CAPÍTULO 20
El fuego lo consume todo.
Las llamas se alzan altas, negras y doradas, devorando el bosque como si el mundo entero estuviera ardiendo.
Corro entre los árboles, los Sylvethar lo hacen también pero ellos están envueltos en llamas, el suelo se abre bajo mis pies y el humo me quema la garganta.
No puedo respirar, al final de este infierno le veo.
Nyvral vuela sobre mí, enorme, poderoso pero algo no está bien. Sus alas están cubiertas de ceniza y sus ojos brillan con una luz que no reconozco.
—Zaja…
La voz llega desde todas partes, no sé si es suya, quizá es mía, no lo sé.
Sigo corriendo hasta que tropiezo con algo, miro al suelo y ahí está, un cuerpo.
No sé quién es, soy incapaz de reconocerlo.
Levanto la mirada, Laiyor está allí, de rodillas entre las llamas.
Su rostro está cubierto de sangre y humo. Intento llegar hasta él.
Pero entre nosotros se alza un muro de fuego.
—No —susurro.
El fuego crece, veo como las llamas lo rodean.
—¡Laiyor !
Sus ojos se levantan hacia mí y logro escuchar como dice algo que apenas se distingue entre el rugido del fuego.
—No debiste encontrarme.
Me despierto de golpe.
El corazón me golpea en el pecho con violencia y el aire entra en mis pulmones como si hubiera estado bajo el agua demasiado tiempo. La habitación está oscura, demasiado silenciosa.
Pero Nyvral está despierto en mi mente.
—Interesante sueño, pequeña humana.
Cierro los ojos un momento, intentando recuperar el aliento.
—Cállate .
—Los sueños humanos suelen esconder verdades.
Me llevo una mano a la cara.
—Solo era una pesadilla.
Nyvral guarda silencio unos segundos.
—Esperemos que así sea .
Por la mañana siento el eco de la pesadilla por todo mi cuerpo, me revuelvo en la cama e intento que esta tensión se disipe.
Cuando llego al prado, Nyvral está ensillado. La montura le queda como un guante.
— ¿Estás cómodo? —le pregunto
— Me acostumbraré —no parece muy convencido .
Nyvral se sacude y acomoda el hombro invitándome a subir.
Al otro lado están Thasvol y Laiyor. El dragón gris como un fantasma nos mira desafiante, él tampoco ha olvidado el incidente del acantilado .
Subo decidida y compruebo que la silla esté bien ajustada, me resulta muy cómoda, espero que Nyvral también lo esté.
— Hoy solo tú y yo —susurra Nyvral en mi mente, como si leyera la inquietud que intento ocultar—. Nada de secretos humanos, nada de dudas. Solo confianza.
Asiento, dejando que el calor de su lomo y su respiración marquen el ritmo de mis latidos.
La incertidumbre no desaparece del todo, pero se vuelve soportable.
Mientras Thasvol me observa desde la distancia y Laiyor se mantiene firme a su lado, siento que este momento es mío y de Nyvral.
Nadie puede arrebatarlo, aunque los secretos que se ciernen entre nosotros siguen pesando sobre mí.
Nyvral da un paso atrás, sus garras arañan la hierba. Siento el vértigo anticipado, ese cosquilleo en el estómago que ya conozco. Tomo aire, aprieto mis piernas y me sujeto con fuerza.
— Agárrate, Zaja —dice con firmeza, y su cuerpo se impulsa hacia arriba. El viento me hace cerrar los ojos, mi corazón late al ritmo del batir de sus alas—. Confía en mí.
El mundo se extiende debajo de nosotros, el prado se hace diminuto, y siento cómo cada músculo de Nyvral responde a mis movimientos, a mis dudas y también a mi miedo.
La incertidumbre no desaparece del todo, pero se mezcla con la emoción de volar.
Cada giro, cada ascenso, me deja sin aliento y al mismo tiempo, me hace sentir más viva.
–Thasvol —susurro al sentirlo a lo lejos.
No hay respuesta, solo la silueta del dragón que se aproxima. Thasvol se acerca, surcando el aire con la majestuosidad que lo caracteriza. Laiyor está firme sobre su lomo, y por un instante nuestro silencio se convierte en un hilo compartido de confianza y desafío .
Nyvral rueda ligeramente para alinearse con ellos, y mi corazón se acelera. Laiyor a mi lado con Thasvol, ahora puedo sentir su presencia sin necesidad de palabras. Me observa y sus ojos reflejan todo lo que no se atreve a decir.
— Mantén la calma —me recuerda Nyvral en mi mente.
Sonrío, pese al miedo y a la tensión que aún siento. Aun así, en este momento, nada puede tocarme. El vuelo me recuerda que incluso cuando los silencios y los secretos pesan, hay momentos que valen cada riesgo.
Mientras ascendemos hacia las nubes, siento que Laiyor finalmente me mira, y aunque no dice nada, su presencia es un gesto que me reconforta. Thasvol se acerca un poco más a Nyvral, y juntos, los cuatro —dragones y humanos— compartimos un instante de libertad absoluta, fugaz pero profunda.
Nyvral me da un ligero empujón mental, un recordatorio de que confía en mí, y me aferro a su espalda con más decisión.
— Relájate un poco —susurra, con ese tono que mezcla autoridad y burla.
No puedo, no del todo. La cercanía de Laiyor, su secreto, la tensión… todo me recuerda que algo está mal.
Laiyor permanece concentrado sobre su dragón, pero puedo sentir su atención hacia mí, aunque distante.
No habla, tampoco hace ningún gesto, y aun así, cada pequeño movimiento de su cuerpo transmite algo que las palabras no podrían abarcar.
La tensión entre nosotros no se rompe, pero se suaviza con el simple hecho de compartir el cielo.
El descenso es pausado. Nyvral hace acrobacias suaves y calculadas antes de tocar suelo. Al aterrizar, mis piernas tiemblan, pero me mantengo erguida. Thasvol y Laiyor se colocan a nuestro lado, la sombra del dragón de Laiyor parece imponente, casi una amenaza.
—Buen aterrizaje creo —susurra Nyvral, un poco burlón—. Hoy no te has comido el suelo.
— Nyvral —respondo mentalmente, medio sonrojada y medio irritada—. Cállate .
—Jamás, pequeña humana. Jamás.
Laiyor desmonta de Thasvol, sus movimientos son medidos, casi duros. No me mira directamente, pero puedo percibir cada latido de su frustración y cansancio. Me mantengo a un paso respetando la distancia que se ha instaurado entre nosotros, aunque el corazón me duela por no poder leerlo como antes.
Nyvral emite un bufido divertido en mi mente:
—Ah, la humana y su humano taciturno. Esto se pone más interesante cada día.
Ignoro su comentario y miro a Laiyor. Él finalmente desvía la mirada hacia mí por un instante, y puedo leer en sus ojos algo que no dice, algo así como una lucha interna y lo que parece vislumbrar algo de culpa.
Los dragones alzan el vuelo detrás de nosotros mientras avanzamos hasta casa.
Sus alas cortan el aire, haciendo vibrar la hierba a nuestro alrededor y el rugido de Thasvol se pierde lentamente en la distancia.
Nyvral gira sobre sí mismo una última vez, lanzando un bufido sarcástico que se cuela en mi mente.
—¿No vas a echarme de menos, humana? —dice Nyvral, con su habitual ironía.
— Más de lo que crees —respondo mentalmente, dejando escapar un suspiro que mezcla frustración y cariño .
Laiyor camina con la mirada fija en el horizonte donde se desvanecen los dragones. No dice nada, y yo tampoco me atrevo a romper el silencio, el recuerdo de la última conversación me resulta pesado.
Finalmente llegamos, él entra primero, yo le sigo, y aunque la rutina nos espera adentro, fuera seguimos solos, atrapados entre lo que sentimos y lo que nos guardamos.
Riven nos espera en el hall, erguido, con el rostro serio, tiene el mismo aspecto que ayer. En su mano sujeta una carta, la alza para que Laiyor se percate, el sobre es grueso y está sellado con cera. Reconozco al instante el estandarte de la corona.
Laiyor se adelanta y toma la carta, su expresión se endurece mientras examina el sello. Mis ojos lo siguen, intentando leer algo en su rostro, pero él permanece impenetrable.
Riven finalmente habla, su voz firme y grave:
—Te están buscando, Laiyor.
Laiyor frunce el ceño mientras sostiene la carta.
—¿Cómo? —pregunta con voz tensa—. Sabían que estaba aquí.
Riven niega con la cabeza, calmado, pero confiado.
–No —responde—. La carta no va dirigida a ti, Laiyor. Va a mí.
Laiyor lo mira, incrédulo, como si no terminara de comprender.
—¿A ti? —su voz suena casi como un reproche.
Riven asiente, sus manos entrelazadas frente a él.
—Sí, supongo que todos los habitantes de Elion han recibido la notificación. Esto no tiene nada que ver con tu presencia aquí, solo con los asuntos de la corona.
Laiyor se queda en silencio, respirando hondo, mientras sus ojos se pierden en la carta. Cada músculo de su rostro parece tensarse y yo siento un nudo en el estómago.
Por un instante, solo estamos nosotros tres, la carta, y la incertidumbre de algo nuevo. La amenaza no es inmediata, pero la presencia de la corona y el conocimiento de que todos saben algo que él quizá preferiría mantener oculto, hace que el aire alrededor se vuelva cortante.
Me mantengo unos pasos atrás, observando a Laiyor mientras sostiene la carta. Su mandíbula está apretada, no me atrevo a acercarme, este momento es suyo, nomío.
Riven, en cambio, me mira y da un paso hacia mí. Su voz es baja, calmada, pero firme:
—Zaja, sé que esto puede parecer confuso. No es tu deber involucrarte
Asiento en silencio. Mi mirada sigue a Laiyor, pero escucho cada palabra de Riven. Siento cómo el estómago se me revuelve. Mi instinto me dice que esto puede complicarse, pero intento mantener la calma. Riven se acerca un poco más, su presencia firme y protectora me reconforta.
—Tienes que mantenerte tranquila —me dice—. Sé que te preocupa Laiyor, pero por ahora, la mejor forma de ayudar es quedarte al margen.
No quiero quedarme al margen, pero le digo que sí, no entiendo muy bien por qué nadie me dice nada de lo que está pasando, todo ha cambiado de golpe, y me piden que me haga a un lado.
Mi cuerpo me pide huir, salir de aquí, alejarme de todo este peso. Quiero que las cosas vuelvan a la normalidad. Necesito a Laiyor. Necesito a Riven. Nyvral me invade la mente.
—¡Wow! Así que ¿huir?, no podrás escapar muy lejos de mí .
—¡Déjame en paz! — no tengo ganas de escuchar sus tonterías.
—Oh, vamos… —Nyvral resopla en mi mente, su tono irónico envolviéndome como una manta invisible—. No me digas que ya estás aburrida de que te siga. Además, no podrías escapar de mí ni aunque quisieras .
—¡Cállate! — mi orgullo se interpone entre el miedo y la frustración.
—¿Miedo ? —su bufido me hace estremecer—. No exageres. Solo digo que estés lista: hoy no es tu día para perder, ni para correr. Mantente quieta y respira
Sorprendentemente sus palabras me hacen volver a tener los pies en la tierra. Hoy no es ese día, pero tengo la sensación de que tarde o temprano llegará.