Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El sonido de voces bajas y contenidas llega primero, como si hablaran cerca pero no quisieran despertarme.

Las palabras se mezclan con el latido pesado de mi cabeza y durante un momento no consigo entender lo que dicen, mantengo los ojos cerrados.

El aire huele distinto, no siento la humedad del bosque ni la madera gastada de la posada, aquí hay algo más limpio, más refinado aroma de hierbas secas y telas frescas mezclado con un leve aroma salino.

Reconozco una de las voces, Riven. Su tono es bajo, firme, pero hay algo contenido en él, una tensión que no había mostrado hasta ahora.

La otra voz es femenina y suave, desconocida para mí.

Intento concentrarme en las palabras, pero el mareo me arrastra de nuevo hacia la oscuridad.

Entonces abro los ojos, la luz de la mañana entra por una ventana alta y me ciega con fuerza, parpadeo varias veces intentando acostumbrarme, el techo es alto y claro, las paredes lisas y cuidadas.

La habitación es amplia, elegante sin resultar ostentosa, está limpia y ordenada, me resulta demasiado perfecta.

Intento incorporarme, pero es un error. Mi cuerpo pesa como si cada hueso estuviera lleno de arena, y el mareo vuelve de golpe. Siento un escalofrío que recorre mi espalda y por un instante esa sensación familiar se posa en mi mente, Nyvral .

—Despacio —la voz de Riven llega enseguida, junto a sus pasos acercándose.

Él aparece a mi lado junto a la mujer que está con él. Es mayor, con manos regordetas y semblante dulce, lleva una túnica sencilla con las mangas recogidas hasta los codos y los dedos manchados de hierbas trituradas. Una sanadora, sus ojos recorren mi rostro con atención tranquila.

—Bien —dice finalmente—. Has despertado.

Riven se queda a mi lado, tiene el ceño ligeramente fruncido, la mirada puesta en mí, como esperando que vuelva a desmayarme. Siento un cosquilleo en la mente, Nyvral permanece cerca, sabe que he despertado.

—Pensábamos que tardarías más —añade la sanadora.

Intento hablar, pero mi garganta está seca.

—¿Dónde…? —logro decir.

—En Elion —responde ella antes de que termine la pregunta.

Mis dedos suben instintivamente hacia el cuello, la sanadora se adelanta.

—Las marcas poco a poco se irán —dice—. El veneno sigue abandonando tu cuerpo, pero ya no corre por tus venas.

El recuerdo del mareo, el queso y las venas negras se instala de nuevo en mi mente. Riven aprieta la mandíbula.

—Era para mí.

Desplazo la mirada hacia la puerta y noto un hombre apoyado en el marco de brazos cruzados, es joven, alto, hombros anchos,el cabello oscuro le cae en mechones sobre la frente, sus ojos están atentos y a la vez calmados.

No viste como sirviente ni soldado, hay algo contenido en él.

Me observa, entrecierra los ojos levemente, y luego se marcha silencioso por el pasillo, como si mi presencia fuera irrelevante.

El silencio vuelve a la habitación, una sensación de calor y poder me envuelve de nuevo. Su presencia se posa sobre mí como un murmullo en la mente, vigilante y profundo.

— Sigues viva —susurra el dragón en mi mente.

Cierro los ojos y por primera vez desde que desperté, comprendo que realmente he sobrevivido.

La sanadora está a mi lado, midiendo mis respiraciones.

—¿Cómo te sientes? —pregunta suavemente—. Debes hablarme con sinceridad.

Trago saliva y asiento débilmente, todavía siento el cuerpo pesado, un hormigueo extraño por el veneno que se aleja y la presencia del dragón que sigue insistente en mi mente.

—Has tenido suerte —continúa—. El veneno que usaron se llama Sombra de Zyra. Es potente y letal, solo unos minutos más y no habrías llegado viva.

Riven aprieta el puño, sus ojos no han dejado de explorarme en ningún momento.

—Nyvral ha estado inquieto desde entonces —dice—. Algo en su instinto le dijo que corrías peligro.

No puedo apartar de la mente el recuerdo del rugido, la furia y la preocupación del dragón.

La sanadora suspira y me ofrece un vaso de agua.

—Debes descansar —dice—. Quédate en la cama hasta la cena, si te sientes lo bastante fuerte, Riven y yo te acompañaremos abajo.

Asiento, incapaz de articular palabras. La mirada de Riven se suaviza ligeramente, aunque su postura sigue firme .

—Descansa —dice—. Confía en tu cuerpo, Zaja. Todo lo demás puede esperar.

Se marchan dejándome a solas con la luz de la mañana que ilumina cada rincón, el suelo de madera pulida que refleja un leve brillo, y los muebles cuidadosamente colocados, un pequeño tocador llama mi atención.

Presto atención con detalle cuando veo el vestido azul claro que llevaba para la boda que cuelga limpio, perfectamente planchado sobre el tocador, la ropa que Riven me dio junto con la funda de la espada también están aqui.

Mis dedos rozan el camisón que llevo puesto, entonces pienso en que alguien me ha cambiado mientras dormía.

Por un largo rato me siento desconcertada, pero también extrañamente aliviada, estoy viva, protegida y vigilada, en un lugar que no sé dónde se encuentra.

Siento la respiración profunda de Nyvral en mi mente, calmándome.

Vuelvo a quedarme dormida, mi cuerpo lo necesita.

La luz de la tarde entra suavemente cuando me incorporo, la debilidad que el veneno me provoca se desvanece casi por completo y siento que mis fuerzas regresan.

Me acerco al armario y elijo un vestido de lino de color beig, me lo pongo con cuidado, ajustando el cinturón de cuero a mi cintura, sintiendo la tela ligera y cómoda.

Me dirijo al tocador y cepillo mi cabello, sorprendida de lo limpio y brillante que está.

Mientras ato mi cabello con la cinta, los dedos rozan mi cuello.

Un escalofrío me recorre, las finas líneas negras todavía se distinguen bajo la piel, como sombras persistentes del veneno que casi me mata.

He estado al borde de la muerte, y aunque el resto de mi cuerpo empieza a sentirse fuerte, este recordatorio me hace ser consciente de lo frágil que soy.

Escucho pasos detrás de mí, Riven aparece en el umbral, postura recta y un leve gesto de paciencia en el ceño.

—¿Lista para la cena? —pregunta con la voz cargada de autoridad.

Asiento y salgo con él. La casa es enorme, elegante pero no ostentosa, cada espacio parece tener propósito y vida propia. Los ventanales son enormes, abiertos, y las cortinas ondean suavemente con la brisa salina que entra desde algún lugar cercano.

Mientras Riven me guía por la casa hacia la cocina, no puedo evitar observar con atención cada gesto suyo, tan seguro de sí mismo, sin prisa pero con confianza, cómo levanta la mano para indicar un camino, cómo dobla ligeramente la espalda al pasar entre los muebles, cómo sus ojos verdes me evalúan mientras se mantiene a mi lado sin necesidad de palabras.

Hay algo en su presencia que transmite calma y control al mismo tiempo, siento que aunque todo sea nuevo para mí, puedo apoyarme en él, aunque solo sea un poco.

Pasamos por un salón amplio, una mesa imponente ocupa el centro, rodeada de sillas colocadas cuidadosamente. Lámparas de araña cuelgan del techo, reflejando la luz de manera uniforme, sin ornamentos excesivos, todo está pensado con equilibrio.

Llegamos a la cocina. La transición me sorprende, después de recorrer tanto lujo, la cocina es sencilla y acogedora. Una mesa redonda está puesta con platos y utensilios sin adornos innecesarios, con aroma a pan, hierbas y carne guisada.

Allí sentado está el joven de la mañana. Riven me señala :

—Zaja, él es Laiyor, vive aquí en Elion y me ayuda a mantener las cosas bajo control.

Laiyor me observa brevemente, sus ojos se detienen en los míos, evaluándome por un instante, y luego asiente a modo de saludo.

Me siento frente a Riven y Laiyor, la comida es sencilla pero nutritiva, está buenísima. Laiyor se dirige a mí.

—Has hecho una entrada triunfal —dice, con un toque de sarcasmo en la voz.

Siento cómo un rubor me sube a las mejillas. Acabo de irrumpir en esta casa de manera llamativa, y ahora todos mis movimientos parecen demasiado evidentes, rápidamente bajo la mirada, intentando recomponerme mientras la tensión del viaje aún me recorre.

Riven permanece serio, tranquilo, sus ojos se detienen un instante en mí, notando quizá mi incomodidad y luego vuelve a su gesto natural. Observo cómo gesticula, cómo mantiene el control, y no puedo evitar compararlo con la calma de mi aldea y mi propio nerviosismo.

Mientras tanto Laiyor vuelve a su comida como si nada, y yo siento un leve cosquilleo de curiosidad y cautela. Su comentario, aunque ligero, me recuerda que estoy en un lugar completamente distinto, donde las reglas, la vida y la rutina no se parecen en nada a lo que conocía.