Capítulo 15 #6
Desde el bajo, se escuchó cómo aporreaban la puerta de manera enérgica.
No había contraseña establecida. Los golpes eran secos, urgentes.
Eso hizo alertar a los yakuzas. Todos los presentes dejaron sus cartas y sus conversaciones.
Sus manos se movieron instintivamente hacia las armas, y el murmullo se transformó en un silencio tenso.
Sin embargo, como al son de una música triunfal y a cámara lenta, los yakuzas vieron aparecer a John y a los escoltas con rostro altivo y muecas de satisfacción. La sangre seca en las mangas de John y las bolsas de dinero que Yamada portaba con orgullo lo decían todo: la misión había sido un éxito.
Asqueado, Kuchiki no paraba de mirar al que él mismo no consideraba uno de los suyos. Los restos de sangre que cubrían al estudiante eran prueba suficiente de que habían tenido bastante acción. Demasiada.
Cerca de la mesa, John pasó con semblante serio, sus pasos resonando en el silencio tenso de la sala. Nada más llegar a la altura de Kuchiki, arrojó sobre el tapete de juegos un pañuelo arrugado y cubierto de sangre. Al golpear el cristal de la mesa, se abrió por completo, manchando las cartas.
Seis dientes arrancados, cubiertos de sangre. Eso fue lo que vio Kuchiki en primera línea de sofá. Petrificado, aguantó su rabia interna. Odiaba profundamente a aquel al que un día apodaron Akuma. Pero no estaba tan loco como para increpar a John por lo ocurrido. Ya sabía cómo se las gastaba.
Lo siguiente que escuchó fue a Nobu jalear a John como a un héroe. El cabecilla se levantó del sofá con una sonrisa amplia y le dio una palmada en el hombro.
—¡Eso es hacer las cosas bien, Johnny! —exclamó Nobu, con admiración genuina—. ¡Eres la leche!
En el fondo, siempre lo había idolatrado. John no respondió, solo dejó escapar una nítida sonrisa y se dirigió hacia la escalera que llevaba a la segunda planta, dejando tras de sí el murmullo de los yakuzas.
Él accedió a la sala personal del Jefe. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.
En el sofá, Ryu estaba sentado, fumando un cigarrillo con la elegancia de quien tiene el control absoluto.
Nada más verlo llegar, sonrió profundamente.
Ya había vaticinado su llegada al escuchar el alboroto desproporcionado de sus hombres abajo.
John se sentó en una de las sillas y dejó caer las bolsas llenas de dinero sobre la mesa.
—Kei no volverá a crearte problemas —dijo John, con voz firme—. Te lo aseguro.
Ryu dio una calada a su cigarro, el humo ascendiendo en espirales perezosas.
—¿Cuántos han sido? —preguntó, con curiosidad.
—Cuatro dientes y dos muelas —respondió John, sin inmutarse.
Ryu soltó una carcajada, negando con la cabeza.
—Impresionante. Veo que sigues en plena forma.
—Se reclinó en el sofá y lo observó con admiración—.
Oni no se equivocó contigo. Me alegro de haberle hecho caso aquel día.
—Meditó durante unos segundos, el humo danzando a su alrededor—.
¿Cuánto valen tus servicios? Sabes que puedo ofrecerte dinero, mujeres y poder. Pide lo que quieras...
—Sabes que estoy agradecido —respondió John, con sinceridad—. Después de todo, me acogiste cuando estaba en la calle. Pero sabes que no tengo intención de volver. Si quisiera, ya te lo habría pedido. —Hizo una pausa— Ahora... me gustaría volver a casa.
Ryu torció el gesto ligeramente, una sombra de ofensa cruzando su rostro.
—No me lo pidas de ese modo —dijo, con un tono que mezclaba firmeza—. Pareces desesperado. —Se inclinó hacia adelante—. Sabes que soy un tío de palabra. Si la hubieras cagado, la cosa sería diferente. Ya sabes...
El Jefe hizo un gesto con una de sus manos, liberándolo de toda deuda. John respiró profundamente antes de levantarse, pero cuando estaba a punto de rebasar la puerta, Ryu le paró los pies con su voz.
—¿Ocurre algo? —preguntó John, algo desconcertado.
—A día de hoy, todavía me arrepiento de haber hecho aquella apuesta —indicó Ryu, con un tono melancólico—. Nunca debí hacerla. Eso supuso tu marcha. —Dio un trago a su vaso de whisky—. Pero así son las cosas. Podemos ser unos cabrones, pero la palabra dada es sagrada para siempre.
John esbozó una sonrisa.
—Lo sé. Sabes que siempre te he respetado. —Se volvió hacia la puerta—Cuídate.
El estudiante salió de la habitación algo aturdido. Su estancia en La Fábrica le había traído recuerdos pasados, algunos horribles y otros bastante buenos. De alguna manera, rompería ante tanta nostalgia, al igual que había acabado su último trabajo como el gran Akuma.
En el pasillo, se encontró con Shizuka, que había salido de una de las habitaciones. Al verlo, sus ojos se iluminaron.
—Si estás aquí, significa que la misión ha sido un éxito —dijo, con una sonrisa—. ¿Volvemos a tenerte entre nosotros?
—Me temo que no —respondió John, negando con la cabeza—Y espero no tener que volver a este antro nunca más. —La miró con seriedad—. Deberías hacer lo mismo e irte a casa.
Shizuka se puso triste. Siempre había considerado a John como un pilar fundamental en la Organización.
—Tal vez nos veamos fuera —dijo, con un dejo de esperanza.
—Es posible —respondió John, con una sonrisa suave.
Antes de irse, Shizuka le dio un abrazo, apretándolo con fuerza.
—¿Sabes? —susurró, con temor, mirando a los lados por si había alguien—. Aún recuerdo lo que pasó entre nosotros.
John se separó ligeramente y la miró a los ojos.
—Fue algo inesperado e intenso —sonrió—. Cuídate. Y no te metas en líos.
—Descuida —respondió Shizuka, con una sonrisa—. Espero que la próxima vez que nos veamos sea para algo bueno.
Aunque antes de bajar a la primera planta, John se giró y reclamó a Shizuka una vez más.
—Te daré mi número de teléfono —dijo—. Por si alguna vez necesitas ayuda. Sabes que estaré encantado de ayudarte. ¿Me llamarás?
Shizuka rio, con un brillo cómplice en los ojos.
—Qué sí, tonto —dijo—. No te preocupes por mí. Estaré bien.
John le dedicó una última mirada y descendió las escaleras, dejando atrás La Fábrica y todo lo que representaba. La noche lo esperaba fuera, y con ella, un nuevo comienzo.
Pensión Hikari.
Con sigilo, John accedió a la pensión. Era tarde, y las altas horas de la madrugada le propiciaron un camino libre de inquilinos. La luz tenue del pasillo apenas iluminaba su figura mientras se deslizaba hacia su habitación.
Una vez dentro, se quitó la chaqueta manchada de sangre y se dirigió al cuarto de baño. El agua corrió, y el lavabo se tiñó de rojo al lavarse las manos. John se miró en el espejo, observando las sombras bajo sus ojos y la tensión en su mandíbula.
Todo esto le había hecho recordar sus actos delictivos en el pasado, la forma en que sus acciones desmedidas infundían temor en quienes lo rodeaban. Recuerdos encontrados que se arremolinaban en su cabeza como un torbellino.
Necesitaba aire. Salió al balcón, apoyándose en la barandilla de hierro.
El cielo estrellado se extendía sobre él como un manto de terciopelo.
Siempre le había gustado contemplar las estrellas; le ayudaban a calmar la tormenta interior.
Cerró los ojos un instante, sintiendo el viento fresco de la madrugada acariciar su rostro.
Al otro lado del tejado, en su habitación, Ai había conseguido conciliar el sueño durante un breve periodo de tiempo. El cansancio mental la había vencido, y se había quedado dormida sobre el escritorio, con el teléfono aún en la mano, esperando una llamada que nunca llegó.
Un ruido, apenas un crujido, la despertó de golpe.
Al abrir los ojos, su mirada se dirigió instintivamente hacia la ventana. Y esta vez, sí había luz sobre el balcón de John. Y no solo eso: una silueta familiar se recortaba contra el cielo nocturno.
John estaba allí, apoyado en la barandilla, mirando las estrellas.
Ai sintió que un peso enorme se desprendía de su pecho. La ansiedad, el miedo, las horas de incertidumbre... todo se disolvió en un suspiro de alivio. Sin pensarlo, se levantó de la silla y se inclinó hacia la ventana, abriéndola sin hacer ruido.
El viento fresco de la noche entró en su habitación, mezclándose con el aroma a hierba mojada.
—Johnny... —susurró, su voz apenas un hilo perceptible.
Ella se alegró muchísimo al verlo a salvo. Si hubiese tenido valor, habría cruzado el tejado hasta su habitación para preguntarle qué había ocurrido, para abrazarlo y asegurarse de que realmente estaba bien. Pero no lo hizo. Se quedó allí, inmóvil, observándolo desde la penumbra de su habitación.
El simple hecho de ver a John en casa, apoyado en la barandilla con esa postura serena, apaciguó toda la angustia contenida que la había devorado durante horas. Respiró hondo, sintiendo cómo el nudo en su pecho se deshacía lentamente.
Al retornar al escritorio, su mano rozó el lápiz que descansaba sobre la libreta. Cayó al suelo con un golpe seco, apenas un roce contra la madera. Aunque debido al silencio absoluto de la noche, el sonido le pareció un estruendo.
Ai se alarmó profundamente. Contuvo la respiración y se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
En ningún caso quería que John supiese que lo estaba espiando por la ventana.
Se imaginó su mirada, esas cejas arqueadas, su sonrisa burlona al descubrirla. El solo pensamiento la hizo sonrojar.
Se quedó quieta, escuchando. Los segundos se alargaron, cada uno una eternidad. Pero no hubo ningún movimiento desde el otro lado.
Ella exhaló lentamente. Sus dedos temblorosos recogieron el lápiz del suelo y lo colocaron de nuevo sobre la mesa. Por fin se dirigió rumbo a su confortable cama para poder descansar. El cansancio acumulado pesaba en sus hombros, y la necesidad de cerrar los ojos era casi abrumadora.
Comenzó a retirar los cojines de encima del edredón, apilándolos sobre la silla del escritorio. Cuando se disponía a dejar el último, un profundo sobresalto la sacudió. John estaba en su cuarto. Había entrado por la ventana.
Pero él fue rápido. Su mano taponó su boca antes de que pudiera emitir un grito.