Dante (Sindicato Feretti 12) Capítulo 39
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Capítulo 39

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

Marina

El aire del sótano todavía se me pega a la piel mientras nos reunimos en el despacho. Busco un lugar cerca de la ventana; necesito distanciarme del horror que acabamos de presenciar.

Jamás pensé que escucharía una historia así.

Para ser sincera, pensaba que estas cosas solo pasaban en las películas.

El tipo de secretos familiares retorcidos que los guionistas se inventan para impactar al público.

Pero, al parecer, voy a tener que enfrentarme a mucho más estando cerca de esta gente.

Los Sartori no viven en una película. Viven en una pesadilla que no deja de desvelarse.

Dante está de pie cerca de la chimenea, con el rostro como tallado en piedra.

Los demás se acomodan en sillas y sofás: Bruno rígido, con una rabia apenas contenida; Lorenzo con Sophia acurrucada a su lado; Nico apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Vittoria se sienta junto a Dmitri, con el portátil ya abierto sobre las rodillas.

—La semana posterior a mi reunión con Alejandro —comienza Dante, con voz plana y controlada— me dio tiempo para pensar. Para planificar.

Lo observo hablar y, de repente, las piezas empiezan a encajar. Las miradas ausentes. Esa forma de quedarse mirando a la nada durante horas. Cómo me abrazaba por la noche mientras parecía estar a mil kilómetros de distancia.

Niego con la cabeza lentamente. —Me preguntaba qué te pasaba.

Los ojos de Dante se encuentran con los míos un breve instante.

—Alejandro tenía a Webb —continúa él, volviéndose hacia la sala—. El empresario tecnológico al que fui a cobrar en Denver.

Lorenzo se inclina hacia delante. —El que te tendió una trampa.

—Webb era demasiado valioso para Alejandro como para arriesgarlo en un tiroteo. Es una de las personas más inteligentes en programación. Lo era. —Dante hace una pausa—. Alejandro lo tenía trabajando en algo específico. Romper los sistemas de seguridad de Vittoria.

Vittoria levanta la cabeza del portátil de golpe. Tensa la mandíbula, pero asiente una vez. —Lo hizo.

Admitirlo le cuesta. Lo noto en la forma en que sus dedos se curvan contra el teclado.

—Webb tenía acceso a cada uno de los miembros de los Sartori —dice Dante—.

A cada teléfono. Cada ordenador. Cada cámara de cada propiedad.

Incluso al personal. Alejandro le pagó millones por hacer lo que hizo.

Webb integró la vigilancia en los cimientos de nuestra infraestructura digital.

Sabía dónde estaba cada uno, qué decía cada uno, con quién hablaba cada uno.

El puño de Bruno impacta contra el brazo de su silla. —¿Cómo cojones no nos dimos cuenta?

—Porque Webb creó su propio sistema. —La voz de Vittoria suena tensa—. No fue un hackeo. No era un malware que yo pudiera detectar. Creó algo desde cero: una arquitectura paralela que se aprovechaba de nuestras redes existentes. Completamente invisible. Completamente irrastreable.

Mira a sus hermanos y veo algo en su rostro que nunca antes había visto. Vergüenza.

—No podía saberlo —dice en voz baja—. Porque no había nada que encontrar. Ni una firma. Ni una huella. Nada.

Lorenzo alarga el brazo por encima de Sophia para apretar el hombro de Vittoria. —Esto no es culpa tuya.

—En cuanto llegué a la mansión —continúa Dante—, busqué un momento en el que estuviera a solas con Lorenzo.

Recuerdo aquel primer día. Dante desapareciendo durante una hora mientras yo deshacía las maletas. Regresando con esa misma mirada distante en los ojos.

—Puse música en el despacho de Lorenzo. Lo bastante alta para tapar nuestras voces de cualquier dispositivo de escucha. —La mirada de Dante se desplaza hacia Lorenzo—. Se lo susurré todo. Lo que Alejandro me había dicho. Lo que quería que hiciera. La vigilancia. Todo.

Lorenzo asiente despacio. —A la mañana siguiente, fui a ver a Vittoria. Hice lo mismo. Con música puesta y hablando bajo.

—No podíamos arriesgarnos a ninguna comunicación digital —añade Vittoria—. Ni teléfonos. Ni mensajes. Ni correos electrónicos. Todo tenía que ser cara a cara, en espacios que pudiéramos controlar acústicamente.

Me los quedo mirando. A la elaborada danza que ejecutaron delante de mis narices. Delante de las narices de todo el mundo.

—Webb está muerto —dice Dante, y su voz baja a un tono más gélido—. Aquella noche en Denver. Cuando sus hombres me dispararon. Yo le disparé a él. Una herida en la garganta. Se desangró antes de que yo saliera del edificio.

—Pero Lorenzo dijo que habían limpiado el despacho —me oigo decir—. Sin cadáveres. Sin sangre.

—Gente de Alejandro —responde Nico—. Limpiaron la escena. Se llevaron el cuerpo de Webb. Probablemente pensaron que podrían salvarlo. —Se encoge de hombros—. No pudieron.

—La muerte de Webb fue la primera grieta en el plan de Alejandro —explica Dante—.

Sin Webb, el sistema de vigilancia empezó a degradarse.

Vittoria notó anomalías tres días después de que llegáramos a Chicago.

Pequeños fallos. Huecos en la cobertura.

No podía rastrear el origen, pero sabía que algo iba mal.

Vittoria muestra algo en la pantalla de su portátil. —Para cuando se celebró el «funeral» de Lorenzo, el sistema funcionaba a un sesenta por ciento de su capacidad, como mucho. Alejandro recibía información incompleta. Veía lo que nosotros queríamos que viera.

Sigo mirándolos. A esta familia que orquestó un engaño tan elaborado mientras yo me quedaba dormida llorando pensando que Lorenzo estaba muerto. Mientras Sophia se quedaba ronca de tanto gritar de dolor.

Increíble.

Dante

—Los hombres de Dmitri ya estaban posicionados en Denver —explico, observando cómo los presentes asimilan cada dato.

Dmitri se remueve en su asiento, con el brazo rodeando protectoramente los hombros de Vittoria. —Mi equipo tardó tres días en mapear cada rincón de la propiedad de Alejandro. Puntos de entrada. Rotaciones de guardia. Puntos ciegos en su seguridad.

—Alejandro vigilaba todo lo que hacían los Sartori —continúo—. Cada movimiento. Cada conversación que podía captar. Pero estaba tan concentrado en observar a esta familia que nunca se le ocurrió mirar a los Baganov.

Vittoria cierra el portátil. —Me vigilaba a mí específicamente porque yo me encargo de la seguridad. Supuso que si podía monitorizarme, vería venir cualquier contramedida.

—Supuso mal. —La voz de Dmitri tiene ese filo gélido ruso—. Mis hombres no son Sartori. No aparecen en las redes Sartori. No usan los canales de comunicación Sartori. Para Alejandro, no existían.

Asiento. —En el momento en que entré ayer en casa de Alejandro, el equipo de Dmitri se movió. Habían estado esperando mi señal. Un mensaje de texto a un móvil de prepago que no estaba conectado a ningún sistema Sartori.

La sala se queda en silencio mientras el alcance total de la operación cala en todos.

Bruno se levanta de su silla. Sus movimientos son pausados, controlados. Cruza la habitación hasta donde está sentado Dmitri y le tiende la mano.

Dmitri se pone de pie y acepta el apretón de Bruno.

—Gracias —dice Bruno. Las palabras suenan ásperas, como si le costaran—. Por tus hombres. Por el riesgo que habéis corrido.

Dmitri inclina la cabeza. —La familia protege a la familia.

Observo el intercambio casi con incredulidad. Bruno Sartori, el hombre que no confiaba en nadie que no fuera de su sangre, estrechando la mano a un pakhan de la Bratva. Dándole las gracias. Y de corazón.

Hace un año, esto habría sido imposible. Bruno habría visto a Dmitri como una amenaza, un extraño, alguien a quien vigilar y mantener a raya. Pero Bruno ya no es el mismo hombre que hace un año. Ninguno de nosotros lo es.

La gente cambia.

Bruno suelta la mano de Dmitri y se vuelve hacia mí. Trabaja la mandíbula un instante y veo la lucha que se libra tras sus ojos. El orgullo peleando con algo más profundo.

Se detiene frente a mí. Lo bastante cerca para que pueda ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se cierran y se abren a los costados.

—Dante. —Su voz es baja. Ronca—. Lo que hizo mi padre...

—Bruno...

—Déjame terminar. —Levanta una mano—. Lo que Giuseppe le hizo a tu familia.

A tu madre. A ti. —A Bruno se le mueve la nuez al tragar—.

Lo siento. Siento que hayas cargado con eso tú solo.

Siento que hayas tenido que enterarte de la verdad por ese pedazo de mierda en el sótano en lugar de por nosotros.

Niego con la cabeza lentamente. —Tú no lo sabías. Ninguno de vosotros lo sabía.

—Eso no importa. —Los ojos de Bruno brillan con algo que rara vez le he visto. Pena. Vergüenza—. Era nuestro padre. Sus pecados...

—No son los tuyos. —Lo corto, con voz firme—.

Te conozco, Bruno. Conozco a Lorenzo. A Nico.

A Pietro. Sé qué clase de hombres sois. —Le sostengo la mirada—.

Ninguno de vosotros habría hecho lo que hizo Giuseppe.

Ninguno habría ordenado asesinar a una familia con niños.

Ninguno habría... —Me detengo. Las palabras se me atascan en la garganta.

Bruno acorta la distancia entre nosotros. Me rodea con los brazos, atrayéndome con un abrazo que me pilla desprevenido.

—Siempre has sido nuestro hermano —dice, con la voz apenas por encima de un susurro—. Con sangre o sin ella. Siempre has sido de los nuestros.

Me quedo rígido un instante.

Los brazos de Bruno me aprietan con más fuerza.

Suelto un aire que no sabía que estaba reteniendo y le devuelvo el abrazo. Solo un momento. El tiempo justo para sentir cómo la verdad de sus palabras se me asienta en los huesos.

Al separarnos, Bruno tiene los ojos enrojecidos. Se aclara la garganta y da un paso atrás, recomponiéndose con un esfuerzo visible.

Un movimiento me llama la atención. Aria se levanta de su silla; su pequeña figura parece dominar toda la estancia. Se acerca a donde estoy, con sus ojos oscuros fijos en mi rostro.

—Dante. —Su voz tiene el peso de décadas.

El peso de haberme visto crecer desde aquel chico de dieciséis años muerto de hambre hasta el hombre que soy ahora—.

Debería haberme dado cuenta. Todos esos años, viviendo bajo el mismo techo que Giuseppe, y yo nunca.

.. —Se detiene, apretando los labios—. No lo sabía.

Te lo juro, no sabía de lo que era capaz.

—Aria. —Le tomo las manos entre las mías. Son pequeñas, pero conozco su fuerza. La fuerza que hizo falta para criar a seis hijos en este mundo. Para amarlos con fiereza mientras su padre construía un imperio sobre sangre y secretos—. No hace falta que te disculpes. Tú no.

Sus ojos brillan. —Pero...

—Tú me acogiste —digo en voz baja—. Me diste de comer.

Te aseguraste de que tuviera ropa que me quedara bien y una cama donde dormir.

Me trataste como a uno de los tuyos cuando no tenías por qué hacerlo.

—Le aprieto las manos con suavidad—. Lo has hecho todo por mí.

Más de lo que jamás merecí. Y te doy las gracias por ello.

Una lágrima resbala por la mejilla de Aria. Alza la mano y me acaricia la cara con la palma, como solía hacer cuando yo tenía diecisiete años y todavía me sobresaltaba ante cualquier contacto inesperado.

—Te lo merecías todo —susurra—. Todo eso y mucho más.

Me atrae hacia ella en un abrazo y dejo que me sostenga como una madre sostiene a un hijo. Del mismo modo que me sostenía mi propia madre antes de que me lo arrebataran todo.

Cuando Aria me suelta, me yergo y miro alrededor de la sala. A la familia que me eligió. Que luchó por mí. Que confió en mí incluso cuando yo no podía decirles la verdad.

—Ahora —digo con voz firme—, tengo que ausentarme unas horas.

Bruno frunce el ceño. —¿A dónde vas?

No le respondo. En su lugar, me doy la vuelta y cruzo la habitación hasta donde Marina está sentada junto a la ventana. Lo ha estado observando todo con esos ojos azul verdosos que ven demasiado. Que siempre han visto demasiado.

Le tiendo la mano.

Ella mira mi palma y luego me mira a la cara. Una pregunta se asoma a sus labios, pero no llega a formularla. Simplemente pone su mano sobre la mía y deja que la ayude a ponerse en pie.

Sus dedos están cálidos. Firmes. Reales.

La guío hacia la puerta.