer todavía no ha llegado, pero el cielo empieza a aclararse. Riven se coloca frente a mí.

—Ataca.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Ataca.

No hay más instrucciones. Doy un paso adelante, levanto la espada y lanzo un golpe directo, torpe y previsible. Riven lo desvía sin esfuerzo,ni siquiera se mueve.

—Otra vez.

Aprieto los dientes, vuelvo a intentarlo. Esta vez más rápido,

peor. Mi espada queda expuesta y en un segundo la suya está en mi cuello, dejándome helada, mi respiración se acelera. Retrocedo.

—No estoy lista para esto.

—No —dice sin emoción—. No lo estás.

Eso duele más de lo que esperaba.

—Pero lo estarás.

No me da tiempo a responder, y ataca. Bloqueo por instinto, el impacto del choque de las espadas me recorre el brazo, haciendo que casi pierda la espada.

—Más firme.

Otro golpe, esta vez más fuerte. Retrocedo.

—No retrocedas —dice—. En el palacio no tendrás espacio.

Vuelvo a avanzar, mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Gran error, Riven en menos de treinta segundos me desarma. La espada cae en la hierba yo respiro agitada, frustrada…

—No puedo hacerlo.

Riven se acerca demasiado.

—Sí puedes —dice en voz baja—. Pero no así.

Frunzo el ceño.

—¿Así cómo?

—Pensando en él.

Me quedo quieta.

—Cada vez que atacas, dudas —continúa—. Cada vez que dudas… pierdes.

Aprieto los puños .

—No puedo dejar de pensar en él.

—Entonces aprende a hacerlo sin que te debilite.

El viento sopla entre nosotros mientras permanecemos inmóviles.

—Porque si entras ahí siendo la Zaja que eres ahora… —hace una pausa— no sales.

Trago saliva, recojo la espada del suelo pero mis manos tiemblan, esta vez no retrocedo.

—Otra vez.

Esta vez, cuando ataco no pienso, solo me muevo con más conciencia. El golpe sale más limpio, más rápido y firme. Riven lo bloquea igualmente, pero esta vez no contraataca de inmediato. Eso me da un segundo, solo uno y lo aprovecho.

Giro la muñeca, intento cambiar el ángulo… pero vuelvo a fallar. Su espada choca contra la mía y el impacto me sacude. Retrocedo medio paso, pero Riven baja la espada.

—Mejor.

Estoy jadeando, el pecho me arde, los brazos pesan. Pero no suelto la espada, no esta vez.

Pasamos la mañana luchando hasta que ya no nos quedan fuerzas, a pesar del inicio humillante, he conseguido sorprender a Riven en tres ocasiones.

Hemos perfeccionado los movimientos y creo que por hoy, hemos hecho un buen trabajo.

Laiyor merece lo mejor de mí, de nosotros.

Riven me observa unos segundos más y luego da un paso atrás.

—Suficiente.

Bajo la espada mientras frunzo el ceño, el frío empieza a colarse otra vez en mi cuerpo ahora que dejo de moverme .

—Entonces, ¿qué hago?

Riven envaina su espada

—Aprender a no llamar la atención.

Eso sí me desconcierta.

—No parece tan difícil.

Riven me mira ypor primera vez en toda la mañana casi sonríe.

—Lo es.

Volvemos dentro, el contraste con el exterior es inmediato. El calor de la chimenea me envuelve, pero no logra relajarme del todo.

Riven no pierde tiempo, retira la mesa hacia un lado, despejando espacio.

—Deja la espada.

Obedezco, aunque mis manos aún tiemblan ligeramente.

—Ahora camina.

Parpadeo.

—¿Cómo?

—Como lo harías normalmente.

Empiezo a pasearme por el salón, Riven niega con la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—Eso no sirve.

La incomodidad empieza a crecer.

—No sé qué quieres que haga.

Riven se acerca.

—Quiero que dejes de ser tú.

No sé si eso me molesta o me asusta. No consigo entenderlo.

—Los nobles no se mueven así —continúa—. No miran al suelo, no dudan y no caminan encogidos .

Me doy cuenta entonces de cómo tengo los hombros caídos, y soy incapaz de controlar mi respiración.

—Enderézate.

Lo hago.

—Más.

Tenso la espalda.

—Relaja los brazos.

Intento hacerlo sin perder la postura.

—No estás entrando en combate —dice—. Estás entrando en una sala donde todos creen ser más importantes que tú.

Eso cambia algo, respiro hondo, doy un paso, luego otro, esta vez más lento, más consciente. Riven me está observando.

—Mejor —murmura.

Sigo caminando. Intento no pensar demasiado.

—La mirada —añade.

Me detengo.

—¿Qué pasa con mi mirada?

—Habla demasiado.

Alzó las cejas.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Menos.

Eso me descoloca.

—No entiendo.

Riven se coloca frente a mí.

—No mires como si buscaras algo —dice—. Mira como si ya lo tuvieras.

Intento hacerlo, levanto la mirada la fijo en él, sin moverme, sin reaccionar. Algo cambia .

Lo noto.

—Eso —dice.

No es aprobación, pero se acerca.

—Ahora habla.

—¿Qué digo?

—Lo que quieras.

Dudo unos segundos, mal. Lo noto en cuanto ocurre.

Riven suspira.

—Otra vez.

Aprieto los dientes, respiro.

—¿De verdad crees que esto funcionará? —digo, intentando mantener la calma en la voz.

Riven ladea la cabeza.

—Demasiado.

—¿Demasiado?

—Demasiado tú.

Me invade la frustración.

—Entonces dime cómo hacerlo.

Riven se acerca un poco más.

—Di menos.

Eso otra vez.

—Y cree más.

Lo miro.

—¿Creer qué?

—Que perteneces ahí.

El silencio se alarga. Esa parte… Esa es la más difícil, lo intento de nuevo otra vez, camino más despacio y firme, levanto la barbilla apenas un poco, mí respiración se estabiliza .

—Esto no debería llevar tanto tiempo.

Mi voz sale distinta, como más plana. Más lejana.

Riven no dice nada, pero lo veo, se ha dado cuenta.

—Otra vez —dice.

Lo repito, una y otra vez, hasta que mis piernas pesan, hasta que mi cabeza se satura, hasta que dejo de pensar en cómo hacerlo y simplemente sucede.

Riven me observa más tiempo de lo habitual.

—No está mal.

Es lo más cercano a un halago que voy a recibir. Exhalo el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Y ahora?

Riven se gira hacia la mesa, mira el mapa que sigue ahí, inmutable.

—Ahora empezamos de verdad.

Un escalofrío me recorre.

—¿Esto no era empezar?

Riven me mira por encima del hombro.

—Esto… era evitar que mueras en cuanto entres.

Silencio.

—Lo siguiente —añade— es sacarlo de allí.

La tarde llega con la oscuridad que la acompaña, y después de un descanso en la sala de la chimenea mientras Riven está inmerso en sus mapas y pergaminos, irrumpe provocándome un pequeño vuelco.

—Hay una forma…—No hay prisa en su tono pero sí urgencia.

Eso me hace detenerme.

—Pero no va a gustarte…

Riven tarda unos segundos en responder, como si midiera las palabras .

—Hay una forma de entrar en la capital.

El pulso se me acelera.

—¿Cuál?

—No depende de nosotros.

Frunzo el ceño confundida.

—Entonces, ¿de quién?—estoy muy confundida.

Riven no aparta la mirada.

—De ellos. —Señala un mapa.

El silencio se instala.

—¿Ellos?

No responde de inmediato, eso me inquieta más que cualquier explicación.

—Están al sur —dice finalmente—. En el Bosque de Lobos.

El nombre me atraviesa. Las historias vuelven solas, voces bajas en la aldea, comerciantes evitando el tema, gente que entra allí y no vuelve.

—Ese bosque está maldito.

—No —responde Riven—. Está protegido.

Eso no es mejor.

—Dicen que hay cosas ahí dentro.

—Las hay.

No lo niega, tampoco lo suaviza.

—¿Y quieres que vaya?

—Sí.—La respuesta es inmediata.

No duda, lo dice sin rodeos. Siento cómo algo se tensa dentro de mí.

—¿Por qué yo?

Riven da un paso hacia mí .

—Porque no hay tiempo, tienes que ir volando con Nyvral.

—¿Quiénes son? —tengo demasiadas preguntas y muy pocas respuestas…

Riven niega levemente con la cabeza.

—No importa cómo los llames.

Eso no me gusta.

—Importa cómo te vean ellos a ti.

Trago saliva.

—¿Y cómo crees que me van a ver?

Su mirada se clava en la mía.

—Diferente —Eso no me tranquiliza—. Estoy seguro de que han sentido a Nyvral —continúa—. Saben quién eres, aunque no sepan tu nombre.

Mi pulso se acelera.

—Y eso… —dice más bajo— es lo único que tienes a tu favor.

Bajo la mirada un segundo, intento ordenar todo apretando las sienes. No lo consigo.

—¿Qué necesitamos de ellos?

—Magia.

Alzo la vista.

—¿Para qué?

—Para entrar en la capital sin ser reconocidos.

¿Cambio de apariencia? No sé si quiero saber la respuesta… la idea se forma sola.

—¿Y si no aceptan?

Riven no duda.

—Entonces no hay plan.

El golpe es seco, directo y real. Vamos a su despacho en silencio, la casa se siente más fría de lo normal, como si las paredes supieran que algo está pasando.

Riven mete la mano bajo la mesa, saca un objeto pequeño, oscuro y tallado, tiene la forma de una media luna, está lleno de unas inscripciones que parecen runas, indescifrables. Cuando me lo entrega, siento su peso de inmediato y no es físico.

—Dáselo.

Lo observo, los símbolos en su superficie parecen moverse cuando no los miro directamente.

—¿Qué es?

—Una forma de que no te maten nada más verte.

Aprieto los dedos alrededor del objeto.

—No confíes en lo que veas —añade.

Su voz es más baja ahora, más seria.

—Ni en lo que oigas. —Trago saliva.

—¿Entonces en qué confío?

Riven sostiene mi mirada.

—En ti.

Inmediatamente mi mente ha vuelto a aquel sendero, antes de llegar a Riven, antes del veneno. «Confía en ti » sus palabras resuenan en mi mente.

—Sales mañana hacia al sur, descansa y recuerda todo lo que has aprendido hoy, sé la nueva Zaja.

Asiento, me voy a mi dormitorio con paso firme, espalda recta, controlando mi respiración, más segura, sintiéndome una nueva yo.