Capítulo 15 #4
John llegó al final del pasillo y se detuvo frente a una puerta de madera oscura.
Sin titubear, pegó la oreja a la superficie.
Del interior llegaban varias voces distintas, mezcladas con una música rimbombante que vibraba en el suelo.
Probó las llaves una por una, con movimientos precisos y silenciosos, hasta que una de ellas encajó en la cerradura. Pero antes de girarla, se detuvo.
—Quiero probar algo —dijo, volviéndose hacia sus compañeros—. Puede que tengamos algo de suerte.
Sin esperar respuesta, John se movió hacia el cuarto de basuras, seguido por Sano y Yamada. Dejó la puerta entreabierta a propósito, un señuelo.
—¿En qué mierdas estás pensando? —preguntó Sano, con desconfianza.
John no respondió. Simplemente apretó repetidas veces el intercomunicador, sin hablar, enviando señales que parecían morse. El silencio se prolongó unos segundos hasta que una voz, irritada, sonó al otro lado.
—Kuno... Kuno... ¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas? —La voz era grave, cargada de impaciencia—. ¡Ya estás otra vez de fiesta, joder! Cómo me hagas salir, te rompo la cabeza...
John mantuvo el silencio. Solo siguió pulsando el intercomunicador en intervalos cortos, imitando una señal fallida.
—¿Vas a hacer que venga? —preguntó Yamada en voz baja.
—No sabemos cuántos hay en la habitación —respondió John, sin apartar la mirada de la puerta—. Ni qué intenciones tienen. En cuanto vea la puerta abierta, vendrá hasta aquí.
—¿Qué vas a hacer? —se interesó Sano, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
—Ahora lo verás.
Tal y como predijo John, un nuevo tipo salió al pasillo desde la habitación. Se detuvo unos segundos, mirando hacia el cuarto de basuras al ver la puerta semiabierta. Caminó con pasos cautelosos, pero confiados.
Nada más asomar la cabeza por el cuarto, John lo desplazó contra la pared.
El golpe fue seco, rápido. El secuaz intentó reaccionar, pero John ya le había propinado un duro puñetazo en el costado, que lo descolocó.
Luego lo inmovilizó con una llave peligrosa: el antebrazo estrangulando su cuello, apenas dejándole aire para respirar, y la otra mano punzándole la garganta con una especie de punzón.
—Grita y te pincho —susurró John, con voz fría—. Muévete y te pincho. ¿Entiendes? Solo quiero que gesticules con la cabeza y me muestres con tu mano lo que quiero saber.
El tipo asintió sin decir nada. Aún estaba en shock por lo ocurrido, sus ojos abiertos como un loco.
—¿Cuánta gente hay en la habitación, aparte de Kei? —preguntó John, con el punzón rozando la piel.
El secuaz se tomó su tiempo para responder. Finalmente, con mano temblorosa, mostró tres dedos.
—Tres —tradujo John en voz baja.
Pero entonces notó algo. La ligera vacilación en los dedos, el movimiento instintivo de sus ojos hacia la izquierda. Mentía.
John le dio un golpe seco en la cabeza, estrellándola contra la pared. El cuerpo inerte cayó al suelo como un muñeco de trapo.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué pones esa cara? —se interesó Sano, al ver la expresión de John.
—Está claro que ha mentido —lamentó John, dejando caer el puño—. Puede que haya cinco o seis... también he escuchado a chicas.
—Me cago en la puta —se quejó Sano, apretando los puños—Pues prepara las armas, Yamada. Tendremos que entrar por la puerta. —Miró a John—Solo reza para que no tengan pistolas, porque solo hemos traído metal y pinchos.
—Qué remedio —suspiró Yamada, colocando los puños americanos en sus bolsillos.
Desde el interior de la habitación, vieron la puerta abrirse repentinamente. Pero en vez de ver a quien esperaban, vieron entrar a los tres de la Fábrica. Con la llave lo hicieron ante el asombro de Kei y sus hombres.
John recorrió la habitación con la mirada en un solo barrido.
Al fondo, en un sofá de cuero negro, se encontraba Kei rodeado de un par de chicas a cada lado.
Cercano a una mesa, otros miembros de su equipo acompañaban la escena.
Tenían montada una pequeña fiesta. En la mesa, una bandeja de metal con evidentes restos de cocaína, junto a vasos medio vacíos y botellas de alcohol.
Seis hombres había, aparte del cabecilla. John los vio detenidamente. Al menos dos estaban muy colocados, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Una pequeña ventaja.
Kei se deshizo de malos modos de las chicas que estaban sentadas en sus rodillas, apartándolas con un gesto brusco. Altivo, se dirigió a John con desdén.
—¿Cómo coño habéis entrado en mi casa? —su voz era un rugido contenido—. ¡Responded!
Una de las chicas apagó la música, y el silencio cayó como una losa. Seguidamente, su equipo rodeó el sofá por cada lado, cercando la huida de los invitados. Los pasos de los secuaces resonaron en el suelo de madera.
John mantuvo la calma. Con una sonrisa burlona, sacó el llavero del bolsillo y lo zarandeó, mostrando las llaves con despreocupación.
—Buen tipo este del pasillo —dijo—. Ha sido muy amable dejándonos entrar. Incluso nos ha dado las llaves.
Kei se puso tenso. Sabía que no eran unos cualquiera. Sus secuaces estaban a punto de intervenir, sus manos rozando las armas ocultas. Aunque John no dio tiempo a que la situación escalara.
—Ryu te envía saludos —dijo, posicionándose delante de Kei, a pocos pasos—¿Sabes quién es?
El solo hecho de nombrar al Jefe de la Organización hizo que Kei mostrara una pronunciada cara de preocupación. Su piel palideció, y su mandíbula se tensó. Aunque intentó mostrar entereza, sus dedos se aferraron al brazo del sofá.
—Siempre tengo tiempo para mi amigo Suou —dijo, con voz nerviosa—. ¿Qué quiere?
John sacó una mueca divertida, como si la situación le resultara cómica.
—Tranquilo —respondió—. Solo quiere darte un mensaje. Dicen que te va bastante bien con el negocio —dijo John, paseando la mirada por los lujos que adornaban el inmueble. También veo que no te privas de nada. Vendes bien, pero luego no se refleja en el resultado...
Kei se tensó, sus dedos jugueteando con el borde del sofá.
—Vamos, ¿qué insinúas? —respondió, con voz alterada—. ¿Qué me quedo con la pasta de Suou? Para nada. Es cierto que vendo mucho... pero solo es caballo barato para esos yonkis enganchados. Esa ganancia no se refleja como es debido...
—Y las drogas de diseño —interrumpió John, dando un paso más—. Aquí cerca hay residencias de estudiantes pijos. Tienes buen mercado.
John veía cómo Kei se ponía cada vez más nervioso, moviéndose en el sofá sin encontrar una postura cómoda. Entonces le vio asomar de uno de sus bolsillos la culata de una pistola. Estaba a un solo gesto de tomarla y disparar.
John no dudó. Sus ojos captaron el movimiento, y su cuerpo reaccionó antes de que el pensamiento se completara.
Al tiempo que Kei cogía firmemente el arma con una de sus manos, John ya había metido su bota debajo de la mesa.
Con un brusco gesto, la volteó hacia arriba, derramando todo lo que había sobre ella.
Fue la señal que desató toda la disputa. Los disparos chocaron contra la tapa de la mesa mientras John la empujaba hacia Kei, que se había levantado del sofá. La mesa impactó contra el cabecilla, que no pudo contener su fuerza, provocando que él y el sofá se volcaran al suelo con un estruendo.
Ajeno a todo esto, a unos pasos tras de John, Yamada ya estaba en acción. Sus puños americanos impactaban en la cara de uno de los matones repetidas veces, con un ritmo implacable. Luego, con una patada precisa, alcanzó a otro de ellos cuando pretendía atacar.
También Sano se había lanzado contra un tipo que había sacado una navaja. Sin titubear, se arrojó sobre él, y con una furia contenida, le golpeó en la cara una y otra vez, hasta que el matón cayó inconsciente contra el suelo.
Sobre John cayó un tipo por la espalda, los brazos rodeando su cuello como una serpiente, mientras otro le golpeaba duramente en el costado repetidas veces.
Los impactos resonaban en sus costillas, cada uno arrancándole el aliento.
Forcejeó, girando el cuerpo para apartar a quien lo golpeaba con una patada certera en el estómago, que lo lanzó hacia atrás.
Con una llave rápida y precisa, desquitó el abrazo de quien lo estrangulaba, soltándose justo a tiempo para ver a Sano encargarse del otro tipo que volvía a la carga.
Todo era una revuelta de golpes, un caos de cuerpos moviéndose entre muebles rotos y cristales esparcidos por el suelo.
John esquivó un puñetazo y devolvió otro con la misma violencia, haciendo volar a uno de los matones contra una estantería que se derrumbó con un crujido metálico.
Fue entonces cuando vio a Kei arrastrarse por el suelo, gateando hacia la pistola que había caído cerca.
Sus dedos se estiraban, a punto de tocar la culata.
Aunque antes de que pudiera alcanzarla, John lo agarró por uno de los pies y lo arrastró varios metros hacia atrás.
Kei chilló, sus uñas arañando la moqueta en un intento inútil de aferrarse a algo.
John no le dio tiempo a reaccionar. Una patada seca en la cabeza lo aturdió durante unos segundos, dejándole el rostro desencajado y los ojos en blanco.
Lo siguiente que vio el cabecilla fue la pistola deslizarse por el suelo, alejándose de él hasta meterse debajo de un mueble. John la había pateado con su bota, enviándola a un lugar inalcanzable.
Entonces, John colocó la mesa en su sitio, enderezándola con un gesto brusco.
Agarró a Kei por el pelo y lo arrastró hasta el borde, tumbándolo sobre la tapa de madera.
Allí le golpeó la cara contra la superficie una, dos, tres veces, hasta que el cabecilla dejó de forcejear y quedó inmóvil, jadeando, con la mejilla aplastada contra la madera.
John se inclinó sobre él, su aliento caliente en la oreja de Kei.
—Ahora sí vas a escuchar el mensaje —dijo John, con una voz que ya no era la suya. Sus ojos se habían vuelto fríos, vacíos—. Y no se te ocurra interrumpirme. —Se inclinó sobre el rostro de Kei, tan cerca que sus respiraciones se mezclaban—. ¿Dónde escondes el puto dinero?