Capítulo 15 #7
—Te dije que cualquier loco podría acceder a tu habitación desde el tejado —le susurró al oído, con un tono divertido que contrastaba con la situación.
Luego le destapó la boca lentamente.
—¡¿¡Cómo se te ocurre venir hasta aquí!? —susurró Ai, con los ojos abiertos como una lunática—. Si mis padres entran, nos meteremos en un buen lío...
—Lo siento —respondió John, encogiéndose de hombros—. Creí escuchar un ruido y vi la luz que salía por tu ventana. ¿Estabas espiándome?
—No es cierto —mintió Ai, desviando la mirada hacia un lado, con las mejillas ardiendo.
John sonrió, una sonrisa suave que iluminó su rostro cansado.
—Llevo todo el día preocupada —continuó Ai, con la voz sofocada—, al borde de un ataque de nervios. Tampoco te has dignado a hacer llamadas. Y he estado a punto de cometer una locura llamando a la policía. —Sus ojos se humedecieron—. El tiempo pasaba, y pasaba... y yo...
John no dijo nada. Simplemente se acercó y la abrazó fuerte. Sus brazos la envolvieron con una calidez que Ai no esperaba. De alguna manera, quería calmar su sufrimiento. Ella se dejó llevar, descansando al fin sobre su pecho, sintiendo su respiración, el latido de su corazón.
El tiempo pareció detenerse entonces. Ai solo sentía paz y silencio, como si todo el ruido del mundo se hubiera desvanecido. Se hubiese quedado allí, en ese abrazo, por toda la eternidad.
—¿Mejor? —preguntó John, con voz baja.
Ai asintió sin decir nada. Todavía estaba sonrojada por tenerle tan cerca, por sentir el calor de su cuerpo contra el suyo.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo John, soltándola lentamente—. Mañana te lo contaré todo.
Sin embargo, Ai tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza. No estaba dispuesta a irse a dormir sin respuestas. Cuando él estaba a punto de acceder por la ventana, ella le sujetó por la camiseta, reteniéndole con una fuerza que sorprendió incluso a ella misma.
—No te vayas todavía —susurró, con la voz temblorosa—. Dime qué pasó. Dime que estás bien. Por favor...
John volvió el gesto, entendiendo que buscaba respuestas inmediatas.
Su rostro de preocupación evidenciaba su angustia, y él sabía que no podía evadirla por más tiempo.
Tomó asiento en el escritorio, en una silla, y antes de comenzar a hablar, mantuvo un silencio prolongado.
Su rostro melancólico preocupó a la misma propietaria, que lo observaba con el corazón encogido.
—¿Qué ha ocurrido, Johnny? —preguntó Ai, con voz suave—. Pareces muy triste.
John se llevó las manos a la cara. Durante unos segundos, ocultó su semblante decaído, como si las palabras pesaran más que cualquier golpe. Entonces, Ai pudo ver que en los puños de su camiseta había restos de sangre seca.
—¿Estás herido? —preguntó, alarmada—. ¿Qué es esa sangre incrustada en tu ropa?
John recuperó la compostura y bajó las manos, mirándola con una calma que no reflejaba su interior.
—Tranquila —dijo—. Estoy bien. Esta sangre no es mía.
—¿De quién es? —Ai se levantó de la cama, acercándose a él—. ¡Quiero que me expliques qué ha ocurrido!
John la miró fijamente, sopesando sus palabras.
—Supongo que tienes muchas preguntas sin responder —admitió—. Pero antes de decirte qué pasó hoy, tengo que remontarme al principio. Así lo entenderás todo bastante mejor.
Ai se detuvo, y volvió a sentarse en la cama.
—¿Me lo contarás todo? —preguntó, con un hilo de voz.
John asintió.
—Claro —respondió—. Y además, serás la primera en conocer mi historia... hasta donde la recuerdo.
Tomó aire y comenzó a relatar.
—Todo se remonta a aquel día en que el hospital me notificó que tenía que abandonar el centro —comenzó John, con la mirada perdida en algún punto lejano—.
El supuesto tutor que había estado pagando mi recuperación había desaparecido sin previo aviso.
Desamparado, tuve que verme obligado a mendigar y robar en las calles.
Ese hecho cambió mi personalidad drásticamente.
Ai escuchaba con atención, sus dedos entrelazados sobre el regazo.
—¿No pudiste pedir ayuda? —preguntó, con voz apenas un susurro.
—Hay más menores desamparados por las calles de lo que imaginas —respondió John, con amargura—. La gente suele ser egoísta y se preocupa de sí misma.
Continuó relatando cómo le avergonzaba tener que rebuscar en la basura para poder comer, y que por eso casi siempre elegía los callejones más oscuros para hacerlo.
Un día, mientras saqueaba un cubo de basura, dos personas llegaron al callejón.
Avergonzado, se ocultó tras el cubo y se limitó a observar.
Lo que parecía una tranquila discusión entre amigos acabó transformándose en una disputa.
Entonces, uno de los jóvenes sacó una pistola y apuntó sin inmutarse a su compañero.
—¿Qué hiciste? —preguntó Ai, con el corazón acelerado—. ¿Permaneciste oculto?
—Por la discusión, sabía que uno quería algo del otro y quedarse con toda la gloria —dijo John—. También sabía que apretaría el gatillo, matándolo sin lamentos. Por eso hice lo que creí más conveniente.
John explicó que estaba asustado, pero decidió actuar. Cogió la tapa del cubo de basura y golpeó en la cabeza al tipo de la pistola. Ese mismo día, forjó su destino. Porque lo que no sabía era que aquel a quien salvó la vida sería en realidad el Jefe de la Organización Yakuza Sasori.
—¿Salvaste la vida al Jefe de la mafia? —preguntó Ai, incrédula.
—Más o menos —respondió John—. Ryu controla el suburbio Norte.
Sus rivales, del Sur, se hacen llamar Kumo.
Pero eso es otra historia. —Hizo una pausa—.
Desde ese día, Ryu quedó tan agradecido conmigo que decidió pagar su deuda y por eso me acogió.
Me dio un hogar donde comer y dormir, y al fin se acabó eso del frío y los robos.
John se quedó en silencio unos segundos, como si las palabras que iba a pronunciar pesaran más que cualquier recuerdo.
—Al principio todo iba bien —continuó, con voz más baja—, hasta que me mostraron los entresijos de la Organización y sus métodos. En La Fábrica había un tipo al que apodaban Oni[28].
Era el instructor de yakuzas y quien ostentaba el título de Akuma. Una leyenda.
Ai lo observaba con atención, sus ojos fijos en los de él.
—Oni traumatizaba a todos los pupilos con sus métodos —explicó John—En la lucha era despiadado y cruel.
Según él, solo los más fuertes lograrían convertirse en verdaderos guerreros.
—Una sombra de dolor cruzó su rostro—. Aún recuerdo cómo me escocía la piel cada vez que me daba una de sus palizas.
Muchos le odiaban, así que cuando un día llegó herido de una misión difícil, desearon su muerte.
—¿Murió? —preguntó Ai, con voz apenas audible.
—No esa vez —respondió John—. Pero el tiempo concedió a todos esos indeseables su deseo.
Oni murió en una de esas misiones. —Hizo una pausa—Pero yo lo conocí personalmente.
Fuera de su adiestramiento, era un tipo bastante gracioso.
Fui el único que lloró su muerte. Por eso, en su lecho de muerte, me nombró su sucesor.
El título de Akuma volvía a tener dueño.
—¿Te convertiste en el nuevo liquidador? —preguntó Ai, con un escalofrío.
—Intenté corregir los errores de Oni —respondió John, con firmeza—. Implanté mis propios métodos. Juré nunca matar a nadie. Aunque hubo muchos que se opusieron a mi ideología y creían que no estaba preparado para el peso del título.
—¿Qué pasó finalmente? —preguntó Ai, inclinándose hacia él.
—Todos tuvieron que tragarse sus palabras —dijo John, con una sonrisa fría—. Después de todo, tenía el respaldo de Ryu.
Ai guardó silencio, procesando sus palabras.
—Ahora entiendo la frialdad e ira que muestras a menudo —dijo, con suavidad—. Debió ser horrible adaptarse a un infierno como ese. —Hizo una pausa—. ¿Cómo acabó todo? ¿Cómo conseguiste salir de la Organización?
—La situación en Sasori era tensa —continuó John, con la voz teñida de gravedad—. La Organización Kumo se estaba dispersando y adueñándose del norte. Sabía que pronto me exigirían más responsabilidad, aunque no estaba dispuesto a traicionar mis principios. Por eso acepté una misión suicida.
—¿Suicida? —Ai lo miró con incredulidad—. ¿Por qué?
—En esa misión murió el mismo Oni intentando resolverla —explicó John—.
Pero de conseguirlo, otorgaría a Ryu todo el control del norte.
Por eso aposté mi libertad a cambio de resolverla.
Si fallaba, me convertiría en esa persona despiadada que ellos querían.
—Hizo una pausa—. No tenía claro lo que pasaría, aunque estaba seguro de que no moriría en el proceso.
—Es evidente que ganaste —dijo Ai, con un susurro—. Pero... ¿cómo es que Ryu cumplió su palabra si eras tan importante para él?
—Hay algo más importante que el dinero o las mujeres para los yakuzas —respondió John, con una sonrisa amarga—.
La palabra. Es sagrada. Si alguien establece una promesa, ha de cumplirse.
Después de eso ingresé en el Reformatorio.
Mis fechorías acarrearon serios problemas para el Gobierno.
Por suerte, un menor siempre es mejor visto que un adulto.
Ai asintió lentamente, procesando sus palabras. Luego, con voz temblorosa, preguntó:
—¿Y esta noche? ¿Qué ha pasado?
John le contó que había ido a llevar un mensaje a uno de los contactos de Ryu. Debía proporcionarle un escarmiento y limpiar el nombre de la Organización. Por suerte, sorteó el peligro una vez más.
Ai estaba consternada por todo el sufrimiento que John había experimentado en todos esos años.
Con pena, le observó los nudillos de sus manos, dañados por los golpes de su última pelea.
Sin dudarlo, le cogió las manos y las sujetó firmemente.
Acto seguido, le miró a los ojos con los suyos brillantes y apenados.
—¡Prométeme que no volverás con esa gentuza nunca más! —exclamó, con voz entrecortada.