Capítulo 14 #6
—No deberías reírte tanto —respondió, con la voz tensa—. Deberías tenerme más en cuenta.
—Por favor... —Karai la miró de arriba abajo—. La única de la que tenía que preocuparme ya sabe bien lo que tiene que hacer. Por su bien. —Sus ojos se volvieron maliciosos—. Espero no tener que incluirte en la lista.
Ai, que hasta entonces estaba ausente, rompió su trance al escuchar aquellas palabras. Incluso Kasumi abrió los ojos como platos.
—¿De qué estás hablando, Karai? —preguntó Ai—. ¿Qué es lo que has hecho?
—No querréis saberlo —respondió Karai, con una risa fría—. Solo he puesto a esa zorra de Suzuki en su sitio. Fijaos la próxima vez que se acerque a John y me vea cerca: sale corriendo como un perrito.
El límite de la paciencia de Kaori llegó a su fin. Se levantó de un salto, con los puños apretados.
—Pues a mí no me vas a asustar, ¿sabes? —exclamó—. ¡Eres tú quien no tiene nada que hacer! John solo te hace caso porque lo atosigas todo el tiempo.
—¡Venga, chicas! —intentó mediar Ai, levantándose también—No discutáis, por favor...
—Eso, somos amigas —le siguió Kasumi, con tono conciliador.
Pero Karai cambió de semblante, su sonrisa se volvió amenazante.
—No me calientes, Kaori —dijo, con voz baja—. O saldrás escaldada.
Kaori, sin embargo, no se amilanó. Una sonrisa de triunfo asomó en sus labios.
—Tengo más opciones de lo que crees —confesó, encarándola—. ¿Acaso no sabes que soy muy buena en matemáticas?
Karai recordó las clases particulares que John le daba periódicamente. Su expresión se tensó.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, torciendo el gesto.
Kasumi se levantó de golpe, intentando detener a Kaori.
—Venga, Kaori —dijo, sujetándola del brazo—. No vayas por ahí.
Pero Kaori ya había soltado la bomba:
—¡Me enrollé con John en mitad de mis clases! —exclamó, con una mezcla de orgullo y rabia—. Solo usaba las clases para verle. —Hizo una pausa, saboreando el impacto—. Incluso probamos la cama.
La animadora no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Nunca imaginó algo así de boca de su amiga.
—Bravo, Kaori —dijo Karai, con sarcasmo—. No sabía que eras tan perra. Qué engañadas nos tenías. —Kasumi y Ai solo eran meras espectadoras, sabiendo que la disputa no había hecho más que empezar—. ¿Te lo follaste? —preguntó, a punto de explotar.
—Tengo que decir que John fue respetuoso —respondió Kaori—. Me respetó en ese momento. No era el lugar indicado. Pero no me voy a rendir, aunque te metas por medio. —Su voz se elevó—. Pensaba declararme formalmente en el baile, pero como siempre te entrometiste con tus trampas.
Karai, al escuchar que John no se había acostado con Kaori, recuperó la entereza. Por un momento pensó que la amiga a la que no consideraba una rival por poco le gana la delantera. Recuperó su lado más siniestro.
—Qué mojigata eres. Y... —dijo, con una sonrisa venenosa—. ¿No será que John te rechazó porque no le gustas nada?
—¡Eres una envidiosa! —gritó Kaori.
—¡Venga, chicas, ya basta! —trató de poner paz Ai—. Esto se está descontrolando demasiado.
—Tú no te metas en esto —le respondió Karai sin mirarla.
Ai observó en el rostro de Karai una sonrisa maliciosa, y supo que algo terrible estaba a punto de salir por su boca.
—¿Sabes qué? —dijo Karai, clavando la mirada en Kaori—. Lo único que vas a conseguir de John es su esencia encima de tu pupitre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kaori, descolocada.
—Porque fue allí donde me lo follé después de ir a la enfermería en el baile.
Kaori quedó petrificada como una estatua de sal. Sus ojos se abrieron, sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Solo el brotar de sus lágrimas, silenciosas al principio, luego torrenciales. Tras escuchar las palabras de la animadora, su mundo se derrumbó en un instante.
Ai y Kasumi, incrédulas, no lo creían posible. Miraron a Karai, que saboreaba su triunfo con una sonrisa maliciosa que les heló la sangre.
Entonces Kaori salió corriendo sin mirar atrás, rota de dolor, su figura desapareciendo entre los árboles del patio.
—Eres una malvada —soltó Kasumi, con los ojos vidriosos. Luego salió corriendo para tratar de consolar a Kaori.
Ai se quedó frente a Karai. Su rostro reflejaba una mezcla de consternación e incredulidad.
—¿¡Cómo has podido hacer algo así!? —sermoneó Ai, aún conmocionada—. Sabes que le gusta de verdad. Has ido a hacer daño.
—Ella se lo ha buscado —respondió Karai, encogiéndose de hombros—. Ha intentado provocarme.
—Por otro lado —continuó Ai, sin dejarlo pasar—, sabías que estaba prohibido usar las aulas como habitaciones privadas. ¿Cómo has podido?
—No seas cría —la cortó Karai, con desdén—. Solo cogí una llave del cuadro y busqué algo de intimidad.
—Tendrías que haber seguido las reglas —insistió Ai—. Por esto podemos meternos en un lío. Puede que nos expulsen.
—¡Estoy cansada de ti y tus reglas! —estalló Karai—.
Crece de una vez. Ya no eres una niña. Deberías hacer cosas atrevidas de vez en cuando.
—Sonrió con suficiencia—. Además, me las ingenié para librarme de esa delegada tan pesada.
No tendrás problemas. —Le dirigió una mirada burlesca y, sonriendo, se marchó, dejando a Ai con un mal sabor de boca.
Ai se quedó sola en las gradas. El viento fresco de la tarde le acariciaba el rostro, pero no lograba aliviar el nudo que sentía en el pecho.
Sentía dolor. Dolor en el pecho. Se le acumulaban los problemas. ¿O acaso le dolía ver a John con otras chicas? ¿Haciendo cosas de adultos? O quizás era su propia vida amorosa la que se sentía vacía.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos acelerados. ¿Eran celos? ¿Era envidia? ¿O era algo más profundo, algo que llevaba tiempo negándose a sí misma?
Sus pensamientos volaron hacia John. Hacia la promesa que le había hecho. Hacia el hecho de que quizás no volvería a verlo. Y ese pensamiento le dolía más que cualquier otra cosa.
Pensión Hikari
Casa Koishikawa.
La noche se había cerrado sobre Yokohama como un manto de incertidumbre. Ai estaba sentada en su escritorio, el cuaderno de matemáticas abierto ante ella, el bolígrafo inmóvil entre sus dedos. Las páginas estaban en blanco, salvo por algún garabato sin sentido que había trazado sin darse cuenta.
Por más que intentaba concentrarse en las tareas escolares, su cabeza no respondía con claridad. Había tenido un día demasiado duro. Demasiadas emociones, demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados miedos acumulándose como una tormenta.
La disputa de sus amigas había mermado al grupo de una forma que no esperaba. Y ella, atrapada en el centro de todo, sin saber cómo recomponer los pedazos.
Además, la fuerte discusión con Shun no ayudaba. Él no entendía por qué ella defendía a John, por qué se empeñaba en ayudarlo todo el tiempo. Pero lo que más turbaba su cabeza era sin duda el lío en que estaba metido John. Y si saldría victorioso de los yakuzas en el suburbio norte.
Miró la hora en su teléfono. Ya era tarde. Las agujas marcaban un momento en el que John estaría camino de su destino. Quizás ya estaba allí. Quizás ya estaba enfrentándose a ellos.
Ai apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Había prometido esperar. Había prometido no hacer nada. Pero la incertidumbre la estaba devorando por dentro.
Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Desde allí miraba el tejado sobre el balcón a pocos metros. Sin duda deseaba que la luz que salía del cuarto de John se encendiese, eso significaría que había llegado sano y a salvo de problemas.