CAPÍTULO 10
Han pasado varios días desde las últimas carreras por los prados y los entrenamientos con Laiyor, el cansancio sigue presente en mis músculos, pero algo ha cambiado. Mi cuerpo responde con más rapidez, con más fuerza como si poco a poco se estuviera adaptando a todo lo que este lugar exige de mí.
Esta mañana sin embargo, no hay espadas de madera ni órdenes firmes, Riven ha pedido que vaya al gran salón y eso, de algún modo, despierta en mí una curiosidad distinta.
Riven me espera en el salón, ya sentado junto a la gran mesa.
Sobre ella hay mapas extendidos, pergaminos enrollados y varios libros gruesos cuyas páginas amarillentas delatan su antigüedad.
Riven permanece de pie al otro lado, observando todo con la misma calma serena que siempre parece rodearlo.
Cuando me acerco, alza la vista hacia mí.
—Hoy no habrá entrenamiento —dice con voz grave, tranquila—. Quiero que aprendas dónde estás.
Me siento frente a él, inclinándome sobre los mapas.
No puedo evitar abrir los ojos con asombro.
Nunca había visto algo así, montañas dibujadas con precisión, ríos serpenteando por la tierra, ciudades señaladas con tinta oscura, el continente entero parece desplegarse ante mí como si fuera un secreto antiguo que alguien acaba de revelar.
Riven apoya un dedo sobre el pergamino y lo desliza lentamente.
—Las tierras de Ithara, nuestro hogar —explica—. Aquí se encuentran los reinos humanos y estas cordilleras que ves —continúa mientras sigue el trazo de las montañas— marcaron las fronteras cuando terminó la Segunda Era de los Dragones.
Sigo su movimiento con la mirada, intentando memorizar cada línea del dibujo.
Todo me resulta inmenso. Durante años mi mundo se reducía a la aldea, a los caminos de tierra que la rodeaban y al bosque cercano.
Ahora descubro que aquello apenas era un punto perdido en una extensión que parece interminable.
—Entonces… —murmuro, fascinada— estamos cerca de la Tercera Era.
Riven asiente con un gesto leve.
—Nos encontramos a sus puertas.
No añade nada más, en su lugar, toma uno de los libros y lo deja frente a mí. El libro es grande y pesado, desprende ese olor particular de los textos antiguos.
—Historia —dice—. Batallas, pactos, traiciones… todo lo que ocurrió cuando los territorios se dividieron. Comprenderlo te ayudará a entender el mundo que habitas ahora.
Paso los dedos por la cubierta antes de abrirlo con cuidado, las palabras hablan de dragones que dominaron los cielos, de ciudades destruidas y de alianzas entre reinos que ya ni siquiera existen. Cuanto más leo, más me doy cuenta de lo poco que sé realmente.
—No imaginaba que hubiera tanto por aprender —susurro.
—Siempre hay más de lo que creemos —responde él con serenidad .
El tiempo transcurre entre mapas, páginas y explicaciones.
Riven señala rutas comerciales, antiguas capitales y fortalezas que llevan siglos abandonadas.
A medida que escucho, la sensación de asombro no desaparece; al contrario, crece con cada nuevo detalle.
Elion se vuelve más real, más vasto, más complejo de lo que jamás habría imaginado.
En un momento dado, su dedo se detiene sobre un punto del mapa.
—Aquí estamos ahora.
Levanto la mirada de inmediato.
—¿Tan lejos?
—Más de lo que imaginas.
Comparo la pequeña marca con el lugar donde se encuentra mi aldea y un pensamiento incómodo se abre paso en mi mente. La distancia entre ambos puntos parece enorme, casi imposible de recorrer.
¿Me estarán buscando?
La pregunta surge sin avisar. Quizá piensen que estoy muerta.
La idea me oprime el pecho.
—Riven —digo finalmente.
Él alza la vista.
—¿Sí?
Dudo un instante antes de continuar.
—La gente de mi aldea… ¿Crees que me estarán buscando?
Riven guarda silencio durante unos segundos, como si escogiera sus palabras con cuidado.
—Es posible.
No es la respuesta que esperaba, pero tampoco me sorprende.
—Entonces… quizá deberían saber que estoy bien .
—No puedes volver, no por ahora.
Su respuesta es inmediata, firme, pero no cruel.
—Lo sé —suspiro, bajando la mirada—. Solo pensaba en ellos.
Riven me observa con atención. En sus ojos no hay reproche, solo una especie de comprensión tranquila.
—Tu desaparición es una de las razones por las que debes aprender rápido —explica—. Si alguien descubre lo que eres, o que estas aquí no solo tú estarás en peligro.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Mi aldea también?
Asiente lentamente.
El silencio que sigue pesa más que cualquier entrenamiento con espada, vuelvo a bajar la mirada hacia el mapa, pero ya no veo montañas ni ríos. Solo pienso en todo lo que he dejado atrás.
Después de unos instantes, una pregunta que llevo guardando desde hace días termina escapando de mis labios.
—¿Por qué me ayudas?
Riven no responde de inmediato. Enrolla uno de los pergaminos con calma antes de apoyarse ligeramente sobre la mesa.
—Porque alguien debe hacerlo.
Frunzo el ceño.
—Eso no responde a la pregunta.
Una leve sombra de sonrisa aparece en su rostro.
—Eres muy curiosa.
—Solo intento entender.
Riven apoya ambas manos sobre la mesa y me mira con una intensidad serena que me deja sin palabras.
—Porque si no aprendes a controlar lo que llevas dentro, Zaja, este mundo podría destruirte o tú a él.
Sus palabras me dejan inmóvil, lo observo en silencio, intentando descifrar todo lo que oculta. A veces me pregunto cuánto sabe realmente sobre mí y cuánto decide callar.
La tarde continúa entre mapas, lecturas y explicaciones. Poco a poco voy comprendiendo que llevo más tiempo del que pensaba en esta casa. Los días han pasado, pero más allá de estas tierras hay un mundo entero que todavía no conozco.
—Riven —levantando la vista del mapa—. Quisiera salir, explorar la ciudad de Élion. Quiero ver cómo vive la gente aquí, conocer un poco más.
Él me observa con calma, evaluando mi petición.
—Podrás ir —responde tras unos segundos—, pero no sola. Iremos juntos más adelante, necesito que seas paciente.
Un cosquilleo de emoción se mezcla con el nerviosismo. Todo lo que me rodea sigue siendo nuevo, desconocido y en muchos aspectos, peligroso.
Cuando el sol comienza a descender, me acerco a una de las ventanas, la hierba se extiende hasta el acantilado y, más allá, el mar refleja los últimos tonos dorados del día. Por primera vez desde que llegué aquí, tengo la sensación de empezar a entender un poco el mundo que me rodea.
Riven permanece cerca, esperando a que asimile todo lo que tengo que aprender, en el fondo de la sala aparece Laiyor, cuya mirada oscura sigue cada uno de mis movimientos con esa mezcla de vigilancia y paciencia que parece acompañarlo siempre.
Miro por última vez el libro abierto sobre la mesa. Ithara es más grande de lo que imaginé, y sé que esto es solo el comienzo. Mañana habrá más lecciones, más historia y más respuestas… y quizá entonces, finalmente, podré cruzar Elion y descubrir qué hay más allá.
Es por la mañana, el día amanece con el bullicio del servicio de la casa.
Durante un instante permanezco tumbada, escuchando el cuchicheo de voces y el relincho de los caballos.
Cuando me asomo a la ventana veo a uno de los hombres de la casa ajustando las cinchas mientras Riven revisa las riendas con calma.
Bajo las escaleras casi sin pensarlo.
La mañana se presenta fresca, el rocío yace en las hortensias. El cielo está despejado y el viento que llega desde el mar trae ese olor salado que con el paso de los días se me hace cada vez más agradable.
—Buenos días —dice Riven cuando me acerco.
—¿Vamos a alguna parte?
—Solo a recorrer los alrededores.
Sus palabras suenan simples, pero hay algo en su tono que me hace pensar que esta salida no es solo un paseo. Laiyor ya está montado en uno de los caballos, noto como me observa mientras me acerco.
—Espero que montes mejor de lo que corres —dice Laiyor con tranquilidad.
—Parece, que hoy tenemos el privilegio de ver tu sentido del humor. —Le digo a Laiyor, dedicándole un gesto obsceno.
La comisura de su boca se curva, hoy sí, sonríe.
Monto el caballo con algo más de torpeza de la que me gustaría admitir, pero consigo acomodarme sin caer. Riven da la señal y los tres avanzamos por el camino que se aleja de la casa.
Avanzamos hacia la costa. El viento mueve la hierba alta que abraza el camino y el sonido del mar empieza a escucharse a lo lejos. Durante un rato paseamos en silencio, hasta que Riven reduce ligeramente el paso de su caballo.
—Hay algo que debes entender sobre este mundo, Zaja.
Lo miro.
—¿Sobre los dragones?
Riven asiente.
—Sobre lo que ocurrió antes, años atrás.
Laiyor continúa unos metros por delante, pero puedo ver cómo inclina ligeramente la cabeza, atento a la conversación.
—Hace siglos —continúa Riven—, durante la Segunda Era, humanos y dragones convivían en estas tierras. No era una paz perfecta, pero existía un equilibrio.
—¿Qué pasó?
Riven tarda un momento en responder.
—El equilibrio se rompió.
El viento arrastra su voz mientras avanzamos.
—Lo que empezó como disputas entre territorios terminó convirtiéndose en una guerra abierta. Dragones contra dragones. Humanos contra humanos, y al final, ambos contra todo lo que se movía.
Siento un escalofrío.
—¿Una guerra entre dragones y humanos?
—Una guerra que casi acaba con ambos.
Durante unos segundos solo se escucha el sonido de los cascos sobre la tierra.
—No fueron los únicos —añade Riven .
—¿Qué quieres decir?
—Los fae también intervinieron.
La palabra me resulta extraña.
—¿Fae?
—Una raza antigua —explica—. Más antigua que los propios reinos humanos. Durante siglos habitaron partes de Ithara, pero cuando la guerra terminó, se marcharon.
—¿Dónde fueron?
—Abandonaron el continente.
Miro hacia el horizonte, intentando imaginar un mundo donde otras razas caminaban por estas mismas tierras.
—Nadie ha visto un fae desde hace generaciones —continúa Riven—. Para la mayoría de los humanos se han convertido en poco más que leyendas.