Capítulo 14 #5
—Por eso mismo —replicó Shun, con impaciencia—. Un día te dije que este vándalo nos traería problemas. Voy a ponértelo fácil: ¿prefieres quedarte con él o te vienes conmigo?
La puso en una encrucijada, una disyuntiva que le quemaba en el pecho.
—No es eso —dijo Ai, sintiendo cómo las palabras se le atascaban—. Solo pretendo ayudar.
—¡No puedes ayudarle! —exclamó Shun, alzando la voz—. Siempre quieres solucionar el mundo. Pero esta vez no puedes hacer nada.
Se hartaba de esperar. Las dudas de su novia le hacían hervir la sangre. El verla allí parada, en mitad del camino, le hacía recordar que tal vez le importaba más John que él mismo. Por eso, desató su cólera y la dejó allí plantada. Dio media vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
Ai se quedó sola en medio del patio, sintiendo cómo los problemas se le acumulaban. De reojo vio cómo John volvía a escabullirse, sin dar explicaciones.
Tenía que elegir sabiamente. Arreglar el enfado con su novio, o ir en busca de la verdad de toda aquella pesadilla. Fueron solo escasos segundos, aunque parecieron eternos. Pero eligió lo que creyó mejor para su cabeza.
—¿No te vayas, por favor? —suplicó Ai, alcanzando a John.
John se detuvo, pero no se giró.
—Es mejor que hagas caso a tu novio y vuelvas con él —respondió, con voz fría—. Esto no es problema tuyo.
Ai lo frenó por la fuerza. Su mano se aferró a su chaqueta, y aún podía verse su mano amoratada por la tensión del gesto.
—No voy a irme hasta que me digas por qué conoces a esa gente tan peligrosa —dijo, con determinación—. ¿Acaso piensas ir solo a ese suburbio esta noche?
Su silencio fue su respuesta. John no dijo nada, pero Ai supo que así lo haría.
Angustiada, sacó su teléfono del bolsillo.
—Llamaré a la policía —dijo, con los dedos temblorosos sobre la pantalla—. Ellos se encargarán de esto.
—No harás algo tan estúpido —dijo John, quitándole el teléfono antes de que pudiera marcar— Esa gente es muy astuta. Hazlo, y puede que mañana la pensión de tu padre quede reducida a cenizas.
—Me estás asustando, Johnny —dijo Ai, con la voz quebrada y los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
John la tomó suavemente por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Tranquila —dijo, con una calma que no reflejaba lo que bullía en su interior—. No voy a permitir que esa gente os haga daño, ni a ti ni a tu familia. —Apretó ligeramente sus hombros—. Te prometo que cuando todo esto acabe, responderé a todas las preguntas que quieras.
—Las respuestas pueden esperar —respondió Ai, con un temblor en la voz—, pero no quiero que esa gente tan mala te haga daño. —Sus ojos se llenaron de un terror profundo—. ¿Qué pasa si no vuelves? No me lo perdonaría nunca. No puedo quedarme quieta sin hacer nada.
—No pasará nada —insistió John, con seguridad—. Solo confía en mí. —La miró fijamente—. ¿Alguna vez te he fallado? Solo necesito que, pase lo que pase, estés aterrada o angustiada, esperes a mi vuelta. —Su voz se suavizó—. ¿Lo harás? ¿Prometes que lo harás?
Ai tragó saliva. Las palabras se le atascaban en la garganta.
—Lo... prometo —dijo, con dudas evidentes.
—Y sobre todo —añadió John, con tono grave—, no se lo cuentes a nadie. Cuanta menos gente sepa de esto, mejor. —Hizo una pausa—. Sabes tan bien como yo que aquí los chismes corren como la pólvora.
Ai asintió lentamente, sintiendo que cada palabra de John era un ancla que la ataba a una esperanza frágil. Él le dedicó una última mirada, una mezcla de promesa y despedida, y luego se giró para marcharse.
Instituto Masaru
Vestuarios.
Shun llegó malhumorado al vestuario, arrojando su mochila contra el banco con un golpe seco que resonó en la estancia.
A un lado, Nagano estaba abrochándose los cordones de las botas con gestos bruscos, como si cada nudo fuera un enemigo al que vencer.
En los próximos minutos, comenzaría un nuevo entrenamiento en el club de fútbol.
—Hoy parece que todos estamos de mal humor —dijo Shun, observando cómo Nagano se ensañaba con los cordones.
Nagano levantó la vista, con una expresión sombría.
—Te vas a burlar de mí —respondió—, pero creo que el pringado de Aoyama me ha ganado la partida con Kasumi. Incluso puede que salgan juntos y todo. Menuda vergüenza, tío.
—¿En serio? —Shun arqueó una ceja—. Joder, ya has tenido que cagarla del todo para que eso pase.
—El incidente de esta mañana ha tenido mucho que ver —bufó Nagano—. Ahora Kasumi se cree que soy un abusón. —Se pasó una mano por el cabello—. Lo cierto es que perdí el control y le di unas hostias merecidas.
—Nunca subestimes al poder de la pena —señaló Shun—. Seguro que Aoyama lo aprovechará para conquistarla. Lo siento, tío. Llevabas tiempo persiguiéndola.
Nagano asintió, pero luego observó a Shun con atención.
—Tampoco tú tienes buena cara —dijo—. ¿Ha pasado algo?
—He vuelto a discutir con Ai —confesó Shun, dejándose caer en el banco.
—No me lo digas... —Nagano arqueó una ceja—. ¿Hole otra vez?
—Qué asco le tengo —gruñó Shun—. Me está tocando los huevos mucho últimamente. ¿Te puedes creer que Ai ha preferido quedarse con él que venir conmigo?
—No digas eso —Nagano lo calmó—. Ya sabes cómo es, siempre intentando ayudar al prójimo. Ai no es de esas que te pondrían los cuernos.
—Más le vale —Shun adoptó una pose de suficiencia—. Porque tengo una buena lista en mi agenda esperando salir a relucir. —Se inclinó—. Una que puedo prestarte ahora para que te olvides de una vez de Kasumi. Lo que tienes que hacer es empezar a follar como un loco.
—¿Tienes los números de las animadoras? —preguntó Nagano, interesado.
—Pues claro —Shun sonrió con arrogancia—. Están todas muy salidas. Y se mueren por tontear con los chicos de nuestro club. Eso abre muchas puertas.
—¿Incluso Mei Suzuki?
—Joder, tú optas muy alto —Shun rio—. A la capitana me la reservo yo para alguna emergencia. —Le dio un codazo—. Ya podrás elegir a cualquier otra. Siempre hay que tener preparado un plan B.
—Eres un jodido genio —Nagano rio, y ambos se abrazaron con guasa.
Shun bajó la voz, cambiando de tercio.
—Por cierto, no lo comentes muy alto —dijo—, pero han llegado unos tipos preguntando por Hole. Estaban relacionados con los de la fiesta.
—¿Quiénes son? —preguntó Nagano, serio de repente.
—Son yakuzas, tío —respondió Shun—. Y lo más fuerte es que Hole formaba parte de ese grupo en el pasado. Lo han citado esta noche en el suburbio norte.
—¡Joder! —Nagano sintió que las piernas le temblaban—. Qué chungo. ¿Va a ir?
—Eso parece, pero es algo que no me interesa —dijo Shun, encogiéndose de hombros—. Cuanto más alejados estemos de él, mejor. —Una sonrisa fría se dibujó en sus labios—. Pero si no vuelve, mucho mejor para mí. Así dejará de atosigar a mi chica de una vez por todas.
Sobre las gradas, Kaori llegó después de una agradable jornada en su club. Sus pasos eran ligeros, y una sonrisa asomaba en sus labios hasta que vio a Kasumi y Ai sentadas en las escaleras, disfrutando de un descanso que no habían tenido en todo el día.
—¡Hola, chicas! —saludó Kaori, dejando su bolsa junto a ellas—. ¿Qué tal el primer día?
—Agotador —respondió Kasumi, estirando los brazos—. Pero al menos no he tenido entrenamiento. Ai y yo hemos estado charlando un rato.
Ai asintió, pero su sonrisa era forzada. Su mirada se perdía en el horizonte, en algún punto lejano, y su mente no estaba en la conversación. Kaori lo notó, pero no quiso presionar.
—Pues yo he tenido una tarde intensa —dijo Kaori, sentándose junto a ellas—. El club de voleibol no da tregua.
Kasumi, animada, comenzó a contar sus avances con Makoto. La cita en el karaoke, el mensaje, y la emoción que sentía. Hablaba con una ilusión que iluminaba sus ojos, y Kaori la escuchaba con atención, genuinamente feliz por su amiga.
Ai apenas reaccionaba. Su mente estaba en otro lugar.
En los yakuzas, en John, en la promesa que había hecho.
En el miedo que se agarraba a su pecho como una garra.
Todo lo que deseaba era contarlo para desahogarse, para compartir ese peso que la estaba aplastando.
Pero había prometido guardar el secreto. Y su palabra era sagrada.
—¿Ai? —la voz de Kasumi la sacó de su trance—. ¿Estás bien? Pareces muy ausente hoy.
—Sí, sí —respondió Ai, forzando una sonrisa—. Solo estoy cansada. El primer día siempre es duro.
Fue entonces cuando Karai apareció como una sombra, deslizándose entre ellas con su habitual sigilo. Se sentó al lado de Kaori, como si siempre hubiera estado allí, y se acopló al grupo con una naturalidad que a veces resultaba inquietante.
—¿Qué tal, chicas? —saludó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—¿De qué hablabais?
—De Makoto y yo —respondió Kasumi, radiante—. Vamos a salir.
—Qué bien —dijo Karai, con un tono que pretendía ser entusiasta, pero que sonaba distante.
Pronto, la conversación tomó otro rumbo. Karai la dirigió hábilmente hacia donde le interesaba, cambiando el foco de atención. Sus ojos, fríos y calculadores, se posaron en Kaori.
—Oye, Kaori —dijo Karai, con una dulzura fingida—. Esta mañana te vi muy cerca de John en las gradas. Estabas curándole el brazo... —Hizo una pausa—Qué detalle tan bonito por tu parte.
Kaori se tensó ligeramente, pues notó la tirantez en sus palabras.
—Solo me preocupo por él —respondió con naturalidad—. ¿Algún problema?
—Claro, claro —asintió Karai—. Siempre tan atenta, tan generosa. —Sus ojos se entrecerraron ligeramente—. Me pregunto si eres igual de atenta con todos o solo con algunos.
Kasumi y Ai percibieron la tensión oculta tras aquellas palabras. También Kaori sintió el filo dañino del comentario, la punta de una aguja que comenzaba a perforar su amistad.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Kaori, con una mezcla de sorpresa y desafío—. ¿Acaso estás celosa?
Karai carcajeó con un tono burlesco que resonó en las gradas.
—No te lo tomes a mal —dijo, con una sonrisa desdeñosa—, pero no eres competencia.
Kaori frunció el ceño, sintiéndose ofendida por la ligereza con que Karai desestimaba sus sentimientos.