CAPÍTULO 12
Me despierto antes de que amanezca, con un deseo ardiente de acercarme a Nyvral, sentirlo más cerca, conocerlo de verdad.
A esta hora nadie me observa. La casa de Riven permanece silenciosa cuando me decido a salir en dirección al acantilado, buscando un momento de calma.
He repasado cada gesto de Nyvral, cada susurro en mi mente.
Hoy intentaré comunicarme con él sin que nadie interfiera, cara a cara.
Camino hacia el borde, el viento me envuelve y el mar ruge a lo lejos. Bajo mis pies la hierba parece interminable, cada paso me acerca al lugar donde lo vi por última vez.
—Nyvral —susurro, cerrando los ojos un instante—. Aquí estoy.
Abro los ojos y me inclino un poco hacia el borde, tratando de sentirlo más cerca.
Mi corazón late con fuerza, el viento trae esa sensación única que solo él provoca, familiar y a la vez potente, ese olor a humo y sal inunda mis fosas nasales.
De repente un movimiento bajo el acantilado me hace detenerme en seco, el sonido del crujir de las rocas, nada tiene que ver con el mar.
Una sombra enorme surge frente a mí, gris como la niebla, sus alas cubren buena parte del cielo, los ojos azules me estremecen, fríos y antiguos. Thasvol .
El suelo tiembla bajo el movimiento de sus enormes patas, es más grande que Nyvral y su mirada no tiene ironía ni juego, en ellos solo encuentro seriedad y advertencia. Retrocedo unos pasos, el corazón me late tan rápido que parece que quiere escapar de mi pecho.
—Thasvol—le digo insegura—. No quiero molestarte.
Él permanece inmóvil, evaluando cada movimiento, cada respiración.
Está enfadado, el rugido que retumba hasta lo más profundo de mi cuerpo lo confirma.
El tiempo parece congelarse mientras viento y mar rodean nuestra presencia.
Retrocedo otro paso, eso ha sido un error. El dragón sigue mi movimiento.
—¡Zaja! —la voz de Laiyor retira la atención que recae sobre mí.
Antes de que pueda reaccionar, él aparece a mi lado, apartándome suavemente pero con firmeza y me colocadetrás suyo, me aferro a su espalda, respirando con fuerza mientras él se planta frente a Thasvol, los brazos ligeramente separados, listo para enfrentarse a lo que venga.
El dragón sigue allí imponente, su mirada fija en nosotros, las alas batiendo con fuerza, levantando mi cabello y haciendo que la ropa se revuelva con el viento que estas levantan. Laiyor no aparta la mirada que sigue clavada en Thasvol, no puedo verlos pero de su cuerpo emana autoridad.
—Quieta —susurra, casi imperceptible—. No va a acercarse mientras yo esté aquí.
Siento el temblor del suelo, el rugido en el pecho, la fuerza del aire que levantan las alas inmensas, me siento tan pequeña que creo que me va a tragar la tierra.
Desde el otro lado del acantilado, un rugido poderoso resuena, Nyvral aparece, majestuoso y furioso, alzándose desde más allá del borde. Sus escamas brillan al sol, su mirada furiosa no se detiene en nosotros, va directo hacia Thasvol.
Los dos dragones alzan el vuelo al unísono, rugidos entremezclados de ambos dragones llenan el valle.
Ráfagas de fuego cruzan el cielo, reflejándose en las rocas y en mi rostro.
El calor me llega hasta las mejillas, y contrariamente me hiela la sangre mientras me inclino, escondiendo el rostro contra la firme espalda de Laiyor.
—Tranquila —dice él.
Thasvol ruge con autoridad, lanzando llamaradas de fuego hacia el cielo que se desvanece en humo gris.
Nyvral le responde, creando un eco entre las colinas.
El calor y la luz desaparecen tan rápido como llegaron, Nyvral vuela en la lejanía, por un instante no siento rastro de él en mi mente.
Thasvol planea hacia el horizonte, su silueta gris se desvanece haciéndose cada vez más pequeña
Quedo temblando, apoyada contra una roca, intentando procesar lo que acabo de presenciar.
Con cuidado, Laiyor toma mi brazo y me coloca frente a él. Su contacto es tosco pero seguro, guiándome sin dolor, como si quisiera protegerme sin asustarme más.
—Confía en mí —susurra—. Solo quiero que estés a salvo. No puedes hacer esto todavía, no estamos preparados.
Me aparto un poco y retrocedo, tragando saliva, incapaz de sostener su mirada. Siento vergüenza por mi imprudencia y finalmenteexploto.
—¡Lo siento! —digo entre sollozos, sin poder contener las lágrimas.
Él abre la boca, pero no dice nada. Sus labios se aprietan, la tensión entre nosotros se hace evidente .
No espero respuesta, giro sobre mis talones y corro hacia la casa de Riven, dejando atrás el acantilado y lo que queda de la presencia de los dragones. Las lágrimas corren libres mientras atravieso el claro, hasta que las enormes puertas aparecen frente a mí.
Me dejo caer dentro, jadeante y sollozando, apoyando la frente contra la madera de la puerta. Todo el coraje y curiosidad del día se han transformado en miedo y culpa.
Mientras me seco las lágrimas, escucho un leve crujido que vienede la escalera detrás de mí. Alzo la vista, Riven, apoyado en el pasamanos me observa en silencio. Su expresión es serena, no dice nada, solo me mira con atención y cuidado.
Sé que de alguna manera sabe lo que acaba de pasar, cierro los ojos, respiro hondo, y dejo que el silencio hable por los dos.
—Cervatillo —susurra—. Ven conmigo.
No hago preguntas, solo lo sigo hasta mi habitación. Dentro, cierra la puerta tras nosotros, me gira lentamente hacia él, no hay reproches, solo su mirada cálida y serena.
—No voy a culparte por lo que ha pasado —dice, envolviéndome con sus brazos—. Tenías que verlo con tus propios ojos, no estás preparada.
Permanezco así unos instantes, dejándome sostener hasta que mis lágrimas se calman.
En ese momento, la puerta se abre de nuevo y aparece Laiyor. Sus pasos son cautelosos, la postura algo más relajada, aunque con los hombros tensos.
—Zaja —dice.
Riven mantiene su abrazo firme y protector mientras Laiyor se acerca. Sus ojos negros muestran vulnerabilidad y sinceridad .
—Está bien —consigo decir con hilo de voz—. Estoy bien.
Laiyor asiente, aliviado.
—Solo prométeme que no te arriesgarás así otra vez —susurra—. Quiero que aprendas Zaja, pero quiero que estés viva para aprender.
No digo nada, no me salen las palabras,Laiyor se vuelve para salir del dormitorio. Ahora no es un buen momento.
La puerta se cierra tras Laiyor, quedamos Riven y yo.
Riven aprieta suavemente mis hombros y susurra:
—Ahora descansa. Pediré que te suban el desayuno y más tarde estaré contigo.
Permanece a mi lado unos segundos más, sosteniéndome hasta que siento que puedo recuperar algo de control.
Estoy sola, pero no del todo, la combinación de fuerza, protección y cuidado de ambos me deja el corazón más ligero.
Mañana será otro día de aprendizaje, y sé que, aunque los dragones son tan poderosos como peligrosos, no estoy desamparada.
Después del desayuno, me siento en la cama, apoyando la frente contra las manos y dejo que un suspiro largo se escape.
El miedo y la imprudencia me pesan en el pecho.
No puedo evitar pensar en lo cerca que estuve de perder el control o de que algo terrible ocurriera.
Cada imagen de Thasvol y Nyvral se mezcla en mi mente, y siento un temblor que no logro controlar, pero a pesar de la vergüenza, hay algo que me empuja a seguir.
La necesidad de aprender, de crecer, de comprender todo lo que está pasando en Ithara es más fuerte que el miedo .
—No… no puedo dejar que esto me frene —susurro para mí misma—. No puedo permitir que el miedo me paralice.
Cierro los ojos y respiro hondo, intentando ordenar los pensamientos que se agolpan en mi cabeza. Cada error es un paso más hacia lo que debo aprender. Sé que Nyvral me espera, que los dragones me observan en la distancia, que el futuro de Ithara quizá dependa de lo que haga o deje de hacer.
El día avanza en mi habitación y el sol comienza a inclinarse hacia el horizonte, tiñendo de tonos dorados y anaranjados las paredes de mi dormitorio.
Me siento frente a mi escritorio, abro los libros que Riven me ha dejado y vuelvo a sumergirme en el conocimiento que necesito.
Cada página que leo me recuerda que la prudencia no es debilidad, y que el conocimiento será mi mejor arma para acercarme a Nyvral sin poner en riesgo a nadie ni a mí misma.
Estoy avergonzada, sí, pero no derrotada, la vergüenza se mezcla con el impulso de aprender, de avanzar, de no detenerme por nada.
Unos golpes suaves me desconcentran de la lectura. La puerta se abre lentamente y Riven se queda en el umbral, su figura recortada por la luz dorada, y esa mirada tranquila tan suya que me encuentra de inmediato, serena.
—¿Necesitas algo? —pregunta con voz baja—. Puedo quedarme aquí si quieres, o ayudarte en lo que necesites.
Lo miro unos segundos, sorprendida por su paciencia y cuidado. No digo nada al principio, pero el simple hecho de verlo allí, sin imponerse, me hace sentirme menos sola, más protegida.
–Estoy bien, gracias. — siento mucha vergüenza.
Asiento ligeramente, dejando que un pequeño suspiro escape. No necesito palabras, solo la certeza de que está allí, y que puedo apoyarme en él mientras reúno fuerzas para seguir adelante.
Riven sonríe apenas y se mantiene en el umbral unos instantes más antes de retirarse con la misma tranquilidad que lo caracteriza. Mañana habrá más desafíos, pero ahora, por un momento, necesito respirar.
Los días que siguen al incidente del acantilado se vuelven extraños.
Nada cambia relativamente en la casa de Riven, sin embargo todo parece distinto.
Entreno cada mañana en el prado, pero estos últimos días ha sido Riven quien sostenía la espada frente a mí.
Sus movimientos son precisos y medidos, es diferente a cuando lo hago con Laiyor, cada golpe que me obliga a bloquear lleva la calma de alguien que lleva años perfeccionando sus gestos.