CAPÍTULO 22
El norte huele diferente, el aire frío aquí corta como un cuchillo. Nunca he estado tan lejos de casa. Laiyor en cambio está en el que es su hogar, su familia le espera.
El vuelo está siendo complicado, las ráfagas de aire a la altura que volamos en ocasiones ralentizan a los dragones, las sacudidas del cuerpo de Nyvral han hecho que en al menos tres ocasiones haya estado a punto de caer, por suerte todo ha quedado en un susto.
Mis gritos han hecho que el enfado del dragón se rebaje un poco.
Laiyor hace una señal, empezamos a descender.
A medida que perdemos altura empiezo a ver el norte, cadenas de montañasnevadas nos dan la bienvenida.
Todo está cubierto de nieve, el frío es tan intenso que apenas siento la punta de los dedos.
Los dragones aterrizan en una zona sin apenas árboles, la nieve se funde al contacto de sus enormes patas.
Cuando Laiyor y yo bajamos de los dragones, la nieve nos llega hasta las rodillas, de inmediato siento la hostilidad de estas tierras.
Me llevo las manos a la boca en un intento de perder esta sensación tan desagradable.
Laiyor se acerca, me coge las manos y las lleva a su boca para llenarlas de su aire caliente .
—Tranquila —dice Laiyor—, pronto te acostumbrarás.
—Mis manos no opinan lo mismo… —digo temblando de frío.
—Ven, pasaremos la noche aquí.
—¿Aquí? —pregunto mirando a mi alrededor.
—Si, más adelante hay una cueva, solía venir aquí con mi hermano cuando nos escapábamos. —Le brillan los ojos con el recuerdo.
Asiento y le sigo, nos adentramos un poco en el bosque y vemos la entrada a la cueva.
—Espera aquí… —dice casi susurrando—. Déjame entrar primero, quiero comprobar una cosa.
Espero poco más de unos minutos y Laiyor me hace un gesto desde la entrada de la cueva invitándome a entrar.
Entro e ingenuamente pensaba que aquí dentro no sentiría tanto frío, agradezco que no haya nieve, pero mi cuerpo tiembla intentando sacudir el frío, me quedo en un rincón hecha un ovillo, buscando calor en mi propio cuerpo mientras Laiyor enciende una pequeña hoguera.
Por suerte no le cuesta mucho trabajo y lo consigue rápido.
—Ven —dice invitándome a calentarme.
No me lo pienso y me siento delante de él, con la hoguera entre nosotros y nuestras manos buscando un poco de calor.
Miro a mi alrededor, y puedo ver pequeños trozos de leña, una capa hecha añicos, unos arcos de madera. Una parte de la infancia de Laiyor está aquí dentro.
Le miro fijamente, la luz del fuego ilumina su rostro cansado. Me quedo unos segundos observándole en silencio.
—Así que esta es tu guarida —le digo finalmente sin temblar.
Laiyor asiente bajando la mirada, una pequeña sonrisa le cruza la cara .
—Riven…—dice serio— le he decepcionado.
No me mira, siento que no se atreve. No le contesto, ambos sabemos que es verdad.
—Nunca te he contado cómo llegué hasta Riven— dice mirándome pero con la cabeza baja.
—No…
—Ha llegado el momento de que te lo cuente —no lo dice muy convencido, respira hondo y continúa—.
Cuando Thasvol apareció por primera vez en mi mente, fui corriendo a decírselo a mi hermano.
Él y yo estamos muy unidos, nuestra infancia ha sido…
diferente. Nuestro padre siempre ha exigido mucho de nosotros, por eso en ocasiones nos escapábamos aquí, a nuestra pequeña guarida, aquí nos hemos permitido siempre poder ser nosotros mismos, no los…
—hace una pequeña pausa y traga saliva—.
Cuando le conté lo de la voz en mi mente, él supo enseguida que era el reclamo de un dragón, y los dos nos adentramos durante días por el bosque buscándolo.
La primera vez que vi a Thasvol, mi hermano estaba conmigo.
Eryas estaba igual o más emocionado que yo, me acompañaba todas las mañanas al amanecer a ver al dragón, hasta que una mañana mi padre y unos guardias nos esperaban en lugar de Thasvol.
Aquel día, mi padre me condenó. Me acusó de traición y ordenó matarme…
Le miro atónita, no quiero interrumpir ni una sola palabra.
—…no porque creyera que estaba maldito… sino porque está convencido de que si yo muero, el vínculo con Thasvol pasará a él.
Mi hermano me ayudó a escapar, una madrugada abrió la puerta de mi celda, me preparó una pequeña bolsa y me pidió que no volviera.
Cuando salí del que entonces era mi hogar, Riven me estaba esperando.
Me pidió que confiara en él, y ante la desesperación de la situ ación, le seguí y me llevó hasta Élion, donde allí me acogió como a un hermano, me dio una cama y comida caliente sin pedirme nada a cambio.
Él sabía cómo encontrarme y todas las noches antes de acostarme agradezco la oportunidad que me ofreció, y mírame ahora, volviendo al lugar que hace unos meses pedía mi cabeza en una pica.
Cuando acaba, me mira fijamente, creo que busca una respuesta, pero la lágrima que corre por mi mejilla dice más que las palabras. Me limpio la lágrima con la mano y logro decir:
—Lo que estás haciendo es muy valiente… me enorgullece estar aquí, ahora a tu lado.
El amor que siente por su hermano es mayor incluso que el que siente por sí mismo.
Está jugándoselo todo por estar a su lado en ese día. Y yo… también.
Laiyor extiende su capa en la fría roca.
—Será mejor que durmamos, mañana continuamos a pie… —hace un gesto invitándome a dormir a su lado.
Me acerco y nos acostamos, usamos mi vieja capa a modo de manta.
El frío sigue ahí, un adversario al otro lado de la lana, pero es lo último en mi mente.
Tumbados de espaldas, en el silencio denso de la cueva, puedo sentir el temblor casi imperceptible que recorre su cuerpo, no es por el frío.
Es el eco de su confesión, un fantasma que aún lo habita.
No puedo soportarlo, me giro hacia él y, sin decir nada, lo abrazo por detrás, apretando mi cuerpo contra el suyo, entrelazando mis dedos con los que tiene sobre su pecho.
Es un abrazo desesperado, una promesa silenciosa de que no está solo.
Al principio, se mantiene tenso, una estatua de piedra y dolor.
Pero luego, exhala largamente, un suspiro que parece llevarse el peso de años. Afloja la tensión y aprieta mi mano.
Se gira en mis brazos hasta que estamos frente a frente. La luz de la hoguera le dibuja surcos oscuros bajo los ojos. Sus ojos brillan, humedecidos por una lágrima que se niega a caer. Levanta una mano y me acaricia la mejilla, el pulgar se desliza sobre la piel húmeda de mi propio lloro.
—Gracias —susurra, y su voz es tan frágil que temo que se rompa.
Entonces me besa. No es el beso de antes, lleno de promesas y deseo.
Este es un beso desesperado, hambriento, es un beso que busca olvido, que busca anclaje, que busca calor en medio del recuerdo helado de una condena.
Sus labios se mueven sobre los míos con una urgencia que me quema, y yo le respondo con la misma moneda, porque también necesito esto.
Necesito sentirlo vivo, necesito que su dolor se transforme en otra cosa, en algo que podamos compartir.
La hoguera es el único sonido que rompe el silencio de la cueva, la tenue luz que emana del fuego pinta las paredes de piedra.
Afuera, el mundo es un torbellino blanco, una ventisca que aúlla y se estrella contra la entrada de nuestro refugio, pero aquí dentro, solo existimos la pequeña hoguera, Laiyor y yo.
Su brazo rodea mi cintura, tirando de mí suavemente hasta que no queda ni un centímetro de espacio entre nosotros. Su aliento es una caricia tibia en mi cuello, y cierro los ojos para saborear el momento, esta burbuja de intimidad en medio de la nada.
Sus dedos comienzan a trazar círculos lentos en mi ombligo, subiendo poco a poco, explorando con una delicadeza que me eriza la piel.
Me giro para enfrentarlo a él, y la luz parpadeante de las llamas que le da a su rostro una intensidad casi sagrada.
Sus ojos oscuros y profundos, reflejan el fuego, y en ellos veo el mismo deseo que arde en mi interior.
Nuestros labios se vuelven a encontrar, no en un beso apasionado y frenético, sino uno lento, profundo, un diálogo silencioso donde prometemos y aceptamos todo.
Su mano se desliza desde mi cintura hasta la curva de mi cadera, luego por mi muslo, despertando cada fibra de mi ser.
La respuesta de mi cuerpo es inmediata, un calor interno que compite con el de la hoguera.
Es él quien rompe el contacto, solo por un instante.
Sus dedos, temblorosos y decididos, encuentran el borde de mi camisa y la levanta despacio, como si desvelara un tesoro.
Levanto los brazos y la tela se desliza sobre mi cabeza, su mirada es una adoración que me quema más que las llamas.
Luego, con una delicadeza que roza la reverencia, me desabrocha el pantalón, y yo me ayudo a desprenderme de él, sintiendo el aire helado de la cueva en mi piel.
Mis manos no se quedan atrás, buscan el borde de su chaleco de cuero y se lo arranco, descubriendo el contorno de sus hombros y el pecho fuerte que anhelo.
Él se encarga de quitárselo del todo, y luego mis dedos se dirigen a su pantalón, desabrochándolo con una torpeza impulsada por el deseo.
Pronto, toda la ropa ha formado un montón insignificante a un lado, y estamos desnudos frente a frente, vulnerables y perfectos, bañados por la luz anaranjada.
Me muevo sobre él, sintiendo la firmeza de su deseo contra mí.
Me siento poderosa, una diosa en este templo de roca y llamas.
Le miro a los ojos mientras me bajo lentamente, absorbiéndolo por completo, una inhalación compartida, un momento de perfecta unión.
El mundo exterior, con su hielo y su furia, desaparecen por completo .
El ritmo lo marcamos juntos, un vaivén suave y constante, sus manos se posan en mis caderas, guiándome, mientras las mías se apoyan en su pecho para sentir el latido de su corazón.
Cada movimiento es una ola de placer que se construye desde adentro.
El fuego chisporrotea, lanzando chispas que iluminan su cara en un éxtasis silencioso.
El placer se intensifica, convirtiéndose en algo casi insoportable, me inclino hacia él, y nuestros susurros se mezclan con el crujir de la leña.
—No pares —le ruego en un hilo de voz.
Y él responde profundizando el movimiento, llevándome al borde del precipicio.
Cuando el orgasmo me recorre, es como una explosión, un arco de luz pura que me ciega y me hace temblar hasta la punta de los pies.
Grito su nombre, pero el sonido se pierde, absorbido por la cueva.
Me derrumbo sobre él, mientras él encuentra su propia liberación con un gemido ahogado contra mi pelo.
La hoguera se consume lentamente mientras la noche avanza.
El frío sigue colándose por la cueva, pero ya no me importa tanto.
Permanecemos abrazados, sintiendo el calor de nuestro propio cuerpo, hasta quedar completamente relajados.
Las palabras de Laiyor siguen flotando entre nosotros, pero parece que ahora no duelen como lo hacían antes.
Dormimos apenas un rato. Lo que hace unas horas era una hoguera, ahora es un puñado de cenizas y el frío vuelve a reclamar la cueva. Laiyor se levanta, afuera todavía es de noche, pero el cielo empieza a aclararse en el horizonte.
—Deberíamos ponernos en marcha. —dice en voz baja .
Asiento y me pongo en pie, Laiyor se acerca y se queda a mi lado un instante.
Su mano se desliza hasta mi mejilla y aparta con suavidad un mechón de pelo que el viento ha dejado sobre mi cara.
El gesto es breve, demasiado breve. Adoro sentir su contacto.
—Vamos —dice finalmente.
Sale primero de la cueva. Al salir el aire helado y el frío me golpea la cara despertándome de golpe.
Los dragones nos esperan donde los dejamos, pero en cuanto me acerco noto algo diferente. Nyvral está encogido sobre sí mismo, las alas plegadas con fuerza contra el cuerpo. Su respiración forma grandes nubes de vapor en el aire.
—Vaya lugar has elegido para pasear —gruñe en mi mente.
Me acerco y apoyo una mano en su cuello. Las escamas están frías.
—No pareces muy cómodo.
—El norte es… desagradable —Responde con evidente fastidio—. El frío se cuela entre las escamas.
Thasvol sacude la cabeza, expulsando un chorro de humo tibio por los orificios de la nariz.
—No estamos hechos para estas tierras —dice con gravedad—. L os dragones prefieren montañas cálidas o valles profundos. Aquí el viento muerde.
Miro a Laiyor.
—¿Estarán bien?
Laiyor se acerca a Thasvol y posa una mano firme sobre su cuello.
—Aguantarán —dice—. Pero no conviene quedarnos mucho tiempo
Nyvral resopla .
—Otra razón más para que resolváis rápido vuestros asuntos humanos.
Laiyor se ajusta la capa.
—La capital está a una hora a pie.
Nyvral baja la cabeza hasta quedar casi frente a mí.
—No tardes —dice—. No me gusta este frío… ni este lugar.