CAPÍTULO 9
Despierto con los brazos doloridos, durante unos segundos no recuerdo porqué, cuando intento moverlos una punzada me atraviesa los músculos, la espada.
Gimo de dolor por lo bajo y me incorporo despacio en la cama, la luz de la mañana me da la bienvenida a un nuevo día, claro y tranquilo, iluminando la habitación donde he pasado los últimos días.
Me observo en el espejo del tocador y me llevo una mano al cuello, la piel está lisa bajo mis dedos, ningún rastro de aquellas venas oscuras que me recorrieron la garganta, aún así la sensación del veneno sigue demasiado fresca en mi memoria.
Me levanto y abro el armario. El vestido de lino que encontré sigue colgado donde lo dejé. Por un momento considero ponérmelo otra vez, pero recuerdo el peso de la espada en mis brazos, el movimiento torpe de la tela alrededor de mis piernas y la mirada crítica de Laiyor.
No, he aprendido la lección, nada de vestidos de momento. Busco la ropa que Riven me dio en la posada, los pantalones de cuero, la blusa sencilla y el chaleco ajustado. Me los pongo con cuidado y me ajusto el cinturón, es mucho más cómodo y más práctico .
Cuando termino, recojo el cabello en una trenza que llega hasta mi cintura y bajo las escaleras en busca de algo de comer o de alguien que me diga qué espera hoy Laiyor de mí.
No tengo que buscar mucho, la sanadora está en una de las estancias cercanas a la cocina, revisando pequeñas bolsas de hierbas extendidas sobre una mesa, mi presencia le llama la atención y alza la vista cuando entro.
—Vaya. Ya estás en pie. —Su voz tiene un tono tranquilo, casi satisfecho.
—Creo que sobreviví —respondo con una sonrisa.
—Ven aquí –La mujer me devuelve la sonrisa.
Me acerco, ella aparta con cuidado un mechón de mi cabello y examina el lateral de mi cuello. Sus dedos recorren la piel con atención, el tacto de sus manos es cálido, observa donde hace apenas unos días las venas negras del veneno se habían extendido hacia la mandíbula y detrás de las orejas.
Permanece en silencio unos segundos. Luego asiente.
—Perfecto. No queda rastro.
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—El cuerpo se recupera rápido cuando llega a tiempo a manos adecuadas —añade con una media sonrisa.
—Me alegro de haber caído en las tuyas.
La mujer deja escapar una pequeña risa.
—Me llamo Shoy, por cierto. Será más cómodo si empezamos a usar nombres.
—Zaja.
—Lo sé.
Lo dice como si fuera evidente. Sus ojos se deslizan entonces hacia mis brazos, quizá notando la forma en que los mantengo ligeramente tensos.
Alza ligeramente una ceja.
—Dolor muscular.
—Mucho.
Shoy asiente con comprensión.
—Entonces el entrenamiento ya ha empezado.
Se inclina un poco hacia la mesa, recoge una pequeña bolsita de tela y vuelve a mirarme.
—Deberías almorzar algo antes de que caigas en manos de Laiyor. Hoy será duro.
Salgo de la cocina con un trozo de pan en una mano y lo que queda de una manzana en la otra, cuando termino de masticar, atravieso el pasillo hasta la entrada y empujo el gran portón de la casa.
La puerta se abre con un leve crujido y la brisa fresca de la mañana me golpea en la cara. Bajo los escalones de piedra mientras termino el último bocado. Hoy el patio está tranquilo y por primera vez desde que llegué, no hay ni rastro de Riven.
—Llegas tarde.
La voz me hace girar. Laiyor está apoyado contra la valla del prado, como si llevara allí un rato esperando. Lleva la misma ropa oscura del día anterior,es muy atractivo.
—Fui a desayunar —respondo.
Laiyor se separa de la valla.
—Entonces muévete.
Frunzo el ceño.
—¿Hacia dónde? —hoy va a ser un día duro .
Él ya está caminando hacia el prado.
—Corre.
Me quedo mirándolo un segundo.
—¿Correr?
Laiyor se gira lo justo para mirarme por encima del hombro.
—¿Prefieres la espada?
Eso basta para que empiece a moverme, echo a correr.
Al principio el ritmo es soportable, el prado se extiende detrás de la casa, amplio y cubierto de hierba que se inclina con el viento de la mañana. Pero Laiyor no reduce la velocidad y pronto mis piernas empiezan a quejarse.
—¿Esto… también forma parte del entrenamiento? —consigo preguntar con la respiración entrecortada.
—Sí.
Respuesta corta, lo dice sin esfuerzo y acelera. Intento apretar el paso para no quedarme atrás.
Atravesamos una zona donde varios caballos pastan tranquilamente. Cuando nos ven acercarnos levantan la cabeza, uno relincha, otro se aparta de golpe. En cuestión de segundos varios de ellos salen al trote en dirección contraria, menos mal pensé que nos iban a cocear.
—Fantástico —jadeo—. Ahora nos odiarán los caballos.
Laiyor no responde, seguimos avanzando. La casa queda cada vez más atrás y el terreno comienza a inclinarse suavemente. El viento sopla con más fuerza y mi respiración se vuelve pesada.
—Si esto es tu forma de enseñarme a no morir… —consigo decir ahogada. —Creo que no lo vas a conseguir.
Laiyor gira la cabeza un instante y durante una fracción de segundo parece que va a sonreír, no llega a hacerlo pero casi .
El terreno se abre de repente frente a nosotros hasta que me detengo, no podemos seguir hacia el frente. El mundo termina unos pasos más adelante. Un acantilado se extiende ante nosotros, cayendo en vertical hacia una inmensidad azul que se mueve bajo la luz del sol. Me quedo completamente quieta.
—¿Qué es eso?
Laiyor se detiene a mi lado.
—El mar.
Nunca había visto algo así, el agua se extiende hasta el horizonte, interminable, golpeando las rocas muy abajo con un rugido constante. El viento trae un olor salado que llena mis pulmones. Mis ojos recorren aquella extensión imposible.
—Es enorme.
Una sombra que cruza el cielo me hace alzar la mirada, dos dragones vuelan sobre nosotros, sus alas enormes se extienden a escasos metros de nosotros.
Los reconozco al instante, son Nyvral y el otro. Los observo durante un momento antes de volver la mirada hacia Laiyor. Él no dice nada.
—Nyvral es uno —añado—. El otro…
Lo miro directamente.
—¿Eres tú?
Laiyor tarda un segundo en responder.
—Sí.
Vuelvo a observar al dragón que vuela junto al mío. Es de color gris, más grande que Nyvral, parece un fantasma.
—Entonces perteneces a las tierras de Élion.
El viento agita suavemente su cabello oscuro .
—Ahora sí —dice finalmente.
Hay algo obstinado en su tono, algo que deja claro que no piensa explicar, así que guardo silencio. Durante unos segundos solo contemplamos el cielo.
Una voz familiar resuena en mi mente, clara y profunda me saca de mis pensamientos. Empiezo a acostumbrarme a ello.
Nyvral.
—Tu humano intenta enseñarte a sobrevivir.
No puedo evitar sonreír.
—No dejes que te mate una simple carrera.
Suelto una pequeña risa.
Laiyor me lanza una mirada de reojo.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nyvral.
Laiyor frunce ligeramente el ceño al escuchar mi risa.
—Él no es tan irónico como Nyvral —murmura, con un toque de orgullo mientras observa a los dragones—. Thasvol tiene otras maneras de hacerme aprender.
Miro al segundo dragón, imponente y serio, sus alas baten con fuerza mientras planea sobre el acantilado.
—Thasvol —repito en voz baja, saboreando el nombre—. Así se llama tu dragón.
—Sí —responde Laiyor, cruzando los brazos—. Y es más directo que Nyvral. No esperes comentarios sarcásticos.
Guardo silencio, es imposible que se borre la sonrisa que cruza mi cara mientras los dos dragones desaparecen en el cielo azul.
—Dice que con tu entrenamiento intentas enseñarme a sobrevivir,pero que procure no dejar que me mates con una carrera .
Durante un instante creo que lo ignorará. Pero la comisura de su boca se mueve apenas, no llega a ser una sonrisa pero está lo bastante cerca de serlo.
La dureza habitual de su rostro desaparece por un segundo, me quedo mirándolo creo que demasiado tiempo, entonces otra imagen se abre paso en mi mente, Neil.
La forma en que sonreía cuando estaba a punto de decir algo ingenioso, la inclinación leve de su cabeza cuando reía. Siempre borracho, escapando a la taberna o con Maina.El recuerdo llega tan de repente que me deja inmóvil.
Vulevo la mirada hacia el mar, el viento mueve mi trenza, me obligo a respirar hondo. Durante unos segundos ninguno de los dos habla,
Laiyor rompe el silencio.
—Descansa un momento.
Se aparta del borde del acantilado.
—La carrera no ha terminado.
Lo miro con incredulidad.
—¿Qué?
Laiyor ya está alejándose.
—Si el dragón cree que puedes sobrevivirla—dice por encima del hombro—, será mejor demostrarlo.
Empieza a correr otra vez y me quedo un segundo mirando su espalda antes de suspirar.
—Algún día —murmuro— voy a empujarte por ese acantilado.
Y echo a correr tras él. El camino de vuelta se me hace eterno, la brisa ya no resulta refrescante, ahora parece empujarme hacia atrás a cada paso, mis piernas pesan, la respiración se vuelve irregular y el dolor en los brazos del entrenamiento del día anterior se suma al ardor de los músculos de las piernas.
Laiyor, en cambio, corre como si acabara de empezar.
La casa de Riven vuelve a aparecer poco a poco en la distancia, los prados verdes se extienden alrededor y los caballos que antes habíamos espantado vuelven a pastar con tranquilidad, aunque levantan la cabeza cuando nos ven acercarnos otra vez.
Cuando finalmente cruzamos el prado, mis pulmones arden.
Laiyor reduce el ritmo por primera vez, se detiene en una zona de hierba corta y se deja caer al suelo con naturalidad.
Yo llego unos segundos después y prácticamente me desplomo, me quedo boca arriba, intentando recuperar el aliento mientras el cielo gira ligeramente sobre mi cabeza.
—Dime —consigo decir entrecortadamente— que ya hemos terminado.
Laiyor ni siquiera parece cansado, apoya las manos detrás de la cabeza y observa el cielo un instante.
—Ni de cerca.
Cierro los ojos.
—Fantástico.
Él se incorpora primero.
—Abdominales. —no puede ser.
Me incorporo con un gruñido, intento copiar su postura con brazos extendidos, cuerpo recto y lasmanos apoyadas en la hierba.
Laiyor baja y sube con un movimiento fluido, intento seguirlo yen la segunda abdominal mis brazos empiezan a temblar. En la tercera se doblan sin remedio y termino exhausta tumbada en la hierba, me quedo ahí un segundo.
—Esto es humillante .
Laiyor termina su serie y se pone de pie para mirarme desde arriba.
—Es entrenamiento. —es tortura, pienso en mis adentros.
—Para ti quizá.
Intento incorporarme, con bastante menos dignidad de la que me gustaría. Laiyor está frente a mí de brazos cruzados.
—Si vas a sobrevivir ahí fuera, necesitarás algo más que un dragón.
Resoplo resignada.
—Perfecto. Entonces quizá deberíamos empezar por enseñarle al dragón a cargar conmigo cuando me canse.
Durante un instante parece que Laiyor va a ignorar el comentario. Pero entonces, otra vez, esa pequeña curva aparece en la comisura de su boca, dura apenas un segundo y desaparece con la misma brevedad. Pero esta vez estoy segura de haberla visto.
Mientras me recuesto sobre la hierba, jadeando después de la última serie de abdominales, un relincho lejano me hace levantar la vista. A lo lejos un hombre a caballo se mueve con gracia, és Riven.
No se acerca, solo le observo galopar por el camino, como un vigilante. Su sola presencia hace que el prado se sienta más amplio y tranquilo al mismo tiempo.
—Le conocí hace apenas unos días —susurro, casi para mí misma—. En la aldea la situación era complicada, y él apareció justo a tiempo.
Laiyor me observa de lado.
—Te salvó la vida —dice con voz grave y firme, cortando el silencio.
Miro a Laiyor sorprendida .
—Sí —continúa—. Y no solo a ti, también a mí.
Me quedo en silencio, procesando lo que dice. La figura de Riven a lo lejos sigue su camino, imperturbable pero su presencia deja una sensación agradable.
Laiyor dirige la mirada de nuevo hacia mí, sus ojos fijos y profundos son un recordatorio silencioso, hay alguien protegiéndote, incluso cuando no lo ves y no necesariamente es un dragón.
Laiyor ya se tumba de nuevo en el suelo, esta vez con los brazos apoyados.
—Si vas a blandir una espada, necesitas fuerza en el torso.
Empieza a moverse con un ritmo constante, subiendo y bajando sin aparente esfuerzo, sus movimientos son precisos,
ycontrolados. Suspirando, imito su postura.
—Esto empieza a parecer una venganza personal.
Parpadeo, y entonces lo noto, sus ojos negros me atraviesan. Su mirada es intensa, como si pudiera leer cada pensamiento que intento ocultar. Me estremezco ligeramente, pero no puedo apartar la vista.
—¿Qué? —pregunto, tratando de sonar casual y entonces aparto la mirada.
—Quince —repite—. Ese es el mínimo.
Empiezo, el primero sale bien, a la cuarta ya empiezo a notar el tirón en el abdomen. Laiyor continúa a mi lado como si aquello no fuera nada. En el octava me quedo a medio camino.
—¿Vas a quedarte ahí? —pregunta Laiyor sin mirarme.
—Estoy reflexionando sobre mis decisiones.
Él sigue subiendo y bajando sin perder el ritmo.
—Nueve.
—Ni siquiera —resoplo— estoy segura de haber llegado a siete .
—Diez.
Dejo caer el vientre sobre la hierba.
—Creo que he muerto.
Laiyor se detiene finalmente. Se gira ligeramente para mirarme.
—Si hubieras muerto, no estarías hablando.
—Eso suena como una amenaza.
Laiyor no responde. Simplemente se levanta.
—Diez más.
Giro la cabeza hacia él.
—Te odio.
—Manos en el suelo.
Me incorporo con un gruñido.
Intento copiar su postura: brazos extendidos, cuerpo recto, manos apoyadas en la hierba. Laiyor baja y sube con un movimiento fluido, yo intento seguirlo sin mucho éxito, termino con la barbilla casi clavada en la hierba. Me quedo ahí un segundo.
Los días siguientes suceden con un ritmo agotador.
Carreras por los prados, saltando por terreno irregular, almuerzos rápidos y conversaciones a tres, donde Riven observaba en silencio mientras Laiyor me corrige cada movimiento y me enseña a mantener la concentración.
Cada tarde termino con el cuerpo dolorido, el corazón acelerado y la respiración entrecortada.
Cada noche caigo prácticamente desmayada en mi cama, agradecida por el descanso y al mismo tiempo ansiosa por lo que el día siguiente traería.