Curso Grado 12 Capítulo 13 #14
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Capítulo 13 #14

Con sigilo, Karai aguardaba la llegada de John al otro lado de la esquina del pasillo.

Desde allí podía percibir sus pasos acercándose al otro lado de la esquina.

Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, en lugar de él, fue la delegada quien dobló la esquina y se plantó frente a ella.

La animadora se quedó paralizada. Por su cabeza solo pasaba una palabra: expulsión.

Una y otra vez, como un martillo golpeando un yunque.

Al ver su cara de terror, la delegada supo al instante que algo raro estaba pasando. Sobre todo, porque había comprobado la enfermería segundos antes y estaba cerrada con llave, vacía. ¿Dónde habían estado? ¿Qué habían estado haciendo?

Muy exaltada, la delegada se plantó frente a Karai con los brazos en jarras.

—¿Qué has hecho, Matsumoto? —su voz era un cuchillo—. Puedo ver la culpa en tu maldita cara.

Karai abrió la boca, pero no fue capaz de articular palabra.

Se quedó igual de bloqueada que cuando sus padres llegaron a casa y la encontraron con John en la habitación.

Aquella vez, un milagro había ocurrido y logró sortear el problema.

Ahora, de alguna manera, deseaba que algo parecido sucediese.

Aunque los milagros no siempre se repiten.

La delegada entrecerró los ojos, escudriñando su rostro, su ropa ligeramente desarreglada, el rubor que aún teñía sus mejillas. Cada vez tenía más sospechas de que algo malo había pasado.

Karai tragó saliva, pero no respondió.

De pronto, algo rompió el trance entre ellas. Un ruido no muy lejano sonó justo al doblar la esquina, un golpe sordo seguido de un quejido.

Apresurada, la delegada corrió hacia el pasillo. Al doblar la esquina, encontró a John sentado en el suelo, apoyado contra la pared. Estaba quejoso y parecía algo mareado, llevándose una mano a la frente donde aún lucía la tirita transparente.

Segundos después, Karai llegó apresurada y sintió cómo un peso se liberaba de su pecho al ver a John. Pero en su mirada, en ese breve instante en que sus ojos se cruzaron, supo que estaba fingiendo. Y supo también que le estaba brindando una salida.

—¿Podrías ayudarme? —dijo John, levantando la vista hacia la delegada con ojos vidriosos, casi suplicantes.

—¿Yo? —La delegada parpadeó, sorprendida. Por un momento, su severidad se desvaneció. Nunca antes un chico tan guapo le había prestado atención de esa manera.

Se acercó y lo ayudó a levantarse, pasando su brazo por debajo del de él para sostenerlo. Justo cuando lo hizo, John le echó el brazo por encima del hombro con naturalidad, acercando su rostro al de ella.

La delegada solo podía admirar sus bellos ojos azules, tan cercanos, tan intensos.

Su corazón dio un vuelco inesperado. Karai alucinaba con su ingenio.

Desde atrás, pudo ver cómo John, con un gesto sutil de su mano, le ofrecía las llaves que ella había sustraído del cuadro de la delegada.

Su mirada era clara: quería que se adelantase, que las colocase en su lugar antes de que la delegada se diera cuenta de la ausencia.

Sin dudarlo, Karai tomó las llaves y, pegada a la pared, comenzó a deslizarse en silencio hacia el estante de dirección, mientras John mantenía a la delegada embelesada en el pasillo.

—¿Eh? ¿Dónde vas, Matsumoto? —gritó la delegada, girándose al notar que Karai se escabullía—. ¡Todavía no me has contestado a la pregunta de antes!

John la consiguió frenar durante unos escasos segundos, aferrándose a su brazo con un gesto de dolor fingido.

Pero cuando la delegada vio que podía mantenerse por sí mismo, se soltó y salió tras Karai.

Justo cuando Karai iba a llegar al estante de dirección, la delegada le dio un tirón del vestido que la frenó en seco.

John, desde el pasillo, vio la escena y supo que todo se acababa. La expulsión estaba cerca. Sintió un vacío en el estómago al imaginar la decepción de Ai. Todo por un polvo explosivo. Todo por perder la cabeza.

—¿Qué habéis hecho? —exigió la delegada, jadeante—. ¿Por qué estaba la enfermería cerrada?

—Solo salí a por una pastilla —se justificó Karai, con voz temblorosa pero firme—Las de la enfermería se habían agotado. Y John simplemente se mareó, por culpa de las prisas que nos metiste. El pobre cerró la enfermería por miedo a que nos expedientases.

John, entendiendo la jugada, sacó de su bolsillo las llaves de la enfermería y las extendió. Con un gesto brusco, la delegada se las quitó de las manos.

—¿Por qué corrías? ¿Por qué tanta prisa? —entonces levantó los ojos y vio el hueco vacío en el cuadro de llaves—. ¿Habéis sustraído una de las llaves de las aulas? —Su voz se elevó, triunfante—. ¡Esto es tu final, Matsumoto! ¡Se os va a caer el pelo!

John bajó la cabeza. Todo había terminado.

Pero entonces ocurrió algo inesperado. John vio en Karai una cara altiva, de esas que saben que han ganado. Algo se le escapaba.

—Me tienes muchas ganas, ¿verdad? —Karai sonrió con desprecio—. Petarda. ¿Por qué no miras bien con esas gafas que tienes?

Karai señaló con el dedo hacia el suelo.

La delegada siguió su indicación y pudo ver cómo, bajo el cuadro de llaves, en el suelo, estaba la llave del aula.

—Se habrán caído del cuadro —justificó Karai, con una inocencia tan fingida que resultaba creíble.

Avergonzada, la delegada cogió la llave del suelo y la colocó en su lugar. Sus mejillas ardían.

—¿No te disculpas? —exigió Karai, cruzando los brazos.

John alucinaba con el descaro de Karai. Sobre todo, cómo le había dado la vuelta a la situación con una naturalidad pasmosa.

La delegada, sin mirarlos a los ojos, murmuró una disculpa apenas audible y se retiró hacia su puesto, hundida en su propia humillación.

John respiró tranquilo. Más aún después de firmar el formulario que los liberaba de responsabilidades. Al final, todo había salido a la perfección.