Curso Grado 12 Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

John desquitó los rudos brazos de Sano con un manotazo seco.

Esto desató la ira del vándalo, que lo primero que hizo fue lanzar su puño con fuerza.

El estudiante se zafó del golpe con un ágil movimiento y lo siguiente que hizo fue anclar su brazo con su mano y alzar un rodillazo que por poco le dislocó el brazo.

Luego le propinó un fuerte golpe en el costado que lo descolocó y remató con un gancho con el talón de la mano en la nariz.

El golpe le hizo trastabillar ante la mirada atónita de todos. No tanto para Nobu, que sabía cómo se las gastaba su excompañero.

Entonces vino un torrente de sangre salpicando toda la moqueta, seguido de los gritos de Sano, que se llevó las manos a la cara mientras retrocedía tambaleándose. La sangre brotaba entre sus dedos, tiñendo de rojo la camisa blanca.

Eso hizo saltar a toda la banda de sus asientos como un resorte. Algunos se levantaron con furia. Pero fue Nobu quien puso orden con una voz grave que resonó en la estancia.

—¡Quietos! —ordenó, alzando una mano—. ¡Todos quietos!

El silencio se hizo. Los miembros de la banda se detuvieron, sus miradas fijas en Nobu, que observaba a John con una mezcla de admiración y advertencia.

—Sigue así, Johnny —dijo, con una sonrisa torcida—. Y el Jefe se va a enfadar de verdad. Ahora sube a la segunda planta, estos dos te acompañarán.

John no dijo nada más. Solo dedicó una desagradable mirada a todos aquellos que hincaban sus ojos contra él, un barrido frío que recorrió cada rostro con desprecio. Luego se adelantó, tomando rumbo a las escaleras con paso firme y decidido.

En el trayecto, dejaba atrás a varios yakuzas apostados entre los escalones, algunos sentados, otros apoyados contra la pared, todos observándolo con una mezcla de curiosidad y hostilidad.

Unos daban largas caladas a sus cigarrillos, el humo ascendiendo en espirales perezosas, y otros solo le dedicaban miradas de odio silencioso. Pero ninguno se atrevió a detenerlo.

En la segunda planta, John escogió el pasillo de la izquierda. El suelo de madera crujía bajo sus pies, y la luz tenue de las lámparas de pared proyectaba sombras alargadas. A pocos metros, una puerta se abrió, dando salida a una chica de cabello negro y largo, de piel muy blanca.

SHIZUKA TENDO: 18 años. Cabello negro y largo. Obediente y amigable. Pertenecía a la Yakuza japonesa, inscrita en el bando Sasori.

Nada más ver a John, sus ojos se iluminaron con una sonrisa genuina, y le dio un efusivo abrazo casi fraternal.

—¡Qué agradable sorpresa! —dijo, ilusionada—. ¿Regresaste a la banda?

—Sabes de sobra que no, Shizu —respondió John, con un tono más suave que antes.

Shizuka rio entre dientes, negando con la cabeza.

—Ya has vuelto a hacer de las tuyas, ¿no? —le guiñó un ojo—Tendrás que convencer a Ryu para que te deje marchar de esta.

—No te preocupes —dijo John—. Saldré airoso.

Shizuka lo observó con atención, y su sonrisa se desvaneció ligeramente.

—Entonces, ¿por qué estás tan apático? —preguntó.

—Me preocupa verte todavía aquí —admitió John—. Sabes que tu familia sigue esperando a que vuelvas a casa. Te recibirían sin ningún problema.

—Te lo agradezco —respondió Shizuka, con un tono más serio—. Siempre te has preocupado por mí. Pero estoy bien aquí.

—Supongo que seguirás con Katana —dijo John, con un deje de desaprobación—. Es el único que te retiene aquí.

Shizuka se acercó un paso más y le acarició el brazo repetidas veces, un gesto de complicidad que delataba una confianza antigua.

—Siempre has pensado que Kenju no me convenía —dijo—. Pero me trata bien, no tienes por qué preocuparte. —Hizo una pausa, y su voz se volvió más baja—. Aunque últimamente es cierto que anda metido en algo raro...

Aunque antes de que pudiera seguir hablando, una voz alertó a Shizuka.

John giró la cabeza hacia una de las puertas de las habitaciones.

Allí, apoyado contra el marco, se encontraba un distinguido yakuza.

De brazos cruzados, mantenía una pose de autoridad tranquila.

Su mirada era penetrante, y en su cintura, una vaina sujeta al cinturón llamaba la atención de forma inevitable.

KENJU KATANA: Cabello liso y ceñido a la cara. 20 años. Gorro adornando la cabeza. Misterioso y ambicioso. Pertenecía a la Yakuza japonesa, inscrito en el bando Sasori, con rango capacitado para dirigir a otros hombres.

El yakuza nunca vio con buenos ojos que John intentase manipular a Shizuka.

En más de una ocasión, casi consigue hacer que su novia regresase con su familia a casa.

Como miembro, Kenju siempre respetó mucho a aquel que durante mucho tiempo llevó el distintivo de Akuma, pero nunca estuvo de acuerdo con su nacionalidad europea.

Pensaba que solo alguien nacido en Japón podía llevar con orgullo semejante título.

—¡Retírate! —alzó Katana la voz, con un tono que no admitía réplica—. Y deja que John se reúna con su destino.

Shizuka apagó su sonrisa de inmediato y, sin decir una palabra, acudió al lado del yakuza, como una sombra obediente.

John solo le dedicó una fugaz mirada, sin decir nada más.

Sabía que el yakuza era muy astuto y no dejaría que ella cayese en su influencia.

Ambos nunca se llevaron mal, pero era un secreto a voces que nunca habían congeniado.

John siguió el pasillo hacia delante. Era extremadamente largo, y a cada lado podían verse puertas tras puertas, todas iguales, todas cerradas. Era difícil saber en cuál se encontraría el Jefe de la banda.

De pronto, vio a Yamada adelantarse, acompañado de un enojado Sano que aún se taponaba la nariz sangrante con un pañuelo manchado de rojo.

—Es esta —señaló Yamada sobre una puerta, con un gesto cortés.

John no dudó. Abrió la puerta y accedió al interior de la habitación.

Nada más entrar, contempló una amplia sala decorada con un gusto exageradamente lujoso. Un enorme sofá de terciopelo blanco presidía la estancia, acompañado por una gran mesa maciza de madera oscura. En frente, sentado como un rey en su trono, se encontraba el Jefe de la Organización.

A su alrededor, numerosas chicas de compañía, muy ligeras de ropa, se movían con gestos estudiados, sirviendo bebidas y riendo con sonidos mecánicos.

A juzgar por los restos de bebidas y otras sustancias sobre la mesa, tenían montada una pequeña fiesta privada.

El humo de los cigarrillos flotaba en el aire, mezclándose con el olor a perfume barato y alcohol caro.

John se detuvo en el umbral, su mirada fija en el hombre que lo había citado. El Jefe levantó la vista lentamente, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios al reconocerlo.

RYU SUOU: Cabello rubio. 22 años. Elegante y apuesto.

Jefe absoluto de la Organización Yakuza Sasori.

Poseía el control de todo el suburbio norte y gran parte de las calles y barrios marginales de Yokohama.

Principal opositor de la otra banda importante de la ciudad, Kumo[27], aquella que controlaba el suburbio Sur.

El Jefe chasqueó los dedos con un gesto seco, y las señoritas de compañía, abandonaron la habitación con urgencia. La puerta se cerró tras ellas, dejando un silencio tenso.

Ryu se levantó del sofá con movimientos lentos, deliberados, y se posicionó delante de John. Sus ojos, fríos como el acero, recorrieron su figura de arriba abajo.

—¡Joder! —exclamó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.

¿Pero qué te ha pasado? Pareces un colegial.

—Hizo una pausa, saboreando la escena—. Aunque veo que no has cambiado tu mala leche.

—Señaló con un gesto hacia la puerta, donde Sano aún se taponaba la nariz sangrante—.

Sabes que te aprecio. Por eso te he permitido cometer esta osadía.

Ryu regresó al sofá, cogió el vaso de whisky que tenía medio lleno y dio un sorbo pausado, sin apartar los ojos de John.

—¿Crees que estas son formas de entrar en mi imperio? —preguntó, y el brillo en sus ojos cambió, volviéndose peligroso—. ¿Y después de tanto tiempo?

—No te lo tomes a mal —respondió John, con una calma que provocaba más tensión que cualquier grito—. Pero estás rodeado de gente idiota.

Sano se irritó en demasía después de la ofensa. Sus puños se cerraron, y sus ojos se clavaron en John con odio. Tampoco entendía cómo su Jefe le permitía tantas ligerezas, sabiendo lo inestable que era.

—¿Pero este tarado de qué va? —se quejó Sano, gesticulando junto a Yamada.

De pronto, el semblante de Ryu cambió por completo. Su humor desapareció, y su mirada se endureció. Sin previo aviso, cogió el vaso que reposaba en su mano y se lo arrojó con fuerza a la cara de Sano.

Milagrosamente, Sano esquivó el lance, viendo cómo el cristal se estrellaba contra la pared y se hacía añicos. Sus piernas temblaban como las de un niño.

Ryu volvió a cambiar de semblante, como si nada hubiera pasado, y se sentó de nuevo en el sofá. Se dirigió a John con un tono casi amistoso.

—Mi subordinado debe estar sorprendido con todo esto —dijo, señalando a Sano con un gesto despectivo—.

Pero si conociese tu trayectoria, sabría que te ganaste cierto respeto.

De lo contrario, ya estarías bien jodido.

Hizo una pausa, como si recordara algo. Por donde iba...

ah, sí... —sonrió—. Sigues teniendo buen sentido de la responsabilidad.

Es por eso por lo que has venido hasta aquí sin cometer ninguna locura. Eres listo.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó John, con la voz tensa pero firme—. Fueron tus hombres los que provocaron un alboroto en el instituto.

Ryu soltó una carcajada que resonó en la estancia, pero sus ojos no reían.

—¿Qué, qué quiero? —repitió, como si la pregunta fuera absurda—.

Por mí, olvidaba todo lo ocurrido. Pero...

tengo una reputación que mantener. —Se inclinó ligeramente hacia adelante—.

¿Sabes qué pensarían de mí si te dejara marchar sin acarrear ninguna sanción?

No volverían a respetarme. —Su voz se volvió un susurro amenazante—. ¿Quieres eso?

John bajó la mirada.

—No, no quiero eso.