Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Estoy sentada frente a los libros, intentando concentrarme en la lectura que me ha asignado Riven, pero mis ojos siguen escapando al pasillo.

Puedo ver a Laiyor y Riven hablar acaloradamente a través de la puerta entreabierta de la cocina, los gestos son casi aspavientos, las palabras demasiado firmes, y siento cómo el ambiente se carga hasta volverse como el filo de un cuchillo.

No entiendo todo lo que dicen, pero sí percibo el trasfondo: Laiyor está removido por dentro, y Riven trata de mantener la calma, imponiendo razón y orden. Durante unos minutos puedo ver cómo Laiyor aprieta los puños y respira hondo, intentando recuperar el control.

Me vuelvo hacia el libro, aunque sé que no estoy atenta y no entiendo nada. Mi corazón late rápido, hay algo fascinante en verlo así, vulnerable sin que lo reconozca. La distancia entre nosotros todavía existe, pero siento que se ha hecho más estrecha, aunque ninguno lo diga.

Finalmente salen de la cocina, Riven se dirige hacia su estudio, y Laiyor se quedaen el pasillo, apoyado contra la pared, su mirada se pierde en el suelo, y puedo ver cómo respira con fuerza, como si cada pensamiento pesara sobre sus hombros. Es un momento silencioso, pero lleno de intensidad .

Me acerco un poco más a la mesa, intentando centrar mi atención en los libros, pero es inútil, mi cabeza sigue cada gesto suyo.

Cuando Laiyor levanta la vista al percibir que le observo, nuestros ojos se cruzan unos segundos, es una mirada que dice más de lo que podrían las palabras, Hay tensión, pero también curiosidad y un hilo de comprensión que se empieza a tejer entre nosotros.

Laiyor se acerca a la ventana con la mirada perdida en el horizonte. No dice nada, como si cada uno de sus pensamientos lo mantuvieran anclado allí. Mis latidos resuenan en mi garganta, por un instante dudo si debo interrumpirlo.

Pero algo dentro de mí me empuja a acercarme, no puedo dejar que la distancia siga creciendo. Me levanto lentamente de la mesa, dejando los libros a un lado, y avanzo hacia él con pasos suaves.

—Laiyor —susurro, casi como si mi voz pudiera atravesar su concentración sin romperla del todo.

Él no se gira, y eso me da una extraña mezcla de frustración y ternura. Me coloco detrás de él, observando la misma vista que él contempla, el horizonte teñido de los últimos rayos de sol.

Siento el impulso de tocarlo, de buscar alguna señal de demostrarle que no está solo, pero me contengo. En su lugar, dejo que mi presencia hable por mí, me acerco un poco más, y él percibe mi cercanía. Sus hombros se relajan después de un pequeño suspiro, pero no se aparta.

—No tienes que enfrentarlo todo solo —murmuro, sin levantar la voz.

Se gira lentamente hacia mí, y sus ojos oscuros atraviesan los míos. Hay un momento en el que me fijo en que su mirada se detiene en mis labios, es un momento breve, pero lo haceantes de volver a mis ojos .

Se gira hacia mí, y dice con voz calmada pero segura dice:

—Es lo que tengo que hacer ahora.

Me sonrojo, sintiendo cómo su determinación me coge por sorpresa, pero también percibo un deje de soledad en sus ojos.

Me acerco un paso más, sin poder contenerlo, quiero abrazarlo, darle un poco del calor que él me dio cuando estaba aterrorizada en el acantilado, un poco de consuelo para él ahora.

Sin pensarlo más, rodeo su cintura con mis brazos, apoyando mi cabeza contra su pecho.

Siento cómo se tensa al contacto. Durante un momento, el mundo se reduce a ese calor compartido, al ritmo de su respiración y a la certeza de que, aunque cargue con todo, no está completamente solo.

Laiyor inclina ligeramente la cabeza hacia mí, y su mirada se suaviza. Es poco tiempo, pero suficiente para que sienta que algo ha cambiado, la rigidez de su soledad se atenúa, aunque sea solo un poco.

—Gracias —dice finalmente, con un hilo de voz—. Por quedarte aquí.

Me separo un poco, aún abrazándolo de manera ligera, y me atrevo a sonreír. No hace falta decir más, sé que ha entendido lo que quería transmitir.

Al día siguiente, la lluvia cae sobre el prado mientras nos preparamos para otro día de entrenamiento. Siento cada gota fría que impacta en la cara, empapando la hierba y mis ropas. Riven se queda observando desde la distancia, confiando en que esta vez pueda manejar la espada un poco mejor .

Laiyor se planta frente a mí, su postura firme de siempre, pero con la ropa pegada a su cuerpo por la lluvia, los músculos se le marcan con cada movimiento.

Se echa el pelo mojado hacia atrás, dejando que las gotas resbalen por su cuello ymis ojos se pierden en él un instante.

Hoy hay algo distinto en su cercanía, una proximidad que nunca había sentido antes.

—Más rápido —dice suavemente—, pero con cuidado.

Comenzamos a movernos, bloqueando y golpeando; sus manos rozan las mías al ajustar mi postura. Es un contacto mínimo, casi accidental pero suficiente para que un cosquilleo me recorra. Cada toque es una chispa, y no puedo evitar desear que se repita.

—No te detengas —susurra cuando nuestros brazos se cruzan de nuevo—. Confío en ti.

Me sorprende la calma en su voz, la cercanía que ahora se permite.

Sus dedos se apoyan en mis muñecas para guiar el golpe, y me pierdo en ese contacto, deseando que dure más.

La lluvia nos envuelve, empapándonos por completo y mezclados con el calor de la proximidad.

Mi respiración se acelera, consciente de que él también percibe algo que va más allá de la práctica.

Cuando nos separamos, nuestras miradas se cruzan, y siento que sus ojos buscan los míos con la misma intensidad que yo anhelo los suyos. Mi corazón late con fuerza, pero hay confianza y deseo mezclados, una complicidad silenciosa que ninguno de los dos rompe.

—Bien —dice finalmente, con una ligera sonrisa—. Lo estás haciendo perfecto.

Acabamos el entrenamiento y volvemos dentro. Subo las escaleras hacia mi habitación, cada paso resuena suavemente en la madera húmeda. Estoy empapada hasta los huesos, y el frío se mezcla con el calor que siento por dentro, un calor que no logro disipar.

Entro en la habitación y cierro la puerta tras de mí, me quito la ropa mojada, dejándola caer en un rincón, y me acerco al baño.

Lleno la bañera con agua casi hirviendo, temblando ligeramente ante el contacto inicial del suelo.

Entro en el agua y me deshago, necesitaba esto, no es solo por el calor, es la sensación de limpiar mi cuerpo y, de alguna manera, los pensamientos que no puedo dejar de tener sobre Laiyor.

Me sumerjo por completo, cierro los ojos y dejo que el calordel agua me relaje los músculos. Cada gota que corre por mi piel me recuerda que estoy viva, que puedo sentir, que puedo desear y que debo mantener el control.

Mientras el agua me roza no puedo evitar pensar en él.

En cómo se planta frente a mí, con esa autoridad, dominante como es siempre.

Pienso en sus manos tocando las mías, apenas con un roce, y cómo ese contacto, aunque mínimo, me hace estremecer.

En su cuerpo empapado por la lluvia, y cómo incluso el frío no puede ocultar la fuerza contenida en cada músculo.

Siento un cosquilleo que recorre mi espalda, un deseo silencioso de acercarme, de abrazarlo, de ofrecerle el calor que él mismo no parece permitir a nadie.

Suspiro profundamente, dejando que el agua lave el sudor y la lluvia, mientras intento ordenar los pensamientos que revolotean en mi cabeza.

Me doy cuenta de que no puedo detener lo que siento, ni lo que ha comenzado entre nosotros y aunque debo mantenerme prudente, una parte de mí espera con impaciencia volver a sentir su presencia, aunque solo sea a través de la espada, a través de esos pequeños momentos donde la distancia y la tensión se deshacen por unas horas .

Finalmente, salgo de la bañera empapada y temblorosa, me envuelvo en una toalla.

Me acerco a la ventana y miro hacia el bosque cubierto de lluvia, hacia el horizonte que se difumina entre la niebla.

El frío sigue en mis huesos, pero también un calor imposible de ignorar, una anticipación silenciosa de lo que vendrá mañana.

Llevamos varios días de lluvia intensa. El viento y el agua han convertido los prados en un terreno resbaladizo, y apenas hemos salido.

Nos hemos centrado en el estudio, repasando libros, pergaminos y un sinfín de escritos antiguos.

Riven se mantiene cerca, centrado en los textos, convencido de que está cada vez más próximo a encontrar la manera de romper el vínculo entre Thasvol y Laiyor.

Pero hoy estamos hartos de estar en casa, del encierro, de la monotonía. Laiyor suspira mientras observa por la ventana el gris que cubre Élion.

—Basta de estar encerrados —dice finalmente—. Hoy salimos.

Me pongo de pie con entusiasmo, y veo que él ya ha va dirección a la puerta principal.

Prepara un pequeño campo de juego frente a la casa.

La lluvia sigue cayendo, en cuestión de minutos estamos empapados.

La capa de Laiyor se adhiere a su cuerpo, el pelo mojado se pega a su frente y cada gesto suyo me hace perderme un instante en su figura mientras se echa el cabello hacia atrás, con un movimiento natural que resalta su porte.

—Hoy no jugaremos con las espadas —dice con una sonrisa apenas perceptible—. Necesitamos algo diferente .

Me señala un conjunto de troncos y aros de madera.

—Un desafío de precisión —explica—. Tendremos que lanzar estas piedras y acertar en los objetivos. Quien consiga más aciertos gana.

—Perfecto —respondo, intentando sonar segura, aunque el corazón me lata más rápido por el simple hecho de su presencia, la lluvia y la tensión que nos rodea—. ¿Y qué pasa con el perdedor?

Laiyor se acerca, y su mano roza la mía mientras me coloca una piedra. El contacto es breve, pero suficiente para que un escalofrío me atraviese.

—El ganador le impondrá su castigo —dice divertido.

Comenzamos, cada lanzamiento nos acerca, cada error provoca risas y comentarios burlones. Sorprendentemente, a medida que avanzamos, veo cómo los puntos se acumulan y finalmente, Laiyor falla un lanzamiento crucial. Me mira, incrédulo, y luego se encoge de hombros con una media sonrisa.

—Está bien —dice, respirando hondo—. Parece que tenemos una ganadora.

Se detiene frente a mí sonriendo, esperando su “castigo”. Su mirada se encuentra con la mía, nos quedamos así durante unos segundos, de repente, un batir de alas nos sobresalta a ambos.

Desde lo alto de la tormenta baja Nyvral desplegando sus alas hasta aterrizar a unos metros de nosotros. La emoción en mi cara es evidente, ya no siento miedo como aquella primera vez en el bosque cerca de la aldea.

–¿Así más cerca te parezco hermoso o todavía tienes miedo?

Resuena Nyvral en mi mente, una sonrisa se dibuja en mis labios y comienzo a acercarme.El dragón me mira fijamente, relajado, se sacude el agua del cuerpo y estira el cuello como si quisiera acercar su cabeza hacia mí y comienza a olisquearme.

Su aliento es cálido incluso bajo la lluvia. Cuando me huele, siento un leve estremecimiento recorrer mi mente, como si estuviera leyendo algo dentro de mí.

–No me asustas —le digo en mis pensamientos—. Me maravillas.

No se si los dragones sonríen, lo que he leído en los libros no hace referencia.

Pero Nyvral parece que lo hace. Me acerco a su hombro y le acaricio las escamas, está mojado pero de su cuerpo emana un vapor agradable, sus escamas son suaves, negras como la noche y ese puntito esmeralda justo en la punta.

Es precioso y es mío. En un momento mira hacia donde está Laiyor que sigue en el mismo sitio, calmado pero su cuerpo se nota tenso, Nyvral abre la boca y de él sale como un sonido gutural.

No entiendo muy bien qué está pasando. Inmediatamente Nyvral conecta en mi mente.

—Tu humano está celoso… —dice desafiante.

— No… —digo mirando a Laiyor—. Thasvol pronto decidirá acercarse .

—Pequeña humana, esto no tiene nada que ver con Thasvol —dice mientras sigue mirándolo de esa forma.

—Entre todos os habéis empeñado en cambiarme el nombre, ¿no? Pequeña lagartija —digo en tono burlón para romper la tensión.

Nyvral resopla, expulsando una pequeña nube de vapor caliente.

—Cuidado, pequeña humana… Las lagartijas no dominan los cielos.

Sigo fascinada, Nyvral quiere mantener el vínculo conmigo, él me ha elegido y pienso corresponderle.

Por un instante siento que alguien nos observa, miro hacia la casa y puedo ver como desde una de las ventanas Riven nos observa de brazos cruzados.

Sé que no es lo correcto, pero quiero seguir explorando este vínculo con mi dragón, espero que él lo entienda.

Levanto la vista un momento hacia el cielo gris que cubre Élion. Las nubes siguen moviéndose pesadas por la tormenta, pero entre ellas no hay ni rastro de otra silueta alada. Ni rastro de Thasvol.

Agradezco ese pequeño detalle más de lo que me gustaría admitir.

Todavía puedo recordar sus ojos azules atravesándome en el acantilado, el rugido que hizo temblar la tierra bajo mis pies.

De momento no quiero volver a encontrarme con él.

Vuelvo a mirar a Nyvral que parpadea despacio mientras toco la membrana de sus alas, son suaves y cómo tacto de goma, nunca he tocado nada igual.

Sus garras son enormes, podría aplastarme de una sola pisada.

Está criatura me mantiene maravillada. Por un momento me olvido de Laiyor, de Riven y mi mundo se centra en el dragón, cuando vuelvo la mirada hacia Laiyor veo que el sigue donde lo dejamos, observando cada movimiento de este ser con cautela.

Su postura habla, está preparado para reaccionar si hiciera falta.

No sé exactamente qué hay en su mirada. No sé si es temor, curiosidad o esas ganas que, sé que tiene de poder estar cerca de su propio dragón.

O quizá algo mucho más humano, como ha dicho Nyvral… celos.