CAPÍTULO 24
Elion aparece entre la bruma como un recuerdo, nada ha cambiado, pero yo sí. Nyvral aterriza en las afueras con un golpe seco, exhausto.
—Ve con tu humano —gruñe—. Yo esperaré aquí .
No tengo fuerzas para discutir, cuando abro la puerta de la casa no siento la presencia de nadie, pero Riven está sentado en la mesa, sin espada, ni expresión.
La chimenea está apagada, tiene la mirada clavada en un fuego invisible, en una mano una copa de vino en la mano. Ojeras profundas, no sé si ha dormido, pero juraría que no. Levanta la mirada cuando entro.
—Pensé que no volverías —dice, sin emoción
—Te dejé una nota… —digo intentando sonar convincente. —Riven, yo…
—¿Dónde está Laiyor?
La pregunta me mata.
—Lo han capturado —confieso como puedo.
Riven cierra los ojos un instante, respira hondo. Cuando los abre, su mirada es afilada, no rota.
—Siéntate —dice .
No es una petición, es una orden suave. Me siento frente a él, Riven apoya los codos en la butaca, entrelaza las manos y me observa con una calma que me inquieta.
—Cuéntamelo todo. Sin omitir nada.
Así lo hago. Empiezo por la catedral, la boda, Eryas humillando a su hermano frente a todos, los guardias buscándome, el grito de Laiyor, la irrupción de Nyvral y finalmente la huida.
Riven no me interrumpe ni una sola vez, ni tan siquiera parpadea.
No aparta la mirada.
Cuando termino, él deja escapar un suspiro lento.
—Bien —dice, como si acabara de recibir un informe militar
Lo miro, confundida. Se inclina hacia mí.
—Descríbeme la ciudad, todo lo que recuerdes, sus calles, las murallas, guardias, accesos, puntos ciegos. Todo.
Me quedo en silencio un segundo. No esperaba esto, pero empiezo a hablar.
Le describo las murallas, la puerta por la que entramos, los guardias revisando los carros, las calles estrechas y los callejones, la catedral y su distribución en el interior, la plaza en la que se ubica, la multitud de gente…
Riven escucha como si memorizara un mapa.
—Bien —dice cuando termino—. ¿Guardias dentro de la catedral?
—Muchos.
—¿Salidas laterales?
—No vi ninguna.
Riven asiente, procesando.
—¿Y la actitud de la gente? ¿Miedo? ¿Sumisión? ¿Indiferencia ?
—Parecía… normal. Como si todo aquello fuera parte del día a día. Solo cuando Nyvral irrumpió se desató el caos…
—Eso es importante —murmura.
Se levanta y empieza a caminar por la habitación, pensativo.
—Eryas no es estúpido. Si ha capturado a Laiyor, lo querrá vivo, al menos por ahora. Eso nos da tiempo.
Me mira.
—Pero no mucho.
Mi corazón se acelera.
—Riven… voy a sacarlo de allí.
Él se detiene en mí, me mira largo y tendido, no con rabia, con una tristeza profunda.
—No voy a permitirlo —dice en voz baja.
—No voy a dejarlo allí...—respondo.
Riven aprieta la mandíbula, Luego asiente despacio.
—Lo sé. Y por eso… —respira hondo— voy contigo.
Mi corazón da un vuelco.
—Pero no ahora —añade, firme—. No sin un plan. No sin información, tenemos que averiguar qué nos vamos a encontrar. Habrá que preparar a Nyvral, estudiar la ciudad, necesitaremos aliados. ¿Qué hay de Thasvol?
—No lo sé… cuando Nyvral me rescató, no había ni rastro de él.
—Quizá le han capturado. No podemos contar con él.
Se acerca a mí y apoya una mano en mi hombro.
—Zaja… si vamos a rescatar a Laiyor, lo haremos bien. No pienso perder a ninguno de los dos por una estupidez.
Sus palabras me atraviesan.
—Entonces… ¿qué hacemos ?
Riven se endereza.
—Descansamos, luego reunimos información. Estudiamos la entrada y entonces lo sacamos de allí.
Me mira con una determinación que me eriza la piel.
—No voy a dejarlo en manos de ese monstruo, ni permitiré que te enfrentes a él sola.
Por primera vez desde la catedral siento que no estoy sola.
Nos mantenemos en silencio mientras procesamos toda la información que ambos nos hemos dado, cuando Riven retira la mano de mi hombro, se aleja unos pasos, pensativo.
Se pasa una mano por el rostro, como si intentara ordenar todo lo que acaba de escuchar.
—Hay algo más —dice sin mirarme.
Me tenso.
—Eryas no solo ha capturado a Laiyor… ha interrumpido su propia boda para hacerlo.
Frunzo el ceño.
—¿Y?
Riven se gira hacia mí.
—Eso significa que Laiyor le importa más de lo que quiere aparentar. No es solo política, es personal. Mucho más complicado.
—Entonces no lo matará.
—No todavía —corrige Riven—. Pero cuanto más tiempo pase… más impredecible será.
Aprieto los puños.
—Entonces tenemos que movernos rápido.
Riven niega con la cabeza.
—Tenemos que movernos bien.
El énfasis en esa última palabra me obliga a callar, se acerca a la mesa y aparta la copa de vino. Con un gesto rápido, despeja el espacio y busca algo en un cajón, saca una pluma y la deja caer sobre la madera.
—Ven.
Me levanto y me acerco.
—Dibuja la ciudad.
Lo miro, dudando un segundo, pero obedezco. Empiezo a trazar líneas torpes: las murallas, la puerta, la plaza, la catedral…el dibujo no es lo mío.
Riven observa cada trazo con atención absoluta.
—Aquí —dice señalando—. ¿Cuántos guardias?
—Muchos,pero estaban centrados en la ceremonia.
—Eso cambiará —murmura.
Sigue observando.
—Si han capturado a Laiyor dentro de la catedral, no lo sacarán por una puerta principal llena de testigos. Lo moverán rápido y por dentro.
Levanto la mirada.
—¿Por dentro?
—Pasadizos, accesos restringidos. Dependencias del clero o de la guardia real.
El pulso se me acelera.
—Entonces sigue en la ciudad.
Riven asiente.
—No podemos estar seguros.
El aire parece volverse más denso.
—¿Y cómo entramos? —pregunto.
Riven dibuja una línea más allá de la muralla .
—No vamos a entrar por donde todo el mundo entra.
Lo miro, expectante.
—Vamos a entrar por donde nadie mira.
Un silencio breve.
—Pero para eso —añade— necesitamos saber más.
—¿Cómo?
Riven levanta la mirada hacia mí, y por primera vez desde que he entrado hay algo parecido a una chispa en sus ojos.
—Mañana iremos a la ciudad baja de Élion.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Elion no es solo nobles y soldados —dice—. Hay gente que habla,que ve cosas y que sobrevive vendiendo información.
Entiendo hacia dónde va.
—¿Quieres comprar información?
—Quiero encontrar a alguien que ya la tenga —Se endereza—. Y tú vienes conmigo.
La palabra mañana se queda flotando entre nosotros como algo demasiado lejano.
—No mañana —digo sin pensar.
Riven alza una ceja.
—Zaja.
—No mañana —repito, más firme—. Cada hora que pasa juega en su contra.
Riven me observa en silencio. No está enfadado, está calculando.
—Cada paso en falso también —responde con calma—. No voy a entrar a ciegas en la capital para que nos capturen a los dos.
Aprieto la mandíbula .
—No es entrar a ciegas. He estado allí.
—Has estado como espectadora —corrige—. No como objetivo.
Sus palabras me golpean, pero no retrocedo.
—Entonces enséñame.
Eso sí lo hace dudar, Riven suspira largo.
—Esa respuesta, no es la que esperaba.
—Es la única que tienes.
Nos quedamos mirándonos, el pulso me retumba en los oídos.
Finalmente, Riven asiente muy despacio.
—Descansas unas horas —dice—. No es negociable.
Abro la boca para protestar, pero levanta una mano.
—Si te desmayas a medio camino, no ayudas a nadie.
Cierro la boca, tiene razón otra vez.
—Dos horas —añade—. Después salimos.
Eso es lo máximo que voy a conseguir, así que asiento.
Riven se aparta de la mesa y se dirige hacia la chimenea.
Se arrodilla y empieza a reavivar el fuego con movimientos precisos, casi mecánicos.
En pocos segundos, una llama tímida prende entre las cenizas, la casa al poco tiempo empieza a recuperar algo de calor, en cambio yo no.
Me quedo de pie, sin saber muy bien qué hacer conmigo misma, el cansancio me cae encima de golpe ahora que todo se ha detenido.
—Ve —dice Riven sin mirarme—. Yo te aviso.
No discuto, subo las escaleras como si pesaran el doble.
Cada paso me recuerda el vuelo, la caída, la catedral, la mirada de Laiyor cuando lo atraparon.
Cuando cierro la puerta de mi habitación, el silencio es absoluto.
Me dejo caer en la cama sin quitarme las botas, cierro los ojos y lo veo, a Laiyor de rodillas, Eryas sonriendo .
El filo de una espada en su cuello, abro los ojos de golpe. Respiro hondo, hoy no podré dormir. Me incorporo y me paso las manos por la cara, la habitación se siente más pequeña que nunca.
Lo noto de repente, aunque con el paso del tiempo me voy acostumbrando, a la caricia de Nyvralen mi mente.
— No estás descansando .
La voz de Nyvral es más tenue que de costumbre, pero sigue ahí.
— No puedo —respondo sin pensar—, lo han capturado .
No es una pregunta.
—Sí .
Siento su inquietud como una sombra bajo la piel.
— El otro dragón… no estaba —Trago saliva—. Riven cree que quizá también lo tengan.
Un gruñido bajo vibra en mi cabeza.
—Eso sería… problemático.
—¿Podemos hacer algo?
Silencio.
—Aún no —responde finalmente—. Pero cuando llegue el momento, no dudaremos.
Cierro los ojos.
—No quiero perderlo .
—No lo harás —dice Nyvral, y esta vez hay algo firme en su voz—. Pero tendrás que ser más fría que ahora.
Aprieto los puños sobre las sábanas.
—Lo intento .
—No lo intentes —responde—. Hazlo .
La conexión se atenúa poco a poco, como si también él estuviera agotado. Me quedo sola otra vez, no sé en qué momento el cansancio me vence.
Un golpe suave en la puerta me despierta.
—Zaja.
Abro los ojos.
La luz ha cambiado, no sé cuánto tiempo ha pasado, pero el cuerpo me pesa menos.
—Sí.
—Es hora.
Me levanto de un salto, el frío del suelo me espabila del todo. Me ajusto la ropa como puedo y bajo las escaleras. Riven ya está listo, Capa oscura, lleva la espada y su gesto impenetrable.
—Vamos.
No hay más palabras.
Salimos al exterior, la noche es fría pero no me quejo. Lo prefiero al silencio de la casa. Nyvral sigue donde lo dejamos, pero ahora está más erguido. Sus ojos brillan en la oscuridad.
Se fija en mí.
—Veo que no te has quedado quieta.
—No podía.
Riven se acerca con cautela, pero sin miedo.
—No volaremos —dice.
Nyvral resopla.
—Ya lo suponía.
—Necesitamos discreción.
—Siempre necesitáis discreción —gruñe—. Y luego os sorprendéis cuando todo sale mal .
No respondo .
Riven sí.
—Esta vez no saldrá mal.
Nyvral lo observa unos segundos.
—Veremos .
Me acerco y apoyo la mano en su cuello. Esta vez no está tan frío.
—Volveremos pronto.
— Más os vale —responde.
Riven ya está caminando, lo sigo. Nos adentramos en la oscuridad, dejando atrás la casa, el refugio… todo lo que hasta hace unas horas era seguro. El bosque nos envuelve rápido.
—¿A dónde vamos exactamente? —pregunto en voz baja.
—A un lugar donde las preguntas cuestan dinero —responde Riven—. Y las respuestas… más.
No suena prometedor.
Seguimos caminando durante lo que parece una eternidad. La ciudad queda a nuestra espalda, pero no del todo lejos.
Finalmente, veo luces, esta vez son más bajas, están dispersas.
—La ciudad baja —murmuro.
Riven asiente.
—Aquí es donde empiezan las historias que los nobles prefieren no escuchar.
Trago saliva, a medida que nos acercamos, el aire cambia, huele muy mal, a algo podrido.
Las casas son más pequeñas, más juntas, como si intentaran esconderse unas de otras, algunas ventanas están tapiadas, otras dejan escapar luces débiles. Hay gente en la calle, pero no es como en la ciudad, aquí las miradas de los transeúntes pesa, nos observan con cautela, como si nos midieran .
—No hables más de lo necesario —susurra Riven—. Y no confíes en nadie.
—Perfecto —respondo.
Caminamos por calles estrechas, evitando a los grupos más grandes. Riven parece saber exactamente a dónde va, yo solo intento no parecer fuera de lugar, pero es inevitable sentir que lo estoy.
Finalmente, se detiene frente a una puerta de madera desgastada.
—Aquí.
—¿Donde?
—Aquí empieza todo —dice frente a una puerta.
Antes de que pueda preguntar más, abre la puerta. El interior está cargado de humo y voces bajas, es una especie de taberna, pero distinta a cualquiera que haya visto, no se escuchan risas, tampoco hay música. Solo miradas que guardan secretos.
Riven entra como si le perteneciera el lugar, en cuanto cruzo el umbral, sé que acabamos de meternos en algo mucho más grande de lo que imaginaba.