Curso Grado 12 Capítulo 15
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Capítulo 15

“El Gran Akuma”

Yokohama—Japón

Suburbio Norte.

Después de un largo camino, John llegó al lugar indicado.

El suburbio norte era una zona problemática donde solo los más osados se atrevían a aventurarse por sus calles.

La noche era profunda, y el viento avivaba el fuego que albergaban los bidones oxidados, proyectando sombras danzantes sobre los muros desconchados.

El frío se pegaba a la piel como un sudario, pero los vagabundos y toxicómanos reunidos alrededor de los bidones apenas lo notaban, envueltos en su propia burbuja de indiferencia.

Una fábrica abandonada daba cobijo a todos ellos en mitad de una gran explanada cercada de cemento.

Al lado, un edificio demacrado y castigado por el tiempo se alzaba como un esqueleto de hormigón, sus ventanas rotas como cuencas vacías.

La luz tenue de las farolas apenas iluminaba el lugar, creando un juego de sombras que ocultaba más de lo que revelaba.

Los transeúntes no solo ofrecían lástima a todo aquel que asomase su integridad, sino que servían como vigilantes y chivos expiatorios a manos de los verdaderos dueños del lugar.

Y no eran otros que los propietarios de ese edificio inadvertido.

Estos "sin techo" sabían bien diferenciar a la policía de otros curiosos que solo venían a trapichear con drogas.

Sus ojos, vidriosos y cansados, se posaban sobre cada recién llegado con una mezcla de indiferencia y evaluación.

Recuerdos amargos inundaron la mente de John al traspasar ese cerco de personas vacías y sin nada que perder. Cada rostro, cada mirada, le devolvía imágenes de un pasado que creía enterrado.

Algunos de ellos intentaron intimidarle, lanzándole miradas desafiantes o susurrando amenazas apenas audibles.

Pero el estudiante bien sabía cómo sacar valentía, cómo enderezar la espalda y caminar con la seguridad de quien conoce el terreno.

Demostró quién mandaba en las calles, y los más osados retrocedieron.

John llegó hasta una puerta de hierro. Era lo único que le separaba del mundo real y la supremacía impuesta por la banda Yakuza Sasori. La puerta estaba totalmente cerrada, maciza, cubierta de óxido y pintura desconchada.

La Fábrica.

(Planta Baja)

Muy a su pesar, un pasado no muy lejano le hizo recordar y supo la forma de traspasarla.

John chasqueó la puerta de un modo bastante peculiar, con una secuencia de golpes que parecía un código olvidado pero que sus dedos recordaban con precisión.

La cerradura emitió un clic metálico, y la puerta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas.

Nada más traspasar el umbral, se encontró con dos grandes matones. Eran altos y robustos, con cuerpos que habían sido moldeados por años de violencia y entrenamiento. Sus rostros, duros y marcados, se iluminaron con un destello de reconocimiento al verlo.

Aunque John se hacía respetar. Era muy conocido por toda la Organización, y los que todavía no le conocían habían escuchado muchas historias relacionadas con su fuerte temperamento. Los guardaespaldas intercambiaron una mirada rápida, y sin mediar palabra, le mostraron el camino.

Por unas escaleras subieron hasta la primera planta.

En el trayecto, poco conversaron con el recién llegado.

Ya fueran rumores o no, no tenían intención de molestar a aquel que un día apodaron Akuma y su prolongada leyenda.

Sus pasos resonaban en la escalera de metal, un eco que parecía anunciar su llegada.

Al llegar arriba, John encontró un mundo completamente diferente al sótano.

La decoración era casi lujosa, con muebles que podían encontrarse en los mejores escaparates.

Los yakuzas habían habilitado bien la zona: alfombras gruesas, paneles de madera oscura, y una iluminación cálida que contrastaba con la penumbra de la calle.

Los muros habían desaparecido, dotando a la planta de un espacioso recreo de ocio. Mesas de póker, una barra de bar bien surtida, y varios sofás de cuero negro se distribuían por el espacio. El aire olía a tabaco y a alcohol barato.

Nada más poner un pie en el suelo perfectamente marmolado, John ya vio a los integrantes de la banda.

Estaban divirtiéndose con variados juegos de cartas, las risas y los murmullos llenaban la estancia.

Algunos levantaron la vista al verlo entrar; otros, los más veteranos, mantuvieron la mirada fija en sus cartas, como si ya esperaran su llegada.

Era una sala de espera. Todos estaban allí a la espera de recibir órdenes de algún superior. Y John sabía que, en algún lugar de aquel edificio, el Jefe lo esperaba.

Sobre una lustrosa mesa adornada con un gran sofá de cuero negro, estaban los cabecillas jugando a las cartas.

Vasos de whisky a medio terminar, cigarrillos humeantes en ceniceros desbordados, y sobre el cristal de la mesa, escasos restos de polvillo blanco que delataban lo que allí ocurría.

El humo flotaba en el aire como una bruma, mezclándose con el olor a alcohol y tabaco.

Los ocupantes dejaron por un momento sus juegos y fijaron la mirada en aquél que hacía tiempo había sido considerado una persona respetada. Algunos rostros mostraban curiosidad, otros desconfianza. Pero todos, sin excepción, se tensaron al reconocerlo.

Entre ellos se encontraba Kuchiki, que nada más ver a John acercarse a la mesa torció el gesto.

Aún recordaba la paliza que había recibido en la fiesta del Instituto, cada golpe, cada humillación.

Su pierna fracturada aún le recordaba el dolor.

Ahora poseía un par de muletas y la escayola recorría desde el fémur hasta el tobillo, un recordatorio constante de su derrota.

Sus ojos, cargados de rencor, se clavaron en él sin pestañear.

A su lado se encontraba Nobu, que solo el hecho de volver a ver en la Fábrica a su ex compañero de banda le produjo una visible sonrisa. Tras dar una extensa calada a su cigarro y beber un trago de whisky, se levantó lentamente para darle la bienvenida.

—Veo que has sido listo, y has venido —dijo Nobu, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Espero que todavía estés a la altura.

—Déjate de tonterías y dime dónde está Ryu —respondió John, con desgana—Tengo prisa.

Hasta los matones que escoltaban a John se sorprendieron por la contestación dirigida a un superior. Lejos de estar aterrado por la situación en la que se encontraba, demostraba bastante entereza y desafío. Algunos intercambiaron miradas, como si no pudieran creer lo que acababan de escuchar.

—¿Pero a este gilipollas qué le pasa? —insultó Kuchiki, al ver su actitud chulesca—. ¿Acaso no sabes dónde estás? Deberías besarnos los pies, inútil.

John ni siquiera lo miró. Su mirada se fijó en Nobu, y su voz fue un susurro cortante.

—Dile a tu perro que se limpie la boca antes de hablar conmigo —dijo—. De lo contrario, tendré que partirle la otra pierna.

La declaración desató el júbilo divertido entre los miembros de la banda. Risas ahogadas, codazos cómplices, algunas palmadas en la mesa. Kuchiki, con la cara descolocada, aguantaba toda su rabia en silencio, los puños apretados.

Enfurecido, intentó levantarse a pesar de la lesión de su pierna, apoyándose en las muletas. Pero Nobu frenó su frenesí devolviéndolo de nuevo al sofá con un empujón seco.

—No te enojes, Kuchiki —dijo Nobu, con tono conciliador—. Johnny sigue tan simpático como siempre. —Se volvió hacia John, y su sonrisa se tensó ligeramente—. Pero que fueras el gran Akuma no te da derecho a ponerte tan gallito. Deberías saber dónde estás. Ya no tienes el respaldo de Ryu.

—Podemos seguir así todo el día —respondió John, sin inmutarse—. ¿Vas a decirme de una vez dónde está el Jefe? Es a él al único que tendría que mostrar algo de respeto. No a unos cualquiera como vosotros.

Nobu soltó una carcajada, golpeando la mesa con la palma de la mano.

—¡Eres la leche! —exclamó, negando con la cabeza—.

Cómo echaba de menos esa puta arrogancia.

—Se inclinó hacia él, bajando la voz—. Pero tienes razón, no somos nadie.

Y el Jefe está arriba, esperándote. —Señaló con el pulgar hacia el techo—.

No le hagas esperar más. A ver si con él eres tan valiente.

De pronto, una voz los cortó de golpe. Desde lo alto de las escaleras, dos fuertes guardaespaldas bajaron con desparpajo, sus pasos resonando en el mármol como un tambor de guerra.

HIROKI SANO: Cabello oscuro engominado y larga cola. 20 años. Robusto y poco paciente. Pertenecía a la Yakuza japonesa, inscrito en el bando Sasori; escolta personal del jefe de la Organización.

TORA YAMADA: Cabello ondulado a la altura de los hombros. 21 años. Obediente y responsable. Pertenecía a la Yakuza japonesa, inscrito en el bando Sasori; escolta personal del jefe de la Organización.

Sano se adelantó hasta John y, cuando asomó su cabeza por la del recién llegado, inspiró profundamente, como si olfateara a su presa.

—Hueles a colegial, pijito —dijo, con desprecio—. Me cuesta creer que un enclenque como tú haya sido capaz de llevar el nombre de Akuma.

La risa burlona de Kuchiki despertó al escuchar las palabras de su compañero, sabedor de su mal carácter. No tanto la de Nobu, que expectante, deseaba saber qué ocurriría a partir de ahora.

El resto de la banda presente dejó sus juegos, y como adictos a un reality en televisión, se quedaron mirando embelesados.

—Acabo de hacerte una pregunta, niñato —insistió Sano—. ¿Acaso estás sordo? ¿O es que te has hecho caca en los pantalones?

La mirada indiferente de John sacó de quicio al yakuza. Por eso le cogió bruscamente del cuello de la camisa, arrugando la tela entre sus dedos.

—Te aconsejo que me sueltes ahora mismo —le advirtió John, con voz fría—. Luego será tarde.

La banda comenzó a jalear con diversión. Estaban deseando que Sano le diese una lección a ese novato que se creía superior.