Capítulo 14 #3
Ellas iban distraídas charlando sobre sus asuntos, caminando por el acceso al campo. Ai y Kasumi delante, Karai un paso por detrás, como una sombra que siempre acechaba.
—¿Te has enfadado con Nagano? —preguntó Ai, interesada—Parecía que estabais bastante bien.
Kasumi tardó unos segundos en responder, como si sopesara sus palabras.
—He estado pensando mucho estos días —dijo finalmente—. Han pasado muchas cosas. —Hizo una pausa—. Se ha portado como un cretino. Además, Makoto me ha pedido salir.
Ai frenó en seco y la miró con los ojos muy abiertos.
—¡¿Qué?! —exclamó—. ¿Por qué no habías comentado ese notición?
—Ha sido en mitad de la pelea junto a Nagano —explicó Kasumi, con una sonrisa tímida—. Se me ha declarado formalmente.
Karai, que caminaba detrás, soltó una risita y se acercó.
—Parece que el alcohol de la fiesta le ha otorgado a Makoto un poco de confianza —dijo, con tono burlón—. Ahora se atreve con cualquier cosa.
Kasumi se giró hacia ella con expresión seria.
—Tienes mucho que ver en esto —la abroncó—. Makoto me ha dicho que tú le ofreciste el alcohol.
—¡¿Yo?! —Karai puso una mano en el pecho, fingiendo indignación—.
—¡Dijiste que no tenías nada que ver con eso! Ai cruzó los brazos, mirando a Karai con severidad.
—¡Vamos, Ai! —Karai levantó las manos en un gesto de rendición teatral—. Solo le di un empujoncito. No obligué a nadie a hacerlo. —Guiñó un ojo—. Y si Kasumi acaba saliendo con él, tendréis que agradecérmelo.
Kasumi negó con la cabeza, pero una sonrisa asomó en sus labios.
—Eres un peligro —dijo. Cambió de tercio, su tono se volvió más sereno, casi nostálgico.
Ha sido extraño —admitió—. Me ha recordado a los viejos tiempos, cuando Makoto y yo teníamos cierta complicidad.
Una vez que se ha soltado a hablar, ha perdido la timidez.
Era como si hubiera vuelto a ser el niño que conocía antes de entrar al instituto.
De pronto, su diálogo se interrumpió de golpe. Kasumi había alzado la mirada hacia lo alto de las gradas, y las demás siguieron su gesto de forma instintiva. Allí, bajo la luz tamizada de la tarde, vieron a John y Kaori, sentados juntos, demasiado cerca. Nagano, a un lado, parecía un estorbo.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Kasumi, escudriñando los ojos.
—Parece que le está curando el brazo —respondió Ai, con la voz teñida de una extraña tensión—. Le está aplicando algo.
—Qué atrevida —murmuró Kasumi, sin poder evitar el tono de admiración.
Ai se mordió el labio inferior, un gesto nervioso que apenas percibía.
—No sabía que necesitase ese cuidado —dijo, y su voz sonó más apagada de lo que quería—. Estos días no se ha dejado ver mucho por la pensión, y eso que vivimos bajo el mismo techo. —Negó con la cabeza—. Con lo descuidado que es, seguro que no ha visitado al médico.
Karai no dijo nada. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos en la escena.
La animadora no veía a Kaori como una rival directa, pero la imagen de sus manos aplicando el ungüento sobre el brazo de John comenzaba a incomodarla profundamente.
En sus ojos podía verse un destello de resquemor, una chispa fría que no presagiaba nada bueno.
No le gustaba ver cómo le brindaba sus cuidados.
No le gustaba verla tan cerca de lo que consideraba suyo.
Al igual que se había deshecho de Mei Suzuki, ¿podría hacerlo con su amiga?
Karai lo sabía: en el amor no había amigos.
Y si era necesario preparar algo deshonesto, lo haría sin dudar. John era solo suyo.
Nadie más podía tocarlo.
Instituto Masaru.
(Salida, una hora más tarde)
El primer día tras el parón invernal llegó a su final.
Muchos de los estudiantes lo deseaban gratamente, pues aún tenían la mente puesta en las vacaciones.
Algunos tenían la tarde libre, pero otros no corrían la misma suerte; tenían obligaciones ligadas a sus respectivos clubes, y la jornada de la tarde se les haría larga y pesada.
En las puertas del instituto, Sanosuke Sano se encontraba algo nervioso.
El deportista no dejaba de asomar la cabeza sobre el muro, mirando a un lado y a otro con inquietud.
A pocos metros de la entrada, había un distinguido grupo bastante peculiar: pantalones de cuero, chapas metálicas, cazadoras negras con parches que delataban su filiación. Parecían pertenecer a una banda.
No paraban de hacer preguntas a todo aquel que cruzaba las puertas. Sanosuke tragó saliva cuando vio, en una de las cazadoras, el símbolo de un escorpión rojo estampado en la espalda.
Se le heló la sangre.
El nerviosismo de Sanosuke aumentó cuando reconoció entre ellos a Matsuda, el yakuza alocado que acompañaba al cabecilla Kuchiki el día de la fiesta. Su rostro, aún con marcas de la estrangulación, era inconfundible.
—Yakuzas —susurró para sí.
Estaba claro que buscaban a John. Pero Sanosuke no estaba dispuesto a dejar que lo reconocieran, a que lo vincularan con él. Esa gente despiadada era capaz de matar por solo vengar a los suyos de cualquier afrenta.
Se pegó a la pared, intentando pasar desapercibido, pero sus piernas se negaban a moverse con rapidez. Cada paso era un suplicio mientras los hombres de negro seguían escudriñando la salida del instituto.
De pronto, alguien palpó el hombro del deportista por detrás.
—¡Joder, qué susto! —dijo Sanosuke, sobresaltado, dando un brinco que casi lo hace tropezar.
Su corazón se estabilizó al ver que se trataban de Shun y Ai. Ambos lo miraban con curiosidad, extrañados por su actitud nerviosa.
—¿Qué haces ahí escondido? —preguntó Shun, asomando la cabeza por encima del muro para ver lo que Sanosuke observaba con tanta atención.
—Han venido a por él —susurró Sanosuke, señalando con un gesto apenas perceptible hacia el grupo de yakuzas—. Estamos jodidos. Os dije que esto no traería nada bueno. —Tragó saliva—. He reconocido a uno de ellos. El idiota que acompañaba al cabecilla. —Señaló a Matsuda—. ¿Lo veis?
—¿Han venido a por Johnny? —se preocupó Ai— ¿Estás seguro de eso?
—Están preguntando a todo aquel que sale por estas puertas. Me jugaría un brazo que lo están buscando a él por lo que les hizo a esos matones en la fiesta—aseguró Sanosuke— Esta gente no perdona una.
Ai pudo reconocerlo de inmediato. Era aquel al que John había estrangulado contra el árbol, aquel cuya cara se había vuelto tan morada que por poco muere en el intento. Si no hubiera sido por su llanto ahora mismo puede que ya no estuviese entre los vivos. Un escalofrío recorrió su espalda.
Al contrario, algo brilló en sus ojos de Shun. Una oportunidad. El destino le había dado la posibilidad de resarcirse de lo ocurrido anteriormente. El genio necesitaba recuperar su hombría, demostrar que no era el mismo que se había arrodillado ante Kuchiki.
Escudriñando los ojos por todas partes, Matsuda reconoció a Ai detrás del muro. Era imposible olvidar aquel rostro, aquella noche. La señaló con el dedo, y el grupo inició el paso hacia las puertas del instituto.
Acongojado, Sanosuke salió corriendo. Sin mirar atrás, sin decir una palabra. Dejó a sus amigos en la estacada, desapareciendo detrás de una esquina.
Allí, uno de los miembros se adelantó, un hombre de cabello oscuro y media melena que caminaba con la confianza de quien está acostumbrado a que le teman.
NOBU KURO: Cabello oscuro. Confiado y actitud chulesca. Pertenecía a la Yakuza japonesa, al bando Sasori. Su distinción era elevada en rango.
—¿Es ella? —preguntó Nobu, señalando a Ai con el dedo y mirando hacia Matsuda.
—Sin duda es ella —respondió Matsuda, con una sonrisa torcida—. No podría olvidarme de esa cara.
Nobu se recreó en la figura de Ai, recorriéndola con una mirada lenta, demasiado lenta.
—Veo que no mentías, Matsuda. Las nenas aquí son realmente apetecibles —sonrió, mostrando los dientes.
Ai sintió un escalofrío. El yakuza no quitaba ojo de su uniforme ajustado, del uniforme escolar que de repente parecía demasiado ceñido.
—¡Límpiate la baba, imbécil! —sermoneó una de las chicas que integraban la banda, dando un paso al frente—. Parece que nunca has visto a una chica, y sin embargo estás harto de ellas.
PINKU: Cabello alborotado y mechas rosadas intensas. Temperamental y directa. Pertenecía a la Yakuza japonesa, al bando Sasori. Su distinción era ordinaria.
Pinku cruzó los brazos, con una mirada que no admitía réplica. Aunque Nobu la ignoró por completo, su atención fija en Ai.
—Deberíamos cambiar a unas cuantas de estas por algunas de las nuestras —carcajeó—. Nuestras chicas son bastante vulgares.
Matsuda le acompañó en la broma, riendo con una risa potente, como si quisiera congraciarse con su superior.
—¡Sois idiotas! —increpó Pinku, con desdén—. Son solo unas pijas mojigatas. ¿Qué podríais hacer con ellas?
—Por esta chica, Kuchiki casi pierde la cabeza —dijo Matsuda, admirando a Ai con una sonrisa—. Y sin duda no se equivocaba con su elección.
El yakuza extendió la mano para pellizcarle la mejilla amistosamente, como si Ai fuera un objeto al que se le puede tocar sin permiso.
Pero esta vez, Shun decidió armarse de valor. Desde aquel día en la fiesta, tenía clavada una espina en su interior, un veneno que no dejaba de corroerle. No estaba dispuesto a permitir que esa gente volviera a desprestigiar a su novia.
El deportista desplazó a Matsuda con malos modos, un empujón seco que lo hizo trastabillar. El yakuza tambaleó y por poco cae contra el asfalto de la acera.
—¿El pijito se pone gallito? —rio Nobu, divertido por la escena—. Mira que el perrito ladra.
—¿Qué le pasa a este? —Matsuda se incorporó, frotándose el hombro, sorprendido por la reacción—. El otro día en el patio no parecías tan fiero. Tuvieron que salvarte el culo.
—¡¿Qué estás diciendo, escoria?! —enfureció Shun, apretando los puños.
—¿Qué queréis? —interrumpió Ai, dando un paso al frente—. ¿Por qué habéis venido?
Nobu la miró, y por un momento su sonrisa se ensanchó.
—¿No lo sabes? —preguntó, como si fuera obvio—. A estas alturas deberías saberlo. —Se inclinó ligeramente hacia ella—. Venimos a buscar a Johnny.