CAPÍTULO 23
Nos ponemos en marcha bosque a través, la nieve cruje bajo nuestras botas, no hablamos apenas, concentramos todas nuestras energías en no morir congelados, al menos yo.
Cuando alcanzamos una colina, veo por primera vez el humo de las chimeneas de la capital. La ciudad se alza entre las montañas y sus murallas, desde aquí, parecen impenetrables. La piedra es del mismo color que las rocas oscuras que la rodean.
Casi hay que entrecerrar los ojos para distinguirla de la falda del macizo.
Laiyor está apoyado en un árbol mirando lo mismo que yo, el hogar que un día lo condenó, su rostro está relajado, pero los puños cerrados no dejan dudar a la duda, está nervioso.
Le agarro de la mano.
—¿Estás nervioso?
Vuelve la mirada hacia mí, demasiado serio, no le culpo
—Sí… —Vuelve la vista a las murallas—. Seguimos.
Dejamos el bosque atrás y salimos a un camino mucho más amable para nuestros pies. Un carro enorme de heno pasa a nuestro lado .
El carro avanza despacio por el camino, las ruedas se hunden en la nieve compacta. El campesino que lo conduce apenas nos dedica una mirada cuando pasamos a su lado.
Laiyor observa la muralla un instante más y luego mira el carro cargado.
—Ven —dice en voz baja.
—¿Qué?
Hace un gesto con la cabeza hacia el carro.
—Sube.
Lo miro sin entender.
—¿Al carro?
—Es la forma más fácil de cruzar la puerta sin que nadie se fije demasiado en nosotros.
Laiyor sube de un salto y me tiende una mano para ayudarme a subir, dudo un segundo, pero acabo agarrándome a su brazo. Con un pequeño esfuerzo consigo subir también. El heno está frío y húmedo,
Laiyor se coloca a mi lado, ocultándose también.
—Funcionará.
El carro avanza con un traqueteo lento y constante. El olor a heno mojado me llena la nariz mientras intento no moverme demasiado. Cada vez que una rueda golpea una piedra, el montón de paja se sacude y tengo que sujetarme para no quedar completamente enterrada.
A través de los huecos entre los tallos puedo ver la muralla acercarse. Desde aquí parece todavía más grande. Las puertas están abiertas, pero varios guardias se mueven entre los carros y los viajeros que intentan entrar. Uno de ellos levanta la mano, inmediatamente el carretero detiene el caballo.
Contengo la respiración .
—¿De dónde vienes? —pregunta el guardia.
—De las granjas del valle —Responde el hombre con voz cansada—. Traigo heno para los establos de la ciudad.
El guardia se acerca un poco más. Sus botas crujen al pisar el hielo del adoquinado. Oigo cómo golpea el lateral del carro con la mano. El heno se mueve ligeramente sobre mi cabeza y por un segundo estoy convencida de que lo apartará. A mi lado, Laiyor no se mueve, apenas respira.
El guardia duda un instante y resopla.
–Adelante.
El carro vuelve a ponerse en marcha.
Durante unos segundos no me atrevo a moverme, sólo cuando el ruido de la puerta queda atrás, Laiyor aparta un poco la paja.
Un rayo de luz gris entra entre el heno.
—Ya está —susurra, me guiña un ojo.
Asomo la cabeza con cuidado. Estamos dentro.
Saltamos del carro cuando giramos hacia otra calle.
Mis botas tocan el suelo empedrado y por un momento me quedo quieta, mirando a mi alrededor.
La ciudad es… Es distinta a cualquier cosa que haya visto, las calles son estrechas y se retuercen entre edificios de piedra tan altos que casi ocultan el cielo, sus paredes oscuras están marcadas por el paso de los años y las ventanas se abren como ojos alargados, protegidas por rejas negras.
Algunas casas se inclinan ligeramente hacia la calle, como si quisieran escuchar lo que ocurre abajo.
El viento se cuela entre los callejones y arrastra el olor de la leña quemada y del hierro oxidado.
Sobre nuestras cabezas, estandartes con el símbolo de la corona cuelgan entre los edificios y se agitan lentamente.
La gente llena las calles, comerciantes, nobles envueltos en capas gruesas, soldados que avanzan entre la multitud golpeando el suelo con sus lanzas.
Pero lo que más me inquieta no es la gente.
Es la piedra, todo aquí parece hecho de la misma roca oscura que las montañas que rodean la ciudad, fría y antigua. Como si la ciudad hubiera nacido de la montaña en lugar de haber sido construida.
Al levantar la vista descubro torres que se elevan muy por encima de los tejados, tan afiladas que parecen arañar el cielo gris.
Trago saliva.
—Esta ciudad… —le digo.
Laiyor me mira de reojo.
—Impresiona la primera vez.
No sé si es admiración o inquietud lo que siento, quizá un poco de ambas.
Laiyor se cubre con la capa casi por completo, yo hago lo mismo. Vamos serpenteando por la inmensa ciudad, evitando las calles más anchas y principales, caminamos por varias calles más hasta que de pronto los edificios se abren y la ciudad cambia de golpe.
Salimos a una plaza enorme, me detengo sin darme cuenta.
Frente a nosotros se alza la catedral.
No es solo grande… es descomunal. Dos torres de piedra negra se elevan hacia el cielo gris, tan altas que me obligan a echar la cabeza hacia atrás para ver sus puntas.
La fachada está cubierta de esculturas desgastadas por el tiempo: seres de otras eras, guerreros, criaturas aladas que vigilan la plaza desde sus nichos de piedra.
Los arcos de la entrada se elevan en picos afilados, como lanzas que apuntan al cielo, y sobre ellos una ventana circular llena de cristales de colores atrapa la poca luz del día.
El viento atraviesa la plaza y hace vibrar las campanas que cuelgan en lo alto de una de las torres.
El sonido es bello y a la vez aterrador.
La plaza está atestada de personas.
Gente de todas partes del reino se agolpa frente a las escalinatas. Es fácil distinguir a los nobles con sus elegantes pieles de los comerciantes y los curiosos que se acercan, todos mirando hacia las grandes puertas de madera que permanecen abiertas.
Me acerco un paso más sin apartar los ojos del edificio.
—Esto… —murmuro— no es una iglesia.
Laiyor observa la catedral en silencio durante un momento.
En su mirada hay algo extraño, parece nostalgia o quizá algo más pesado.
—No —dice finalmente—. Es el corazón del reino.
Atravesamos las puertas, y el eco de nuestros pasos retumban entre las columnas de piedra. La luz entra filtrada por enormes ventanales laterales con vidrieras llenas de colores, dibujando figuras.
—Cuidado —susurra, apretando mi mano—. Mantente detrás de mí.
La muchedumbre está quieta, todos los ojos fijos en el altar, donde veo a Eryas, lleva una capa roja muy elegante, con bordados dorados y verdes, a su lado está su prometida, una mujer extremadamente bella, su cabello rubio cae por la espalda, lleva un precioso vestido blanco de terciopelo, y una tiara le adorna el peinado.
Ambos se miran con amor, parece verdadero.
Laiyor mantiene la mirada fija en el altar, mantiene los puños apretados bajo la capa.
Avanzamos entre la multitud, haciéndonos pasar por curiosos, esquivando miradas inquisitivas. Siento la opresión de la catedral, cada arco, cada columna parece gritar poder y tradición .
El sacerdote empieza a hablar, su voz retumba por la catedral y parece atravesarme el pecho:
—Hoy estamos aquí para unir en santo matrimonio al príncipe Eryas y…
Las palabras me paralizan. Se me hiela la sangre, el mundo a mi alrededor se vuelve borroso, y siento que mi corazón da un vuelco tan brusco que casi me duele. Mi respiración se corta, las manos se aferran a la madera de un banco sin darme cuenta.
Eryas está en el altar, alto, imponente, y a su lado su futura esposa sonríe como si el mundo entero le perteneciera.
Pero yo no puedo mirar más allá del espacio vacío que hay a mi alrededor ahí está él.
Laiyor. Mis ojos se encuentran con los suyos, y veo tensión, miedo, algo que nunca antes había visto.
Mis dedos se crispan, mis uñas arañan la madera, no puedo creerlo.
Mi boca se seca, y el estómago me da un vuelco.
Todo este tiempo me ha ocultado que es el legítimo heredero al trono, su padre es el mismísimo Rey de Ithara.
Entonces siento un escalofrío recorrer mi espalda. Guardias rodean a Laiyor por todas partes, moviéndose con rapidez y silencio.
—¡No! —quiero gritar, pero la voz se queda atrapada en mi garganta.
Eryas se gira hacia los guardias, no logrodescifrar que hay en su mirada, pero de su boca sale como un susurro afilado, lleno de desprecio:
—Traedlo ante mí, tranquilo hermano no te haré daño… todavía.
Laiyor cae de rodillas, sus ojos buscan los míos un instante, llenos de miedo y furia contenida y en ese instante, todo encaja: los secretos, la tensión, la distancia que siempre lo rodeó… es el príncipe Laiyor, el verdadero heredero de la corona .
Eryas baja del altar con una mano alzada, se coloca a apenas un metro de Laiyor y de los guardias que lo sostienen mientras permanece de rodillas.
Eryas baja del altar, su capa ondea ligeramente, y se detiene a un metro de su hermano que no lo levanta la mirada. Una sonrisa torcida ilumina su rostro.
—Vaya… siempre imaginé este momento. Mi querido hermano, el gran heredero, finalmente de rodillas ante mí. Qué… conmovedor.
Hace un gesto con la mano hacia los guardias, como subrayando la obviedad de su control, se inclina levemente, apenas rozando su cara con un susurro sarcástico, audible para todos.
—No te preocupes, hermano, esto no es más que un recordatorio amable: los errores tienen consecuencias, y tú, querido Laiyor, acabas de cometer el mayor de todos.
—Parece… —su tono baja, venenoso, como si susurrara solo para él—, que no has venido solo. Tu acompañante, esa pequeña fulana de Elion te ha seguido hasta aquí.
Hace una pausa, disfrutando la reacción que espera, dejando que cada palabra golpee con fuerza la tensión que ya late en la catedral. Laiyor mira con odio a su hermano, todo ha sido una trampa.
—Ah, hermano mío —continúa con un suspiro teatral—, no sabes cuánto me divierte ver cómo tus secretos y tus decisiones te alcanzan justo cuando creías tener el control.
Silencio por apenas unos segundos, dejándolo digerir la humillación. Luego señala a la mujer en el altar, su futura esposa mira la escena atónita.
—Ah, te acuerdas de Freya, ¿verdad? Tu prometida. —Se ríe, un sonido corto y cortante—. No sé qué me da más satisfacción: si ver esta escena ahora o recordar como vino arrastrándose a mi cama en cuanto te fuiste.
Eryas da un paso atrás, deja que las palabras golpeen con fuerza, disfrutando del silencio que sigue, del miedo y la furia contenida en Laiyor, que solo respira agitadamente.
Mi corazón se acelera, no puedo apartar la vista, cada palabra de Eryas es un puñal que atraviesa el pecho de Laiyor y también el mío.
No puedo creer lo que escucho. Mis manos se aprietan contra mi pecho, siento que voy a ahogarme, la sangre me golpea los oídos.
¿Cómo ha podido hacer esto? ¿Cómo puede disfrutar tanto humillando a su propio hermano?
Veo a Laiyor, de rodillas, inmóvil, con los puños cerrados y los dientes apretados.
Quisiera correr hacia él, protegerlo, arrancar a Eryas de allí.
Mis ojos se llenan de lágrimas y no puedo evitar que se escapen, cada palabra de Eryas es un golpe, y yo apenas puedo respirar.
No sé cómo reaccionar, no sé qué tengo que hacer, solo puedo observar y sentir el peso de todo lo que se está desmoronando frente a mí.
Eryas levanta la voz, sus palabras cortan el aire como cuchillas.
—¡Soldados! ¡Que nadie se escape! ¡Buscad a la muchacha que lo sigue!
Siento cómo el pánico me aprieta las sienes, mis piernas quieren moverse, pero mi cuerpo parece no obedecer. ¿Yo? ¿A mí me buscan? ¿Por qué?
De repente, escucho la voz de Laiyor, firme y desesperada, atravesando la catedral, en un grito desesperado:
—¡No dejes que te atrapen, Zaja!
Mi corazón se dispara, un calor extraño recorre mi cuerpo, sus palabras me acaban de dar impulso y miedo al mismo tiempo.
Instintivamente, doy un paso atrás, intentando analizar dónde puedo esconderme.
Los soldados empiezan a moverse, sus armaduras brillan bajo la luz, y el sonido de sus botas contra el suelo me hace sentir que todo se cierra a mi alrededor.
Miro a Laiyor, todavía de rodillas, con la furia contenida en los ojos, y siento un hilo de esperanza.
Él no puede protegerme físicamente aquí, pero su grito es una orden y una promesa.
El suelo de repente comienza a vibrar bajo mis pies, un rugido ensordecedor sacude la catedral.
Nyvral irrumpe destrozando la entrada como una sombra gigantesca de escamas negras, sus alas despliegan una tormenta de aire helado y polvo de piedra.
La multitud grita, el caos se desata. Nobles y plebeyos corren despavoridos, tropezando unos con otros, sus voces se mezclan con el estruendo del ala y el rugido de Nyvral.
Veo a Eryas paralizado por un instante, los ojos abiertos como platos, mientras sus guardias intentan reaccionar demasiado tarde.
Laiyor me lanza una mirada fugaz, llena de urgencia y preocupación.
No hay tiempo que perder, corro hacia Nyvral, y sin pensarlo me subo a su lomo.
Nyvral gruñe, mientras me agarro a sus cuernos y él con urgencia alza el vuelo.
La catedral se hace pequeña, la ciudad se convierte en un mar de techos y chimeneas que se alejan rápidamente, los que han logrado escapar de la catedral nos observan desde el suelo.
Siento el cuerpo de Nyvral temblar bajo mi cuerpo mientras tomamos altura, su rugido arrastra todo el miedo y la rabia que la capital nos ha dejado.
El dragón inclina la cabeza hacia mí, y su mirada se clava en mis ojos como un puñal.
—No dejaré que nadie te toque, Zaja —gruñe—. Si se atreven… no habrá misericordia.