Capítulo 13 #13
John apretó la mandíbula. Sus manos, a los lados del cuerpo, se cerraron en puños por un instante. Pero no dijo nada. John dio media vuelta y visiblemente enfadado se acercó a ella. Sus pasos resonaron en el silencio del aula, cada uno más cercano, más amenazante.
—¿Por qué has tenido que contarme eso? —preguntó, con la voz tensa—. No creo que a Ai le guste que cuentes sus secretos.
Karai pudo ver en él mucho resentimiento. Una furia contenida que bullía bajo la superficie.
—¿Ves cómo vuelves a defenderla? —Karai mantuvo el tipo, aunque su voz delataba cierta inquietud—. Pero dime... ¿qué te molesta más? ¿Que haya contado sus secretos o que se haya follado a Shun?
Enojado, John se acercó tanto que pareció encararla. Su sombra la cubrió por completo. Incluso la sujetó firme de las mangas del vestido.
—No juegues conmigo, Karai. —Su voz era un susurro peligroso—. Sólo eres una niña caprichosa que está acostumbrada a conseguir todo lo que se propone. —La miró de arriba abajo con desprecio—. Aunque en realidad eres un fraude. Intentas mostrar una apariencia que no eres.
La animadora sintió que sus palabras le clavaban como puñales.
Sus ojos reflejaron indignación, una mezcla de rabia y algo que quizás era dolor.
Sin pensarlo, su mano voló hacia el rostro de John, intentando abofetearlo.
Pero en el último momento, John frenó el gesto.
Su mano sujetó la muñeca de Karai en el aire, deteniendo el golpe con facilidad.
—No deberías utilizar la violencia —dijo, con una calma que helaba—. Me acabas de ver dar una paliza a tres tipejos. No te conviene hacerme enfadar. Podrías tener un problema. —Inclinó la cabeza, sus ojos azules clavados en los de ella—. No sabes nada de mí. ¿Y te arriesgas a aislarte conmigo?
Con fuerza, Karai desquitó la mano que todavía le sujetaba el brazo. Su respiración era agitada, pero no retrocedió.
—Si intentas intimidarme, no lo conseguirás —espetó, desafiante.
—Deberías tener miedo —respondió John, sin cambiar la expresión.
—Eres tú quien está fingiendo al mostrar odio —Karai lo miró fijamente, buscando algo en sus ojos—. Puedo verlo en tus ojos.
Por un instante, algo vaciló en la mirada de John. Una grieta en la fachada. Pero duró solo un segundo.
La tensión entre ambos era desmesurada; solo el silencio acompañaba a sus miradas resentidas, cargadas de una electricidad que crecía por segundos.
El aire en el aula se había vuelto denso, irrespirable.
Entonces ocurrió algo inesperado, algo que descargó toda la tensión acumulada como un rayo en una tormenta.
Rompiendo el trance, Karai se lanzó a sus brazos. Sus labios encontraron los de John con una urgencia desesperada, como si llevara años esperando ese momento. No hubo tiempo para pensar.
John respondió al instante. La cogió en volandas, sujetándola por el trasero con una fuerza que arrancó un gemido ahogado de Karai.
Sin dejar de besarse, la trasladó hasta una de las mesas cercanas.
Los pies de ella golpearon contra los laterales mientras él la depositaba sobre la fría superficie de madera.
Frenéticamente se besaban. Las manos de John recorrían su espalda, su cintura, mientras las de Karai se enredaban en su cabello, tirando con desesperación.
De forma apresurada, la animadora despojó a John de la camisa. La prenda voló por los aires, dejando su torso al descubierto. A la tenue luz de la luna, las marcas de la pelea reciente eran visibles. Pero nada de eso importaba.
Karai lo observó por un instante, jadeante, y luego volvió a atraerlo hacia ella.
El aire se volvió denso debido al intercambio de saliva constante.
Mientras Karai sintió la tela de sus bragas cediendo bajo los dedos impacientes de John.
Un gemido escapó de su garganta al notar cómo la humedad de su entrepierna humedecía en demasía sus dedos, su falda arrugada alrededor de la cintura como una bandera de rendición.
—Dame más duro— intentó protestar, pero la voz se le quebró cuando John se hundió en ella de un empujón, llenándola con una crudeza que le arrancó un jadeo.
Sus manos, ahora aprisionadas contra el tablero de la mesa, temblaban cada vez que él ajustaba el agarre.
El ritmo al principio era frenético, casi violento; como si ambos intentaran borrar algo más que la tensión acumulada, pero luego, con cruel deliberación, John lo hizo más lento.
Encima de ella la penetraba una y otra vez en medio de sus jadeos, escuchando tan solo el frenético eco de sus pieles chocar mediante golpes secos.
—¿Esto es lo que querías? —respiró contra su nuca, cambiando de postura y marcando con un movimiento de caderas calculado hasta que Karai gimió maldiciones entre dientes.
Ella intentó arquearse, pero su peso la mantenía clavada, convertida en un instrumento que solo él sabía tocar. La mesa chirriaba con cada embestida, el sonido mezclándose con sus respiraciones entrecortadas.
Cuando por fin llegó al límite, John sacó su miembro como el significado de una tregua. Dejando a Karai con ganas de más juegos. El último espasmo de placer aún recorría el cuerpo de John cuando Karai actuó.
—Mi turno— jadeó, hundiendo las uñas en su pecho mientras lo obligaba a sentarse en una silla.
John intentó levantarse, pero ella le clavó las caderas contra el regazo, atrapándolo con su propio peso.
—¿Te gusta jugar a dominar? —Sus dedos trazaron el borde de su pantalón abierto, ignorando por completo su virilidad sensible y húmeda— Se inclinó hacia adelante, rozando sus labios contra los suyos sin besarlo, mientras su mano descendía con torturante lentitud.
Y entonces lo montó a su antojo, lenta, implacable, deteniéndose cada vez que él gemía.
El ritmo era frenético desde el primer segundo, caderas chocando, los gemidos de Karai ahogándose en el cuello de John. Ella controlaba cada centímetro del movimiento, cabalgándolo con una ferocidad que le arrancaba gruñidos agradables.
—Dios, Karai...—John apenas podía articular palabras, sus manos sujetas a sus caderas para no caerse del torbellino que era ella.
Pero Karai no quería palabras. Quería ver cómo se le cerraban los ojos, cómo sus músculos abdominales temblaban bajo su ritmo implacable, cómo sus dedos se hundían en sus muslos cuando el placer se volvía insoportable.
—Mírame— ordenó, agarrándole de la barbilla—. Quiero ver tu cara cuando te corras.
Y John obedeció, entregándose al éxtasis que ella dictaba, hasta que el mundo estalló en blanco.
Pista Cubierta.
En el salón, el baile proseguía con normalidad.
Muchos eran los estudiantes que aún tenían ganas de fiesta, contagiados por el ritmo vibrante que el DJ mantenía sin descanso.
Las risas, los gritos y el bullicio llenaban cada rincón de la pista, como si el incidente del patio hubiera quedado enterrado en el pasado.
Sin embargo, la encargada delegada de custodiar el estante de dirección estaba algo impaciente. Hacía ya un buen rato que había prestado las llaves de la enfermería, y John y Karai todavía no habían regresado para reponerlas. Miraba el reloj una y otra vez, los minutos alargándose como horas.
Indecisa, meditaba abandonar momentáneamente su lugar. Pero la idea de dejar el estante desatendido no le agradaba nada. No se fiaba de ninguno de los estudiantes, especialmente después de todo lo que había ocurrido esa noche.
Impaciente, no dejaba de mirar hacia el silencioso pasillo, esperando ver aparecer por fin a la pareja desaparecida.
Le quemaban las piernas, la necesidad de moverse, de comprobar qué estaba pasando.
Estaba a punto de levantarse e ir a buscarlos.
Aunque lo peor no era su impaciencia. Lo peor era lo que tenía justo tras su espalda.
En el cuadro de llaves, aún podía verse el hueco vacío de la llave que Karai había sustraído. El espacio negro, acusador, era un recordatorio constante de su negligencia. Un hecho que, tan solo con ser observado traería severas consecuencias.
Aula.
De pie, Karai se encontraba abrochándose los botones de la blusa con una calma que contrastaba con lo ocurrido momentos antes.
Todavía podía verse la falda tirada en el suelo, un recordatorio de la urgencia con la que se habían desprendido de la ropa.
Sus piernas, largas y tonificadas, lucían muy lindas bajo la tenue luz de la luna.
Cuando ella se agachó a recoger la falda, la ropa interior se ciñó a sus glúteos, marcando cada curva con precisión.
Se notaba que era una buena deportista, que estaba verdaderamente en forma.
John, ya completamente vestido, pudo confirmarlo en primera persona.
Sus ojos contemplaron la escena sin prisas, una mezcla de satisfacción y algo más que prefería no analizar.
—Ha estado bien, ¿no? —dijo Karai, aún sofocada, mientras se subía la falda por las caderas.
John sonrió, una sonrisa ladeada que no llegaba del todo a los ojos.
—Creo que nos hemos pasado de la raya —respondió, ajustándose los puños de la camisa—. Utilizar las aulas como habitaciones privadas... Si nos pillan, estaremos en un gran lío. Expulsión inmediata del instituto. —Miró hacia la puerta—. Llevamos bastante tiempo ausentes de la fiesta.
—Esa delegada insufrible estará comenzando a impacientarse —Karai rodó los ojos mientras se arreglaba el cabello—. Será mejor volver cuanto antes, antes de que deje su sitio y descubra que no estábamos en la enfermería.
John asintió, pero antes de abrir la puerta, la miró fijamente.
—Creo que será mejor que salgas tú primero —dijo—. Si nos ven salir juntos del aula, sospecharán de inmediato.
Karai lo miró por un instante, como si quisiera decir algo, pero luego asintió. Se acercó a la puerta, entreabrió con cuidado, comprobó que el pasillo estaba vacío y desapareció en la penumbra.
John esperó unos segundos, contando mentalmente. Luego salió, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave que resonó en el silencio.