Dante (Sindicato Feretti 12) Capítulo 17
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Capítulo 17

CAPÍTULO DIECISIETE

Marina

No puedo respirar.

La habitación me parece demasiado pequeña. Las paredes se me echan encima. Las palabras de Dante flotan en el aire como humo, llenando cada rincón, asfixiándome.

He sido tuyo desde entonces.

Me duele el pecho. Me tiemblan las manos. Ahora las dos.

—Necesito... —la voz se me quiebra—. No puedo...

Me aparto de él. Miro por la ventana. Las luces de la ciudad se difuminan a través de las lágrimas que me niego a dejar caer.

Esto es demasiado. Todo ello. La confesión. El rastreo. La forma en la que me miró cuando dijo que se enamoró de mí en treinta segundos. Como si fuera la verdad más sencilla del mundo. Como si no le hubiera costado nada admitirlo.

Pero he visto su cara. He visto lo que le ha costado.

Y eso lo hace peor.

—Marina.

Su voz es suave. Prudente. Como si se estuviera acercando a un animal herido.

Oigo crujir el sofá. Oigo que se levanta. Sus pasos son irregulares. Lentos.

—Te dejaré sola.

No me doy la vuelta.

—No quería... —se detiene. Empieza de nuevo—. Tú preguntaste. Yo respondí. Eso es todo.

Eso es todo.

Como si no acabara de abrirse el pecho en canal y enseñarme todo su interior. Como si no me acabara de entregar un arma que nunca pedí.

—Estaré en el dormitorio —dice—. No tendrás que verme.

Sus pasos se alejan. Cada uno más lento que el anterior. Puedo oír el dolor en su respiración. La manera en que se mantiene entero por pura fuerza de voluntad.

Debería dejar que se fuera.

Debería dejar que se marchara, cerrara la puerta y me diera el espacio que necesito desesperadamente.

Pero mi cuerpo se gira antes de que mi cerebro reaccione.

Le veo cruzar el salón. Sus hombros están tensos. Su mano izquierda presiona su costado herido. Se mueve como si cada paso le costara algo que no puede permitirse perder.

Llega al pasillo.

Déjale ir.

Se detiene ante la puerta del dormitorio. No mira atrás.

Déjale ir, Marina.

Entra. La puerta se cierra con un suave clic.

Y estoy sola.

Mis rodillas ceden.

Me desplomo en el sofá. El cojín aún está caliente por haber estado él sentado.

Me llevo las palmas de las manos a la cara e intento respirar.

Me enamoré de ti en ese momento.

No.

Algo se abrió. Algo que ni siquiera sabía que estaba cerrado.

No.

He sido tuyo desde entonces.

Quiero gritar. Quiero tirar algo. Quiero irrumpir en ese dormitorio y decirle que se equivoca. Que delira. Que no me ama. No puede amarme. Apenas nos conocemos.

Pero eso es mentira.

Él lo sabe todo sobre mí.

Y yo...

Me aprieto los puños contra los ojos hasta que veo estrellas.

No he dejado de pensar en él.

Dos años. Dos malditos años reconstruyendo mi vida. De citas que no llegaban a nada. De noches enteras mirando al techo, preguntándome por qué no podía pasar página.

Me decía a mí misma que era el trauma. El tiroteo. La violencia. Me decía a mí misma que estaba dañada y que por eso no podía conectar con nadie. Porque cada hombre que conocía me parecía un extraño hablando un idioma que yo había olvidado.

Pero eso también era mentira.

Porque cada vez que cerraba los ojos, veía su cara.

La forma en que me miró cuando me sacó de aquel apartamento. La forma en que se marchó cuando le dije que se fuera.

Le odié por eso.

Le odié por escucharme. Por respetar mis deseos. Por marcharse sin dar guerra.

Y me odiaba a mí misma por querer que se quedara.

Me llevo las rodillas al pecho. Las rodeo con los brazos. Me hago tan pequeña como puedo.

Esto es una locura.

Esto está fatal.

Y no puedo dejar de pensar en cómo se le quebró la voz cuando habló de su familia.

No puedo dejar de pensar en el niño de doce años escondido en un armario mientras asesinaban a sus padres y a su hermano.

No puedo dejar de pensar en cómo dijo: me miraste como si fuera humano.

Me duele el pecho.

Está roto.

Yo conozco el dolor. Lo veo cada día en el trabajo. En los niños de acogida que se sobresaltan con los ruidos fuertes. En los adolescentes que no pueden mantener la mirada. En los niños que han aprendido que el amor es solo otra palabra para el dolor.

Dante está roto de la misma manera. Destrozado a los doce años y reconstruido en algo afilado y peligroso. Un arma que no sabe ser otra cosa.

Y yo también estoy rota.

Piezas distintas. Grietas distintas. Pero rota al fin y al cabo.

Se me acalambra la mano. La derecha. Flexiono los dedos y veo cómo tiemblan.

Dos personas rotas no forman un todo.

Forman un desastre.

Lo sé. Lo he visto. Las parejas que se aferran el uno al otro porque ambos se están ahogando. Que se hunden mutuamente en lugar de ayudarse a salir. Que confunden el vínculo del trauma con el amor.

Eso es lo que es esto.

Eso es todo lo que puede ser.

Él no está enamorado de mí. Está enamorado de la idea que tiene de mí. La mujer que le miró como si fuera humano.

Y yo no...

Yo no soy nada.

Solo soy una mujer que se vio atrapada en el fuego cruzado. Que casualmente abrió una puerta en el momento equivocado. Que se convirtió en el símbolo de algo que él perdió cuando tenía doce años.

Esto no es amor.

Son dos personas rotas buscándose en la oscuridad.

Y no lo haré.

No me permitiré caer en esto. No me permitiré ser otra víctima del mundo de los Sartori. No me permitiré amar a un hombre que mata personas para ganarse la vida, por muy suave que se vuelva su voz cuando dice mi nombre.

Lucharé contra ello.

Lucharé contra él.

Lucharé contra mí misma.

Porque la alternativa es ahogarse. Y he pasado dos años aprendiendo a nadar.

Me limpio los ojos. Yergo la espalda. Obligo a mi respiración a calmarse.

Una semana, quizá.

Eso es todo lo que tengo que sobrevivir.

Una semana y se habrá ido. De vuelta a Chicago. De vuelta con su familia. De vuelta a la vida con la que no quiero tener nada que ver.

Y le olvidaré.

Lo olvidaré todo.

Tengo que hacerlo.

Dante

Mi teléfono vibra en la mesita de noche.

Me quedo mirando al techo tres segundos antes de cogerlo. El movimiento tira de mis puntos. El dolor me recorre el costado como si alguien estuviera retorciendo un cuchillo.

El nombre en la pantalla hace que me detenga.

Valentino.

Valentino nunca llama a menos que pase algo malo. El primo de los Sartori dirige la seguridad de Aria en Sicilia. Se encarga de las conexiones europeas de la familia. Formal a la antigua usanza, con culpa católica, el tipo de soldado que se persigna antes de apretar el gatillo.

Respondo al cuarto tono.

—Dante. —Su voz es grave. Con acento. La cadencia siciliana más marcada de lo que la mía fue jamás—. ¿Cómo estás?

Casi me río.

¿Que cómo estoy?

—He estado mejor —digo—. Pero viviré. Por ahora.

Silencio al otro lado. Valentino no es de los que llenan el espacio con palabras vacías. Espera. Procesa. Decide.

—Bien —dice finalmente—. Porque te necesito en Italia.

Cierro los ojos.

Cómo no.

—Hay un trabajo —continúa Valentino—. Algo delicado. El tipo de cosa que requiere tus habilidades particulares. Aria preguntó por ti específicamente.

Aria.

A Aria no puedo decirle que no.

—¿Cuándo? —pregunto.

—Dos semanas. Quizá tres. Depende de lo rápido que podamos reunir información. Y de lo pronto que te recuperes. —Hace una pausa—. Pareces cansado, Dante.

—Estoy bien.

—Mientes.

No respondo.

Valentino suspira. Me conoce desde que era un niño. Me ha visto convertirme en lo que sea que soy ahora. No presiona. No es su estilo.

—Mejórate —dice—. Te enviaré los detalles cuando los tenga.

Nunca he sido religioso.

Ni siquiera cuando era pequeño. Ni siquiera cuando mi madre solía arrastrarme a misa todos los domingos y me hacía arrodillarme en los duros bancos de madera hasta que me dolían las rodillas.

Si existe un Dios, tiene un sentido del humor retorcido.

Porque esta oportunidad...

Marina me quiere fuera de su vida. Lo sabía. Siempre lo he sabido.

Y ahora llama Valentino.

Pidiéndome que vaya a Italia. Lejos de Denver. Lejos de los EE. UU. Lejos de ella.

El mejor momento posible en esta puta cronología.

—Iré —digo.

Las palabras me saben a ceniza.

—Bien. —Valentino suena aliviado—. Hablamos pronto.

No le digo que puede que no viva hasta entonces.

—Sí —digo—. Pronto.

Cuelgo.

El teléfono me pesa en la mano. Me lo pongo sobre el pecho y me quedo mirando al techo otra vez.

Italia.

Podría desaparecer allí. Perderme en el trabajo.

Y Marina...

Marina sería libre.

Libre de mí.

Se merece esa libertad.

Se merece una vida normal. Una vida segura. Una vida sin hombres como yo.

Debería ir a verla.

Pero no puedo.

Si voy a verla ahora, haré alguna estupidez.

La tocaré.

Y no puedo permitirme estupideces ahora mismo.

No con el cartel cazándome. No con Lorenzo dándose prisa para encontrar una salida a este lío. No con la vida de Marina pendiendo de un hilo porque fui lo bastante egoísta como para elegir su puerta antes que un hospital.

Vuelvo a coger el teléfono.

Mis dedos se mueven por la pantalla.

¿Cómo van las cosas?

Le envío el mensaje a Lorenzo y espero.

La respuesta llega treinta segundos después.

Complicado. Nico se está encargando del tema del cartel. Puede que tengamos una salida, pero no es limpia.

Escribo: Define «no limpia».

Del tipo que implica cadáveres.

Casi sonrío. Así es Lorenzo. Siempre encontrando la forma diplomática de decir que vamos a matar gente.

¿Cuántos?

Los suficientes para enviar un mensaje.

Dejo el móvil.

Cadáveres. Mensajes. El lenguaje de nuestro mundo. El único lenguaje que de verdad he podido entender.

La voz de Marina resuena en mi cabeza.

Eres un asesino.

Sí.

Lo soy.

Y estoy a punto de serlo otra vez.

Marina

Debería escribirle.

Es lo más lógico. Lo más seguro.

Pero mis piernas ya se están moviendo.

A mi cerebro no le ha llegado la notificación.

Estoy a mitad del pasillo antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Mi mano alcanza el pomo de la puerta. Lo gira.

La puerta se abre.

Dante gira la cabeza hacia mí de golpe. Está apoyado contra el cabecero, con el móvil en la mano, llevando los pantalones de chándal de mi padre y nada más.

—No has llamado —dice.

—No.

—Podría haber estado desnudo.

Siento que mis labios se curvan. Una sonrisa de verdad. La primera en días.

—Entonces supongo que has tenido suerte.

Sus ojos siguen la sonrisa como si la estuviera memorizando. Como si nunca hubiera visto una.

Me aclaro la garganta.

—Sophia va a enviar a alguien con suministros —digo—. Comida. Material médico. Lo que necesitemos para la semana.

Dante deja el móvil en la mesita de noche. —Vale.

—Así que si necesitas algo específico, dímelo ahora. Estoy haciendo una lista.

Se queda callado un momento. Pensativo.

—Chocolate —dice.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Chocolate. Negro. Del que lleva sal marina si lo encuentran.

Le miro fijamente.

Dante Castellani. El hombre con un cuerpo que parece esculpido en piedra.

Quiere chocolate.

—Comes chocolate —digo. Me sale con un tono plano. Incrédulo.

—Sí.

—Chocolate negro con sal marina.

—Sí.

Me apoyo en el marco de la puerta. Me cruzo de brazos.

—Pensaba que con un cuerpo así, el azúcar sería rechazado automáticamente por tu sistema.

A su boca le da un tic. Casi una sonrisa. —¿Eso es un cumplido?

—Es una observación.

—Parece un cumplido.

—No lo es.

—Has dicho que tengo «un cuerpo así». —Se señala vagamente a sí mismo. A los abdominales. Al pecho. A los hombros que no deberían ser legales—. Eso implica que has estado mirando.

El calor me sube por el cuello.

—Es difícil no mirar cuando no dejas de pasearte medio desnudo.

—Estoy herido. La ropa es complicada.

Me separo del marco de la puerta. —¿Chocolate? ¿Algo más?

Se lo plantea. —Café. Café de verdad. No esa cosa instantánea que tienes en el armario.

—Mi café instantáneo está bien.

—Tu café instantáneo es un crimen contra la humanidad.

—Eres un dramático.

—Soy italiano.

Pongo los ojos en blanco. Pero sigo sonriendo. Puedo sentirlo en la cara. Esta expresión extraña y desconocida que no debería estar aquí. Ni con él. Ni ahora.

—Vale —digo—. Chocolate negro con sal marina. Café de verdad. ¿Qué más?

—Eso es todo.

—¿Eso es todo? ¿Estás atrapado aquí una semana y todo lo que quieres es chocolate y café?

Se encoge de hombros. Con cuidado de no tirar de los puntos.

—Soy un hombre sencillo.

—Eres muchas cosas. Sencillo no es una de ellas.

Sus ojos mantienen los míos. Oscuros. Cálidos. Demasiado cálidos.

—Quizá no me conoces tan bien como crees.

Trago saliva.

—Quizá no quiero.

Las palabras me salen más cortantes de lo que pretendía. Un mecanismo de defensa. Un muro que se levanta.

Dante no se inmuta.

—Vale —dice en voz baja.

Me giro antes de que pueda ver lo que sea que está pasando en mi cara.

—Le enviaré la lista a Sophia.

Cierro la puerta tras de mí.