CAPÍTULO 5
—¿Siempre viajas en silencio? —pregunto al fin.
Riven gira ligeramente la cabeza, lo suficiente para mirarme por encima del hombro.
—No siempre. —Su voz es tranquila, grave—. Pero después de una noche como la de ayer, el silencio suele ser necesario.
Aprieto un poco más las riendas.
—Me pediste que confiara en ti —digo— y lo hice.
El amanecer apenas rompe entre los árboles mientras avanzamos por el sendero, una neblina baja se extiende sobre el camino y el rocío de la mañana cubre la hierba y las hojas, haciendo que todo brille con una luz pálida y fría.
El aire huele a musgo, a bosque recién despertado.
Los caballos avanzan al paso, tranquilos, como si no sintieran la urgencia que late en mi pecho.
La aldea queda atrás, tan lejos que ya no puedo verla, pero lo bastante cerca como para seguir sintiéndola dentro de mí.
Bajo la mirada hacia mis manos aferradas a las riendas, aún llevo el vestido de la boda de Neira; la tela azul claro está arrugada por el viaje y salpicada de tierra del camino.
Cuando el viento mueve mi cabello, algo roza suavemente mi frente: la corona de flores.
Sigo llevándola, alargo una mano para rozar los pétalos, algunos empiezan a marchitarse, oscurecidos por la humedad de la mañana .
Anoche Neira reía mientras bailábamos en la plaza iluminada por las lámparas, la música llenaba el aire y todo parecía sencillo, eterno.
Tim la miraba como si no existiera nadie más en el mundo.
Aprieto los labios, ahora todo eso queda atrás, mi casa, la plaza, el mercado, Neira.
Es extraño pensar que quizá no vuelva a ver nada de eso.
Delante de mí, Riven avanza en silencio.
Su capa oscura se mueve suavemente con el paso del caballo, ocultando casi por completo su figura, desde donde estoy solo alcanzo a ver el perfil de su rostro y el castaño de su cabello cuando la luz del amanecer logra atravesar la neblina.
Sus ojos verdes transmiten seguridad y confianza en sí mismo, parece completamente tranquilo, como si esto no fuera una huida, como si todo estuviera ocurriendo exactamente como esperaba.
El bosque se abre un poco a nuestro alrededor y un grupo de pájaros alza el vuelo de repente desde los árboles cercanos, batiendo las alas con nerviosismo.
Mi pecho se tensa. Nyvral. No lo veo, pero lo siento, desde el encuentro en el bosque, su presencia parece permanecer en algún lugar cercano, silenciosa, vigilante, a veces es solo una sensación en el fondo de mi mente, otras un leve olor a humo que el viento trae y se lleva. Respiro hondo.
—Sigo sin entender muchas cosas.
Él asiente levemente, sin detener el caballo.
—Lo sé.
El camino se estrecha entre los árboles y durante un rato solo se escucha el sonido suave de los cascos sobre la tierra húmeda.
Recuerdo entonces la conversación que tuvimos hace tres días en la aldea, antes de la boda, cuando nos encontramos a solas aquella mañana, sus palabras vuelven con claridad a mi mente, mezcladas con esta extraña sensación que recorre mi cuerpo ahora :
—He visto al dragón —me dijo entonces, su voz tranquila pero firme—. El vínculo entre dragón y humano es complejo y peligroso. Nadie debe saberlo.
—¿Por qué yo? —pregunté, incapaz de apartar la mirada de sus ojos—. ¿Por qué me elige?
—Porque el mundo está cambiando. La era de los dragones está volviendo, y los humanos no están preparados.
Es un mal presagio. Su tono no dejaba lugar a dudas.
—Quiero que vengas conmigo a Élion, allípodrás comprender más, aprender y estar a salvo.
—No puedo… —protesté, negando con la cabeza—. Mi vida está aquí, no puedo marcharme.
—Te esperaré —dijo, con calma imperturbable—. Dentro de dos días, donde empieza el camino, cerca de tu casa, cuando la luna alcance su punto más alto. Tienes tiempo para tomar una decisión.
El recuerdo me hace apretar las riendas aún más.
Cada palabra de aquella conversación me devuelve la urgencia de este viaje, la mezcla de miedo y emoción que me empuja hacia adelante.
La neblina parece cerrarse a nuestro alrededor y el bosque, silencioso, acompaña mi respiración agitada y el paso firme del caballo.
—Me dijiste que ese dragón… —trago saliva antes de pronunciar su nombre—. Nyvral.
Riven reduce un poco la marcha de su caballo y finalmente lo detiene, girándose hacia mí con calma. Su mirada se clava en la mía.
—Sí.
—¿Cómo sabes quién es?
Riven me observa unos segundos antes de responder.
—Porque lo he visto .
Frunzo el ceño.
—¿Dónde?
Él guarda silencio un instante y aparta la mirada.
—Eso, ahora no importa.
Su respuesta me desconcierta.
—Entonces, ¿por qué viniste a la aldea?
Riven sostiene mi mirada sin vacilar.
—Porque sabía que te encontraría allí.
El silencio vuelve a caer entre nosotros, más pesado que antes.
—He dejado todo atrás —le digo— mi casa, mi vida, mi gente.
Riven me observa con la misma calma de siempre.
—No lo dejaste atrás anoche.
Levanto la mirada.
—Tu vida cambió el día que Nyvral despertó en tu mente.
El viento mueve las ramas sobre nosotros y la niebla empieza a dispersarse entre los árboles.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
Riven vuelve a girar su caballo hacia el camino.
—Ahora viajamos a Élion.
El nombre queda suspendido en el aire.
—¿Qué hay en Elion? —ni siquiera sé dónde está en un mapa.
Riven clava la mirada en el camino que se abre ante nosotros. —Respuestas —Hace una pequeña pausa antes de añadir—. Y el comienzo de todo lo que debes aprender.
Vuelve a instalarse el silencio entre nosotros. Mis dedos vuelven a rozar la corona de flores sobre mi cabeza, por un momento pienso en quitármela, pero no lo hago, aún no.
Aprieto las riendas y sigo a Riven mientras avanzamos y el mundo que conocía queda cada vez más lejos detrás de nosotros.
El camino se ensancha y los caballos se detienen junto a un pequeño claro, la hierba brilla y un arroyo cercano nos invita a acercarnos.
Riven hace que los animales se acerquen al agua y luego me indica que haga lo mismo, bajo del caballo con cuidado, todavía algo rígida por el viaje.
—Puedes beber —dice, señalando el agua—. Hazlo despacio.
Obedezco, el frío del arroyo me recorre los dedos cuando sumerjo mis manos y acerco el agua a mis labios. Mientras los caballos pastan y sacuden el agua de sus crines, Riven se sienta sobre una roca cercana, cruzando los brazos, me observa como si esperara algo.
—Recuerdo nuestra conversación en la aldea, antes de la boda —digo, rompiendo el silencio—. Yo estaba segura de que no iría contigo.
Él inclina ligeramente la cabeza, sereno.
—Lo sé —responde—. Te dije que te esperaría.
El recuerdo de aquella conversación me recorre el pecho. Yo estaba reacia, firme en que no iría. Él en cambio, tranquilo y seguro, me convenció de que el camino que debía tomar estaba allí, esperándome y finalmente lo hice.
—Mi confianza en ti… no es plena —le digo sin vacilar—. No sé si puedo confiar en ti del todo.
Riven me observa con calma, sin reproches.
—No necesitas confiar en mí. En quien verdaderamente debes confiar es en ti misma.
Siento un nudo en el pecho, todo lo que dejo atrás, mi casa, la boda de Neira, la aldea. Incluso la corona de flores sobre mi cabeza que aún llevo, me recuerda que algo precioso quedó atrás y que ya no puedo volver a ello, ni tampoco a Neil …
—Haré lo que pueda —digo al fin, con la voz apenas temblando.
Él asiente despacio, como si mi respuesta fuera suficiente.
Me incorporo, volvemos a montar y seguimos al paso.
Los caballos avanzan tranquilos mientras el bosque empieza a abrirse y la luz del sol nos ciega.
El camino se estrecha entre colinas bajas y árboles dispersos.
A mitad de camino, un carro de mercader aparece desde la dirección de la ciudad a la que nos acercamos, avanza lentamente, cargado con huevos y algunas carnes secas. Riven se detiene y me hace una señal.
—No mires demasiado. Quédate atrás —dice en voz baja—. No es momento de llamar la atención.
Obedezco, bajando la mirada y ajustándome la capa.
El mercader se detiene un momento al vernos, inclinando ligeramente la cabeza.
—Buenos días, viajeros —dice con voz fuerte, pero cordial—.
Si van a la ciudad, tengan cuidado. El rey ha desplegado jinetes por todas partes.
No sé qué buscan, pero algunos son despiadados.
Riven traga saliva, ajusta la rienda y responde con calma:
—Gracias por la advertencia.
Intento mantenerme oculta bajo la capa, el corazón me late con fuerza mientras el mercader sigue su camino y el carro desaparece entre los árboles.
Apenas hemos avanzado unos metros cuando al doblar la última colina, la ciudad aparece frente a nosotros, más grande que el lugar que dejo atrás, con casas de piedra más clara y tejados de tejas rojas.
El bullicio de gente llena las calles, mercaderes cargan cestas, niños corren entre los transeúntes y los carros chirrían sobre el adoquinado.
Un momento de sorpresa rompe la tranquilidad, una mujer que limpia su puerta arroja un cubo de agua al paso de los caballos, y los animales saltan, sacudiendo la cabeza. Riven solo inclina la mano en señal de disculpa, yo sigo detrás, sonriendo ante la escena cotidiana.
Al fin llegamos a una posada, una construcción sencilla de madera y piedra, el humo del fuego sale de la chimenea. Riven guía a los caballos hacia el pequeño establo detrás del edificio, cuando llegamos me bajo, sintiendo cómo mis piernas se quejan del viaje, y él me indica donde está la entrada.
—Vamos a quedarnos aquí esta noche —dice, con voz tranquila—. Descansaremos y mañana continuaremos el camino.
Entramos en la posada, subimos las escaleras que conducen a los dormitorios. Las habitaciones son pequeñas, con catres sencillos, su habitación queda al frente de la mía, Riven se detiene antes de cruzar la puerta de su habitación y se gira hacia mí.
—Esto es para ti.
Me entrega ropa nueva, pantalones resistentes, una blusa ligera y un chaleco de cuero. Luego me da una espada, la empuñadura está envuelta en cuero suave y en los extremos tiene dos gemas rojas preciosas.
—Úsala si la necesitas.
Me estremezco al tocar la empuñadura y la tela del chaleco, es tangible, real, y al mismo tiempo un símbolo de todo lo que he decidido afrontar.
—¿Qué hago con esto? —pregunto, insegura con la espada entre las manos.
Riven sonríe con calma serena.
—Por ahora, solo guárdala cerca de ti. Aprenderás a manejarla a tu ritmo.
—Gracias —digo—. Por todo .
Me permito mirarle fijamente, intentando comprender sus intenciones.
Riven asiente y entra en su habitación, yo me quedo un momento frente a la puerta, observando el pasillo, el silencio de la posada y la novedad de todo lo que me rodea. Con un último suspiro, empujo la puerta y entro en mi habitación.