Capítulo 14
“La Yakuza”
El nuevo año japonés fue bien acogido por todos.
Las celebraciones con la familia y los amigos fueron destacables, un remanso de paz después de la intensidad del Baile de Invierno.
Las calles se habían llenado de tradición, los templos de visitantes, y los hogares de comidas especiales y buenos deseos.
Tras este agradable periodo de relax con los seres queridos, llegó el momento de reanudar la actividad estudiantil. El tercer y último trimestre daría comienzo, y con él, la recta final del curso escolar.
Muchas de las esperanzas de los estudiantes pasaban por finalizar el curso correctamente, destacando en sus respectivos clubes para así recalar en una buena universidad.
Yokohama—Japón
Instituto Masaru.
A pesar del paso de los días, los estudiantes apenas habían podido comentar sus experiencias en el Baile de Invierno.
Las vacaciones, con sus celebraciones familiares, habían postergado la oportunidad de compartir los chismorreos.
Por eso, el regreso al instituto estaba cargado de una electricidad especial: todos deseaban verse y, sobre todo, comentar los buenos cotilleos.
Sobre el pasillo, Makoto caminaba algo pensativo.
Aún se sentía avergonzado por lo ocurrido en la fiesta.
Su actuación, debido al exceso de alcohol, había sido desmesurada.
Recordaba vagamente la declaración, los empujones, el puñetazo de Nagano, y lo peor: despertar al día siguiente con la resaca moral de haber hecho el ridículo delante de todo el instituto.
Prueba de ello eran todas las miradas burlescas que le dedicaban los estudiantes cuando lo veían caminar. Risitas ahogadas, susurros que imaginaba perfectamente: "Mira, ahí va el pringado que se declaró borracho". Makoto apretaba los dientes y seguía adelante.
Aunque en su cabeza tenía una idea clara: tenía que disculparse con Kasumi por todo lo ocurrido. No podía dejar las cosas así. Necesitaba mirarla a los ojos y explicarse, aunque ella ya hubiera elegido a Nagano.
Paradójicamente, al otro lado del pasillo, sobre su taquilla, Nagano cogía sus libros con gestos bruscos. Más que preocupado, estaba enfadado. Desde la fiesta de invierno, no había contactado con Kasumi. Y lo que era peor: ella no le había respondido a sus múltiples llamadas.
Es cierto que se besaron en la fiesta, pero la declaración de Makoto había truncado todos sus planes. ¿Acaso ese perdedor iba a quitarle a su chica?
En realidad, no lo creía posible. Kasumi era una de las chicas más populares; no se fijaría en un don nadie como Makoto.
Pero lo que le molestaba de verdad eran los rumores infundados que circulaban por cada pasillo.
Cómo los estudiantes se reían de él al permitir que un pringado le hiciese sombra en la fiesta.
Su orgullo, siempre tan frágil bajo la superficie de su arrogancia, sangraba con cada susurro.
—Maldita sea —murmuró, cerrando la taquilla de un portazo.
De pronto, un leve toque en su hombro hizo enojar a Nagano. Pero al girarse, vio que era Shun. Tampoco lo había visto en unos días.
—¿Qué pasa? —le saludó con un choque de manos, forzando una sonrisa—
—Menudo parón de mierda —se quejó Shun, apoyándose en la taquilla— ¿Dónde te has metido estos días? ¿Acaso has estado dándole a Kasumi en estos días?
Nagano puso mala cara al instante.
—¿Te burlas de mí? —gruñó—. Ha pasado de mí estos días. No sé qué mierdas le pasa. Pensé que después de enrollarnos volveríamos a vernos de nuevo.
—Tranquilo, tío —Shun le dio una palmada en el hombro—. Seguro que no es nada. No creo que a Kasumi se le ocurriese irse con ese pringado de Aoyama. —Hizo una pausa—. Aunque tengo que reconocer que los rumores se están disparando.
—Calla, calla —Nagano apretó los puños—. Cada vez me pongo de más mala hostia. Ese jodido Aoyama... Cómo vuelva a fastidiarme, le partiré la cara de verdad. —Lo miró—. ¿Y tú qué? Tampoco pareces muy animado.
Shun suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Después de lo que pasó con esos yakuzas, estoy jodido —admitió—. Y encima Ai ha estado todos estos días deprimida por lo ocurrido en la fiesta. Teme que las delegadas publiquen una lista de infracciones para entregarla al director y que pueda perjudicarla. Apenas ha salido de casa.
Nagano asintió, comprensivo.
—Encima, ese idiota de Hole se ha llevado todo el mérito —continuó Shun, con amargura— por estar como una puta cabra y enfrentarse así a la muerte. Si no hubiese tenido esa maldita pistola delante, yo también habría dado una paliza a ese puto maleante de la yakuza.
—No te castigues —Nagano negó con la cabeza—. Fue algo surrealista lo que pasó. La culpa la tiene ese tarado de Sanosuke. Puto, porreta.
—Da igual —Shun se enderezó, cerrando el tema—. No quiero hablar más de esta mierda. Te veo luego en la pista.
Ambos se despidieron con otro choque de manos.
Mientras Makoto meditaba su discurso en su cabeza, repasando una y otra vez las palabras que diría, se cruzó con Kasumi inesperadamente al cruzar el pasillo.
Ella iba bien conjuntada, hermosa como siempre, con esa luz especial que parecía irradiar.
Entonces le entró la congoja, un nudo en el estómago que le cortó la respiración.
—Buenos días, Kasumi —soltó tímidamente, apenas sin mirarla a los ojos—. Espero que hayas tenido un buen parón invernal.
Kasumi se detuvo, sorprendida por el saludo, pero respondió con una sonrisa cortés.
—He tenido unas fiestas muy entretenidas. Sobre todo, con la familia.
Makoto asintió, buscando las fuerzas para continuar.
—Antes de nada, me gustaría pedirte perdón por lo ocurrido en el baile —las palabras salieron atropelladas—. Nunca debí aceptar el alcohol que Karai me ofreció. Me arrepiento de todo lo que hice.
Kasumi frunció ligeramente el ceño. Algo en sus palabras la descolocó.
—¿Te arrepientes de todo? —preguntó, y en su voz había un matiz de desilusión—. ¿Entonces no decías la verdad cuando dijiste... lo que dijiste? —bajó la voz al final, tímidamente.
Makoto tragó saliva. El corazón le latía con fuerza.
—Bueno... mi confesión. Era...
—No tienes por qué avergonzarte, si es lo que sientes —lo interrumpió Kasumi con suavidad—. Y creo que puedes levantar la mirada. —Esperó a que él lo hiciera—. Después de todo, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Aún recuerdo cuando jugábamos juntos en el parque de pequeños.
Makoto esbozó una sonrisa, la primera genuina en días.
—Sí —recordó—. Lo pasábamos bien. Eso fue antes de entrar en el Kōtōgakkō. —Hizo una pausa, reuniendo valor—. En realidad, sí me gustas. Mucho. Pero nunca tuve el valor de decirlo.
Kasumi se quedó sin palabras por unos instantes.
Nunca esperó que confirmase sus sentimientos hacia ella de una forma tan directa.
Estaba claro que estaba rompiendo esa timidez que siempre le había impedido mostrar la persona buena que era.
La animadora se alegró por ello, y quiso zanjar lo ocurrido en la fiesta con un tono más ligero.
—¿Qué harás para compensarme? —preguntó, con una media sonrisa—. Si quieres que te perdone... ¿qué harás?
Makoto enrojeció hasta las orejas. Nunca antes había hablado tanto tiempo con Kasumi. Pero en ese momento, algo en su interior estaba volviendo a recordar cómo hablaban cuando eran pequeños, antes de que los cánones sociales los separasen.
—¿Te gusta el karaoke? —preguntó de repente—. ¿Te sigue gustando, verdad?
Kasumi sintió que la sangre le subía a las mejillas.
—¿Estás... pidiéndome una cita? —preguntó, sorprendida.
De pronto, al girar la esquina, Nagano apareció. Buscaba a Kasumi, necesitaba hablar con ella, aclarar las cosas. Pero la escena que contempló no le hizo ninguna gracia. Makoto estaba a su lado, y ella... ella estaba sonrojada.
Algo estalló dentro de él.
—¿¡Qué cojones está pasando aquí!? —bramó, avanzando hacia ellos con paso furioso.
Sin mediar palabra, Nagano se abalanzó sobre Makoto. Sus manos cerraron su cuello y lo anclaron contra la taquilla metálica con violencia. El sonido del impacto resonó en el pasillo.
—¡Estás empezando a irritarme de verdad! —gruñó, acercando su rostro al de Makoto—. ¿Qué haces tonteando con mi novia?
—¿Qué dices, Nagano? —Kasumi dio un paso adelante, alterada—. ¿Desde cuándo somos algo? ¡Que yo sepa no hemos hablado de nada de eso!
—¿Y lo que pasó en el baile? —Nagano giró la cabeza hacia ella, sin soltar a Makoto—. ¿Por qué no me has contestado todos estos días? ¿Por este payaso?
Apretó más fuerte el cuello de Makoto, que comenzaba a tener dificultades para respirar.
—¡Suéltalo! —Kasumi agarró su brazo, intentando separarlo—¡Él no está haciendo nada malo! ¡Hazme caso, por favor!
Enrabietado, Nagano no podía creer que ese al que consideraba un don nadie estuviera interfiriendo en su romance. Pero Makoto, a pesar de la falta de aire, a pesar del dolor, encontró fuerzas para hablar.
—No me importa que me pegues —logró articular—. Eso no cambiará lo que siento por Kasumi. Me gusta. Me gusta mucho.
—¡Calla, cállate! —vociferó Nagano, fuera de sí—. ¡Maldito idiota, solo eres una molestia!
Cada vez que Makoto intentaba hablar, Nagano le hundía la cara contra el metal frío de la taquilla. Una vez, dos veces, tres. Hasta que Makoto dejó de forcejear y cayó al suelo, vencido por los golpes.
Nagano se quedó quieto, jadeando. Cuando quiso darse cuenta, supo que la ira lo había consumido por completo. Lo supo al ver a Makoto en el suelo, la cara amoratada, y el labio partido sangrando sobre su barbilla.
Kasumi se arrodilló junto a él al instante. Lo ayudó a incorporarse, lo sostuvo entre sus brazos, y limpió la sangre con la manga de su jersey con una ternura desgarradora.
—¡Eres un maldito salvaje! —gritó, mirando a Nagano con los ojos llenos de lágrimas y furia—. ¿Por qué lo has hecho? —Apretó a Makoto contra ella—. ¡No quiero verte más en mi vida!
Nagano retrocedió un paso. Luego otro. Ver a Kasumi protegiendo a Makoto con ese abrazo, fue como un puñal en el pecho.