Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 1
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Danza de Fuego Oscuro

Danza de Fuego Oscuro

Por Andy B Rous

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CAPÍTULO 1

Neil volvió a insistir con la idea de que tengamos hijos. Cada vez que lo menciona, una oleada de náuseas me sube por la garganta. La sola idea de que ponga sus manos encima de mí, de que sus dedos reclamen una vez más lo que él cree que es suyo, hace que los pulmones se me cierren.

Por la mañana despierto incapaz de distinguir esa voz en mis sueños. Permanece flotando en mi mente durante unos segundos, como un eco que se resiste a desaparecer cuando abro los ojos, no sé de quién es, tampoco de dónde viene. Solo sé que aparece en mis sueños cada vez con más frecuencia.

Quizá me estoy volviendo loca.

El mercado hoy se siente turbio. Tal vez sea la niebla que nos acompaña todas las mañanas o el frío incipiente que anuncia la llegada del invierno. La humedad se pega a las faldas y convierte las calles de la aldea en un barro espeso que se cuela entre las piedras del camino.

La plaza está llena de vida a pesar del frío, los niños corretean entre los puestos mientras sus madres se apresuran a comprar antes del almuerzo.

El olor a pan recién horneado se mezcla con el de la fruta madura y la carne fresca.

Las voces se superponen en una mezcla constante de regateos, risas y discusiones.

El herrero amartilla una daga con manos callosas y firmes. Varias mujeres se detienen a su alrededor con excusas poco convincentes, observándolo trabajar mientras intentan llamar su atención. Su fuerza resalta entre las delicadas manos de las amas de casa.

No las juzgo.

Cualquier distracción es bienvenida en este lugar.

Ayudo a Neira en su puesto de frutas. Somos amigas desde la infancia y pasar estas horas con ella me ayuda a olvidar, aunque sea por un momento, la realidad que me espera en casa.

—¡Zaja! Mira qué preciosidad de coles —dice levantando una de ellas como si acabara de encontrar un tesoro.

Sus ojos azules brillan con entusiasmo.

—Presiento que hoy lloverán hostias por estas coles, Nei —respondo intentando imitar su emoción.

Neira se ríe mientras se recoge el cabello rubio con una cinta roja como la sangre, que contrasta con su piel pálida. Luego comienza a ordenar la parada con la energía que siempre la caracteriza.

Mientras le paso una caja de verduras noto una mirada clavarse en mi espalda. No necesito girarme para saber quién es, Maina.

La carnicera me observa desde el otro extremo del mercado con una expresión que podría agriar la leche. Me odia por haberme casado con Neil. Si supiera que se lo entregaría en bandeja de plata, quizá me ahorraría esta horda de miradas asesinas que me dedica cada día.

Neil y ella solían escaparse juntos antes de que mi madre arreglara el matrimonio entre nosotros .

Mi madre nunca me quiso demasiado. Sus constantes desprecios hicieron mella en mi infancia.

Para ella siempre fui una decepción. Soñaba con tener un varón que trabajara las tierras de mi padre y en su lugar llegué yo.

Pero entonces estaba mi padre, murió hace dos años de una infección pulmonar que lo consumió hasta su último aliento.

Era el hombre más increíble que he conocido. Trabajador, cariñoso y paciente. Se desvivía por nosotras todos los días, incluso cuando mi madre parecía incapaz de mirarme sin resentimiento.

Según ella, le robé su cariño.

Le devuelvo la mirada a Maina con una sonrisa falsa y la saludo desde lejos.

—No entenderé nunca por qué sigue odiándote después de todo —dice Neira frunciendo el ceño—. Sabe perfectamente lo que pasó.

Todos lo saben. Mi madre cedió parte de las tierras que habían pertenecido a mi padre a la familia de Neil a cambio de que aceptara casarse conmigo.

Un trato simple, un desastre inevitable. Neil no es del todo un mal hombre, simplemente nunca ha sido cariñoso. Nos toleramos por el bien de nuestras familias.

Excepto cuando bebe, entonces se vuelve… insistente. A veces se queda dormido en la butaca antes de llegar a la cama, esos días considero que la suerte está de mi lado.

La mañana transcurre entre clientes, chismes y risas. El mercado nunca se detiene realmente; es un lugar caótico y ruidoso, lleno de vida incluso en los días más fríos.

Pero cuando el sol comienza a descender tras la niebla, todo cambia. Recojo mis cosas y me despido de Neira antes de emprender el camino a casa. El aire se vuelve más frío mientras avanzo por las calles de la aldea. La niebla desciende poco a poco y cubre los tejados como una manta gris.

Entonces un estruendo de cascos rompe el silencio.

Cuatro caballeros atraviesan la aldea a galope, levantando barro a su paso.

Sus armaduras brillan débilmente bajo la luz apagada de la tarde y los estandartes ondean a sus espaldas.

La gente se aparta para dejarlos pasar. Nadie parece saber hacia dónde se dirigen.

Algo me lleva alevantar la vista hacia el cielo, la niebla es demasiado espesa para ver nada con claridad, pero durante una fracción de segundo tengo la extraña sensación de que algo se mueve entre las nubes. Algo grande, cuando parpadeo ya no hay nada, vuelvo la cabeza y continúo mi camino.

Mi casa se encuentra en los límites de la aldea, al final del sendero donde los árboles del bosque comienzan a cerrar el horizonte.

Sus copas oscuras devoran el cielo y proyectan sombras largas sobre el camino.

Esa sensación extraña que me invade al acercarme a este lugar se apodera de mí, una mezcla de miedo y curiosidad.

Las historias sobre el bosque cambian según quién las cuente, algunos dicen que está maldito, otros aseguran que criaturas antiguas habitan entre sus árboles, yo en cambio nunca he visto nada, pero a veces… tengo la sensación de que algo me observa desde la oscuridad.

Mi casa aparece finalmente entre la niebla.

Es una construcción antigua de piedra gris, con tejados inclinados y ventanas estrechas.

Desde fuera parece acogedora, aunque el bosque que la rodea le da un aire inquietante.

La puerta se abre con un chirrido familiar.

El olor a madera húmeda y fuego me envuelve al entrar, el calor de la chimenea apenas alcanza la entrada.

Me quito la capa y la cuelgo junto a la puerta.

Neil ha vuelto de la cantera, está en el salón, recostado en la butaca.

Es corpulento, de hombros anchos y piel morena curtida por las horas que pasa trabajando al sol.

Su cabello rubio oscuro está despeinado y su mirada apenas se levanta cuando entro.

—Llegas tarde —dice sin entusiasmo—. ¿Vendiste mucho hoy?

—Lo suficiente —respondo dejando la cesta sobre la mesa—. ¿Y tú?

—Lo de siempre.

Se encoge ligeramente de hombros, poco después se levanta y se dirige hacia la puerta. Nunca ha sido de muchas palabras, nuestra relación es como la piedra de la que está construida nuestra casa, fría, oscura… No me hace falta preguntar a dónde va, la taberna es su segundo hogar.

La puerta se cierra tras él y el eco de sus pasos se pierde en la noche.

Me quito las botas embarradas. El suelo está frío bajo mis pies, pero no me importa.

La chimenea crepita suavemente mientras preparo la cena.

Las paredes están oscurecidas por los años y el humo que se escapa, las vigas del techo muestran cicatrices del tiempo.

Sobre la mesa de roble descansan platos y utensilios que esperan ser usados.

Mientras corto las verduras levanto la vista hacia la ventana, mí reflejo me devuelve la mirada, tengo veinticuatro años, la piel pálida por la falta de sol y el cabello oscuro cayendo en ondas hasta la cintura.

Soy delgada, pero fuerte. Los años de trabajo en el mercado han endurecido mis brazos y mis manos.

Mis dedos saben sostener un cuchillo con precisión, ya sea para cortar verduras o para defenderme si fuese necesario.

Cuando finalmente me siento frente a la chimenea con un plato de sopa caliente entre las manos, el cansancio comienza a pesar en mis huesos.

El fuego ilumina la habitación con sombras danzantes, de repente lo escucho, ese susurro.

—Te veo…

Me quedo completamente inmóvil, la voz es profunda, no parece de este mundo y no proviene de ningún rincón de la casa, tampoco llega desde el exterior. Está dentro de mi mente. El fuego de la chimenea se eleva con fuerza y un escalofrío me recorre la espalda.

Cierro los ojos durante un instante, intentando convencerme de que solo fue mi imaginación, pero en el fondo sé que no es así. Porque estoy segura de que esa voz… quiere encontrarme.