Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 12 #2
28%

CAPÍTULO 12 #2

—Más alto —dice mientras mi espada choca contra la suya—. Si bajas el brazo así, alguien podría atravesarte el pecho antes de que te dieras cuenta.

Corrijo la postura, respirando con fuerza.

Lo que lo diferencia de Laiyor es que Riven no me presiona con la velocidad ni con fuerza bruta. Su manera de enseñar es más silenciosa, más paciente.

Sé que no es casualidad que ahora sea él quien entrene conmigo.

Laiyor permanece muchas veces observando mientras golpea un saco de arena, en ocasiones simplemente desaparece antes de que empiece la sesión.

Cuando nuestras miradas se cruzan por accidente, ambos apartamos los ojos demasiado rápido.

Las cenas tampoco han sido especialmente cómodas, la tensión se palpa en el ambiente.

La mesa de la cocina se ha vuelto un lugar incómodo.

Hoy Shoy sirve la comida, hablando de cosas pequeñas para llenar el silencio, pero ni Laiyor ni yo participamos demasiado.

Riven lo nota, claro que lo nota, ya son demasiados días con esta dinámica.

Cuando el silencio se vuelve demasiado evidente, deja el vaso sobre la mesa haciendo más ruido de lo habitual y nos observa a los dos con calma cuando nos volteamos hacia él.

—Esto no puede continuar así.

Levanto la mirada hacia Laiyor, él hace lo mismo. Por un instante nuestros ojos se encuentran antes de volver a apartarse.

—Lo que ocurrió en el acantilado ya pasó —continúa Riven—. Ninguno de los dos puede cambiarlo ahora.

Nadie responde.

—Pero sí podéis decidir qué hacer después —añade con tono tranquilo—. Vivimos bajo el mismo techo, necesitamos recuperar cierta normalidad y me niego a cenar otra noche así —y nos señala a los dos con un gesto de desaprobación.

Siento cómo el calor sube a mis mejillas.

—Lo intentaré —digo.

Laiyor tarda un segundo más en responder.

—Yo también.

Riven asiente, como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír.

—Bien, entonces os propongo algo.

Se inclina ligeramente hacia delante.

—Mañana llegará un barco al puerto de la ciudad. Trae unos libros que pedí hace semanas, necesito que alguien los recoja .

Levanto la vista de inmediato.

—¿En la ciudad? —digo con demasiado entusiasmo.

—Sí.

Riven me observa un momento antes de continuar.

—Creo que os vendrá bien salir un poco de aquí —mira a Laiyor fijamente unos segundos.

Laiyor deja escapar un leve suspiro, pero no discute.

—Lo único que os pido es que paséis desapercibidos —añade Riven—, volveréis antes de que anochezca.

Laiyor asiente con un gesto corto.

—Entendido.

Me emociona esta pequeña escapada. Hace semanas que no salgo de los alrededores que rodean la casa. Aunque la tensión entre Laiyor y yo es más que evidente, tal vez podamos resolver nuestros roces.

A primera hora de la mañana, nos ponemos en marcha, Riven nos espera en la puerta y nos acompaña hasta el camino que nos llevará hasta la ciudad de Élion.

El camino comienza en silencio. Los caballos avanzan con paso constante por el sendero que serpentea entre los árboles. Laiyor está muy callado, va a unos metros delante de mí, la capucha de su capa le tapa casi por completo la cara, como si incluso aquí quisiera ocultarse del mundo.

Durante un buen rato pienso que quizá todo el viaje transcurrirá en silencio, pero cuanto más avanzamos más incómoda se vuelve la situación. Así que aprieto ligeramente las riendas y decido romper el silencio

—Laiyor…

—¿Si? — apenas gira la cabeza .

Tardó unos segundos en encontrar las palabras.

—Sobre lo del acantilado…

Su caballo reduce un poco el paso hasta que se pone a mi altura.

—No hace falta que digas nada.

—Si hace falta —insisto mirando al frente —, fui una imprudente.

Laiyor guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Eso ya lo sabemos los dos.

No hay dureza en su voz, es más una calma cansada. Está disgustado.

—Pensé que podría… —Empiezo, pero me detengo—. No lo sé,dar un paso más con todo esto.

Laiyor suelta un leve suspiro y me mira a los ojos. Su mirada me atraviesa.

— ¿Y si no llego a ver cómo te escabullías esa mañana?

Lo miro sorprendida.

—No lo sé—no había pensado en ello —. No quería asustarte.

–Pues lo conseguiste.

Sus palabras me arrancan una pequeña risa nerviosa.

—Lo siento.

Él me observa un momento antes de apartar la mirada hacia el camino.

—La próxima vez que quieras hablar con un dragón —dice al fin— intenta no hacerlo desde un precipicio.

—Lo tendré en cuenta.

Un silencio más ligero se instala entre nosotros.

Después de unos momentos, Laiyor vuelve a hablar.

—Además —añade—, si sigues muriendo antes de aprender a usar una espada, Riven me hará responsable. Te está cogiendo cariño, eh cervatillo —me mira burlón.

—Solo él me llama así… —Y el Sylvethar pienso en mí—. Acaso ¿estás celoso?.

—Sin duda.

—Eso es absurdo, eres su favorito —digo.

—El mundo suele serlo.

No puedo evitar reír un poco. La tensión que llevaba en el pecho desde el acantilado empieza a aflojarse.

Durante un rato cabalgamos sin hablar demasiado. Cuando finalmente la ciudad de Elion aparece a lo lejos, Laiyor tira ligeramente de las riendas para detener su caballo.

—A partir de aquí —dice bajándose la capucha un poco más—, solo somos forasteros.

La ciudad de Elion se eleva ante nosotros, es diferente a todo lo que he visto antes.

Las casas no son de piedra vista, tienen las paredes lisas en tonos arena, las ventanas son amplias y las puertas son todas diferentes, a cada cual más ornamentada.

Hay varios mercados, posadas, tabernas, tiendas con joyas y ropas que no parecen hechas en Ithara.

Los habitantes de Elion son personas que no solo pertenecen a su tierra, pertenecen a todo el mundo.

Las tonalidades de la piel, su forma de vestir, la forma en la que hablan y se relacionan entre ellos, me recuerdan a Riven.

Ahora empiezo a entender por qué ama tanto este lugar, por qué quiere proteger todo esto.

—Zaja —dice Laiyor a mi lado—. Intenta no parecer tan sorprendida o sabrán que vienes de un lugar donde no existen las ciudades.

Lo miro de reojo.

—¿Siempre eres tan amable ?

—Acaso, ¿te lo mereces?.

Resoplo, pero no puedo evitar que una sonrisa se me escape. Laiyor camina a mi lado con la capucha baja sobre el rostro. Apenas se distingue la línea de su mandíbula y la sombra de sus ojos. Riven fue claro antes de que saliéramos: debemos pasar desapercibidos.

–¿A dónde vamos? —pregunto.

–Al puerto —responde—. Pero tenemos tiempo.

Eso es suficiente para que empiece a curiosear.

Los puestos del mercado están llenos de cosas que nunca había visto. Frutas de colores extraños, telas suaves que brillan con la luz, pequeños frascos de cristal llenos de especias y perfumes exóticos.

Me detengo frente a uno de los puestos de fruta.

—¿Esto se come? —pregunto señalando una fruta de piel azulada.

Laiyor se inclina un poco para mirarla.

—Sí, és deliciosa.

—No parece comestible.

—Muchas cosas no lo parecen —responde con calma—. Como tú.

No sé si es una burla o un cumplido.

—¿Eso era un insulto?

—No necesariamente.

El vendedor corta un trozo de fruta y me lo ofrece. Dudo un momento antes de probarlo. Es dulce, mucho más de lo que esperaba.

—¿Ves? —dice Laiyor—. Sigues en pie.

Seguimos caminando entre la multitud. En un momento dado me detengo frente a un pequeño puesto lleno de cuchillos de trabajo.

Uno de ellos llama mi atención, cuando alargo la mano para tocarlo en ese mismo instante, otra mano hace lo mismo.

Nuestros dedos se rozan, levanto la vista y encuentro los ojos de Laiyor observando desde la sombra de la capucha.

—Cuidado —dice con tono tranquilo—. Ese movimiento casi parece intencionado.

Retiro la mano de inmediato, mis mejillas se sonrojan al instante.

—No todo gira en torno a ti.

—No, por supuesto.

Pero hay algo divertido en su voz.

—Te recuerdo que soy una mujer casada —casi no puedo creer lo que acabo de decir, mi matrimonio está muerto desde mucho antes de que llegara a Élion.

Un poco más adelante alguien me empuja sin querer entre la multitud.

Pierdo el equilibrio durante un segundo, antes de caer, una mano firme me sujeta por la cintura y me aparta del flujo de gente.

Laiyor me coloca a su lado, durante un instante estamos demasiado cerca, su mano se aferra a mi costado apenas un segundo antes de retirarse.

—No puedes perderte aquí —dice con calma.

—Tranquilo —respondo—. No me pierdo tan fácilmente.

Poco a poco se aparta de mí, dejando que el aire corra otra vez entre nosotros. Soy consciente de lo mucho que me gusta sentirle tan cerca.

El olor del mar nos alcanza poco después.

El puerto de la ciudad es aún más caótico que el mercado.

Barcos de todos los tamaños atracados uno junto a otro, marineros descargando cajas, redes extendidas secándose al sol.

Nos acercamos al muelle donde debería estar el barco que nos indicó Riven, mientras esperamos a que uno de los marineros termine de asegurar una cuerda, escucho a dos hombres hablar unos pasos más allá.

—Dicen que la capital lleva días celebrándolo —comenta uno.

—Normal. Después del disgusto que le dio el desertor…

—Sí… quién iba a pensar que desaparecería así.

Siento cómo Laiyor se queda completamente inmóvil a mi lado.

—Al final el pequeño se queda con todo —continúa el otro—. Futuro rey y boda incluida.

—¿Con quién se casa?

—No lo sé, la hija de un Lord del norte.

El segundo marinero suelta una pequeña risa.

—Bueno, alguien tenía que convertirse en heredero, después de todo…

Uno de los marineros se vuelve hacia nosotros entonces.

—¿Venís por la caja de Riven?

Laiyor asiente brevemente.

—Sí —demasiado brusco.

El hombre señala un pequeño cofre de madera.

—Ahí está.

Laiyor saca una pequeña bolsa llena de monedas y se la entrega al marinero, solo entonces coge la caja sin decir nada más.

Cuando nos alejamos del muelle noto que su forma de caminar ha cambiado, más rígida, más rápida como si de repente tuviera prisa por llegar. La ligereza de antes desaparece por completo, no intento hablar.

El camino de vuelta hacia los caballos transcurre casi en silencio .

Solo cuando salimos de la ciudad me atrevo a mirarlo de reojo, Laiyor mantiene la mirada fija en el camino, perdido en sus propios pensamientos.

Cuando la casa de Riven aparece entre los árboles, el sol ya empieza a esconderse tras los árboles.

El viaje de vuelta ha sido silencioso; Laiyor apenas ha hablado desde que salimos de la ciudad.

Sus respuestas han sido cortas, distraídas, como si una parte de él siguiera todavía en la ciudad, escuchando las palabras de aquellos marineros, yotampoco heinsistido, quiero respetar su silencio.

Al acercarnos al acantilado, las luces de la casa ya están encendidas.

El olor de la cena nos llega antes incluso de desmontar de los caballos.

Shoy aparece un instante en la puerta para vernos llegar y desaparece de nuevo en la cocina.

Laiyor se ocupa de los caballos mientras yo tomo el pequeño cofre de madera con los libros, lo sostengo con cuidado, pesa más de lo que esperaba.

Cuando entramos en casa, Riven nos espera en la mesa. Su expresión es más animada de lo habitual.

—Por fin —dice levantándose al ver la caja entre mis manos—. Pensé que ese barco no llegaría nunca.

Coloco el cofre sobre la mesa y él lo abre casi con impaciencia. Dentro hay varios libros antiguos, encuadernados en cuero oscuro, con bordes gastados por el tiempo. Riven toma uno de ellos con cuidado, pasando los dedos por el lomo como si reconociera algo valioso y antiguo.

—Perfecto… —murmura más para sí mismo que para nosotros.

Durante unos segundos hojea las primeras páginas, claramente satisfecho, y luego levanta la vista hacia mí.

—¿Cómo ha ido el viaje ?

—Bien —respondo—. Elion es más grande de lo que imaginaba.

Riven sonríe levemente.

—La primera vez siempre impresiona.

—Había más gente de la que creía que podía existir en un mismo lugar —añado.

Eso le arranca una pequeña risa.

—Te acostumbrarás antes de lo que piensas.

Parece de buen humor, más animado de lo normal.

—¿Y el puerto? —pregunta mientras vuelve a cerrar el libro con cuidado—. ¿Encontrasteis el barco sin problemas?

—Sí —respondo—. Estaba descargando cuando llegamos.

Riven asiente, satisfecho.

—Bien. Bien.

Pero entonces su mirada se detiene en Laiyor que se sienta frente a nosotros, en silencio, con la mirada fija en la mesa. Riven lo observa durante un instante más largo de lo habitual y frunce ligeramente el ceño. Su semblante cambia.

—¿Ha ocurrido algo en la ciudad? —pregunta, con un tono que combina curiosidad y ligera preocupación.

Laiyor levanta la vista por fin.

—No.

Una respuesta demasiado rápida, demasiado corta.

Riven suspira, cruzando los brazos sobre el libro que tiene frente a él.

—Veo que seguís distantes —dice—. Pensé que en el camino habríais limado asperezas, pero todavía percibo la tensión entre vosotros.

Laiyor aparta la mirada, incómodo, dejando claro que no quiere hablar .

El silencio que sigue a lo largo de la tarde es cortante. Riven vuelve a girarse hacia mí, intentando recuperar el tono ligero de antes.

—Y tú —añade—, mañana me contarás con más detalle qué te ha parecido la ciudad.

Asiento, consciente de que la distancia que ha marcado Laiyor entre nosotros no ha pasado desapercibida. Mientras la conversación continúa y Shoy sirve la cena, no puedo evitar mirar a Laiyor de vez en cuando, sigue absorto en sus pensamientos, distante, como si su mente no estuviera aquí..