Curso Grado 12 Capítulo 15 #3
93%

Capítulo 15 #3

—Buen chico —dijo Ryu, recobrando su tono afable—.

Ahora te diré lo que quiero, y espero que no estés desentrenado, porque vamos a tener algo de acción.

—Sonrió, mostrando los dientes—. Como ya he dicho, te aprecio, y por ello te permito un respiro.

—Hizo una pausa, y su expresión se endureció—.

¡Pero estoy empezando a cansarme de todos estos cabrones que se creen que pueden torearme!

Se levantó del sofá y comenzó a pasearse por la habitación, con las manos entrelazadas a la espalda.

Tengo un subordinado que se cree más listo que yo —continuó—.

Además, juega con mi mercancía. Los beneficios no son los acordados, aunque el mamón sigue vendiendo mi droga como rosquillas.

—Se detuvo y miró a John fijamente—. Eso significa que, o está consumiendo, o me está robando dinero.

En resumen, que me está jodiendo igualmente.

—Sonrió—. Por eso quiero que le lleves un mensaje, como bien te enseñé. Y lo harás con estos dos.

Señaló a los guardaespaldas.

Sano, que aún se taponaba la nariz sangrante, torció el gesto.

—¿Un recado con este impostor? —sugirió, decepcionado. Qué remedio ¿Cuándo tendrá lugar el asunto?

—¿Qué... cuándo? —Ryu entrecerró los ojos.

El Jefe volvió a poner rostro amargo. Luego se dirigió lentamente hasta Sano, que, al verlo acercarse, sintió cómo la flaqueza volvía a sus piernas. Los pasos de Ryu resonaban en el silencio de la habitación, cada uno más cerca, más pesado.

De pronto, Ryu atenazó con los dedos de su mano la nariz sangrante del guardaespaldas.

La presión fue inmediata, brutal. Sano comenzó a gemir como un cerdo, un sonido agudo y desgarrador que resonó en la habitación.

El dolor era tan intenso que tuvo que arrodillarse para intentar eludir el gesto, pero su Jefe siguió apretando sin importar lo más mínimo su agonía.

—Al final vas a tener razón —dijo Ryu, mirando a John con una sonrisa torcida—. Solo estoy rodeado de idiotas. —Apretó un poco más, y Sano gimió—Sé qué hace tiempo que nos dejaste, pero puedes decirle a este inútil qué significa "¿Cuándo?".

John mantuvo la mirada fija en la escena, impasible.

—Esa palabra no existe —respondió, con voz plana—. "Ahora" es la palabra que buscas. Para el Jefe, el tiempo no tiene sentido, sino respuestas inmediatas.

—¿Has escuchado bien, Sano? —Ryu seguía apretándole con fuerza—. ¡Levántate y mueve el puto culo!

Con desprecio, el Jefe soltó la nariz del yakuza. Sano cayó al suelo, jadeando, con la cara manchada de sangre y lágrimas de dolor.

Sobre el suelo, Yamada veía a su compañero retorcerse de dolor. Pero se mantuvo impasible, sin mover un músculo. No quería recibir la ira del mandamás de la Organización. Solo agilizó sus movimientos cuando Ryu se lo ordenó con un chasquido de sus dedos.

Entonces, el guardaespaldas colocó encima de la mesa un macuto negro y abrió la cremallera. En el interior había muchas armas: pistolas, cuchillos, y otros objetos que reflejaban la luz de la lámpara.

Con la camiseta, Sano limpió los restos de sangre de su nariz, levantándose rápidamente hasta llegar a la mesa. Una vez allí, tomó un par de puños americanos de hierro, ajustándolos en sus manos con un gesto de odio.

A su lado, Yamada escogió las suyas. No necesitaba palabras para entender la misión.

Suburbio Norte

Distrito 19.

John y los dos guardaespaldas llegaron a una zona marginal perteneciente a uno de los distritos más influyentes de Yokohama. Los bajos fondos y el control de las calles por traficantes era el pan de cada día allí. Edificios descuidados, farolas rotas, y un olor a humedad flotaba en el aire.

A pocos metros, un edificio de grandes ventanales se alzaba como un gigante de hormigón y cristal.

—Este es el lugar indicado, John —indicó Yamada, señalando hacia la quinta planta—. En esa planta se encuentra Kei y sus muchachos.

John echó un vistazo a las inmediaciones del edificio, analizando todas sus zonas comunes. Su mirada recorrió los alrededores con la precisión de un animal que estudia su territorio.

—Muy bien —dijo—. Estad alerta. Vamos a entrar.

Sano no había dicho nada en todo el camino. Su mal humor aún perduraba por lo sucedido en La Fábrica, y cada paso era un recordatorio de su humillación.

—¿Piensas estar de morros todo el tiempo? —preguntó John, sin mirarlo.

—Déjame en paz —gruñó Sano—. A ti el Jefe no te ha humillado en público. Y todavía no comprendo por qué te protege tanto.

—Deberías saber que la primera regla en una Organización es siempre ganarse al Jefe —respondió John, con un tono simpático.

Yamada rio entre dientes, sabiendo que era una gran verdad.

—Si eres tan listo —insistió Sano, con sarcasmo—, ¿por qué no nos dices cómo vamos a hacer para entrar en el edificio sin que nos descubran?

—Simplemente entraremos —dijo John, con naturalidad.

—¿En serio? —Sano alzó la voz—. ¡Estás mal de la cabeza!

Aunque al ver cómo John estudiaba el terreno y se adelantaba junto a Yamada, no le quedó más remedio que seguirles. Quejoso, el yakuza murmuró durante todo el camino, pero sus pasos se alinearon con los de sus compañeros.

Después de unos minutos de observación y sigilo, llegaron a la parte trasera del edificio, donde las escaleras de emergencia colgaban de los pisos como esqueletos metálicos oxidados.

Ocultos sobre unas jardineras aledañas, John observaba con atención, sus ojos recorriendo cada detalle de la zona.

Pudo ver cómo cierta gente merodeaba por la zona cada escasos minutos, haciendo rondas regulares.

Debían ser los hombres de Kei vigilando las inmediaciones, asegurándose de que nadie se acercara sin ser detectado.

—¿Veis aquella ventana del primer piso? —alertó John, señalando con un gesto apenas perceptible—. Está mal encajada, y la luz está apagada. Esa será nuestra puerta de entrada al edificio. —Hizo una pausa—. Luego, una vez en el piso, abriremos la puerta desde dentro y saldremos al pasillo interior.

—¿Has visto todo eso solo observando cinco minutos? —se sorprendió Sano, mirándolo con una mezcla de incredulidad y admiración—. Eres un bicho raro.

—Muy buena —sonrió Yamada, asintiendo con aprobación—. Luego solo tendremos que buscar el ascensor e ir a la quinta planta.

Cuando los merodeadores volvieron sobre sus pasos, John salió de detrás de las jardineras.

Con un movimiento ágil, saltó y se colgó de las escaleras de emergencia, que estaban a unos dos metros de altura.

Sus manos se aferraron al hierro frío, y comenzó a trepar por los peldaños con la precisión de un felino.

No hizo ruido. No titubeó. Sano y Yamada lo observaron desde abajo, y luego, sin mediar palabra, comenzaron a seguirlo.

Una vez dentro del edificio, tomaron el ascensor. John pulsó el botón de la quinta planta con un gesto firme. El mecanismo del ascensor zumbó suavemente mientras ascendían.

De nuevo, Sano no paraba de quejarse.

—No puedo creer que este sea tu plan —murmuró, con el ceño fruncido—Sospecharán nada más vernos.

—Deja de lamentarte —lo cortó John, con un tono seco—. Solo hemos venido a dar un mensaje. —Lo miró de reojo—. ¿Por qué no te comportas como tu compañero?

—Yamada es obediente y servicial —respondió Sano, con desdén—. Nunca dice nada. Es demasiado aburrido.

La parada del ascensor anunció su llegada a la quinta planta.

Las puertas se abrieron con un silbido neumático, y al salir al pasillo de la derecha, se encontraron con un tipo que parecía ser un vigilante.

Vestía una chaqueta negra y llevaba unos vaqueros rasgados.

Al verlos llegar, su semblante adquirió un tono nervioso.

La tirita que taponaba la nariz sangrante de Sano tampoco le inspiró mucha confianza.

—¿Qué queréis? —preguntó, con voz tensa.

—Buscamos a Kei —espetó John, sin rodeos.

—¿Kei? —el vigilante entrecerró los ojos—. ¿Qué queréis de él?

—Negocios —respondió John, con una calma que no presagiaba duda.

El tiempo pareció detenerse entonces. Unos segundos que John no perdió la oportunidad para examinarlo todo. El estudiante era buen observador; nunca se le escapaba ningún detalle.

En un gesto repentino, John golpeó la cabeza del vigilante contra la pared del pasillo. El impacto fue seco, limpio. El cuerpo del hombre se desplomó sobre la moqueta como un saco.

—¡¿Qué diablos haces?! —perdió Sano la compostura, abriendo los ojos como platos.

John no dijo nada. Solo señaló con el dedo hacia el suelo. Entonces, Sano pudo ver cómo, sobre el bolsillo del vigilante, asomaba una pequeña antena de un intercomunicador.

—Iba a comunicarse con su gente —dijo John, con voz plana.

—Bien visto —apuntó Yamada, asintiendo—. Si hubiese apretado ese botón, ahora todo esto estaría lleno de los secuaces de Kei.

—¿Y cómo coño vamos a saber cuál es la puerta donde se encuentra Kei? —se quejó Sano, con un tono de frustración—. Deberías haber intentado sacarle algo de información antes de aplastarle la cabeza contra la pared.

—No seas tan molesto —respondió John, agachándose junto al cuerpo inconsciente—. Antes de golpearlo, pude ver cómo involuntariamente ha mirado hacia el final del pasillo. —Extrajo el intercomunicador del bolsillo del vigilante, junto con un llavero de llaves—. Eso significa que estamos muy cerca.

Se incorporó y les lanzó una orden.

—Ahora, llevad al vigilante al cuarto de basuras. —Señaló hacia el final del pasillo—. La puerta correcta es aquella.

—¿Cómo puedes adivinar tanto? —Sano no salía de su asombro, sacudiendo la cabeza—. Si solo has tenido unos segundos de respuesta.

John no respondió. Solo caminó hacia el final del pasillo, sus pasos silenciosos sobre la moqueta, mientras Sano y Yamada arrastraban el cuerpo inconsciente hacia la salida de servicio.