Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Los días siguientes traen una calma inesperada.

Contra todo pronóstico, la fiebre de Neil empieza a bajar. Amia regresa varias veces para revisarlo y, aunque al principio no se muestra especialmente optimista, termina admitiendo que el peligro inmediato parece haber pasado.

—El cuerpo decide luchar —dice una mañana mientras cambia las vendas—. A veces eso es todo lo que se necesita.

Neil sigue débil, pero ya come y empieza a moverse por casa. Aquello me permite volver poco a poco a la normalidad de mi rutina, y con ello llegan también los preparativos de la boda de Neira con su prometido, Tim.

El enlace está previsto para dentro de pocos días y, como es costumbre, muchas de las decoraciones deben prepararse a mano: guirnaldas de flores silvestres, ramos para el altar donde dirán sus votos y coronas para la novia y sus acompañantes.

—Necesitamos más flores —dice Neira mientras revisa las que ya hemos recogido—. Deberíamos volver al bosque.

Aunque no hay demasiado entusiasmo en mi rostro, accedo a acompañarla. Después del incidente del otro día, prefiero mantenerme lejos del bosque pero tampoco quiero negarme .

Salimos poco después, cada una con un pequeño cesto.

El sendero que lleva al bosque es el mismo que he recorrido días atrás en busca de las hierbas para Neil pero esta vez el ambiente es distinto.

El sol atraviesa las ramas, los pájaros cantan y el aire huele a tierra húmeda y hojas nuevas.

Nada queda del silencio inquietante que sentí entonces o al menos eso intento creer.

También ayuda el hecho de que la niebla nos está dando una tregua, con suerte Neira podrá disfrutar del sol el día de la boda.

—¿Recuerdas cuando veníamos aquí de pequeñas? —dice Neira apartando una rama del camino—. Siempre pensábamos que había criaturas mágicas escondidas entre los árboles.

—Mi padre decía que antes las había —respondo con una pequeña sonrisa—. Espíritus del bosque, toda clase de cosas.

—Antes —repite Neira con tono burlón—. Hace siglos.

Seguimos caminando hasta llegar a una zona donde crecen flores silvestres en abundancia, en esta zona abundan los lirios del valle, las pequeñas flores en forma de campanilla son perfectas para el altar.

Nos ponemos manos a la obra, cortando tallos y llenando los cestos mientras hablamos de la boda, del vestido de Neira y de lo nervioso que está su prometido.

Durante un rato todo es sencillo, el olor de las flores inunda mis fosas nasales, mientras estoy absorta en mis pensamientos me doy cuenta de que Neira ya no está a mi lado.

—¿Nei? —llamo, incorporándome.

No hay respuesta inmediata. Solo el siseo del viento entre las hojas. Camino unos pasos entre los árboles.

—¿Neira?

Entonces lo escucho, la voz. No en el aire, dentro de mi mente .

— Sabía que volverías .

El corazón me late con fuerza. Siento cómo el aire se mueve a mi alrededor, un viento repentino que agita las hojas secas, y un ligero olor a humo que alcanzo a sentir, como si alguien hubiera prendido fuego en el bosque, muy cerca, demasiado cerca.

—No… —susurro, girando la cabeza lentamente.

Y entonces lo veo, está allí, a unos metros de distancia, entre los árboles.

Un dragón, un dragón enorme. Sus escamas son negras como la noche, pero cuando los rayos del sol atraviesan las ramas y tocan su piel escamosa, destellos verde esmeralda recorren su cuerpo como si la luz despertara algo oculto en ellas.

Sus alas plegadas parecen capaces de cubrir medio claro si se extienden yesos ojos amarillos que me observan… brillan con una intensidad imposible.

El mundo se detiene, retrocedo un paso y caigo de bruces al suelo. El miedo me golpea de lleno. Intento levantarme, pero las piernas no me responden.

—No tengas miedo.

La voz, profunda y resonante, vibrando en mi mente y en mi pecho. Más clara, más fuerte, como si su sonido moviera el aire mismo alrededor de mí.

—Aléjate de mí… —logro decir con la garganta seca.

El dragón no se mueve, no avanza, ni muestra los dientes. Solo me observa. El pánico termina empujándome a reaccionar. Me pongo de pie de un salto y echo a correr entre los árboles, pero apenas avanzo unos metros cuando la voz vuelve a detenerme.

—Zaja…

Mi nombre, lo pronuncia con calma y con una fuerza que me hiela la sangre .

Me detengo respirando con dificultad, me giro lentamente, solo para verificar que el dragón sigue en el mismo lugar.

Impasible, observándome. El viento agita las ramas y el olor a humo persiste, flotando en el aire del bosque, intento respirar con calma, pero no puedo, el aire se escapa de mi boca.

Cuando finalmente me decido, trago saliva y avanzo un paso hacia él, manteniéndome cerca de los árboles, como si sus troncos pudieran protegerme.

—¿Por qué sabes mi nombre?

Sus ojos me miran con una calma imposible. Un escalofrío me hiela la sangre, haciendo que cada músculo se tense.

—Esto no tiene sentido… —parpadeo incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos—. ¿Qué quieres?

La criatura inclina ligeramente la cabeza. La sensación de la presencia del dragón llena el claro, como si el aire mismo estuviera cargado de su energía. Entonces la voz vuelve a hablar, más profunda y vibrante.

—Escucha al forastero.

Todo parece volverse más pesado a mi alrededor, como si cada molécula del bosque se hubiera alineado con la profundidad de la voz.

—¿El hombre que llegó a la aldea? —digo para mí.

—Él te conducirá hacia tu destino .

Un viento repentino agita los árboles, me tapo la cara para que no me entre tierra en los ojos y cuando vuelvo a mirar, la criatura ya no está.

El claro está vacío, el viento arrastra consigo el humo, y mi cuerpo sigue temblando.

Miro al claro, al cielo, no hay nada, ni rastro del dragón.

Un sonido familiar rompe mi concentración: la voz alegre de Neira llamándome desde el camino que hay más adelante.

Me giro y la veo, cargando su cesto lleno de flores, sin notar nada extraño.

Su sonrisa me da un alivio fugaz, aunque no puedo dejar de sentir un nudo en el estómago.

—¿Ya tienes todas las flores? —pregunta mientras se acerca, intentando sonar despreocupada— mira, mi cesto ya está lleno.

Su amplia sonrisa me hace volver de golpe al mundo real. Porque esto que acaba de pasar no puede serlo.

—Si… si —respondo, forzando una sonrisa y evitando que mi voz tiemble—. Parece que ya tenemos suficiente para las coronas y el altar.

Neira frunce ligeramente el ceño y me mira con atención, como si quisiera leer algo que intento ocultar.

—¿Esto… estás bien? Pareces nerviosa —dice suavemente.

—Sí, solo qué… casi me desoriento —interrumpo, cambiando el tema—. Vamos, que aún nos queda recoger algunas más antes de volver al claro.

Neira me dedica una mirada interrogante, pero no insiste.

Suspira y continuamos caminando juntas, recogiendo flores mientras intento centrarme en la tarea.

A pesar del día claro, no puedo dejar de sentir esa presencia que me acecha, el crujido de las hojas bajo mis botas me hace mirar a mi alrededor, y mi corazón sigue latiendo con fuerza.

Cuando finalmente llegamos al final del camino, donde el bosque empieza a abrirse hacia la aldea, el sonido metálico de los cascos de un caballo rompe el silencio.

Alzo la vista y allí está, un hombre a lomos de un caballo castaño, envuelto en una capa que le cubre casi por completo la cara.

El sol se refleja apenas sobre los bordes de la tela, iluminando brevemente su silueta y el movimiento del animal bajo él.

Su porte es sereno y firme, y aunque no puedo ver sus rasgos, siento que algo en él me observa directamente como si supiera todo lo que acaba de suceder.

Es él, el forastero, el que estaba en el mercado el día del accidente de Neil.

No digo nada, Neira tampoco parece notar nada extraño.

Yo, en cambio, aligero el paso y contengo la respiración.

Mi corazón golpea con fuerza mientras el hombre permanece allí inmóvil, expectante.

Su presencia despierta en mí una sensación extraña, una certeza silenciosa: necesito encontrarme a solas con él.

Tengo preguntas que exigen respuestas, y al parecer él puede dármelas, pero no sé si puedo confiar en él solo porque el dragón que habla en mi mente me lo ha dicho… debo estar volviéndome loca, algún tipo de enfermedad mental me acecha, pero no, lo que he visto hoy, tiene que ser real.

Cuando finalmente dejamos el bosque, el sendero nos lleva hacia la pequeña casa de Neira, modesta pero acogedora, cerca del mercado. La madre de Neira nos espera en la puerta, sonriente y complaciente, con el delantal ligeramente manchado de harina y manos ocupadas preparando algo en la cocina.

—¡Zaja, querida! ¡Venid, venid! —exclama con calidez—. He preparado un poco de jugo de manzana para vosotras.

Neira entra animada, mientras yo sigo detrás, todavía con el corazón latiendo a toda prisa y las imágenes del dragón flotando en mi mente.

Tomo asiento frente a la mesa y acepto el vaso que la madre de Neira me ofrece.

El aroma dulce del jugo se mezcla con el olor a pan recién horneado que llena la estancia.

Observo cómo madre e hija comparten risas y gestos cómplices mientras hablan de detalles de la boda.

Me doy cuenta de lo mucho que envidio la naturalidad de su vínculo, la facilidad con la que se muestran afecto, algo que en mi vida siempre ha sido escaso .

Me dejo caer ligeramente sobre el respaldo, apoyando las manos sobre la mesa, mientras trato de calmar el nudo en el estómago y laansiedad que aún me aprieta el pecho.

La preocupación y el sobresalto de lo vivido hoy me pesan, y siento cómo un hilo de cansancio me envuelve, aunque mis pensamientos siguen corriendo a mil por hora.

El jugo enfría mis manos y me recuerda, por un momento, la seguridad de un hogar, la calidez de una madre que se preocupa por ti sin reservas. Pero ahora lo único que quiero son respuestas y están ahí afuera, aguardando un encuentro.