Curso Grado 12 Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Makoto, entre el dolor y la confusión, sintió el calor del cuerpo de Kasumi contra el suyo y supo que, de alguna manera, había ganado esta batalla.

Todo el mundo comenzó a mirar. Los estudiantes se agolpaban en el pasillo, cuchicheando, señalando. Nagano sintió el juicio de todos atosigándole, quemándole la piel.

No le quedó más remedio que salir corriendo.

Clase 12J.

Desde su pupitre, Ai apenas prestaba atención a la clase de Lengua. Algo insólito en ella, ya que siempre era de las más destacadas, la primera en levantar la mano. Sin embargo, llevaba tiempo distraída, la mirada perdida en la pizarra sin registrar una sola palabra.

Lo ocurrido en el Baile de Invierno le había afectado notablemente.

En este tiempo de parón festivo, había estado aislada en casa, pasando tiempo con su familia, refugiada en la tranquilidad del hogar.

Apenas había tenido contacto con sus amigos.

Ni siquiera con Shun, que la había llamado varias veces sin obtener más que respuestas evasivas.

Tampoco había hablado con John después de su violenta pelea.

En realidad, se moría por hablar con él. Por saber qué había pasado, quién era esa gente, por qué los conocía, de dónde sacó esa violencia que la había aterrorizado y salvado al mismo tiempo. Pero las palabras no salían, y el tiempo pasaba.

Solo levantaba la cabeza para observarlo. Estaba como siempre: serio, distante, con un mal vendaje en el brazo debido a los golpes que recibió. ¿Habría ido al médico? —se preguntaba. Seguro que no. John era demasiado descuidado para esas cosas.

También estaba nerviosa. No paraba de zarandear el pie bajo la mesa, un tic nervioso que delataba su ansiedad.

En cualquier momento, sabía que podía sonar la megafonía y que su nombre fuese gritado en alto por boca del director.

Las delegadas habían apuntado bastantes incidencias el día del baile, y solo era cuestión de tiempo que señalaran al responsable, a la anfitriona del evento.

El castigo podía ser ejemplar. Y ella no podía hacer nada más que esperar.

De reojo, volvió a mirar a John. Él no la miraba. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Como si aquella noche no los hubiera cambiado a todos para siempre.

El paso del tiempo brindó a Ai un respiro, pues en esa clase ninguna megafonía exaltó a los estudiantes.

Al término de la clase, el ansiado tiempo de recreo llegó para los estudiantes. Después del parón invernal, las clases parecían pesar como una losa, y el simple hecho de pisar el pasillo y sentir el bullicio de los compañeros resultaba un alivio.

Makoto estaba en mitad del pasillo, apoyado contra la pared, mirando atentamente su móvil. Algo en él lo tenía embelesado. Una sonrisa tonta se dibujaba en su rostro magullado.

No podía creerlo. Kasumi se había hecho con su número y le había escrito. El mensaje era claro: sí, aceptaba su cita. Makoto apretó el puño y soltó un grito ahogado de ilusión, a pesar del dolor que le recorría la cara por los golpes de Nagano.

De pronto, algo lo sacudió por detrás. Una mano firme en su hombro. El temor le inundó de golpe. Nagano, —pensó. Había vuelto para acabar lo que empezó.

Aunque al darse la vuelta, recibió un alivio inmediato. Era John.

—¿Vas a decirme qué le ha pasado a tu cara? —preguntó John, observando los moratones y el labio partido—. No eres de los que se pelean por ahí.

Makoto se encogió de hombros, restando importancia.

—No es nada —dijo—. Solo un accidente.

John se acercó un paso más. Su expresión cambió, endureciéndose. Una mirada odiosa que Makoto conocía bien.

—Vas a decirme quién ha sido —la voz de John era baja, pero cortante—. Y cuando lo sepa, le partiré la cara de un golpe. ¿Entendiste?

Makoto se rascó la cabeza por puro nerviosismo. Pero no se arrancaba a hablar. Las palabras no salían.

John lo miró con desgana, y soltó un suspiro.

—No importa. Sé quién ha sido —dijo—. Los rumores vuelan en este instituto de cotillas. Solo quería confirmarlo de tu boca.

Se giró para marcharse, pero cuando daba el primer paso, Makoto lo detuvo sujetándolo por el brazo.

—No le hagas nada, por favor —rogó—. Ha sido el mejor golpe que me he llevado en mi vida.

John se detuvo. Giró la cabeza lentamente y observó a Makoto con curiosidad. Luego, una sonrisa cómplice asomó a sus labios.

—¿Acaso has tomado algún psicotrópico? —preguntó, divertido.

—¡Gracias a esta pelea, Kasumi me ha prestado interés! —exclamó Makoto, sin poder contener la emoción—. Incluso ha aceptado la cita que le planteé minutos antes. —Saltó de júbilo en el sitio.

John soltó una carcajada baja, negando con la cabeza.

—Una herida de guerra, ¿eh? —Le dio un golpe amistoso en el brazo—. Qué cabrón. Después de todo, eres ingenioso. Aunque la pena no siempre es buena opción... —rio—. Pero te puede funcionar.

Makoto sonrió, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, todo parecía ir bien.

Patio — Gradas.

Sobre las gradas vacías, Nagano esperaba la llegada de sus compañeros con el corazón encogido. Todavía albergaba la esperanza de disculparse con Kasumi por lo ocurrido, aunque sabía que iba a estar muy difícil. En realidad, estaba nervioso, y por su cabeza solo pasaba un nombre: John Hole.

No podía quitarse de la mente la imagen de aquella noche. Los yakuzas destrozados, la sangre, la mirada asesina de John. Si se había atrevido con ellos, ¿qué le impediría hacer lo mismo con él?

Al levantar la cabeza del suelo, escuchó los primeros pasos acercándose. Una punzada le sacudió el corazón, pero al ver que era Kaori, un repentino alivio le recorrió las entrañas.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Kaori, sentándose a su lado al ver su expresión.

—Joder, qué susto —Nagano exhaló, pasándose una mano por el cabello—. Llevo toda la mañana pensando que es cuestión de tiempo que Hole se entere de lo de Makoto y venga a romperme la cara como hizo con esos yakuzas.

Kaori lo miró con seriedad.

—La verdad es que te has pasado mucho, Nagano. ¿Qué se te pasó por la cabeza? Kasumi está muy disgustada contigo.

—Lo sé —admitió, hundiendo la cabeza entre los hombros—. Se me fue la cabeza. Pero al ver a Aoyama con Kasumi, los celos me cegaron. No pude controlarme.

—Pues no sé qué decirte —Kaori suspiró—. John y Makoto son muy amigos...

—Joder, ¿intentas martirizarme? —Nagano la miró suplicante—. ¿Te ha dicho algo?

—No sé nada —respondió Kaori—. Pero si viene, intercederé por ti. —Le dedicó una pequeña sonrisa—. Aunque me deberás una.

—Pide lo que quieras, por favor —Nagano agarró su mano con desesperación—Pero detén a ese demonio...

—¡Qué exagerado! —Kaori rio, liberando su mano con suavidad—. Tampoco es para tanto.

—Claro, lo dices porque es tu amigo —Nagano negó con la cabeza—. Sino ya verías.

John apareció bajo las gradas, andando distraído con las manos en los bolsillos. Llevaba la mirada perdida, como si sus pensamientos estuvieran en otro sitio. Nada más verle, Nagano comenzó a cimbrear sus pies como un loco, un temblor incontrolable que recorría sus piernas.

El sudor de su frente se desprendía hasta su barbilla, empapando el cuello de su camisa.

Estaba muerto de miedo. Entonces creyó morirse.

Kaori comenzó a llamar a John con un aspaviento muy frenético con su mano, agitándola como si estuviera en una isla desierta.

Al verla, John levantó la mirada, los vio sentados en la grada y, sin dudarlo, comenzó a subir los escalones.

—¿Qué haces? —se exaltó Nagano, agarrando a Kaori del brazo— ¿Acaso te has vuelto loca? —Su voz era un susurro desesperado—. Me matará.

Nagano desviaba la mirada, sin saber dónde colocar los ojos, como si buscara una salida que no existía.

—Relájate un poco, ¿quieres? —Kaori se liberó con suavidad, manteniendo la calma—. Solo quiero interesarme por sus heridas.

Cada vez que John subía un escalón, Nagano sentía un puñal clavándose en su estómago. Contaba mentalmente los peldaños que los separaban: uno, dos, tres. Sabía que era cuestión de tiempo que sus sesos salieran esparcidos por el suelo. Su mente ya imaginaba el golpe, el dolor, la sangre.

John llegó hasta el mismo lugar donde ellos se encontraban. Se detuvo frente a ellos, sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Kaori, con genuina preocupación—. Desde la fiesta no he tenido noticias tuyas. —Señaló su brazo—. ¿Cómo tienes el brazo?

—Bien, gracias —respondió John, encogiéndose de hombros—Va mejorando.

Kaori entrecerró los ojos, examinando el vendaje descolocado.

—Por como tienes el vendaje, parece que no has visitado a un médico —le sermoneó.

—Soy un descuidado, ya lo sabes —sonrió él, sin darle mayor importancia.

Con mucha iniciativa, Kaori decidió prepararle el vendaje. Se acercó, sin pedir permiso.

—Deja que lo arregle.

—No tienes por qué molestarte.

—No es molestia —dijo ella, comenzando a aflojar el vendaje. La tela se desprendió y dejó ver el antebrazo aún amoratado, con manchas violáceas que se extendían desde el codo hasta la muñeca—¿No te estás echando nada?

—Tengo una pomada —John sacó un pequeño tubo del bolsillo trasero—La cogí de la enfermería el día de la fiesta.

Muy dispuesta, Kaori tomó la pomada y comenzó a aplicar el ungüento con movimientos suaves y precisos. John la dejó hacer, su mirada fija en el ungüento.

Entonces, su mirada se desvió hacia Nagano.

—¡Estás muy calladito! —espetó con sequedad.

Nagano efectuó un sobresalto tan brusco que casi se cae de la grada. Su boca se abrió, pero apenas le salían las palabras. Solo podía sentir como el corazón le latía como un tambor desbocado, golpeando contra sus costillas con una fuerza que creía que iba a romperlas.

—Y... yo... —balbuceó—. Es que...

—¿Tienes algo que decirme? —John inclinó ligeramente la cabeza, esperando.

Nagano tragó saliva. El sudor se deslizaba por su nuca. Kaori, mientras seguía aplicando la pomada, alzó la vista hacia abajo viendo a sus amigas que se acercaban a las gradas.