CAPÍTULO 2
La mañana transcurre tranquila en el mercado mientras Neira y yo acomodamos frutas y verduras en la parada.
Una manzana rueda hacia el centro de la plaza y acaba a los pies de un forastero encapuchado, cuya cara apenas se ve.
Se agacha, recoge la manzana llena de barro y la limpia con su capa con calma, dejando escapar un pequeño suspiro que me hace estremecerme.
Neira me dirige una mirada incrédula:
—Si se la vas a comer sin pagar, al menos que lo haga rápido.
—Con suerte, antes de que se la lleve a la boca, volverá a caer al suelo —respondo, intentando contener la risa.
Mientras reímos, el forastero se va acercando hacia nosotras. Su presencia me pone nerviosa, pero antes de que pueda reaccionar, un hombre de rostro pálido corre hacia nuestra parada.
—¿Eres Zaja? —dice con la voz ahogada.
—Sí, es ella —responde Neira por mí.
—Ha pasado algo con Neil… —dice el hombre con semblante sombrío.
Ahora lo reconozco; es un compañero de la cantera de Neil, alguien que alguna vez le ha acompañado a casa cuando vuelve tan borracho que ni recuerda dónde está nuestra casa .
El corazón me da un vuelco y siento que el rostro se me enfría. A mi alrededor, la gente empieza a murmurar, apartándose, mientras los caballos van al trote agitados.Tal y como se acercan se siente un leve olor a tierra húmeda mezclado con la sangre seca, que me revuelve el estómago.
—Un accidente en la cantera, lo traen en ese carro —dice, señalando uno de los callejones que conecta con la plaza.
De inmediato veo a Maina cruzar el mercado entre sollozos y lágrimas, corriendo en dirección al carro.
No lo pienso dos veces y salgo corriendo tras ella, a unos metros, ahí está Neil, recostado e inconsciente, con un fuerte golpe en la cabeza.
La sangre le corre por el rostro, mezclada con polvo de piedra que le cubre el cabello.
Su respiración irregular me hace sentir un nudo en el pecho.
Verlo así, me da pena. Es un borracho y un imbécil, sí, pero es mi marido, y hay que actuar rápido.
—Por favor —les digo a los hombres que lo acompañan—, llévenlo a casa y llamen a Amia.
Mientras se lo llevan, no puedo evitar mirar hacia la plaza una última vez. El forastero sigue allí, de pie, inmóvil, observándome como si supiera más de lo que permite su silencio.
Llevan a Neil a casa y lo dejan acostado en la cama, todavía inconsciente, con la sangre seca en el rostro y el polvo de la cantera pegado a la piel. La sanadora, Amia, una mujer de avanzada edad pero todavía fuerte y ágil, lo examina con rapidez y firmeza.
—Vaya, este golpe de aquí podría infectarse—dice, frunciendo el ceño mientras revisa los golpes en su cabeza y hombros—. Necesitará algo más que simples vendajes.
—¿Qué puedo hacer? —respondo, apretando los dientes—. Dime qué necesita.
Amia suspira y comienza a enumerar con precisión:
—Hojas de sangresombra. Las encontrarás creciendo al borde del arroyo, donde el musgo cubre las piedras más grandes.
Raíces de luz de roca; crecen cerca de la base del viejo roble al final del camino que se adentra en el bosque y flores de lirio nocturno, que aparecen junto al sauce que se inclina sobre el estanque, más allá del sendero de los helecho—intento procesar toda la información—.
No son hierbas que se encuentren fácilmente en la aldea —continúa—.
Y procura que estén frescas; cuanto más pronto las aplique, mejor será la recuperación.
Anoto mentalmente los nombres mientras siento cómo el miedo y la urgencia se mezclan. No hay tiempo que perder, y aunque desde hace unos años respeto el bosque desde la distancia, ahora es la única opción.
—Está bien, Amia —digo, no muy convencida—. Iré por ellas enseguida.
La sanadora me mira de reojo, con esa mezcla de preocupación y confianza que caracteriza a quienes han visto más de lo que cualquiera podría imaginar.
—Ve con cuidado, Zaja. No solo los animales son peligrosos allí.
Asiento, apretando los labios. Mis manos se tensan, listas para cualquier cosa.
Neil necesita estas hierbas, y yo voy a encontrarlas, aunque eso signifique adentrarme en la niebla y en la sombra del bosque.
Cojo uno de los cestos que uso para ir al mercado, me coloco la capa y salgo de casa con los nombres de las hierbas repitiéndose en mi mente: sangresombra junto al arroyo, luz de roca en la base del viejo roble, lirio nocturno cerca del sauce que se inclina sobre el estanque.
Conozco la zona, mi padre me llevaba por estos senderos, recogíamos flores y hierbas para hacer brebajes, mientras me contaba fábulas de tiempos pasados en las que los dragones reinaban en estas tierras, antes de que la Segunda Era cayera.
La aldea queda atrás con rapidez. A estas horas el sendero está casi desierto, la mayoría de la gente sigue en el mercado o reunida en torno a los rumores del accidente en la cantera.
La niebla se espesa entre los árboles a medida que avanzo, y el suelo húmedo cubierto de hojas cruje bajo mis botas.
Lo que más me inquieta del bosque son los sonidos que me acompañan; pájaros que alzan el vuelo a mi paso, el crujido de las ramas que anuncian que algo o alguien podría estar cerca.
Intento que mi imaginación no me juegue una mala pasada.
El arroyo aparece entre las piedras cubiertas de musgo, serpenteando entre los árboles. Me arrodillo junto a la orilla y aparto algunas hojas hasta encontrar lo que busco: pequeñas hojas oscuras con vetas rojizas que parecen dibujar venas sobre su superficie.
—Sangresombra… —digo para mi misma.
Corto varias con cuidado y las dejo en el cesto.
El olor es fuerte, casi metálico, mis dedos quedan teñidos de color violeta al cortar los brotes.
Me incorporo y sigo el sendero, internándome un poco más en el bosque.
El viejo roble no tarda en aparecer, su tronco es tan ancho que harían falta cuatro hombres para rodearlo con los brazos, y sus raíces sobresalen de la tierra como dedos retorcidos.
Me arrodillo junto a una de ellas y empiezo a escarbar con el cuchillo hasta encontrar la raíz clara que Amia describió.
—Luz de roca… —susurro, cortando con cuidado la raíz y colocándola junto a las hojas de sangresombra .
Tienen un aroma dulce, mi padre la usaba cuando enfermaba de pequeña, es un conocido antitérmico.
Cuando me pongo en pie de nuevo, noto algo extraño. Un ciervo enorme pasta entre los arbustos, levanta la cabeza, me observa unos segundos y desaparece con un salto.
Antes de seguir, recuerdo la última hierba que me falta: el lirio nocturno que crece cerca del estanque. Me acerco con cuidado y me arrodillo junto a los pies del sauce. Sus flores pálidas, abiertas como pequeñas estrellas blancas contra la tierra oscura, se mecen suavemente con la brisa.
—Lirio nocturno… —susurro mientras las coloco con cuidado en el cesto junto a las otras hierbas.
Vuelvo la vista al estanque. Algo se mueve en la superficie del agua, una sombra que se desliza demasiado rápido para ser un pez o una nube reflejada. Me quedo paralizada, incapaz de apartar la vista, con las manos temblorosas me acerco un poco más. No sé si es real o producto de mi imaginación.
Y entonces, tengo esa sensación en mi cabeza. Empieza como un zumbido, y entonces lo escucho alto y claro:
—Sabía que eras tú…
Caigo hacia atrás, presa del pánico, miro a mi alrededor, no hay nadie. Solo mi cesto con las hierbas para Neil y yo.
El bosque parece contener la respiración, y cada sonido me hace girar la cabeza. Estoy asustada, no me atrevo a relajarme del todo. Tengo que volver a casa.
Cuando finalmente me acerco al sendero que me llevará de vuelta a la aldea, la visión de mi hogar me reconforta un poco.
Llego rápido, aunque creía que llevaba el paso ligero, creo que por momentos he llegado corriendo, me falta el aliento cuando entro, al cruzar la puerta, Amia me espera con urgencia.
Empieza a preparar los brebajes y yo me dejo caer sobre una silla de la cocina, apoyo las manos sobre mi cabeza como si por si sola no pudiera sostenerla, estoy preocupada y asustada por todo lo que está pasando. Algo… se está saliendo de control.