Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Han pasado los días, ya hace una semana desde el paseo por la playa.

Los entrenamientos y los estudios con Riven se han convertido en rutina.

La relación con él y con Laiyor se ha consolidado, como si fuéramos una pequeña familia.

Cada día que pasa siento más seguridad a su lado, pero también más peso sobre mis hombros.

Riven me ha dicho que el contacto con los dragones está cerca, que pronto entenderé todo lo que hay que aprender.

Nyvral sigue conectándose conmigo en mi mente, insistiendo en que no quiere que su vínculo se rompa, aunque no me da explicaciones y no entiendo cómo voy a conciliar eso con lo que Riven dice.

Esta tarde, después de terminar los entrenamientos y el estudio, decido dar un paseo por el bosque cercano a la casa.

Quiero buscar algunas plantas que he visto en los libros de Riven, hierbas para preparar infusiones que relajen los músculos antes de dormir.

El bosque huele a madera y musgo, apenas corre aire y la luz se va filtrando tenuemente entre las copas.

Cada paso despierta un crujido suave bajo mis botas, un recordatorio de lo vivo que está todo a mi alrededor.

Voy cruzando el denso bosque, es muy distinto al bosque de la aldea, aquí los árboles son inmensos, apenas pasa la luz.

Me agacho para examinar unas hojas verdes que podrían servir, entonces un crujido distinto me hace levantar la cabeza, al principio pienso que es normal, algunas ramas que se rompen al paso del viento, tal vez algún animal pequeño moviéndose.

Pero algo cambia, entre los árboles percibo un movimiento extraño, como si cada paso doblara las ramas de los árboles a su paso.

El corazón se me acelera, retrocedo instintivamente y me escondo detrás de un tronco, conteniendo la respiración. Cada fibra de mi cuerpo me grita que mire, pero el miedo me paraliza, finalmente, me atrevo a girarme lentamente, y lo veo.

Delante de mí está un ser gigantesco, casi tan alto como los árboles que nos rodean.

Su piel parece corteza desprendida, una composición de madera y musgo.

No tiene ojos, boca, nariz ni orejas, sus brazos largos y leñosos terminan en dedos que se asemejan a ramas.

Se mantiene quieto, su rostro “sin rostro” fijamente en mí, y siento un escalofrío recorrer toda mi espalda.

—Cer-va-ti-llo —dice, con dificultad.

Exhalo el aire que había contenido, la palabra me desconcierta. ¿Cervatillo? ¿Me habla a mí? Solo he escuchado a una persona llamarme así. Riven.

—¿O prefieres que te llame… Zaja? —continúa, la voz como un murmullo antiguo que parece emerger de los árboles mismos.

Me quedo ojiplática, incapaz de responder de inmediato. Finalmente balbuceo:

—Mejor… Zaja.

El ser se inclina ligeramente hacia mí. La sensación no es amenazante, sino curiosa, como si me estudiara con cuidado.

—No temas —dice—. El bosque está despertando. Aquí puedes sentirte segura. Si alguno de tus enemigos pisa estas tierras, los árboles lo atraparán como una planta carnívora atrapa a una mosca.

Me quedo pensativa, frunciendo ligeramente el ceño. Enemigos… ¿yo? ¿Por qué no soy considerada una amenaza para él?

—Tú serás la encargada —continúa el ser, con la misma voz profunda—. La encargada de mantener el equilibrio.

Un vértigo recorre mi mente, la gravedad de sus palabras me deja sin aliento. No entiendo todavía qué significa, ni cómo alguien como yo podría estar involucrada en algo tan enorme, tan antiguo, siento como los árboles susurran a nuestro alrededor, como si confirmaran lo que dice.

El ser permanece quieto unos instantes más, observando con paciencia inmóvil, y entonces, sin añadir nada, se retira lentamente entre los troncos, fundiéndose con la sombra y la luz del bosque.

Quedo paralizada, con la respiración agitaday la mente inundada de preguntas. Cervatillo… encargada del equilibrio… enemigos.

El bosque, por primera vez, me parece tan imponente como acogedor, y tengo la sensación de que ahora tengo un nuevo amigo, un ser tan aterrador como ¿amigable?en el bosque.

Recojo las hierbas con cuidado, tocando sus hojas con la misma delicadeza que un pintor acaricia el lienzo.

Entre ellas, unas flores pequeñas de pétalos azul pálido me llaman la atención y me recuerdan a Neira, su aroma me hace sonreír, y las coloco junto al resto de las plantas mientras continúo caminando de regreso a la casa, con la sensación de que el bosque me sigue observando, como si aún su energía permaneciera pegada a mi piel.

Nyvral se comunica en ese momento en mi mente:

—De él no has huido como hiciste conmigo, los… —no distingo bien la palabra que dice Nyvral— No son tan temibles como los míos, pero son verdaderamente horrendos —puedo notar su indignación en mis adentros.

—No te falta razón dragón gruñón —le digo.

Al llegar, me instalo en la cocina y empiezo a limpiar las hierbas sobre la mesa.

Cada hoja que froto libera un aroma suave, y me concentro en ordenar cada planta según lo que he leído en los libros de Riven.

Mientras trabajo, Shoy aparece detrás de mí, silenciosa, con sus movimientos medidos y delicados.

—Déjame mostrarte cómo se dejan secar correctamente —dice mientras toma un puñado de hojas y las coloca sobre un paño limpio—. Así conservarán mejor sus propiedades para la infusión.

Sigo sus movimientos con atención, copiando cada gesto. Hay algo en su forma de enseñarme que me recuerda a cómo se debe sentir el cariño de una madre. Su paciencia y suavidad me envuelven, y por primera vez en mucho tiempo siento un poco de ese calor familiar que creía perdido.

—Gracias, Shoy —le digo aún concentrada en las hierbas—. No sabía que necesitaría tanta ayuda para algo tan simple.

Ella deja escapar una risa sincera.

—No es simple, Zaja. Cada detalle importa. Y tú mereces aprenderlo bien.

No puedo evitar sonreír, el aire maternal que desprende me hace sentir extrañamente protegida. Shoy sigue con sus quehaceres, acomodando frascos y utensilios, hasta que finalmente sale de la cocina dejándome sola con las hierbas y mi pensamiento.

En ese momento, Riven entra, como hace habitualmente tranquilo pero imponente, llenando la estancia solo con su presencia. No necesito palabras para darme cuenta de que observa todo a su alrededor .

—Veo que has encontrado algo interesante —dice con un tono neutral, pero cargado de curiosidad.

Aprovecho para contarle lo que ocurrió en el bosque, describiendo cada detalle del ser sin rostro, sus brazos largos como ramas, la forma en que me habló y la sensación de calma pese al miedo que me provocó.

Riven se queda en silencio unos segundos, procesando mis palabras. Finalmente, suspira y asiente.

—Lo que viste no es algo que muchos tengan la oportunidad de presenciar —explica con gravedad—. Se llaman Sylvethar. Son los guardianes del bosque, seres antiguos que reciben la energía de todo aquel que entra.

Parpadeo, sorprendida.

—¿Guardianes? —pregunto, recordando cada crujido de ramas y el peso silencioso de su mirada.

Riven asiente, apoyándose ligeramente en la mesa.

—Exactamente. Ellos sienten las vibraciones y las conciencias de quienes caminan por su territorio. Cuando alguien desaparece en este bosque, no es casualidad. Cada acción deja un rastro, y los Sylvethar responden a ello. Tú tuviste suerte, muchos no logran verlos jamás.

Me quedo pensativa, recordando el ser que me llamó “Zaja” y cómo me hizo sentir que estaba a salvo.

—¿Por eso no me atacó? —pregunto, con voz apenas audible—. ¿Por qué no me consideró un enemigo?

Riven me observa con seriedad.

—Porque percibió que tu intención no era dañina y porque, de algún modo, eres parte del equilibrio que deben proteger. Nadie más podría caminar por su bosque en su presencia y recibir su permiso. Tú eres… especial.

Riven me observa fijamente, vislumbro un pequeño brillo en su mirada serena, pero también siento un peso en sus ojos que me deja claro que lo que voy a aprender y enfrentar no es sencillo.

—El bosque reconoce tu conexión con la vida que lo rodea, y los Sylvethar lo sienten. Que ellos te hayan mostrado su presencia es un privilegio y una advertencia.

Siento un nudo creciente en el pecho. Cada palabra confirma que lo que empieza a moverse en Ithara no es un juego, y que mi papel tal vez es más grande del que ahora puedo sostener.

Miro las hierbas limpias, el aroma que llena la cocina, y siento que por primera vez, todo lo que he aprendido —sobre dragones, historia, y ahora el bosque— empieza a entrelazarse. El mundo parece mucho más vivo, mucho más vigilante, y yo, de alguna manera, ya no soy solo una aprendiz.

Después de la charla con Riven decido dirigirme a mi habitación. Paso por el pasillo aún absorta en mis pensamientos cuando, de repente, me encuentro con Laiyor apoyado contra la pared, y una sonrisa apenas perceptible.

—Vaya ¿tan seria después del paseo por el bosque? —dice, ladeando la cabeza—. Parece que has visto un fantasma.

—No era un fantasma… —respondo, intentando sonar tranquila, con tono burlón.

Él se acerca un paso, lo justo para que el aire entre nuestros rostros sea más cercano, y arquea una ceja.

—¿Muchas cosas que procesar? —murmura, con un toque de burla—. Supongo que alguien tiene que enseñarte todo lo que no te contó tu aldea.

No puedo evitar sonreír ante su comentario.

—Sí y me siento afortunada de tener profesores tan… inusuales —digo, jugando con la palabra.

Laiyor inclina la cabeza, sus ojos negros recorren los míos con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Así que inusuales, interesante elección —responde—. Supongo que eso me convierte en tu profesor favorito.

—No estaría tan seguro si fuera tú —susurro, y noto cómo el corazón me da un pequeño salto—. Quizá, sí el más entretenido.

Se encoge de hombros, como si nada le importara pero la mirada lo delata, disfruta de la reacción que provoca en mí.

—Bien, mañana lamentarás que sea tu entrenador —dice con una sonrisa que se insinúa en sus labios—. No creas que voy a darte descanso.

—Ya veremos —respondo, con un toque de desafío, sin poder evitar sentirme ligera—. No me intimidas tanto como antes.

Laiyor suelta una risa bajay se aparta ligeramente para dejarme continuar por el pasillo.

No puedo evitar pensar en lo asquerosamente atractivo que es cuando consigue relajarse un poco, y cuando no lo hace, también…

—Recuerda que todo lo que aprendes ahora cuenta —dice mientras me observa alejarme—. Incluso las pequeñas victorias, como no tropezar por los pasillos.

Me muerdo el labio, conteniendo una risa, y continúo hacia mi habitación, estoy exhausta.