Capítulo 13 #10
Lo lanzó de nuevo. Esta vez, John recibió un golpe seco en el antebrazo. Aunque no se quejó. A la tercera vez, John no esquivó. Su mano se elevó y atrapó el nunchakus en el aire, deteniéndolo con una facilidad sobrecogedora. Un rápido gesto, y el arma cambió de dueño.
El siguiente golpe fue directo al tabique nasal de Yamaguchi. El palo metálico seccionó hueso y cartílago al instante, produciendo un sonido húmedo y terrible. La sangre brotó como una fuente. Antes de que pudiera gritar, una patada en el estómago lo dobló en dos. Cayó al suelo, retorciéndose.
Entonces todos vieron algo tremendamente sobrecogedor.
John levantó el pie y pisó contra la cabeza de Yamaguchi.
La suela de su zapato presionó el cráneo contra la tierra, inmovilizándolo por completo.
El vándalo revoloteaba desconsolado, sus manos arañando el suelo en un intento inútil de liberarse, mientras un escozor insoportable le nublaba la razón.
Matsuda lo había presenciado todo. Paralizado al principio, ahora intentaba mediar por todos los medios, alzando las manos en señal de paz, balbuceando palabras de disculpa, de rendición. Pero John no escuchaba.
Lo último que vio fueron aquellos ojos. Odiosos. Endemoniados. Vacíos de toda humanidad. La mano de John se cerró alrededor de su cuello. Lo levantó del suelo como si pesara una pluma y lo encalló contra el tronco de un árbol cercano. Sin remordimiento, sin dudar, comenzó a estrangularlo.
Los dedos se hundían en la carne, bloqueando la tráquea, cortando el oxígeno.
Matsuda forcejeaba, sus piernas pataleando en el aire, sus uñas arañando el antebrazo de John sin conseguir nada.
Su boca expelía espuma espesa, un líquido blanquecino que se deslizaba por su barbilla.
El rostro comenzó a ponerse rojo, después amoratado, como un atardecer que anticipaba la noche eterna.
Por mucho que lo intentaba, era incapaz de liberarse de aquel gesto poderoso, implacable, y definitivo.
A su alrededor, el silencio se había hecho dueño del patio. Nadie se atrevía a moverse. Nadie se atrevía a respirar.
Una voz tomó forma en medio de la oscuridad que envolvía la mente de John. No fue hasta que alcanzó su punto más álgido cuando finalmente hizo efecto en él. Desesperada, Ai gritaba con todas sus fuerzas.
—¡Johnny, para! ¡Por favor, ya basta, lo vas a matar!
Las palabras atravesaron el velo rojo que nublaba su juicio.
Ai contemplaba la escena con horror, sin reconocer al chico que tenía delante.
Aquella bestia que estrangulaba sin piedad a un hombre no podía ser el mismo que horas antes le preparaba cócteles con una sonrisa.
El miedo a sus posibles actos la paralizaba, pero no le impidió seguir gritando.
John dejó de apretar.
Sus dedos se aflojaron lentamente, y Matsuda cayó al suelo como un muñeco roto. Inmediatamente después, el vándalo intentó recuperar el aire perdido con arcadas violentas, su cuerpo convulsionándose mientras las náuseas lo invadían. El rostro amoratado comenzaba a recuperar un color terrible.
John se giró y contempló el panorama. Sus compañeros estaban consternados, con expresiones de incredulidad y terror mezclados. Un silencio atronador envolvía el ambiente, roto solo por los jadeos de Matsuda y los sollozos lejanos de algunos estudiantes.
Shun daba cobijo a Ai entre sus brazos. Ella aún seguía limpiándose las lágrimas, pero sus ojos se clavaron en John con una mezcla de alivio y temor. Sabía que había recuperado la cordura, pero no podía olvidar lo que acababa de presenciar.
John se limpió la sangre que manaba de su frente, producto del cabezazo. Sin mirar atrás, retomó el camino hacia el cabecilla.
Kuchiki intentaba recomponerse, arrastrándose por la arena mientras sujetaba su rodilla destrozada. El fémur sobresalía grotescamente de la carne, y cada movimiento era un suplicio.
En el trayecto, John se encontró con Yamaguchi, que aún permanecía aturdido en el suelo. Ante la mirada atónita de todos, John pasó por encima de él como si fuese una vasta alfombra. Su pie se hundió en el abdomen del vándalo al pisarlo para continuar su camino, sin prisa, sin pausa.
Shun y Ai lo vieron llegar cerca. En sus ojos aún podía contemplarse la furia, ese brillo oscuro que anunciaba que la batalla interna no había terminado.
Kuchiki se encontraba a pocos metros, intentando escapar del lugar arrastrándose como un gusano.
John se detuvo junto a él. Luego se agachó, poniéndose a su altura.
Su mente volvió a recordar. La imagen de Ai de rodillas, las lágrimas, el terror. La saña con la que la había martirizado.
La ira regresó como un tsunami.
Su mano se cerró sobre el cabello de Kuchiki. Con fuerza, con odio, hundió su rostro contra la arena del patio. Una vez. Dos veces. El vándalo tosía, escupía tierra, intentaba respirar sin éxito.
—Johnny —la voz de Ai llegó de nuevo, más suave, más temblorosa—. Johnny, ya está. Ya terminó.
Pero John no sabía si podía terminar. No sabía si quería.
John se inclinó sobre Kuchiki, acercando sus labios al oído del cabecilla. Su voz fue un susurro helado, cargado de una promesa mortal.
—Recuerda bien sus caras —siseó, cada palabra impregnada de veneno—. Porque si veo que alguno de ellos sufre alguna consecuencia, te perseguiré y te mataré sin dudarlo. No importa dónde te escondas. No importa cuántos yakuzas te protejan. Te encontraré.
Con desprecio, John empujó la cabeza de Kuchiki contra la arena una última vez y se incorporó sin más. Como si nada hubiera ocurrido, retomó el camino directo hacia la pista de baile, sus pasos firmes sobre la tierra manchada de sangre.
Kuchiki, en un arranque de orgullo herido, se levantó airado. Su rostro estaba cubierto de su propia sangre, la pierna rota le colgaba como un estorbo inútil, un ángulo grotesco que hacía daño solo de mirarlo. Aun así, sosteniéndose como podía, encontró fuerzas para gritar.
—¡Esto no quedará así! —bramó, escupiendo sangre y arena—¡Veremos si eres tan valiente cuando el peso de Sasori[25] caiga sobre ti, desgraciado!
John se giró justo antes de sortear el cerco de sus compañeros. Sus ojos, aún encendidos con ese fuego oscuro, se clavaron en el cabecilla.
—Llévate a la basura que has traído —respondió, con una calma que helaba más que cualquier grito—. Si no lo haces rápido, te irás en una bolsa de basura.
El comentario intimidó hasta a sus propios compañeros. Los estudiantes, que empezaban a salir de su escondite, contuvieron el aliento. Incluso Shun, que aún sostenía a Ai entre sus brazos, sintió un escalofrío recorrer su espalda.
A pocos metros, un revuelo se había formado. Los estudiantes debatían entre ellos, nerviosos, sin saber qué hacer con la pistola que yacía postrada sobre la arena. El metal negro brillaba bajo la luz de las farolas, un recordatorio siniestro de lo que acababa de ocurrir.
Nadie se atrevía a tocarla.
Decidido, John se abrió paso entre ellos. Ante el asombro de todos, se agachó y tomó el arma en una de sus manos. Durante unos segundos, se quedó observándola, sopesándola, como si evaluara algo más que su peso.
Al otro lado del patio, Kuchiki intentaba ponerse en pie a pesar de su rodilla destrozada. Matsuda llegó para sujetarlo y acomodarlo sobre sus hombros, soportando el peso de su jefe con esfuerzo.
—Te dije que era Akuma —espetó Matsuda en voz baja, convencido, inclinándose hacia el oído del cabecilla—. Nunca debimos venir. Nunca debimos hacer nada.
—¡Cállate, idiota! —gruñó Kuchiki, aunque su voz carecía de la fuerza de antes—Veremos si es tan valiente cuando Ryu sepa de esto.
Yamaguchi llegó también, tambaleándose, y entre los dos ayudaron a mantener en pie a su jefe.
Desde el otro lado, Ai contemplaba a John con la pistola en la mano. Solo el hecho de verle con ella le producía escalofríos.
—¿Qué vas a hacer con la pistola, Johnny? —preguntó asustada, su voz apenas un susurro.
John la miró. Luego, en menos de un segundo, manipuló el arma con una destreza que delataba un conocimiento que no debería tener. El cargador se deslizó fuera de la empuñadura con un clic metálico.
—Todo está bien, Ai —respondió con calma—. Que siga la fiesta.
Se metió el cargador en el bolsillo trasero del pantalón. Luego, sin mirar siquiera, arrojó la pistola vacía hacia un contenedor de basura situado a unos metros. El metal golpeó el plástico con un sonido sordo antes de desaparecer en su interior.
Los tres vándalos, un monumento a la derrota, comenzaron a alejarse cojeando hacia la salida. Ai exhaló, aunque no supo si era alivio o una nueva capa de preocupación. John se alejó hacia la barra, dejando tras de sí un rastro de preguntas sin responder.
Ella recuperó el aliento al ver la sonrisa de John. Por un instante, la tensión en su pecho se aflojó. Había vuelto a ser el de siempre, o al menos eso quería creer.
Nagano se acercó a Shun, preocupado por su estado.
Aún podía notarse la tensión en su cuerpo, la rigidez de quien ha mirado a la muerte a los ojos y ha sentido su aliento en la nuca.
Pero poco a poco, al ver cómo los vándalos desaparecían por la puerta trasera, todo comenzó a volver a la normalidad.
—¿Cómo estás? —preguntó Nagano, colocando una mano en el hombro de Shun.
—Mucho mejor ahora que esa escoria se ha marchado —respondió Shun, aunque su voz aún delataba cierta fragilidad.
—¡Qué alucine! —interrumpió Sanosuke, acercándose con las piernas aún temblorosas—. Creo que me he meado encima.
—¡Eres lo peor! —le reprochó Shun, fulminándolo con la mirada, y cogiéndolo del cuello con fuerza—. ¿Cómo se te ha ocurrido traer a esa gente?
—¡Te juro que no tenía ni idea! —se defendió Sanosuke, levantando las manos—Es la primera vez que contacto con ese tipejo. Mi comerciante estaba de vacaciones.
—¡Eres un irresponsable! —sermoneó Ai, con un suspiro—. Has puesto en peligro a todo el instituto.
Sanosuke, abrumado por la culpa, comenzó a inclinarse repetidamente en señal de disculpa.