Capítulo 15 #5
Kei abrió la boca para responder, pero John no le dio tiempo. Sus dedos se introdujeron en la boca del cabecilla, atrapando los dos dientes frontales entre sus dedos. Con un movimiento brutal, comenzó a tirar.
—¡Responde! —exigió, mientras la sangre empezaba a brotar de sus encías.
El cabecilla gritó, un sonido ahogado que apenas podía escucharse por encima de su propia tos, mientras se ahogaba con la sangre que inundaba su boca. John tiró con fuerza hasta que los dientes se desprendieron de cuajo, dejando dos huecos sangrientos en su sonrisa desencajada.
Los gritos resonaron en la habitación, y John, con un gesto seco, señaló a una de las chicas que estaba petrificada al lado del equipo de música. Ella, temblando, entendió la orden y encendió la música, llenando la habitación con un ritmo rimbombante que ocultaba los alaridos.
—No tengo el dinero... —logró decir Kei, con la voz apenas perceptible entre la sangre y los sollozos—. Lo juro. Esto es una equivocación.
John no respondió. Su mano volvió a su boca, y otro crujido, como el de una rama seca al partirse, resonó mientras arrancaba más dientes. Los gritos del cabecilla se multiplicaron, pero la música los cubría como una dulce melodía.
Dos secas bofetadas despejaron el aturdimiento de Kei.
—No te desmalles todavía —amenazó John, con una calma que helaba la sangre—. Esto solo acaba de empezar. —Se acercó a sus oídos y susurró—: En el fondo, estás de suerte. Si hubiese venido Ryu, no sería tan amable.
John sacó de su bolsillo un alicates y lo colocó en su boca. Apretó las tenazas hasta sujetar una muela. Sus gritos resonaron en toda la habitación, mientras John mantenía la mirada fija, fría, e implacable.
Minutos más tarde, el silencio acompañaba el descenso del ascensor. El mecanismo zumbaba suavemente, un sonido casi relajante después del caos que habían dejado atrás.
—Así que a esto es a lo que se refería Ryu con lo de dar un mensaje —señaló Yamada, con una sonrisa torcida, mientras ajustaba las bolsas en su mano.
A su lado, Sano estaba estupefacto por lo ocurrido.
No paraba de observar a John, asombrándose de cómo se mantenía impasible ante lo que acababa de ocurrir.
El estudiante tenía ambas mangas cubiertas de sangre, incluidas sus propias manos, aún manchadas de rojo oscuro.
Su rostro, sin embargo, era una máscara de calma.
—¡Eres un jodido loco! —comentó Sano, con una mezcla de asco y admiración—. ¿Era necesario arrancarle esos dientes con tus propios dedos sin los alicates? Por poco echo la papilla al contemplarlo.
—¿Ha cantado o no? —señaló John, sin inmutarse.
A su lado, Yamada levantó las dos bolsas corrientes de supermercado llenas de fajos de billetes, mostrándolas con orgullo.
—Y eso que decía que no sabía nada —rio Yamada, negando con la cabeza—. La próxima vez que vengamos, no hará falta hacer nada. Seguro que se caga en los pantalones nada más vernos.
Sano soltó un resoplido, pero luego su expresión se suavizó. Miró a John con una sinceridad que no había mostrado antes.
—Tengo que reconocer que estaba equivocado contigo —dijo, en voz baja—. Sigues siendo un jodido colegial, pero con un par de huevos. Incluso ya no me sabe tan mal que fracturaras mi nariz antes.
John esbozó una sonrisa, la primera en toda la noche.
—Tú tampoco has estado mal —respondió—. Te encargaste bien de esos tipos que me habían agarrado por la espalda. Ya no me pareces tan idiota —bromeó.
Sano soltó una carcajada, golpeándole el hombro con su puño.
—No, seguro que te las hubieses ingeniado para salir del atolladero, mamonazo. —Negó con la cabeza, riendo—. Eres la leche.
Las risas llenaron el ascensor mientras descendían hacia la planta baja, para dirigirse a la parte trasera del edificio.
Pensión Hikari
Casa Koishikawa.
La pensión hacía tiempo que había cerrado sus puertas al público. La noche era profunda, y el silencio solo se rompía por el ocasional crujido de la madera antigua o el viento que se colaba por las rendijas de las ventanas.
Ai estaba en su habitación, sentada en el escritorio, con el cuaderno abierto ante ella y el lápiz inmóvil entre los dedos. Había intentado entretenerse realizando las tareas de clase, pero era imposible concentrarse. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.
A través de la ventana, no paraba de observar el balcón de John, visible desde el tejado.
Siempre sabía reconocer cuándo estaba en su habitación, pues la luz del salón se filtraba al balcón.
Pero en todo ese tiempo, no había divisado rastro de luz en toda la casa.
La oscuridad en su ventana era un recordatorio constante de que John no había vuelto.
Ella estaba en una encrucijada. Había prometido que no actuaría por su cuenta, ya que podía poner en peligro a John y a su propia familia. Pero en más de una ocasión, la tentación de llamar a la policía o incluso avisar a su propio padre había estado a punto de vencerla.
Ya era tarde, y sabía que alertar a su familia sembraría el pánico, sobre todo en su padre, que siempre había sido un alarmista. Aunque en esta ocasión, no le hubieran faltado motivos.
También había pensado en llamar a John por teléfono. Estaba muy preocupada. Esos yakuzas la aterraban demasiado. Pero además de eso, no era solo lo que le preocupaba. En el día de hoy, habían surgido numerosas situaciones angustiosas que se acumulaban en su pecho como una tormenta.
Estaba el enfado de Karai con Kaori por lo ocurrido en el Baile de Invierno, esa confesión que había destrozado la amistad entre ellas.
También la discusión con Shun por lo sucedido esa mañana, por defender a John y su pasado misterioso.
Y ante todo, estaba el suceso del uso del instituto como habitaciones privadas, un acto que podía acarrear problemas conllevando a una expulsión inmediata de los estudiantes.
Todo se mezclaba en su cabeza. La noche parecía alargarse sin fin, y Ai se sentía atrapada en un laberinto de incertidumbre. Miró el teléfono por enésima vez, los dedos rozando la pantalla. Quería llamarlo. Deseaba escuchar su voz, saber que estaba bien.
De pronto, se iluminó el teléfono, acompañado de su inconfundible melodía.
Ai descolgó a toda prisa, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Estaba convencida de que se trataba de John, llamando para pedir ayuda.
Al vislumbrar la pantalla, sintió una decepción tan grande que le dolió el pecho. No era él. Era Karai.
Algo extraño, debido a las avanzadas horas de la noche.
Ai arrugó el ceño, pero contestó.
—¿Qué tal estás, Ai? —saludó Karai, con una voz inusualmente tímida—Perdona que te moleste a estas horas. Es que he estado llamando a John y no contesta al teléfono. ¿Sabes algo de él?
Por un momento, Ai no supo qué decir. Esa prueba demostraba que a John le había ocurrido algo malo.
Solo podía escuchar el acelerar de su corazón golpeándole el pecho.
Las palabras se le atascaban en la garganta.
A pesar de la angustia que la estaba devorando, decidió mentir.
No quería preocupar a su amiga, no quería extender el pánico.
Aunque en el fondo, ella misma estaba a punto de explotar.
—Lo siento —respondió, con voz lo más firme que pudo—. No sé nada de él. Solo sé que salió por la tarde.
—Es que he escuchado rumores en clase —continuó Karai, y su voz temblaba ligeramente—. Dicen que John podría haber quedado con gente muy peligrosa. De esos que vinieron el otro día al Baile de Invierno. Estoy asustada.
—No te preocupes —dijo Ai, mordiéndose la lengua para no soltar lo que realmente pensaba—. Ya sabes cómo es la gente. Puede que esté ya dormido. Ya sabes cómo es...
—Está bien —Karai suspiró—. No le daré más vueltas a la cabeza. Te dejo entonces.
Ai colgó el teléfono. Sus dedos temblaban sobre la pantalla. Pensativa, volvió a mirar a través de la ventana. La oscuridad en el balcón de John seguía siendo absoluta. Deseaba de una vez por todas ver la luz sobre el balcón, solo así calmaría esa ansiedad que la estaba devorando por dentro.
Suburbio Norte
La Fábrica.
En el primer piso, los yakuzas estaban jugando a las cartas sobre una gran mesa de madera oscura.
El humo de los cigarrillos flotaba en el aire, mezclándose con el olor a alcohol y el murmullo de las conversaciones.
Los principales cabecillas se encontraban reunidos en cómodos sofás de cuero, con vasos en las manos y un jaleo desproporcionado.
—Aún no comprendo cómo Ryu ha permitido que ese colegial imbécil vaya a la misión —dijo Kuchiki, con asco—, y encima con su escolta personal. —Bebió un trago de su vaso—. Debe confiar mucho en él.
Katana, sentado frente a él, observó sus cartas con indiferencia.
—No te equivoques —respondió—. Ahí donde lo ves, John puede ser bastante eficaz. —Hizo una pausa—. Nunca ha sido santo de mi devoción, pero he de reconocer que siempre hizo bien su trabajo. El mismo Oni le escogió como sucesor.
Kuchiki entrecerró los ojos, sorprendido.
—¿¡Cómo!? —exclamó—. ¿El legendario instructor de yakuzas le escogió como sucesor?
—Así es —confirmó Katana, con un gesto de asentimiento—. El título de Akuma lo heredó del mismísimo Oni.
Nobu, que había estado escuchando en silencio, dejó su vaso sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo Kuchiki—. Si John es tan bueno... ¿por qué lo dejó marchar Ryu?
Katana esbozó una sonrisa.
—No lo hizo —respondió Nobu—. El Jefe nunca deja escapar a la gente que le es rentable.
—¿Entonces? —Kuchiki mostró interés, dejando sus cartas.
—No estoy muy seguro —admitió Katana—. Tengo entendido que se ganó la libertad. —Negó con la cabeza—. El muy idiota, teniéndolo todo, nos dejó sin más.
Kuchiki apretó la mandíbula, el rencor brillando en sus ojos.
—Me importa muy poco lo importante que fuese en el pasado —dijo, con voz cortante—. Para mí, ese tipejo solo es un enemigo ajeno a esta Organización.
Antes de que nadie pudiera responder, un sonido los interrumpió.